La Montaña

miera1

Gerardo Diego

MI SANTANDER, MI CUNA, MI PALABRA

VII   La Montaña


SALTACABALLO

Camino de Castro,
sin miedo a la ola,
¡up!, salta, caballo,
desriza la cola.

Jinete de viento,
vientre de tambor.
Caracoleando
se salta mejor.

Por acá la venta,
por allá la mar.
Arriba el relámpago,
abajo el bramar.

Cíñete a la curva,
tira del bocado.
Entre roca y cielo,
ángel santiguado.

Las encartaciones
quedaron atrás.
Cuatro cascos vuelan,
clavan el compás.

Blanca Castro Urdiales
te sonríe al pie.
Cesó la tormenta.
El tajo se fue.

Romance te besa
de rivamontán.
Tu caballo al paso,
jinete galán,

ARGENTA

«Castro Urdiales»

Donde espumoso el mar siciliano
el pie argenta de plata al Lilibeo
.

Góngora

¿Sobre un carro de fuego vuelve Elías?
¿Quién va a amansar los truenos y los rayos
en brisa de suspiros y desmayos?
¿Quién cantará la gloría del Mesías?

Oh flor de los trabajos y los días,
desmelenada flor de los ensayos,
¿quién te alzará en mí valle de picayos,
luz de rabeles, paz de chirimías?

«Ya el patrón se nos fue» calla el ochote
y gime al roce el tenso calabrote.
Ay, Misa de la mar que el cielo renta.

En la playa desierta, arpa tumbada,
rasga y rasga la ola alborotada
su glisando de espuma: Argenta, Argenta.

RAPSODIA DE LAREDO

A Luys Santa Marina

Libre, como la mar, quiero mi verso,
unánime de acentos y de impulso,
para cantar la luz en la esmeralda,
la rampa al sur y al norte la rompiente.

Me desperté esta noche. Alguien cantaba
aquel cantar «La lancha marinera
la tengo de pasar… » Cuando una copla
antigua y tan remota nos visita
aflorando del sueño en el remanso
entre los juncos ávidos de alba,
cuando un cantar en la memoria hundido
nos despierta, volando ya a la vista
de la lejana mocedad salvada,
la vida arranca súbito sentido
a la flotante estela y confiamos
en que es verdad el alma y lo que canta.

«Mis primeros amores no los puedo
—tampoco yo— olvidar.» Primera y nueva
en el cantar la niña de Laredo,
nuevo siempre el amor, nueva es la vida,
nueva otra vez la arena y nuevo el brazo
de la ola acostándose en la playa,
nueva la hierba verde con su oro
y el pleito del cantueso y del escajo
que a sotavento escalan la agria peña.

Me desperté —decía—. No: cantaba.
Canto es la noche unánime del bosque,
canto la aurora que la mar alumbra,
canto el nombre que canto y sus tres sílabas,
la más bella pregunta hecha motivo
para infinito devanar. Tres notas,
—La-re-do—, lomo de ola, ángulo en ala
de gaviota; el eco se repite
y del peñón tajado de Santoña
rebota por los huertos de Colindres
y allá en Peña Rocías se derrama.
¿Quién sabrá responder a esa inocencia?
Dejadla preguntar de rama en rama.

No. La respuesta es suave contrapunto
de ría y de marisma. Oh maravilla.
El esmero de Dios jugando al cosmos,
cegando dulcemente en oloroso
chapotear de estero mariscado
el fango verde de marea baja,
curvando el rubio alfanje que dirime
la contienda del valle y del abismo.
Playa humana y divina como verso,
como ala legada de ángel cántabro,
ángel del norte, a España enamorada.
Playa infinita, envuélvame la ola,
rasgando en ti la cresta de su escala.

«… marinera la tengo de pasar».
Pasa, barquero, déjame los remos,
arría la vela que se ha echado el viento.
Cuesta al cielo, arrabal de la marina.
Remos de la trainera, ya en exvoto
de ermita o de museo. ¿Ni el bichero
ha de atracar la borda del pejino?
Van las parejas sesgas por el puerto,
saltan la barra, escoran, cabecean
ya en la libre altamar, guardando siempre
su intervalo de Géminis. Silencio.

