Vaqueiros de alzada

Vamos a hablarte hoy, lector, por fin de los “vaqueiros de alzada”, cuyo nombre hemos apuntado ya algunas veces.

Los vaqueiros de alzada son una clase distinta de asturianos que se dedican a la ganadería vacuna y, llegado el verano, “alzan” sus hogares con sus “fortunas y penates”, como decía enfáticamente el ilustre Jovellanos, y van a pasar el verano a los altos puertos de la cordillera. Viven en unas pequeñas agrupaciones que no merecen el nombre de pueblos, y que conocen en el país con el nombre de “brañas”. Braña quiere decir lugar alto y empinado.

La zona de las brañas y, por tanto, la de su retaguardia veraniega que son las veranizas de los puertos, se extiende entre los ríos Nalón, Narcea, Pigüeña y Somiedo, por el Este, y el granrío Navia, casi en los confines de Galicia, por el Oeste. Están situadas las brañas por agrupaciones no mayores de cuarenta o cincuenta casas, a media distancia entre la cordillera y el mar. Algunas llegan casi a la costa. El número de habitantes de estas agrupaciones será, en total, de unos cuatro millares.

Las casas de las brañas apenas podían llamarse casas hace veinte años, y tenían que ser reparadas a la vuelta del verano. Mas bien eran unas chozas. Ahora son ya casas permanentes, algunas buenas y en no pocas puede oírse por las noches un aparato de “radio” y por los días una máquina de coser. Los vaqueiros tienen ahora más dinero, y tienen otra cosa, gracias a Dios, que les ha nacido en el corazón de sus paisanos (el resto de los asturianos): caridad.

Porque todo esto que estoy contando, lector, no pasaría de ser una simple curiosidad demográfica si no hubieran sido los vaqueiros hasta nuestros días uno de esos grupos humanos injusta y bárbaramente estigmatizados, perseguidos, despreciados y hasta maltratados que todavía quedan en algunos repliegues de esta Europa que, siendo el trozo más civilizados del planeta, todavía guarda en los pliegues de sus montañas o en los “guetos” de sus ciudades formas o discriminación de razas. En España apenas quedan restos de estas cosas. Casi nadie se acuerda ya de los “corruptos” de Bargas ni de los “boneros” de Medina del Campo, que rompieros hace tiempo, y algunos con éxito social y económico brillantísimo que denotaba sus grandes cualidades, el bárbaro muro del cerrilismo de “una casta de hidalgos” bastante cargante y no poco culpable del retraso de nuestro país. Pero muchos españoles jóvenes tienen el recuerdo —y algunos todavía hasta el prejuicio— de la discriminación de “agotes” en Navarra y de vaqueiros de alzada en Asturias.

Nadie podría decir de dónde nacen estas situaciones, que llegan a puntos de histeria increíbles, tales como el de señalar para los vaqueiros un lugar distinto en el templo, igual que en la iglesia primitiva se hacía con los catecúmenos. El cronista no quería creer en esto. Pero, a pesar de la piadosa precaución del cura de San Martín de Luiña, que ha colocado hábilmente los bancos de la iglesia, de modo que tapen el letrero infamante, el cronista ha visto, embutida en el pavimento de aquel templo, una fuerte viga de roble con varias advertencias. Una para que se sepa dónde se entierran los niños de la nobleza y del estado llano. Otra para que se sepa que allí están enterrados ciertos jerarcas. Y dos, tremendas: Una para advertir así: “NO PASSAN DE AQUÍ A OIR MISA LOS BAQUEIROS.” Y otra aún más cruel: “AQUI SE ENTIERRAN FORASTEROS Y BAQUEIROS.” Los aldeanos no trataban con los vaqueiros para nada, y nadie recuerda, si no es a precio de repudio familiar, que una aldeana, por pobre que fuera, se casara con un vaqueiro, por rico que fuera.

