Salamanca

Salamanca 2

Miguel de Unamuno

ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS


SALAMANCA 

Sí, ya sé que un publicista se debe a su público, un escritor a sus lectores, y hasta a cada uno de ellos. Pero esto tiene, como es natural, sus límites. No puede llegar a que se escriban artículos, crónicas o correspondencias criptográficas, quiero decir con clave, cuyo último sentido sólo un lector o un pequeño grupo de lectores comprenda, y tampoco se puede llegar a ponerse el escritor a merced de uno cualquiera de sus lectores que le diga: «Escriba usted sobre esto o lo otro».

Traigo esto a cuento de las cartas que de vez en cuando recibo, en que éste o aquél de mis lectores me invita y ruega a que escriba sobre tal o cual asunto que a él le interesa, sin considerar si me interesa a mí o ha de interesar a otros lectores. Esas cartas suelen serme preciosas, en cuanto me dan de ordinario interesantes datos y noticias, que aprovecho cuando la ocasión se me presenta; pero no creo que los que me las escriben pretendan dictarme los argumentos de mis correspondencias.

Sí, usted mucho de alardear de independencia de criterio y de franqueza —venía a decirme en una segunda carta uno de esos espontáneos corresponsales—, ¡pero qué poco ha dicho usted, nada, de lo que le indiqué que dijera!» Pues bien: sepa, señor mío, que no me gusta sacar a otros las castañas del fuego, como suele decirse, y que si he dicho y repetido cien veces aquellas palabras de San Pablo, de que hay que decir la verdad oportuna e inoportunamente, de la oportunidad o de la inoportunidad de decirla he de juzgar yo y no los demás. Cierto que debe decirse la verdad, pero hay muchas más verdades que decir que tiempo para decirlas, y si digo las verdades a, b, c y d, que usted quiere que diga, dejaré de decir las verdades x, y y z, que son las que quiero decir. Y no cabe decir dos cosas a un tiempo, ya que la palabra se desarrolla en tiempo y no en espacio. No es, pues, que yo tema decir lo que usted quiere que diga; es que tengo que decir otras cosas que me parecen de más momento o por ahora me interesan más.

Y voy ahora a lo que otro me dice, y es cómo, habiendo escrito aquí de tantos pueblos como en mis correrías por España y Portugal he visitado, no he dedicado una sola correspondencia a describir a mis lectores esta Salamanca en que vivo y trabajo.

La cosa me parece sencilla. En primer lugar, los otros pueblos los visito y los describo como turista o viajero curioso, y éste, en que vivo, no lo visito; éste es mi hogar. Además, ¿no están mis correspondencias todas llenas de esta Salamanca en que vivo y escribo y trabajo? ¿No vibra en ellas su ambiente todo? Porque si no es así, os declaro que estas mis correspondencias no valen nada, absolutamente nada.

Más de uno me ha reprochado la personalidad de mis escritos; el que me pongo en ellos; el que siempre se me ve allí; el que yo, el yo que unos llaman impertinente y otros satánico, se mueve y agita en sus líneas todas. Confieso, en efecto, que no profeso las doctrinas de Flaubert respecto a la impersonalidad en el arte; es más, que creo que esas doctrinas no son sinceras y que si gusto tanto de los escritos de Flaubert, de sus novelas, es porque veo en ellas a Flaubert mismo y mucho más desde que leí su extraordinaria correspondencia privada. Los únicos escritores perfectamente impersonales son los que carecen de toda personalidad, y entre ellos los puros eruditos y los meros informadores.

No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y como nadie es más que el producto de la sociedad en que vive y de la que vive; como todos somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el que acierte a ponerse en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas. Y yo os digo que quienes sigan con alguna atención mis escritos conocen esta mi Salamanca mucho mejor que cuantas ciudades haya descrito en ellos. Permitidme una comparación aunque a alguien pueda parecerle presuntuosa. Hay cuadros de Velázquez y del Greco en que apenas hay fondo de paisaje, pero a través de aquellas figuras de hombres, de hombres solos que llenan todo el cuadro, se ve el paisaje castellano, se ve su celaje. Recuerdo un cuadro moderno, de pintor vivo, que representaba un viejo marino mirando desde una atalaya al mar. En el cuadro no se veía ni el más pequeño retazo de mar, pero a los que conocemos a éste os aseguro que el mar se nos presentaba allí mucho más vivo que pintado. En los ojos del viejo marino, en su mirada, veíamos el mar.

Sí, yo podía describiros esta ciudad y ejercitar mi mayor o menor virtuosidad en la descripción literaria. Podría deciros cómo esta ciudad de Salamanca, asentada en un llano, a orillas del Tormes, es una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre. Cómo el sol, que sobre ella brilla, ha dorado las piedras de sus torres, de sus templos y sus palacios, esa piedra dulce y blanda, que recién sacada de la cantera se corta como el queso, a cuchillo, y luego, oxidándose, toma ese color caliente, de oro viejo, y cómo a la caída de la tarde es una fiesta para los ojos y para el espíritu ver a la ciudad, como poso del cielo en la tierra, destacar su oro sobre la plata del cielo y reflejarse, desdoblándose, en las aguas del Tormes, pareciendo un friso suspendido en el espacio, algo de magia y de leyenda.