Cesa la maniobra. Todo calla
menos la sal que mocha con sus cuernos
de espuma de babor y el combés lame.

Es la altamar. Combates y naufragios,
memoria alucinada de los siglos,
celtas, vikingos, bátavos, normandos.
(Juana vehemente y dulce Catalina
miran la mar con ojos verdes, garzos.
Rachea el sur en el pendón del César.)
En estas aguas trágicas se mece
tu cuna y mapa, azul cartografía.
(Un yate arribó ayer de La Rochela.)
Presente eterno en rosa de bitácora.
Y otra vez late el corazón sonoro
y la red va enmallando el atropello
de platas y de sangres y de nácares
en arrastre tri tónico y convulso.

Y otro cantar, de pronto, en la ribera.
«Yo la vi y ella me miraba
y en la mano llevaba una jarra
para regar —sin prisa— los claveles
que tenía —¿fue ayer?— en la ventana.

Yo la vi y ella me miró
y en la mano llevaba una flor.»
Una flor y una mano que se mueve.
Una mirada, dos miradas, flechas
que van y vienen, cerca ya, se cruzan
—espadas del amor—. Muchas miradas,
millares de miradas, flores, flores,
arcos de flores, bóvedas de flores,
culebrinas y sierpes y bombardas,
«y arrójemelas y arrójeselas
y tornómelas…». Niña: naranjicas
de Novales, de Liendo los limones,
pomos casi cerrados de magnolias,
dalias de Ampuero ardiendo como soles.

Y ella —risa en los ojos— me miraba,
y un julepe o fragata —arrastro, triunfo—
de sotas y grumetes, nieve y oro.
Toda la batería de la sangre,
rosas, adelfas y otra vez claveles,
madroño en perdigones y grosellas,
ruedas de zinnias, fucsias y peonías,
y el grito rojo de los alelíes
y el hacha de abordaje en el estribo.
Batalla cruel sin máscara ni yelmo.
¿Quién contará tus víctimas, tus náufragos
en tu tumulto y remolino hundidos?

Agosto de Laredo y sus cantares,
ahora ya dormidos en la playa
al beso de la luna montañesa.

SUEÑO DE SANTOÑA

De Santoña poco sé.
(Santa María canté
en San Juan de Rabanera.)
Una esbeltez de trainera
y una peña que escalé.

¿Conmigo iba una muchacha?
¿Siesta de agosto y de ardor?
¿Mano en la seda? ¿O la hilacha
suelta al vuelo de la racha
y las árgomas en flor?

Desde la altura bravía
de tinta la mar sería
casi sólida de azur.
El bochorno insinuaría
vago repunte de sur.

—Desde arriba tres cuadrantes
abarcas. Mira el Serantes,
Guriezo, Lobera, Alisas.
Verdes y añiles cambiantes
del abra a tus pies divisas—.

Con Santoña sueño a veces,
dormido entre playa y playa.
Sobre mí vuelan los peces.
Desde el peñón me da vaya
un mono cascando nueces.

DISUELTA EN LLUVIA

Bendita sea el agua, el agua mansa.
Tú me la envías, tú, por ti me besa
en mi frente desnuda y montañesa.
Besa, oh lluvia purísima, remansa

en mí como en mis ríos: Deva, Nansa,
Saja y Besaya —amor que nunca cesa—,
Asón que el salmón salta presa a presa,
Pas que en cantar mi sangre no se cansa,

Miera que a un sable de oro su alma entrega.
Todos mis ríos, toda mi fortuna,
rizados van de ti, lluvia mimosa

que mojas, oscureces playa y duna.
Porque eres tú, disuelta en lluvia ciega,
quien me lame las manos amorosa.

CARTA AL HIJO DE UN INDIANO

—Fernández Moreno—
«Barcena de Cicero»

Vaya esta carta al hijo de un indiano.
Sea en abreviatura y homenaje
mi epístola —sencilla— de un verano.

Esto no es Chascomús, es el paisaje
de Sentaraille, al pie del Pirineo
que entra por mi balcón en oleaje.

No intentaré pintarte lo que veo.
Imagínalo tú que eres poeta
y a ciegas ves y a todos dices: creo.