Se ha dicho de ellos, como de los maragatos, de los pasiegos y de algunos otros grupos diferenciados, que son razas distintas. Los eruditos locales han fantaseado alocadamente sobre la materia, con un verdadero alarde de ignorancia de la ciencia histórica. Se ha dicho de los vaqueiros que eran restos de una colonia de esclavos romanos. Y hasta que son judíos refugiados. Ya el sapientísimo Jovellanos destruyó mucho de esas leyendas, y con aquella clarividencia propia de lo que era —un hombre excepcional, aunque algo enfático, como su época—, se pregunta si los vaqueiros no son un resto de nativos celtas o celto-escitas que no se sometieron a nadie, sobre todo en lo fiscal. Ni a Roma, ni a los suevos, ni a los visigodos, ni a la monarquía española. Yo creo que por ahí anda la cosa. Porque los vaqueiros lo que hacían es lo quisieran hacer los aldeanos: Huir del recaudador de contribuciones, tendencia humana tan natural como censurable. Y tan celosamente perseguida por las Haciendas Públicas.

La prueba de esto es que el equilibrio social entre vaqueiros y aldeanos se va restableciendo a medida que los vaqueiros van teniendo dinero, van construyendo casas permanentes, brañas que ya empiezan a ser pueblos, y van pagando sus contribuciones, enviando sus hijos al Ejército y haciendo la misma vida, en suma, que los aldeanos. Y hasta, tal vez, ganando más dinero. Racialmente, acaso lo que ocurre es que son más puros que los aldeanos como raza autóctona (autóctona hasta donde es posible, claro está). Suelen ser rubios, y , a pesar de ser endogámicos y hombres de montañas, abunda el tipo corpulento. No hay entre ellos mayores degeneraciones fisiológicas que en el resto de la cordillera, y hasta se registra menos bocio y menos canijos que en grupos pastores no vaqueiros. Puede ocurrir que en estas diferenciaciones, entre las que la más permanente ha sido la de los vaqueiros no totalmente extinguida, se deban a hechos muy sencillos de geografía humana y de movimientos militares. Tal vez en el proceso de la repoblación de España, cuando la Reconquista, se quedaron en algunos pliegues de las sierras grupos humanos que no siguieron a los ejércitos, y que al permanecer en sus tierras, pobres y apartadas de las vías militares y políticas, incluso conservaron la pureza racial goda más que sus compatriotas. Por eso la inmensa mayoría de estos pueblos —si se les puede llamar así— son rubios y de ojos azules. La Sangre de Levante no ha llegado a ellos. Ni la sangre ismaelita.

No me mires así, compañero, que yo también tengo derecho a echar mi cuarto a espadas en materias tan graves. Pero tienes razón tú ahora cuando me dices con sorna: “Camina, compañero, que aquí no hemos venido a pontificar.” Tienes razón.

Vimos por primera vez vaqueiros en Somiedo, en Santa María del Puerto de Somiedo, que es una estación invernal de estos bravos astures. Santa María del Puerto es el San Bernardo de la divisoria. Este poblado y La Peral (en otra banda de la cordillera) quedan desiertos en invierno. Sólo permanecen metidos en la casa más fuerte dos vecinos, dos vaqueiros. El más viejo y el más joven. Son los guardianes de esta braña alta, que no se puede dejar abandonada del todo porque tiene edificios permanentes. Los dos guardianes hacen la ronda diariamente. Tienen una provisión de viandas, de agua y de su poquillo de vinete de cangas, agrillo y malo, pero, ayudado con un poco de aguardiente, mantiene al hombre dentro de cierto tono. Cuando hay una de esas feroces nevadas que borran los caminos, sepultan los pueblos y tienden sobre las alturas esas blandas y frías soledades del invierno astur, cada dos horas suena una campana. Su onda va rodando sobre las noches o los días, igualmente crueles, como una voz angélica. A veces el viandante perdido tarda en orientarse. A veces no se orienta, por las traiciones del viento, y sucumbe a la dulce muerte somnolienta de la nieve, a poca distancia del refugio. Los dos vecino tienen que tener buen oído, buena vista y mucha experiencia del temporal para no aventurarse en salidas inútiles y mortales. El oído y la vista los pone el zagalón. La experiencia, el rústico senador vaqueiro, que a la hora de trazar un plan para salvar al semejante cuyo grito de socorro apenas se oye, cuyo perro aúlla —y hay que saber cuándo aúlla un perro y cuándo aúlla un lobo—, no se cambia entonces por un senador romano.