Podría hablaros del follaje de piedra de sus fachadas,  de la riquísima ornamentación de sus tallas platerescas y de cómo nació aquí el plateresco. Estilo, sin duda, recargado, gongorino, aunque no tanto como el manuelino portugués. Aquí, en esta misma Universidad, junto a la cual estoy escribiendo, hay una fachada del siglo XVI, que se les invita y enseña a admirar a los visitantes y turistas; pero yo prefiero otros más antiguos y más ingenuos adornos que dentro de ella, a su entrada, hay en el techo. La fachada es más talla que arquitectura y peca de profusión. Prefiero los encantadores patriarcas ―Abraham, Salomón, David, Daniel― que cierran las nervaturas de las bóvedas. Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.

Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano, y casi diré doméstico bullicio como aquel con que los niños llenan un hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor, una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto  alemán Jürgens. Una plaza cuadrada -es decir, un cuadrilátero, no un cuadrado- con sus soportales y toda  llena de aire y de luz. Una tarde, paseándonos los dos por ella, me decía mi amigo el gran poeta peninsular, o mejor ibérico, Guerra Junqueiro: «Me gusta esta plaza porque en ella la muchedumbre tiene movimientos rítmicos». Y, en efecto, circulan bajo sus soportales los hombres y las mujeres en dos filas, separados, dándose cara, ellos hacia la parte de fuera, en el sentido del reloj, ellas por la parte de dentro, en el otro sentido. Y hay algo de litúrgico en este circular -mejor sería decir «cuadrar»- de las gentes de la ciudad por su plaza. Salmantino hay que puede decirse que vive en ella. Es el principal mentidero de la ciudad; es también su principal escuela de haraganería. Y sin molestias de tranvías.

Fue el mismo Guerra Junqueiro quien otra vez me dijo: «Feliz usted que vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin temor a que le rompan a uno el sueño». Hay viejas calles, como la de la Compañía, al pie de palacios y templos dorados por los soles de los siglos, en que uno puede ir soñando en una España celestial, colgada para siempre de las estrellas.  Y hay un rincón, junto al convento e iglesia de las Úrsulas, entre álamos que allá en la primavera, cuando brota en ellos el tierno plumoncillo de las hojas nuevas, nos da la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la eternidad, de un pasado que es a la vez un porvenir, de una puesta de sol que se confunde con el alba.

Y los sotos de las orillas del río, con su verdura discreta y sobria, sin esa lujuriosa exuberancia de los países de selva, con esas dulces perspectivas virgilianas u horacianas. Ha sido en paisajes así, limitados, sencillos, al parecer pobres, donde ha nacido la poesía eglógica. Aquí se inspiró fray Luis de León. Y los que hablan de la fealdad del campo castellano no saben lo que se dicen. Tienen la vista vulgarizada por los cromos de comedor de fonda.

Y como los frescos sotos de las márgenes del rio, son los sotos de columnas de estas iglesias y estas catedrales  –pues aquí hay dos–. También estos bosquecillos de columnas, con su pétreo follaje de capiteles, con sus bóvedas que se cierran, dejan correr por medio de ellos un cauce, aunque de aguas invisibles. Cuando el órgano resuena se oye el rumor de esas aguas del espíritu. Y en medio de la catedral vieja, la románica –ya a comienzos del gótico–, la medioeval, entre sus fuertes columnas elefantinas, se ve cómo nació la patria. Y allí se sueña con aquel bravo obispo don Jerónimo, el francés, del Perigord, el coronado que vino de la parte de Oriente, según reza el viejo Cantar de Mío Cid, el que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar en su conquista de Valencia, el que le pedía le otorgase las primeras acometidas, aquel obispo que quería mojar su lanza en sangre de moros y cuyos huesos, tan molidos un tiempo, descansan hoy aquí, en Salamanca. Y cerca de donde descansa el viejo y negro Crucifijo que el Cid llevaba en sus campañas, el Cristo de las batallas. ¡Cuántas cosas no dice ese Cristo de las batallas, que tantas arrancadas presenciara!

De la vieja leyenda nigromántica y alquímica de esta ciudad, de lo que ha hecho que el nombre de Salamanca signifique lo que significa en apartados rincones de esa tierra americana —¡la Salamanca!— de esa, ¿qué he de deciros? Aún discuten aquí dónde se encontraban las famosas cuevas en que el marqués de Villena se dedicaba a sus brujerías y encantamientos.

¿Y qué de la Salamanca de La Celestina y de la de El estudiante de Salamanca de Espronceda, con su calle del Ataúd, que hoy lleva otro nombre? Estudiantes, aunque no como aquel, aún quedan, y Celestinas me parece que también.