El niño que tocaba la corneta
por las mieses de Barcena y de Soba,
el que contigo alza la cometa,

el soñador a quien el tordo arroba,
ese mismo me escucha y a hurtadillas
cambia conmigo, colección que emboba,

estampas de las cajas de cerillas.
Que tú ahora goces otra cima o valle
y yo siga exprimiendo estas vistillas

importa poco, yo soy el del dalle,
el segador que viste en la ladera
con la marea de la hierba al talle,

y a ti ya te atroparon la pradera
y ahora descansas, manos en la nuca,
y el carro bambolea en la cambera.

Pero niños tú y yo en nuestra tierruca,
árcades ambos de la azul montaña,
nos salvamos en luz que no caduca.

Nietos somos los dos de la cabaña
y si no fuimos a la misma escuela
y diez años me llevas de ágil maña,

el tiempo ya no cuenta en nuestra estela
y ya es lo mismo anclar, dormir soñando,
que seguir navegando a remo o vela.

A veces voy pensando
lo que el mundo sería.
A veces voy muriendo
de tanto vivir vida.

Casi se me figura
que la luz que me anima
viaja conmigo quieta,
placenta peregrina.

Y esta hora, este minuto
pasa y queda, arde y vibra,
dándose entero al ser
y el ser soy yo, la vida,

yo, la muerte absoluta,
yo, la pausa infinita,
cita del no y del sí
que en mí se identifican.

¿No te pasó a ti esto,
no te pasa —y te queda—
ahora, entonces, que mueres,
que duermes, vives, sueñas?

Tú lo ibas aprendiendo,
aprendiendo de veras,
y ahora serás maestro.
Recíbeme en tu escuela.

El niño del indiano,
el niño de ida y vuelta,
suyo ya antes que nadie
qué doble es la existencia.

Se contempló a sí mismo,
real, ente de leyenda,
y palpó entre sus ropas
carne de ángel a medias.

Viviendo en un espejo
—memoria y transparencia—
se rompía en biseles
la luz del hoy espléndida.

El mar era uno solo,
eran dos las riberas,
patria del cielo una
y dos la de la tierra.

Enséñame tú entonces. Buenos Aires
te sueña y yo te sueño, y te buscamos
y en Bárcena entre albéitares, pelaires,

zagales y danzantes te encontramos.
Enséñame a vivir, hondo, divino
de tan humano, enséñame reclamos

de sabor montañés y aire argentino,
enséñame a mirar, transver las rosas
y a beber en la fuente del Espino.

Era una vez —Florida, luces, glosas,
agosto y frío en rostro— dos poetas
o un poeta en dos hablando de sus cosas.

(Por el más niño azul suben cometas.)
Nuestra plática andaba ladeando
de mayor a menor. Cosas concretas

me preguntabas tú. Yo, siempre andando,
te presentaba amigos del oficio
a los que tú leyendo fuiste amando.

Tú, todo corazón en ejercicio,
y yo, doctrino abierto, iba el palique
desnivelando, orlando el precipicio

y, de Antonio a propósito o de Enrique,
me complacía yo en irte sirviendo
de voluntario y rústico espolique.

—Aunque es agosto acaso esté lloviendo,
empapando arenal, mies y collado.
Lueve, sí, llueve de Beranga a Liendo.

—Pues busquemos refugio en tu sobrado.
Qué bien huele a manzanas. Calla. Pero
¿estoy solo? ¿te fuiste? ¿qué ha pasado?

Niño del estero,
paisano de casta,
corre por Cicero.
(Gobierna Sagasta.)

¿Tu casa paterna?
Está por aquí.
(Cánovas gobierna.)
Ya la conocí.

Verja desdorada.
¿Y los miradores?
Fría la fachada
y los corredores.

Tantos, tantos años,
crece Alfonso XIII,
cajigas, castaños.
Otro arbusto crece.

—De Escalante a Troto
—criollo y delfín—
corre el mi nieto.
Ven aquí al jardín—.

Por el césped juegas.
¿Quién ronda el estanque?
¿Quién que a las pasiegas
el cuévano arranque?

