El Mar

puertochico1

Gerardo Diego

MI SANTANDER, MI CUNA, MI PALABRA

Capítulo II  Mar


MAR

El vasto mar es el protagonista.
Ya es la noche señora
y apenas en las lindes de occidente
se esfuma vaga claridad borrosa.
Las estrellas se encienden allá arriba.
Calla la tierra en sombra.
Ya las pálidas luces interiores
prestan a las ventanas veladoras
un rescatado palpitar de vida
sosegada y piadosa.
El amplio mar, titán infatigable,
modula sin cesar la triste estrofa
de su eterna canturía.
Infúndese en las cosas
una impalpable esencia que trasciende
a salobres aromas.
Y ya no sé si el aire
es mar, si el mar es aire, y ondas
me envuelven, me sumergen
y me acarician de invisibles gotas
mientras sobre la playa se amortigua
la candida sonrisa de las olas.

De Iniciales

 

IMPROMPTU

Cuando me tiendo en la playa
boca arriba,
en estas noches tan hondas
y tan íntimas,

noches de claras, diáfanas
maravillas,
tan evidentes, tan nuevas,
tan antiguas,

la inmensidad se me abre
sin orillas,
sin linderos y sin márgenes,
infinita.

Y qué ansias de hacer cándida
mi vida
para que Dios la contemple
desde arriba.

Qué hermosura. Niño astrónomo.
(Yo tenía
nueve años y estudiaba
de puntillas

torciéndome en el balcón
cosmografía:
Sirio, Antares, Betelgeuse…)
¡Ay, qué líricas

las estrellas, qué profundas
y qué limpias.
Y ver lo que hay más allá,
más arriba,
más detrás de las más altas,
más encima.

Sí, cómo todas me llaman
y me miran.
Parece que dicen: sube,
date prisa.

Cómo se abre el horizonte
y se amplifica
como la onda de la piedra
centrífuga.

Cómo crece el corazón,
cómo rima
con los astros y los ángeles
y palpita

olvidado de la muerte
y de la vida
… cuando me tiendo en la playa
boca arriba.

De Iniciales

 

PLAYA DE LOS PELIGROS

A mi hermano José

Playa de los Peligros: no sé por qué me evocas
la sensación concreta de una isla de caribes,
tú que contemplas muda tras tus abruptas rocas
el desfile de dragas, de gánguiles, de algibes.

Allá, cuando era niño, leyendo a Julio Verne
debió en mí germinar esta imagen bizarra,
y en mi sagrario vive. Hoy sobre mí se cierne,
tapa de mis recuerdos, este cielo pizarra.

Iba yo entonces solo por escollos y breñas
soñando en Robinsones y en aventuras locas,
y eran para mí islotes las verdinosas peñas
y acantilados trágicos las florecidas rocas.

Un bergantín anclado allá en el fondeadero
era el navío dócil a la aventura incauta
del héroe en vacaciones, capitán quinceañero
que renovaba el mito del clásico argonauta.

La escena era tangible si entre las verdes algas
los broncíneos raqueros se bañaban desnudos,
y lucían sus torsos, sus muslos y sus nalgas
manjares tentadores de antropófagos crudos.

Temblando de emociones veía la fragata,
los senos de las velas, blancos anfiteatros
opulentos al viento. En la borda, el pirata.
Arriba, la gaviota… el exótico albatros.

Escenario encantado para vivir novelas.
Viñeta que ilustraba márgenes de relatos
por donde iban cruzando las blancas carabelas
erizadas de arpones para los ballenatos.

Playa de los peligros. Qué a gusto te concibe
mi interrumpida mente caníbal y remota.
Aun si entorno los ojos, el raquero es caribe,
el patache fragata, albatros la gaviota.

De Versos humanos

 

REGATAS

Regatas, blancas regatas
de mi niñez novelera.
Abordajes de piratas
sobre la mar marinera.