Y lo bueno, compañero, es que cuando suena uno de esos gritos, el senador y el zagal nunca han sabido si era de vaqueiro o era de aldeano. Por eso era tan bárbara, tan injusta y tan estúpida la discriminación. Nadie podría imaginar el día de la Virgen de Septiembre, cuando estuvimos en la feria de Somiedo el compañero y uno, que aquella alegre gente con aire sano y rico era la primera generación, acaso, que, después de siglos, recobraba la libertad, la igualdad y la fraternidad. (Perdón por el trío, pero me ha salido así acaso porque es verdad.)

El río que nace allí es tan claro que no se ve. Es como aire de mañana. Tan niño, tan puro, nadie diría de él que luego iba a ser negro y poderoso y a ser una especie de “cartelista” plutócrata, lleno de kilowatios y de vagones y de hornos. No se puede uno fiar de los ríos puros. Vale más fiarse de estos hombrones rubicundos, que montan a caballo con la crin tendida; que galopan hacia una vida mejor que la de sus padres y que pueden cortejar a una moza de la villa, y ser galán en las rondas, y pagar su contribución como un señor, y hasta venir a Madrid y abrir las mejores charcuterías de la capital (1).

Los aldeanos decían que los vaqueiros no tenían historia. La han forzado, contra la infamia, y no pocas veces han triunfado. Hasta en las armas, cuyo manejo le habían negado, el vaqueiro dio capitanes como el capitán Parrondo, que armó muchos “tiberios” con su caballería en el Perú. Y hasta anda por ahí, lejos, porque el diablo todo lo enreda —el diablo siempre viene “otra vez”— un hombre de letras de tierra vaqueira que no podría jurar que no montó a caballo de chico en las brañas (2).

Los vaqueiros tienen su historia, su pequeña historia porque no les han dejado hacer otra.

Y nosotros. ¿verdad, compañero?, que somos unos unos impenitentes de nuestra fe —de la que se escribe con mayúscula y de la que se escribe con minúscula—, somos de los que creemos que en España, además de las cosas que se ven y que salen retratadas en los periódicos y en los No-Do, han ocurrido cosas que no se pueden retratar. Por ejemplo: que también ha cambiado la conciencia de la nación. Y cosas que antes ocurrían ante la imposibilidad y la tolerancia incluso de sacras instituciones, ahora no ocurren. Y otras que no ocurrían, ocurren. Verbigracia: que aquel vaqueiro que bajaba a galope por la hoz del Pigüeña llevara a la grupa una moza aldeana de Agüerina y su paso fuera saludado con alaláes amistosos desde las puertas de los chigres en que los feriantes vaqueiros y aldeanos alternaban su sidra.

Y había una cosa buena, sencilla y hermosa: que el vaqueiro iba cantando: “Murió el obispo de Oviedo —murió nuestro capitane“.

Ese obispo que murió y era capitane de gentes perseguidas por la Justicia murió hace más de cien años. Era el obispo pisador, que visitó las brañas, anatematizó la persecución discriminatoria, acercó a su corazón a unos hombres huidos y tristes, castigó a los que aceptaban esa discriminación en la casa de Dios, y el otro día, ¿verdad, compañero?, hacía llover bendiciones sobre las parejas de vaqueiros y aldeanas que volvían de la feria con ramos y “perdones”. Y con promesas en que la palabra “siempre” juega su papel importantísimo.

Belmonte (Miranda), 1 octubre 1954

Víctor de la Serna (1896-1958):

Nuevo viaje de Espala. La ruta de los foramontanos. Cap. XXXVIII. Vaqueiros de alzada.

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