Marismas, barrancos,
regatos y charcas.
Bachiller en zancos,
doctor en albarcas,

Sí, ladrón de rimas
de atlántica ruta.
Tú robaste quimas
cargadas de fruta.

Indiano en Trasmiera,
gallego en la Pampa.
(A la recovera
la llevó la trampa.)

Barcena y su torre,
torre de babel.
Sube, baja, corre
tu paisaje fiel.

Todo está lo mismo.
Vendrá otro nieto.
Poesía, exorcismo
de círculo prieto.

Tú eres niño y grande
—Gabriel dará fe—.
Que el verso desande
lo que anduvo el pie.

Toda la Montaña,
toda la ribera
desde Soba al mar,
dejó la cabaña,
bajó a la bolera
para oírte cantar.

NIÑO ROMERO

«La Bien Aparecida»

Sube tú, niño romero,
a la Bien Aparecida.
Trepa tú apartando helechos
por esa ladera pindia.
Cómo suenan las abejas
en el sol del mediodía.
El gusanico del tren
desde arriba
qué diminuto se escurre,
tuerce, cabalga el Asón
—túnel— de Marrón a Limpias.
La Virgen ya te esperaba
alzándose de puntillas.

Entra tú, niño romero,
en la ermita
y tu cabeza rapada métela en el hueco santo
de la piedra húmeda y fría.
Ya no tendrás más dolores,
pesadumbres ni malicias.
Rézale, niño, una salve
a la Bien Aparecida.

EL ECO DE RAMALES

Capricho ontológico

A Jesús Gómez Muñoz Callantes

En la peña de Ramales
—vertical corte de tabla—
esconde el Eco su fabla.
—Habla.

Habla preciso y berrueco,
mitológico embeleco,
—el Eco.

Contesta tú, el penitente
en esa peña de enfrente.
—Ente.

¿Quién al ente dilucida?
¿La ninfa Eco ahí metida?
—Ida.

Oh, déjame que me asombre.
¿Ente de hoy tiene nombre?
—Hombre.

Absurdo ¿y quién el bastando?
Por saberlo, oh mujer, ardo.
—Gerardo.

¿Soy yo ése, el mismo Diego
que en la roca choca ciego?
—Ego.

Ego sum, pues vuelvo y voy.
Me desdoblo, luego soy.
—Hoy.

¿Hoy tan sólo? No. Descartes
no hace trampas ni descartes.
—Artes.

Quiero ser, ser. Ermitaño
en peña de desengaño.
—Engaño.

Engaño, no. Verdadera
mi esencia imperecedera.
—Era.

¿Cómo que era? una y tres.
Era y será. Era y es.
—Yes.

Latín, inglés. Confundirme
quieres, embrollarme, hundirme.
—Irme.

No te vayas, no consiento
que nos barra en el adviento
—viento.

Mata el viento al hombre, al eco.
Tú y yo siempre en mutuo trueco
—hueco.

Hueco y bulto. Una sonata
motivo en canon retrata.
—Ata.

César Franck nos dé el ejemplo.
Me miras y te contemplo.
—Templo.
#       #   #
Si do la sol fa mi
#      #   #
Si do la sol fa mi.
—A mí.

A mí el Eco. Yo era yo.
Y ahora además yo soy mí.

NIEBLA EN LA SÍA

Niebla, niebla en La Sía.
La clara nitidez del valle idílico,
los oscuros, concretos cajigales
de Quintana y La Gándara,
quedan abajo inmersos como en sueño.
El corazón se ensancha según sube
la ruta pedregosa. Este camino
cuando sólo era senda de pastores
y guía de herraduras
fue hollado por la planta infatigable
de mi padre zagal. Y ahora no veo
a un lado y otro,
detrás, delante, sino las vedijas
de la madrastra, de la borradora
que disuelve la luz y niega el cielo.

¿Dónde está Cacerneja, la cabaña
para el pasto de estío y el finísimo
verde de vellorí que el toro pace?
Ciega la prima tarde todo encuentro
con la leyenda, con la fuente pura
de mi vida que aquí de otra manera
se desangraba sin cesar cantando.
Porque ahora mismo, ya vertiente abajo,
estoy tocando la orla,
besando con mi boca el vaho materno
que la pradera exhala,
sin poder abrazarla con mis ojos
ni medirla de un tiro de mi honda.
¿No he sido yo también zagal de ovejas?
Al fin la niebla danza y se retrae
ante las torres de Espinosa fieles.