Diminuto espectador
que con los ojos abiertos
vuelas en tu mirador
a otras playas y otros puertos,

persiguiendo desde el muro
las paralelas estelas,
sagitario del maduro
arco tenso de las velas.

A la marina ruleta
apuestas tu corazón
por el del aspa violeta
en el blanco grimpolón,

aquel que pilota un hombre
con un ancla en el jersey,
el que lleva sobre el nombre
una corona de rey.

Espectador, no ha lugar
a que goces tus novelas.
Ya no es tiempo y en la mar
agonizan las estelas.

Deja que juegue y que ría
la frivolidad naval.
Tu vida será algún día
una regata mortal.

De Versos humanos

 

EL FARO

Centinela, despierta,
gira la luz del faro,
reloj horizontal de luminosa aguja.
Desde el Norte hasta el Norte, a la derecha,
todos los rumbos del cuadrante.
Y el haz de su destello,
una detrás de otra,
va iluminando todas las estelas,
la del mercante rumbo al mar del Norte,
la del patache lento,
paciente caracol de cabotaje,
y la del trasatlántico
que navega hacia América.
Y al dar la vuelta el faro las bendice.
Brúuja, si tu rosa
es la náutica rosa de los vientos,
tu luz, faro piadoso,
es la celeste estrella de las luces.
Un día morirá en una postura.
Torrero, tú lo sabes,
pero no cuál será.
Engrasa bien su noria.
Así la mula, con la venda puesta,
nunca adivina el rumbo, y obedece.

De versos humanos

 

NOCTURNO FUNAMBULESCO

El muelle es el escenario.
Desde allí diviso el vario,
brumario y extraordinario
panorama.
Los luceros se estremecen.
Tan diminutos parecen
margaritas que florecen
en la grama.

Sobre el silencio terrestre
se abre el blanco circo ecuestre
en el paisaje rupestre
de la luna.
Mis visiones de noctámbulo
acrobatizo sonámbulo
en equilibrio funámbulo
una a una.

La luna en cuarto creciente
es como un huevo esplendente.
Todo el cielo se resiente
de su luz.
Los faroles en hilera
son estrellas de primera,
de segunda y de tercera
magnitud.

Se divisa en lontananza
el verde de la esperanza
y el rojo, sobre la panza
de un vapor.
Y con el lunar reflejo
se agitan en el espejo
formando un vivo aparejo
tricolor.

La guirnalda de las luces
cae en el agua de bruces,
quebrándose en mil chapuces.
Y si arrecia
la brisa sobre el cristal
móvil, rizado, banal,
baila el agua un carnaval
de Venecia.

De Imagen

 

PUERTO CHICO

A Francisco G. Cossío

La nave que dio a luz el horizonte
pliega sus alas como quien
cierra un libro

Al ver a la fragata
todas las chimeneas
se quitan la chistera

He visto en unas redes
los Peces del Zodiaco

Por la noche
cantan los gallos catalépticos
entre los hidroplanos albergados

Y la hija del patròn
desflora las cuatro hojas
del trébol lanceolado de los vientos

De pie sobre las aguas los marinos
que han jurado los remos
los levantan al cielo

Allá arriba
todas las banderas
cantan sus sinfonías marineras.

De Imagen

 

PUERTO CHICO

Invierno

A Antonio Quirós

Corazón del mar cántabro, que humilla,
remansa en ti su sangre tumultuosa,
cuadratura del rumbo y de la rosa,
sábana y almohada de la quilla;

toda estela de sal en ti se ovilla
a soñar, a dormir en paz dichosa,
y yo también, cuando el monzón me acosa,
repaso en ti mis rutas milla a milla;

y las bordadas, látigos, meandros,
y el orzar de mis líricos balandros
que patroné, gloriosos de velamen.

Y hoy es la noche y bajamar. Escampa
el chaparrón. Qué olor el de la rampa.
Aguas con alma besan, huyen, lamen.

 

PUERTO CHICO

Verano

A Evaristo Lavín del Noval

Míralas ya: sus bisectrices proas
—flotilla de traineras paralelas—
no cortan, cabecean. Duermevelas
de caza verdiazul, sardas y anchoas.

