La Peña de Francia

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Miguel de Unamuno

ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS


En la Peña de Francia

Para descansar de las visiones de miserias de los barrancos hurdanos, para digerirlas más bien, ¿qué mejor sino la cumbre de la Peña de Francia, al abrigo del venerado santuario? Allá arriba, pues, ascendiendo paso a paso y huelgo a huelgo el pedregoso sendero; allá arriba, a hacer provisión de sol y de aire y de reposo.

Allí, en la cumbre, allí sí que parece la vida un sueño y un soplo. Pero un sueño restaurador de la vela. «Tal cosa es la vida —dijo Leopardi— , que para soportarla hase menester de tiempo en tiempo, deponiéndola, recoger un poco de aliento y restaurarse con un gusto y como una partecilla de muerte.»

Allí arriba, en la cumbre de la Peña de Francia, sentía caer las horas, hilo a hilo, gota a gota, en la eternidad, como lluvia en el mar. Mejor que gota a gota diría copo a copo, pues que caían silenciosas, como cae la nieve, y blancas. Es del silencio sobre todo de lo que allí se goza. No se oye a la alondra que, elevándose desde los surcos del sembrado de las llanuras, siembra su canto desde el cielo, sino que se ve al buitre cernerse sin ruido sobre nuestras cabezas, o tal vez a nuestros pies. Porque hay aire debajo, como le hay encima y en derredor de nosotros.

¿Distracciones? ¿Diversiones? ¡No; a Dios gracias, no! Ni dis-tracción, ni di-versión, sino más bien in-tracción e in-versión. Al perderse así en aquel ámbito de aire hay que meterse en sí mismo. Pero en lo mejor de sí. Meditar, esto es, vagabundear con el espíritu por los campos de lo indefinido, mientras se contempla aquellas negras masas de mosquitas al abrigo de los muros interiores del santuario, en la iglesia y en las celdas, o mientras se espera qué hará al llegar al extremo de la varita aquella vaquita de San Antón —tan redondita, roja y con sus pintitas negras— que la pusimos en la cucaña para matar en algo el tiempo, o mientras oímos perderse en el aire de la cumbre los sones de la salve del rosario, que brotan del coro al despedirse el día.

En la vida de sosiego cualquier accidente cobra relieve. Hay que ir a despedir, escoltándolo un trecho, al que baja al llano y se va; hay que salir al encuentro del que sube. ¿Quién será ese que viene?

Y luego horas y más horas en ver tenderse a nuestros pies, como un mapa que sobre una mesa se despliega, el llano.

De la parte Sur, por detrás de la intrincada malla de los montes de las Hurdes, el llano de Extremadura brillando al sol, la principal incubadora que fue de nuestros viejos conquistadores. Y del lado del Norte, este mi campo de Salamanca, este dorado campo de mis ensueños de otoño.

Me pongo de cara a la ciudad, que está allí, por sobre aquel piquito oscuro. A mi derecha, al naciente, el macizo de la sierra de Béjar, el Calvitero, en forma de gigantesca parva. Brillan algunas casas de Béjar. Saludo a la cima hermana, más alta que ésta en que estoy, y donde una vez, antes de rayar el alba, acostado en tierra y sin más techo que el cielo, me vi envuelto en una nube de tormenta. Y fue entonces cuando comprendí al Dios del Sinaí.

Más acá de Béjar, y a mi derecha también, la región de la sierra de Francia. El rio Francia va allá, por dentro de esa mancha que marca su tajo. Allí abajo está San Martin del Castañar, con las ruinas de su castillo, cubiertas en parte por el manto verde de la yedra, y más allá, después de pasado Sequeros, Miranda del Castañar también, y también con su castillo. A cada uno de esos pueblecitos se podría bajar en un vuelo desde esta altura, sin más que dejarse planear, con las alas quietas. En esos castillos habitaron acaso señores cuando los señores vivían en el campo, allá, qué sé yo… en los viejos tiempos de Maricastaña, en los días aquellos en que las hijas de los reyes

iban a lavar sus paños al agua,

según canta la canción infantil. Y todo ello son hoy canciones de niños. Los castillos de Castilla están vacíos, y los nietos de los que los levantaron no es que no los habiten, es que los dejan arruinarse y abatirse a tierra. A lo mejor sirven sus piedras para hacer cercas.