Y otra vez giran sus setenta velos
cuando a la hora del ángelus
entro en Santa María de las Nieves
—cúpula sin linterna—, las Machorras.
En esta pila recibió el bautismo
Manuel Diego Barquín. Fuera la niebla
sigue negando el mundo y afirmando
la fe, creer lo que no vimos.
Y entramos en la noche redentora.

ROMANCE DEL MIERA

A Francisco Cubría

Río Miera ¿quién te vio
más arriba de San Roque,
brincando de lastra en lastra
burlando alisas y robles?

De peñas te descolgaste
desgarrándote en jirones,
sin torcerte los tobillos
en las quiebras de las hoces.

Altos cantares de nieblas
aprendiste de pastores
y según bajas riendo
vas robando corazones.

Mozo, te festeja Liérganes
con arco de puente noble
y tu pecho ya se ensancha
para reflejar honores.

Quien te vio allá, río Miera,
y te ve manso de roces
dilatándote en toneles
y cubas de sombra y bosque,

antes de agrietar los labios
con la sal del puntal norte,
río Miera, quien te viera
y te ve no te conoce.

En brazos de la marea,
una vez luz y otra noche,
dos veces al día mueres
de azul belleza salobre.

CABO AJO
Fin de cuaderno

Estoy en el Cabo Ajo,
el septentrión de Cantabria,
deseado tantas veces
desde mis playas.

Casa y faro del torrero.
Una niña se asomaba
—como en el Cantar del Cid—
a la ventana.

La bruma casi me borra

—bruma leve de borrasca—
mi Santander tan dudoso,
limbo de alma.

Aquí quería llegar,
ver mi cuna en lontananza,
ser yo mismo mi paisaje,
costa y bocana.

Mas no desde el mar —tan lenta—
ni desde el cielo —tan rápida—,
sino pisando la tierra,
última patria.

Vuela un gavilán marino.
El cabo su punta agacha.
Azul y oro: clavellinas,
botones de argoma.

Aquí se acaba la costa,
fin y cabo de Cantabria.
Las coplas de este cuaderno
aquí se acaban.

SUR DE LA BAHÍA

A Antonio Cuervas Mons

De Somo al Puntal andando
«que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando».

¿Y del Puntal a Pedreña?
En bote casi chinchorro,
poco más que una almadreña.

¿Y de Pedreña a Pontejos,
Pon tejos al Astillero?
A pie como un buhonero.

Mi costa sur, mi escenario.
Me asomo a las candilejas
y es ya al revés el teatro.
Santander, anfiteatro.
Pronillo, Alta, Canalejas,
el paraíso perdido.

Me siento actor, me contemplo.
Estoy en medio del templo.
Qué grande Peña Cabarga
desde los prados de Helechas.
La sombra, morada, amarga.
Bosque oscuro, roja herrumbre.
El cieno de la marisma
con los colores del prisma
rebajados en su lumbre.

Y en Pontejos,
blanco de los catalejos,
lanchas volcadas, pilotes
con barbas de la marea.
Nostalgia de camarotes
envuelta en olor de aldea.

EL ASTILLERO

A Pablo Torrero

Verde y roja la marisma.
Cómo huele a mar y a hierba.
Cuando la marea sube,
tapias de la huerta besa.

Toda la melancolía
de mi bahía materna
se filtra entre los sillares
y grietas de la escollera.

Vine remando en el bote
por la canal entre arenas
y sosegando el compás
cuando el repunte me lleva.

Ya dejaba atrás dos pinos
en el cielo de Muriedas
y a babor me iba Cabarga
ensombreciendo la estela.

Al fin, hijo anfibio y ágil
de atarazanas remeras,
salté a la astillera rampa,
calafate de leyenda.

(Entre la mies y la mina,
la bahía hinca una raba.
Astillero de Guarnizo.
Botaduras de Ensenada.)