Enfrente tus balandros, tus canoas
—chorros de oro, aguarrás, plata de estelas—.
Y oyendo el palpitar de tantas velas,
tus atlánticos sueños abarloas.

Tú, patrón en tu yate de regata,
tú, capitán, grumete de fragata
y la galga escorada que ya vira

por la baliza. Puerto Chico. Barcos
al socaire de piedra de los arcos.
Tu Puerto Chico, tu ventura. ¡Mira!

 

PUERTO CHICO

Sostenidas por olas zozobrantes
van llegando las naves
el vigía ha gritado Puerto Chico
Las naves se desnudan
para entrar en el nido

Aquella tan hundida
trae un lastre de millas
y devana unas brazas
para anclar en la rada

Los pescadores
que han jurado los remos
los levantan al cielo

Y como rayos bajan las gaviotas
a posarse en la guindola

 

NIEBLA

Te acuerdas? Junto al mar, que restallaba
sus árboles de espuma vengadora,
cada instante más íntima, la hora,
al desmayar, nos sensibilizaba.

De puntillas, el faro atalayaba
tanta otoñal inmensidad sonora.
Él sólo vio acercarse a la invasora,
nòrdica bruma hacia la costa brava.

Qué isla de niebla ya. Ceñía el mundo
―pálido estuche entre algodòn vacía—
nuestro temblor de razas primitivas.

Solos, en el destierro más profundo.
El ciego mar, las rocas auditivas,
el aire inverosímil, tuyo y mío.

De Alondra de verdad

 

BAHÍA NATAL

A Gerardo de Alvear

Cristal feliz de mi niñez huraña,
mi clásica y romántica bahía,
consuelo de hermosura y geografía,
bella entre bellas del harem de España.

La Luna sus mil lunas en ti baña
-tu pleamar, qué amor de cada día-,
y te rinden reflejo y pleitesía
montañas, cielo y luz de la Montaña.

Mi alma todas tus horas, una a una,
sabe y distingue y nombra y encadena.
De mi vivir errante fuiste cuna

nodriza, y de mis sueños madre plena.
La muerte, madre mía, a ti me una,
agua en tu agua, arena de tu arena.

De Alondra de verdad

 

NORDESTE AZUL

Nordeste azul, ¿de qué minas y gozos
de sal, de sol, de qué hébridas o antillas
acarreas tus risas, tus fablillas,
tus repentes de luz, tus alborozos?

Lámina azul sobre los verdes pozos,
riza, desriza, erízate en puntillas,
y vosotras, paced, brincad, loquillas,
cabritillas de nieves y retozos.

Nordeste azul, amor de las goletas,
vierte tu leche cóncava en las tetas
de las lonas que alumbras y estremeces.

Clarísima se te abre mi bahía,
¡hip, hip, hurra!, a tus besos y a tus peces,
jinete sie m pre azul de la alegría.

De Alondra de verdad

 

VIENTO SUR

A José G. Solana

No existe el aire ya. Las lejanías
están aquí al alcance de la mano.
Evidente es el mundo y tan cercano.
He aquí la densidad que apetecías.

La luz se cierne en mineralogías
tan de ardiente osatura y primer plano,
qe me brota este grito sobrehumano:
Gloria al bramar de las montañas mías.

Es el viento que encrespa sus bisontes,
que en bravo alarde de torsiòn y ultraje
lomos restalla de olas y de montes.

El viento que me empapa de paisaje.
Sur viento sur, enròlame en tu viaje
y ráptadame en tus brazos de horizontes.

De Alondra de verdad

 

LA ISLA DE LOS RATONES

A Manuel Arce

Isla mártir, cautiva y soñadora
de azules polinesias y reflejos,
fondeada entre Helechas y Pontejos
a la materna sombra bienhechora,

tumbada, de la reina: nadie mora
en tu desolaciòn sin aparejos,
ni en pleamar balandro, hacia el sur, lejos,
hasta ti la bordada sesga escora.