Aquí, más cerca, diríase que a un tiro, otras ruinan, las ruinas del convento de abajo, junto al Maíllo. Era el convento de invierno que tenían los dominicos que veraneaban en este convento alto de la cima de la Peña. Pocas cosas más melancólicas que una colmena silenciosa y desierta. Y entre este convento abandonado y aquel otro pobre convento de Franciscas, el del Zarzoso, que se ve allí blanquear en la cuesta, ese manchón de verdura por donde se guarecen los corzos y adonde a las veces baja el jabalí.

A la izquierda, en aquel tapiz de tan variados matices y cambiantes, donde predomina el oro, brilla a las veces, a la caída de la tarde, y como un ojo celeste en la tierra, la laguna del Cristo de la Laguna. Y me sube del fondo de los recuerdos uno que allí se me grabo para siempre: el de una tarde, puesto ya el sol, en que al trasponer una pliegue del terreno vi de pronto a las encinas como mirándose en un cielo que se extendiera a sus pies.

Otra vez, a la derecha, aquí, cerca, asomando tras esa loma, los tejados de la Alberca, a que domina la torre de la iglesia. Estos pueblos que se pueden abarcar así desde lo alto, en una ojeada, y que se diría cabe cogerlos en un puño. Y allí dentro es todo un mundo. Y cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al cielo, por si llueve sobre la tierra.

¿Y si no llueve? Si no llueve, los frutos abortan en leche, y a otros les ataca el tizón. Cuando el fruto de la encina, y aun el de otros árboles, enfermándose, se mela, destila a tierra mangla, que cosechan las abejas, pues es la mangla dulcísimo tributo para la miel de la colmena. Destila miel el pobre árbol enfermo.

Una mañana, al levantarme antes que el sol y salir a saludar al campo, cubría la llanada un mar de nieblas sobre que se destacaban, como islotes, algunas colinas. Por desgarrones del mar veíase a ratos su fondo verde. Es una visión que recuerdo siempre que en el fondo de estas ciudades del llano en que vivimos amanece un día sin sol, por velarlo la niebla baja. Esta baja niebla, que retiene y arrastra sobre los plantíos los gérmenes del añublo. A la cumbre, donde no llegan las nieblas, tampoco llega el añublo del espíritu. Se añubla el alma, como el trigo, bajo la niebla que forma el vaho de nuestras mismas concupiscencias.

Allá lejos está la ciudad. No se la ve, pero se la adivina. Y allí caen las horas con ruido, como la lluvia sobre el empavesado de sus calles, sobre las losas estériles. Ese ruido se hace a las veces un rumor continuo, como el del agua que muele en una aceña, y acaba uno por no oírlo y se duerme brezado por él. Pero no se goza del silencio de que se goza aquí, en la cumbre, donde no hay aceña ni hay molienda.

Allá, lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes de la sierra de Gredos, cual mordiendo al cielo. Y recuerdo aquellos versos del estupendo soneto de García Tassara, los que dicen:

Cumbres del Guadarrama y de Fuenfría,
columnas de la tierra castellana…

Columnas, sí, pero truncas. ¿Qué sostienen? ¿Acaso el cielo? ¿O no son más bien lo que nos resta de un vasto templo que cobijó a un dios, hoy muerto, en algún tiempo? ¿O no son torres babélicas de la naturaleza, de cuando ésta quiso escalar el cielo? Aquí, bajo mis pies, dentro de esta Peña de Francia, ¿no sufre y espera algún Encelado, algún titán preso? Todo este reposo ¿no está preñado acaso de inquietudes? ¿No es este el punto de equilibrio en que se encuentran enormes fuerzas que se contrapesan?

Algo así debe de ser, porque de! seno de este reposo siento que me invaden el alma aluviones de energía y un tumulto de pensamientos informes, de larvas de ideas, que, formando nebulosa, buscan liberación. El silencio está preñado de rumores. Y de las visiones de esos pueblecillos tendidos a mis pies parece subir la llamada de la patria. Esta alfombra que se despliega aquí, debajo mío, es un pedazo del cuerpo de España.

Hay que bajar de la cumbre, dejando a los buitres que se ciernan sobre ella. Dentro de unos meses la veré a lo lejos cubierta de nieve.

Salamanca, septiembre de 1913

BUSCAR EN LA BIBLIOTECA: Andanzas y visiones españolas (Miguel de Unamuno)

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