Se incendia el poniente rosa.
Yo miro desde la huerta
cómo pasa el tren torciendo
su culebra de madera.

Agua malva, basa roja,
corazón de la marea,
que llegue siempre tu sangre
hasta tus ultimas venas.

EL CUÉVANO VACÍO

«Vega de Carriedo»

¿Tanta prisa en ir a la corte?
Ay Felices, Felices,
—cestero te llamaron, qué calumnia—,
bordador insigne,
¿dónde encontrar, mejor que aquí en la Vega,
para tus sedas lumbres y matices?
Mira ese cuévano, hombre,
rematado con gracia
y con aquel para que en él anide
el Lopillo que esperas.
Pero tú, arriba, al puerto, a los trajines
de la corte. Ay mi paisano,
hidalgo carredano, infiel Felices.
Si llega a nacer Lope en la Montaña…
Buena, buena la hiciste.

CASTRO DE VALNERA

Ascensión desde Espinosa (1910)

A mi hermano Marcelino

La niebla a nuestros pies rasga sus velos
y alumbra, verde y virgen, la montaña.
Rocío en hierba, en flor, en telaraña.
Oh hermosura en redor de mis abuelos.

Ellos aquí, bebiendo paz de cielos.
Ésa fue, piedra y lastras, su cabaña.
Pero tú arriba, a coronar la braña,
niño de ojos de lince y sin gemelos.

Arriba, más arriba. La pedriza
y la arista de piel resbaladiza
vencí descalzo. Salve, peña Labra.

Picos de Europa, albricias, que allí ondea,
blanca entre azul y azul —bendita sea—
mi Santander, mi cuna, mi palabra.

CASTRO DE VALNERA

Atardecer en la Braguía

Cuando en la tarde azul y rosa de noviembre
te vi acercárteme agigantando
tu mole ya con nieve
y en lo alto del puerto abrimos
un éxtasis de silencio para contemplarte,
se me reveló de pronto tu testimonio paterno,
el nortesur de tus vertientes
para las nieves resbaladas de mi sangre.

Qué hermoso, qué majestuoso en la espera del véspero,
qué entrañable de mi apellido residías
en tu trono de ábrego quieto y divisoria.
Ya estabas —grande y puro— en tu tamaño
hablándome con tu santo silencio,
mirándome tierno, serio, augusto,
tú, padre de mi padre o tal vez él mismo.
Sí, tú, padre mío, ahora tan cerca,
tan corpóreo en la mesa rezando el padrenuestro.
Tu arista vencedora con su central almena
que sobre Peña Cabarga se asomaba
día a día, años y años,
a contemplarse —lejana— en mi bahía y en mis ojos,
ahora en este crepúsculo solemne
se confirmaba en toda su grandeza,
me confirmaba en toda mi nobleza
Por ti soy noble con los tuyos, con los míos,
sangre de Diegos, lengua de pasiegos,
que al Ebro pudo acrecentar o al Pas
precipitarse en llanto de cascadas.
Y tú, balanza de Valnera,
compensaste la cuna de mi padre,
en tu ladera sur,
haciéndome nacer de un vuelo justo
en la concha de sal, última linde
de tu mirada al septentrión desparramada.

Grandeza tuya y mía, oh Castro
de Castilla y Cantabria, oh paz de Iberia.
Ya el sol se puso. El ábrego remueve
su plumaje insinuante de acercadora brisa
y te modela cárdeno y morado
y blanco —inmenso— y blanco en tus collados, en tus
puertos,
en tus nombres —la Sía, la Lunada, las Estacas—
mil veces recreados en los labios del padre.
Mi paisaje se aumenta, crece el bulto
de la montaña y yo también me crezco,
y en tanto la provincia se dilata,
allá abajo en la Vega entre unos robles
ha nacido la noche.

HABLA EL PAS

«Quevedo»

Por la vega de Toranzo
canto y pregunto a la luna,
lloro buscando una cuna
que alguien me hurtó y nunca alcanzo.
Ya me remanso, ya avanzo,
mieses beso, muros ciño,
aquí hurgo, allá escudriño.
Nada. Avante a todo riesgo,
camino de Puente Viesgo,
siempre soñando en un niño.