Y no creáis que con todo eso sea ésta una ciudad muerta que sólo vive de su pasado y de sus recuerdos de gloria, no. Es una ciudad que crece, aunque lentamente; una ciudad que extiende su comercio, y aunque en menor escala, también su industria y su agricultura. Crece sin ruido y sin fantasía. Y una ciudad alegre, Íntimamente alegre. No juzguéis por mí, ni atribuyáis a Salamanca eso que algunos llaman, no sé bien por qué, mi misantropía. Aquí la gente murmura, como en todas las ciudades pequeñas y también en las grandes, pero murmura de todo, unas veces de lo chico, otras de lo grande, unas de lo humano y otras hasta de lo divino.

Porque eso de que ésta sea una ciudad levítica y conventual es una de las más infundadas y ridículas leyendas. No hay nada de eso. A fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando se educó aquí el general Belgrano, era esta universidad un foco de enciclopedistas y afrancesados. Aquí profesaba entonces un D. Toribio Núñez, asiduo corresponsal de Bentham, que en alguna de sus cartas deseaba para Oxford la libertad de espíritu que aquí entonces reinaba. Más adelante, desde 1814 a la época de nuestra revolución de septiembre, en 1868, esta ciudad y su universidad corrieron la general suerte, bien triste, de la nación toda. En la época de la Revolución y de la República esta ciudad fue de las más cantonales, y durante la Restauración los republicanos dominaron en ella y siempre que supieron uniese, en su concejo. Cuando yo vine acá, en 1891, los republicanos dominaban y hoy, aunque acaso todavía sean la mayoría, si no dominan es porque en toda España estaban derritiéndose y fundiéndose en no sé qué otras categorías políticas que apenas si alborean y en que la cuestión de la forma de gobierno significa poco.

Pero… ¿levítica? ¿Levítica Salamanca? Conozco pocas ciudades de mayor tolerancia y amplitud de espíritu. Cierto es que aquí hay procesiones a cada momento, pero eso es algo estético, ornamental. La Plaza Mayor parece haberse hecho para celebrar en ella procesiones, sean religiosas o cívicas, sobre todo a la caída de la tarde, al anochecer, y con cirios y velas. Los balcones se cuelgan y es una verdadera fiesta para los ojos. La gente gusta del espectáculo. Y si la procesión va nutrida de ella, sobre todo de mujeres, he visto entierros civiles concurridísimos. Y nunca, jamás, he sido testigo de esas violencias de palabra y de obra que en otras poblaciones —en la mía natal, Bilbao, por ejemplo— ocurren en estos casos.

Me diréis que es porque aquí a nadie le importa nada, porque la gente es indiferente a esas luchas. No, no es eso precisamente. Es que en este ambiente, bajo este cielo, al pie del oro secular de estos monumentos, esos motines callejeros serían una discordancia. En esta plaza, en que la muchedumbre discurre rítmicamente, una refriega sería algo estridente y atópico. (Atópico, acaso tenga que decirlo, dice en la relación de espacio lo que anacrónico en la de tiempo.) Y no es que alguna vez no las haya habido.

Y por debajo de todo esto, subterráneamente por así decirlo, fluye una cierta vida espiritual en esta ciudad, una vida espiritual mucho más intensa que en otras ciudades españolas de mayor población y de más activo movimiento mercantil e industrial. No creo que en los tiempos famosos de esta universidad interesaran aquí las eternas cuestiones más que hoy interesan.

Cierto es que, en el respecto de la cultura, tiene esta ciudad la desventaja de su lejanía del mar. Aunque me parezcan exageradas expresiones como aquellas de que la civilización no llega sino basta donde llega la marea, y la de que sólo tienen sal en el espíritu los que se han criado oliendo la sal marina, creo, sí, que el mar ha sido el gran elemento civilizador. Pero civilización es una cosa y cultura otra y acaso la vida intelectual de un puerto tenga más de bambolla y de apariencia que de realidad intima.

Los fenicios, el gran pueblo navegante y comercial, trasportó ideas más bien que las creó, las puso en circulación. Fue un pueblo hierático, sacerdotal, el Egipto, el que realmente inventó el alfabeto, y fue un pueblo mercantil Fenicia, el que para utilidad de sus letras de cambio, desamortizó y civilizó —esto es, hizo civil— ese secreto sacerdotal.

Nací, me crié, me eduqué y viví basta mis veintisiete años en un puerto y después me vine a esta ciudad interior, de la meseta, por donde corre un río que no trae ni lleva más que sus aguas; pero puedo aseguraros que si allí, en mi nativo Bilbao, se me despertó y aguzó el sentido de la curiosidad universal, de la inquisitividad —páseseme la palabra— aquí no me ha faltado materia en que ejercerlo. Y acaso con ventaja.

¿Pero a qué he de hablaros más de esta ciudad? Siempre que os hablo de mí, de mi España, de cualquier otra cosa, os estoy hablando de ella. No la juzguéis por mí solo, pero creed que si hay sigo en mí y en mis escritos que os satisfaga, a esta ciudad de Salamanca se debe ello en mucha parte.

Salamanca, abril de 1914

Andanzas y visiones españolas (Miguel de Unamuno)

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