Tú eres pura y remota como una
tierra de luna, lágrima de luna,
llorada acaso antes que Adán viniera.

Sòlo mis manos cálidas suavizan
tus cráteres de ciega y te deslizan
un sueño terrenal de primavera.

 

LA ISLA DE MOURO

A Julio Maruri

Adelantada tú en el mar violento,
se estrella en ti el retumbo de la ola,
que se abre y alza en férvida corola
con raíz de galerna y de tormento.

Sube el globo —tan blanco— sube lento,
lento, moja el fanal de la farola
—quieto, oh nivel, oh cumbre— y ya se inmola,
ya se derrumba turbio y ceniciento.

La catapulta tu perfil socava,
pero tú, isla de Mouro, te alzas brava,
sobre el puntal de arenas y de espumas,

partiendo en dos la enfilación del viaje.
—¿Adónde tú, alma mía, al cabotaje?
—No. Al septentrión de las heladas brumas.

 

BAÑOS FLOTANTES

Baños flotantes: poeta que os cante,
quien os pinte y evoque.
entre ya en el infierno con el Dante.

Mañanitas de agosto por San Roque,
las frescas mañanitas.
Y el arca allí, esperando a quien le toque.

—Mi niño, ¿por qué lloras, por qué gritas?
Entra, no tengas miedo—.
Y a rastras piso las tablas malditas.

Húmeda oscuridad. Tiembla el denuedo
al bajar la escalera.
Gradas en agua negra y verde enredo.

Hiélase el pie flotante en la primera,
y al sondar la segunda,
pierna con muslo se suplida entera.

Vientre, cintura, pecho. Ya me inunda
los hombros la marea.
Oh frío de Satán, machina inmunda.

Y arriba, afuera, cálida, rotunda,
la luz del sol triunfa y centellea.

 

LA PEÑA DEL CAMELLO

A Jesús Corona

El ciego azar del mar martilleando,
cincelando, besando la pasiva
dureza de la roca fue logrando
una escultura viva y transitiva.

Y la roca que al arpa jamás cede
no resistió el clarín; «Tú serás forma,
tú serás orden, vida». Tanto puede
la bruja tentaciòn hacia la norma.

Sí, roca balbuciente, escollo blando,
tú serás vida, tú eres vida ansiosa,
tú estás ahí creando, estimulando
la ingenuidad del hombre y de la rosa.

Estás ahí, a la vuelta del camino
—mírale ¿no le ves? mira el camello—
para enseñar la burla del destino
y del reflujo, con el agua al cuello.

A bajamar tallado sobre un plinto,
hundido en pleamar, tú nos enseñas
la inconstancia y nivel del laberinto
que las espumas tejen en las peñas.

Rudo camello, bestia sin lisonja,
remedo tosco de las zoografías,
con tu rugosa calidad de esponja,
quieto en la caravana de los días.

Estás ahí, gozando de un milagro.
Naciste, vives, morirás, oh flor
de azar. Camello, dromedario, onagro,
regresarás al caos. ¡Nevermore!

 

LA PEÑA DE MEMNÓN
(Bahía de Santander)

A Leopoldo Rodríguez Alcalde

La peña de Memnòn. Si el sol la besa,
sones de arpa se abren como rosa.
¿Còmo del Alto Nilo tú, princesa,
rondada aquí del ala tenebrosa?

Al par de las cabezas del escudo
¿viniste tú flotando? O ¿quizá Osiris
—tan delicadamente— rodar pudo
tu esfinge mútil por el arco iris?

Quizá por eso cuando el padre cesa
de enrojecer en tí su última gota,
nublas el arpa trémula y regresa
a tu mudez la música remota.

Para mí sòlo tu crespòn secreto.
¿Dònde la peña? Ciérrate, soneto.

 

MI ISLA

A Ignacio Romero Raizábal

Cuántas veces sueño y sueño
con una isla, mi isla,
en medio de mi bahía.

