Por el alto Duero

LEER EL PAISAJE

Miguel de Unamuno

Paisajes del Alma


POR EL ALTO DUERO

Huir, huir de la lóbrega caverna legislativa y a correr, al sol, tierras castellanas, trasespañolas, ante Palencia, Burgos y Soria. A remontarse uno.

Primera parada en Lerma, en la espaciosa plaza del palacio ducal, que con uno de sus brazos ciñe al pueblo. Abajo, en el valle, entre verdor, fluye el Arlanza, rojo de siena. Y otra parada luego en Covarrubias, a ver su iglesia —un celebrado tríptico en ella— y el museo parroquial. En aquélla, sepulcros de supuestos condes soberanos de «Castiella la gentil» —doña Sancha, el rey Fernán–Núñez—, y en el museo, entre más remotas antiguallas, un sable curvo, especie de alfanje, que dicen fue del cura Jerónimo Merino, el famoso guerrillero, otro salido «de la casta del Cid», como el Empecinado. Mas para el magín «hambriento de ensueño sosegado» aquel claustro —al cura le recordaba el de San Juan de los Reyes—, claustro humilde, pobre, pequeño, laya de corral gótico, donde sobre yerba yacen siglos vacíos e iguales. De allí a otro claustro, éste ya espléndido, el de Santo Domingo de Silos.

Hacía más de diecinueve años, en la Semana Santa de 1914, que había visitado Silos en busca de reposo. El mismo claustro, con el mismo ciprés que busca por sobre las arcadas, luz del cielo; la misma cigüeña, los mismos monjes. En el álbum del monasterio dejé entonces la primera redacción de donde salió para mi poema El Cristo de Velázquez —que fraguaba entonces— el pasaje que dice:

¡Conchas marinas de los siglos muertos,
repercuten los claustros las salmodias
que, olas murientes en la eterna playa,
desde el des–cielo de la tierra alzaron
almas del mundo trémulas, pidiéndote
por el amor de Dios descanso en paz!

Y desde aquel verano de 1914, en que empezó mi mayor batalla, ni un solo día de verdadera paz. ¿Y descanso? Peor sería cansarse de descansar, que es devorador aburrimiento claustral.

Siguiendo riberas del Arlanza, tras una parada en las ruinas del monasterio —otro— de San Pedro de Arlanza, a dormir en Quintanar de la Sierra, donde el río nace. Y tras un plácido sueño, sin ensueños, a la tierra de los pinares, a Salas de los Infantes, y luego al nacimiento del Duero.

El Duero, el padre Duero, padre de Castilla y de León. Hay un breve trecho en él en que se le abocan por la derecha, unidas, aguas que de Burgos tomó el Arlanzón, de Palencia el Carrión, de Valladolid el Pisuerga, y, por la izquierda, de Segovia el Eresma, de Ávila el Adaja. Ya más crecido, «essa agua cabdal» —que dijo Berceo— espeja a Zamora, y van luego a ella caudales de León por la derecha y de Salamanca por la izquierda. Y entra en Portugal. Esta vez fui a verle, a soñarle visto en su cuna, en Duruelo.

Duruelo, esto es, Duriolu, Duerillo, el Duero niño recién nacido. Una humilde aldea donde el río del Cid, el de los guerrilleros, el del romancero, balbuce vagidos entre peñascos y se le unen dos riachuelos. Encima de Duruelo, de su pobre caserío, asomaba, tras unas cumbres peladas, el pico pelado del Urbión como repujado en el cielo desnudo, pelado de nubes. Levanta allí el río —que es el cauce— su raicilla más larga, su rendal (cordón umbilical en técnica), caucecillo de agua que baja de las cumbres del Urbión. Y al poco trecho empieza a trabajar en los pinares.

Mas antes quise coger en ensueño, contemplando al Urbión desnudo, no el estado, el estar, de Castilla, sino su esencia, su ser. ¡El estado y la esencia, el estar y el ser! Si Castilla, si España es buena, nada se da que esté mala, pues ya se sacudirá el estado para rehacerse en comunidad. ¿Y… los que fueron y duermen el sueño de los idos, nos recuerdan a nosotros, sus sucesores y herederos, sus venideros? ¿Y nosotros recordaremos, cuando ya pasados, a los que nos sobrevengan y sucedan? ¡Eterna vanidad del mañana! Mejor acaso el olvido en el hoy. Que la lanzadera del tiempo va del pasado al porvenir y vuelve del porvenir al pasado, a redrocurso, en flujo y reflujo. La historia nos hace abuelos de nuestros abuelos, nietos de nuestros nietos.

En Covaleda, en pleno pinar, una Sierra Nueva —así se rotula— que nos ofrece fábrica casi paleontológica, uno de esos artefactos que el vapor y ahora la electricidad arruinan. En un pequeño salto del Duero niño, una aserradora mecánica, a la que hay que ayudar con el pie por pedales. Y allí pensamos en esos Saltos del Duero —más bien, hasta ahora, del Esla—, con su formidable poderío eléctrico, que acabará con estas venerables reliquias de la industria pasada castellana. En estas sierras primitivas se producía demasiado serrín, y lo más de él iba a perderse en el río. Por lo cual solían decir los de Quintanar de la Sierra, donde el Arlanza es rico en ricas truchas serranas, que las truchas pinariegas del Duero sabían a serrín, truchas aserrinadas. ¡Quién sabe!… El seso de los ciudadanos —concientes, ¡claro!— de las ciudades fabriles en que se asierran programas políticos, ese seso suele saber a serrín sociológico. Se… so… su… sa… El Duero niño susurra, en siseo de sierra, vagidos infantiles, ciñe a Soria y cruza luego la desolación de la escombrera castellana. ¡Santo Padre Duero! Sobrio y austero Duero, de cuya cuenca se salió el salido Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, llamando por pregón en tierras de Castilla a los que quisieran salir de pobres —«quien quiere perder cueta e venir a ritad»— y enriquecerse a costa de moros en Valencia. Y dejaron sus humildes hogares serranos aquellos cruzados de la indigencia.

Un hogar serrano pinariego. Una cocina rematada en chimenea cónica que corona al tejado. Sobre armazón de madera, con sus cuadrales, se monta una especie de gran cesto entretejido de barda de pino verde recubierto de barro y encalado y que se abre al cielo por agujero que recibe luz y agua de lluvia, y por donde sale el humo que antes cura a los jamones. Allí, bajo la chimenea, el hogar, y junto a él los escaños en que, en mesillas de sube y baja, hacen por la pobre vida y la sueñan los sorianos pinariegos. Un pequeño claustro doméstico también. En invierno, por el respiradero entra nieve. Y pensé lo que cuando el Cid Campeador llamó a riqueza a sus convecinos «salidos» como él, serían las barracas de los moros de la huerta de Valencia, de «Valencia la casa», «Valencia la clara», «Valencia la mayor», «Valencia la grande». ¡Pobre Soria!

Los de páramos numantinos bajaron a costas saguntinas. Desde los siglos les recordaban ánimas de romanos y de cartagineses.

De Soria, de sus pinares, salieron en nuestros tiempos hombres roblizos y animosos, trabajadores de verdad —de madera de esencia y no de papel de Estado— a hacer fortuna, y no contra moros. En las Américas y reemigrados han renovado su solar nativo. Basta visitar Vinuesa, donde terminé esta mi correría por las tierras del Cid, a las que fui huyendo de la caverna legislativa y para sacudirme el serrín de sus aferramientos político–programáticos.

Paisajes del alma (Miguel de Unamuno)

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