Una obra de romanos

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Miguel de Unamuno

ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS


UNA OBRA DE ROMANOS

Hace cuatro días he vuelto a ver el acueducto de Segovia, esa obra de romanos que es una de las maravillas monumentales de España y uno de sus pocos monumentos de orden civil. Viéndolo se comprende el valor del dicho vulgar: «¡Eso es obra de romanos!», y aquel apelativo que se le dio a Roma llamándole «pueblo rey». Porque es obra de veras regia y verdaderamente popular. Ahora, lo que en ninguno de nuestros viajes a Segovia hemos averiguado es cómo le llama el pueblo. Que de seguro no acueducto. Porque acueducto es un vocablo erudito o culto, cuya forma vulgar es aguaducho. Pero aguaducho se le llama a una avenida de aguas, a una inundación, y también, sobre todo en el Mediodía, a un puesto de venta de agua.

Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia, aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos, conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos soldados de una legión en orden de batalla quieta. El aguaducho de Segovia tiene algo de un az (no haz) romano armado de todas armas. Y para llevar agua al campamento o a la ciudad.

Hoy no lleva ya agua, lo han jubilado. Lo han jubilado de su función ‒¡lástima!‒ para mejor conservarlo como monumento. Pero es fácil que al no sentir sobre su espinazo el riego dulce de las linfas de la sierra empiece a sentirse inválido y decaiga más de prisa. E1 agua, trasportar la cual era su función, ha debido preservarle de la ruina. Porque, ¿qué es lo que ha abatido a tierra, lo que ha aterrado a tantos monumentos? ¿La barbarie de los hombres? Pero los bárbaros suelen ser conservadores. No son ellos los que destruyen lo pasado, sino los que tienen que levantar sobre su suelo el porvenir.

Aquel formidable panfletista que fue Pablo Luis Courier, en su Carta V, escrita en Veretz (Turena) a 12 de noviembre de 1819, escribía: «Los monumentos se conservan donde los hombres han perecido, en Balbtk, en Palmira y bajo la ceniza del Vesubio; pero en otras partes la industria, que lo renueva todo, les hace una guerra continua. Roma misma ha destruido sus antiguos edificios y se queja de los bárbaros. Los Godos y los Vándalos querían conservarlo todo. No ha estado en sus manos el que ella quedara y no sea hoy tal como la encontraron. Pero a pesar de sus edictos condenando a muerte a quien estropeara las estatuas y los monumentos, todo ha desaparecido, todo ha tomado una forma nueva».

Hoy ya no se lleva el agua por lo alto, cara al cielo, a solearse y airearse y como en brindis a Júpiter; hoy se la lleva por bajo tierra en canales soterraños. Y aquí, como el secular aguaducho de Segovia, obra de romanos, que enmarca el cielo, cede a nueva táctica de ingeniería y, ejército de reserva, más bien de veteranos inválidos, se acerca a la derrota, a la ruina definitiva. ¡Porque ya no lleva agua!

El mismo día en que llegué a Segovia había pasado —y era la segunda vez— por Madrigal de las Altas Torres, «nombre alto, sonoro y significativo», que diría Cervantes. Pero, ¡ay!, que las altas torres de Madrigal de las Altas Torres —las de los cubos de sus murallas— no son ya ni altas ni muchas de ellas torres. Como no defienden nada, como no soportan nada —salvo algún nido de cigüeñas— las han ido dejando aterrarse. Su falta de función las ha arruinado. Que hasta una tumba se mantiene mientras guarda los huesos de su habitante de queda y reposo — ¡y no siempre!—, pero si hasta el muerto emigra de ella la tumba se hace ruina. Y la ruina de una tumba es lo más trágico que hay. Y otras veces se la quiere convertir en cuna. Que si al Cristo recién nacido le acostó su madre en un pesebre, en el comedero de un asno, amigo del pobre y amigo del Redentor, que caballero en él metió en Jerusalén su gloria, a nosotros nos acuestan al nacer no pocas veces en algo como tumbas para brizarnos en ellas el espíritu al eco de leyendas de muertos.

E1 camino del agua de Segovia, la calzada romana del agua, corre riesgo de arruinarse como se han arruinado en España otras calzadas romanas sobre que peregrinaban los hombres. De la antigua vía argéntea, camino de plata, que iba de Mérida a Narbona, queda en esta ciudad de Salamanca una mitad del puente romano. Y si estas arcadas romanas del puente se conservan, es merced al agua sobre que se tienden. El agua que bajo ellas discurre las ha preservado, dándoles función, como el agua que corría sobre las arcadas romanas del aguaducho de Segovia le ha preservado a éste. Y si aún persiste tanto que levantó el pueblo rey, es porque guarda su función, porque lleva o conserva algún género de agua. Como en el Derecho mismo.

Las arpas de piedra, como las de oro, acaban por enmudecer y por arruinarse cuando su canto no suena a cosa de entendimiento en los oídos de los hombres; pero los aguaduchos de doctrina corriente, de ideas, y sobre todo de ideas que apagan nuestra sed de justicia, duran más que aquéllas. La Ilíada de Roma es el Código de Justiniano o acaso más bien la Ley de las Doce Tablas. Y el aguaducho de Segovia, obra de romanos, es, a su vez, un código.

Andanzas y visiones españolas (Miguel de Unamuno)
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