La marea sube y baja
y a los barcos da la vuelta.
Y mi isla siempre quieta.

Isla con sola mi casa,
árboles de sombra y prado,
verde oscuro y verde claro.

Desde mi terraza escucho
a los pájaros del tròpico.
Vuelan y chillan los loros.

Cuantas veces vuelve el sueño
empalmo novela viva.
Siempre la misma mi isla.

Viendo pasar la corriente
me figuro que navego
con mi pasajero el sueño.

Qué resbalar tan inmòvil.
Qué evidencia tan vivida.
Cuánto existes tú, mi isla.

 

ENDECHAS

A José Hierro

Arena que vas,
arena que vuelves.
Fiel a tu compás,
jamás te disuelves.

El aire te besa,
la ola te acuna,
el sol te procesa,
te absuelve la luna.

Esclava en la orilla,
novia innumerable,
déjame, chiquilla,
que contigo hable.

Tus colores mudos
cantan las mareas.
Sueñas pies desnudos,
los borras, los creas.

Tú eres roca, risco,
nebulosa de ola,
talco de marisco,
perla y caracola.

Corazòn deshecho
de la vida plena,
naufragio, urna, lecho,
áncora y carena.

Tú ahuyentas mis horas,
juegas con mis dedos,
urdes y atesoras
resquicios y enredos.

Resbalas delicias,
náyade en la mano,
divinas primicias
del linaje humano.

Mi amor, venga o vaya,
ritmo nuevo estrena
si invierte la playa
su reloj de arena.

Cuánto calor guardas,
cuánto sol cernido.
Qué huellas de Anardas
te han estremecido.

Huellas de Atalantas,
de Dafnes, de Europas.
(Vuelas, te adelantas,
raptas, ciegas, topas.)

Mece El Sardinero
sus sueños de estío.
Soledad de enero,
pálida de frío.

Furia en Las Quebrantas,
trueno alzado en bruma.
Tú cantas, decantas
derrumbos de espuma.

Arena lavada
de sol y de lluvia,
la del sol violada
prieta arena rubia.

Y, enfrente, el convento,
la arena morena,
arrepentimiento
de la Magdalena.

Arena sin prisa,
reina del olvido,
almohada sumisa
para el dolorido.

Mortaja en declive
hacia el ahogado,
madre que recibe
al del vientre hinchado.

Sueño de las algas
que Ulises se viste,
molde de las nalgas
de Nausica triste.

Porque tú eres toda
grávida y liviana,
doncella sin boda,
monja y barragana.

Porque ardes de brama
y mueres de celos,
desnuda en tu cama
y envuelta en mil velos.

Porque tú me quieres,
novia en todo instante,
y a mis pies te adhieres
con besos de amante.

Porque así cohechas
mi libre albedrío,
te rimo en endechas
mi amor, oh amor mío.

 

MANO EN EL AGUA

A Eduardo Díez-Rábago

Hierve el agua feliz de sal y roce,
al desflorarla en flecha la costura
de la proa. Por una y otra amura,
senos se hunden, abultan, piden goce,

tacto viril, castigo que destroce,
solidez a que asirse, forma dura.
Y yo dejo colgar mi mano impura,
mi mano que el misterio desconoce.

Mano en el agua, palma muerta, estrella,
dedos que peinan lágrimas y risas,
líquidas chispas de la helada fragua,

mimos de madre y burlas de doncella,
Mano en el agua y sus delicias lisas,
siempre verde, inconsútil, virgen agua.

 

EL BUZO

A Estanislao de Abarca

¿De Marte o de Neptuno? Oh duermevela,
oh loca pesadilla de Casandra.
La monstruosa y torpe salamandra
—tal un sueño en la libido— en la estela

de un viaje submarino hurga y revela
costillas de naufragio y de balandra.
Qué emociòn —niño yo— si la escafandra
emerge chorreando agua y novela.