ROMANCE VIEJO DE TORRELAVEGA

A Pedro Lorenzo

La vega tiene una torre
y la torre ¿cuál sería?
Torrelavega de torres
y solares de hidalguía.
Quieta te estás en tu centro
y más ancha cada día,
Desde las hoces al mar
la vega toda es poesía.
Ríos de fuente te surcan
y de sangre ilustre había.
Cubos de terronas yergues
por levante y mediodía,
corona de los linajes
de oeste a norte te ceñía.
Tú eres pura la Montaña
que en tu seno se dormía.
Pero no duerme en tu siglo
ni el trabajo ni la hombría,
que si la mina a ti baja
y el barco ensena en tu ría,
la industria te transfigura
plantando en tu cercanía
sus reales de campaña,
Santafé de ingeniería.
A ti se asoma Cumbrales,
sabor de José María,
y Torres de José Luis
—ay, son de melancolía—
besa el Besaya piadoso
buscando una tumba fría.

En la barca de Don Pedro
gozoso se embarcaría
el apóstol de su nombre.
Sueño es vida todavía.
Y en ti el verso castellano
—espada que me ceñía—
antes que en aguas del Tajo
templó su garcilasía.

Torrelavega de sombras
y cuerpos de bizarría,
los de las más lindas mozas
que nuestra raza esculpía:

si en Santander no naciera
orillas de mi bahía,
Torrelavega del campo,
por cuna te elegiría.

CARTES

Un camello por el ojo
¿y de una aguja? ¡Jinojo!

Pues ¿y el milagro de Cartes
todos los lunes y martes?

Una carretera corre
por la ojiva de una torre.

Treinta escudos arrempuja
y se salva de la aguja.

Ya el torreón no me engancha.
Madre, la Montaña es ancha.

PICAYOS DE VIÉRNOLES

Picayos, viejos picayos.
Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro.

Canta en el alma la copla,
el cuerpo hierve de goce.
Cuatro y cuatro, los panderos
se inclinan ante San Jorge.

Picayos, santos picayos.
Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro.

Danzan los mozos derechos
como chopos de candela.
Se cruzan en aspa mártir
por el aire que revuela.

Picayos, altos picayos.
Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro.

Sagrada monotonía
de la cuadrada tonada.
Suben, bajan los panderos
y el santo armado cabalga.

Picayos, bajos picayos.
Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro.

Los brazos en alto —¡alondras!—
se cruzan, repican, vuelan.
La madera del cerezo
florece en las tarrañuelas.

De Viérnoles los picayos.
Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro.

EVARISTO SILIÓ

«Valle de Iguña»

«Triste, oscuro estaba el monte,
triste el valle, triste el cielo,

triste yo.»
Triste estaba el alma enferma,
leopardesca, de Evaristo
Silió.

Si tierra materna extiende
su verde mar de esperanza
a tus pies,
si aquí es más celeste el cielo,
¿por qué tal melancolía,
montañés?

Vivir en el val de Iguña,
nacer en su íntima joya,
Santa Cruz,
morir en tu casa cuna
—la edad de Cristo, Evaristo,
nueva luz—,
es romántico destino,
es apacible descanso
del dolor.
Sigue rezando, Besaya,
la copla de tu poeta,
manso amor.

TIERRAS DE REINOSA

A don Ramón Sánchez Diaz

Busquen por estas tierras al ángel de mi sangre
que vino coronando colladas y portillos.
Persíganlo entre riscos como a esquivo rebeco.
Descífrenme su rostro resbalado en las seles.

Tierras todos los días nacidas, alumbradas
del desgarro suavísimo de la niebla sin límites,
campos que son un éxtasis a la luz transparente:
los grises azulados, los verdes casimiros.

Doctorado en cien nieves de otoño a primavera,
entre meseta y braña ondula el techo siempre
virgen aunque le surquen sombras de ángel o águila,
techo de mi Cantabria, la bendición de suso.

No. No quiero nombrarte por cabañas ni arroyos,
de voces campurrianas no he de esmaltar mi verso,
ni evocaré linajes, heredades, prehistorias.
Sólo digo mi amor, mi poesía vivida.