La enorme cabezota pesa y duele
a la presiòn de atmòsfera y nos suele
mirar el buzo tras el vidrio espeso

con profunda y plutònica tristeza.
Hombre ya, se destoca la cabeza
y del aire mortal comulga el beso.

 

«REINA DEL PACÍFICO»
(Nocturno)

A José Díaz de Villegas

Nunca me cansaría de mirarte,
agua de oro, lámina de oro,
ondeante pendòn con flecos de oro
mojándose en el negro azul bahía.
El Reina del Pacífico
blanco en la noche (blanco al sol del tròpico,
negritas rosa y verde por las calles,
ron y jerez subiendo sus niveles
comunicantes
en tabernas de cinc y de castaño)
suavemente se duerme fondeado.
Su obra viva descansa de oleajes,

de malecones y de esclusas,
y deja que las luces de la fiesta
enjoyen entre músicas soñadas
el agua, el aire, el cielo.
Fidelidad de la memoria niña
abriendo el álbum con el oro músico
del erizo cilindro —urna traslúcida,
vals criollo, llavecita
de oro en terciopelo
granate para el tacto del oído—.
El mismo oro, sí, gira esta noche
batihojando, ondeando, desflecándose,
sucediéndose eterno y fabuloso,
y el tacto de mi oído goza ahora
sobre un fondo de oleaje efervescido
—ha rasgado las aguas la canoa—
la música de magia, oro en sordina,
vals de Cuba feliz, flecos de escalas.

 

EL PADREMADRE MAR

A Bernardo Casanueva Mazo

Mar de mi costa, mar, mar, mar, mar, mar.
No me canso de nombrarte.
Tu nombre eres tú mismo.

Cantas y ruges, te hundes y te alzas,
me creas tú, me forjas, mar martillo,
mar yunque, fragua, agua de fuego.
Y me sumo irresistiblemente en ti y a tí,
a ti me arrojo, en ti me fío,
sostenido en tus senos, madre fiera,
madre amansada, y juego con tus pozos
y hundo mis brazos por tus venas
y te obtengo aunque me huyas y te rías
en carcajadas de irrisiòn y espuma.

No sabe, no conoce al mar,
a la mar, al padremadre mar
quien no naufraga y flota,
quien no se siente en él inacabado,
creándose y deshaciéndose
y de nuevo existiéndose en sus brazos.
Ay del contemplativo que le teme
y no depuso en él peso y orgullo.

Jamás sabrá de sí ni de la vida
ni del mar mismo, espejo impenetrable
que hay que romper en mil añicos
poseyéndole en ímpetu genésico
para sentirse en él el ahogado,
el poseído de su azul demonio,
todo glorioso de una muerte
que es una salvaciòn. Cielo y mar truecan
sus luces, ejes, polos,
y el embriagado de ahogo, el ya sin aire,
mira por vez primera,
con delirantes ojos
cata el verdor diáfano del ser.

Es la otra vida, el vuelo
creador del nadir o cielo inverso
del que cuelgan columnas de burbujas,
vuelo de libertad entre estrellas
que lentamente giran
emisoras de eléctricos calambres,
palmas que se abren, cavernas sin revés,
estelas de una espada perseguida del fòsforo,
ojos que laten, y medusas huecas:
la otra vida, la vida creadora,
el inmanente seno sin destino.

Cuando después del rapto, al cielo altísimo
devolvemos en plancha nuestra yacente cruz,
y mar y aire se reparten
como a buque de obra muerta y viva
nuestro rígido cuerpo,
es ya otro el mortal tras de esa muerte
y esa resurrecciòn devoradoras.

Mar, mar y mar, sí, padremadre mar.
Desde el origen nos amabas,
nos amabas total, cierre, esperanza.
Al salir de tu limbo siempre es por vez primera
y nos vemos modelados y cumplidos,
hijos del mar y en nuestro ser colmados.

BUSCAR EN LA BIBLIOTECA: Mi Santander, mi cuna, mi palabra (Gerardo Diego)

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