Porque esta patria quieta de la Iberia que fluye,
esta frente reinante con diadema de picos,
esta esperanza anclada arbolando sus naves
me reconoce y quiere cada vez que a ella vuelvo.

Me sabe como ella, abrigado y desnudo,
el paño bien forrado y a la intemperie el alma.
El candor de los míos aquí se hace más párvulo.
Tengo sólo seis años o quizá seis mil siglos.

Siempre estoy ascendiendo como en globo de niebla,
transido de alta luna y rota pradería,
desde la concha o barcena hasta el envés de escudo,
siempre estoy descubriendo la promesa del páramo.

El aire aquí se bebe como linfa de herrada
y, de tan fina, el agua naciente se respira.
Con calidad de arpa la luz vibra en los álamos.
El rumor se decanta en suspensión sin tiempo.

Civilidad delgada ahonda sus raíces
y se complace en lentos coloquios y primores.
La mocedad rodea la noria de Cupido.
¿Qué reina de hermosura te bautizó «Reinosa»?

Y cuando en el diciembre cuaja el hielo la escarcha
y Orion en los acebos prueba su filo y temple,
de tanta estrella clara la bóveda se puebla,
tan íntima y tan pura que se escucha su cántico.

En la tristeza esclava del lago hecho por hombres
flota otro cielo exacto que rueda lentamente
mientras bajan las voces a enlazar sus antífonas
con esquilas de hundidas, mojadas espadañas.

ABRIL EN VALDERREDIBLE

Por el Ebro chiquito
desde Fontibre,
preso en lago encantado,
suelto ya y libre.

Por el Ebro entre chopos,
cercas y lindes,
brincos de espuma y júbilo,
truchas felices.

El Ebro canta y canta.
La lanza en ristre,
acomete molinos,
puentes embiste.

Primavera de hojillas,
juncos y mimbres.
En flor todas tus frutas,
Valderredible.

En flor todas tus nuevas
niñas abriles.
En flor tus capiteles,
Martín de Elines.

RIANCHO

«Entrambasmestas»

Riancho en Entrambasmestas.
Allá va Don Agustín
—policromado el batín—
por gándaras y florestas.

Desde Luena hasta la Vega
no hay olmo, fresno o cajiga
que no le sepa y bendiga
en lengua de hoja pasiega.

Él los pinta y ennoblece
con sus negros y amarillos,
sus otoños de mantillos
y un trasluz azul que crece,

Y qué hijodalgo el pergeño
tan tieso de ochenta años.
Cómo emula a los castaños
que vio crecer de pequeño.

Santo su pincel francisco
prende en libertad de amor
al Pas de plata y candor
y a la cascada en el risco.

Y sus últimos valientes
borrones son tan supremos
que inventan los más extremos
expresionismos videntes.

Qué profundidad de entraña.
Qué entrega de corazón.
Tan hermosa exaltación
nunca gozó la Montaña.

MILAGRO EN ALTAMIRA

A Emilio Bofín-Sanz de Sautuola y López

Creer lo que se ve: la fe suprema.
Milagro en Altamira. Hoy se descubre
la dimensión tercera de la historia.
Ya no es plana la fábula del hombre,
ya es cavidad, relieve, perspectiva.
Ya podemos meter hasta los codos,
y más que Don Quijote en Montesinos,
los brazos en la ciencia y la aventura
sin temor de encontrar fondo ni límite.

Tiempo del hombre son doce mil años,
tiempo del hombre y no prehistoria, historia.
Y los bisontes bajan a embestirnos,
bramando: «Ayer es hoy también. Palpadnos.»

Y la niña creía. Eran sus ojos
ventanas de la fe, la fe purísima.
«Toros, toros pintados. ¡Mira!» Eran
doce años inocentes. Cada año
profundizaba mil años de caza,
de religión, de magia, de escultura.
Bulto y línea, color y movimiento
nacían —vida y sueño, arte y materia—,
nacieron, nacerán, siguen naciendo.
Prodigioso acordar de dos edades.
El cristal de la fe y la antorcha trémula
de la ciencia humildísima ensayando,
alumbrando reliquias, presta siempre
al sacrificio heroico de la hipótesis.

¿Abraham e Isaac? No. Es una niña,
su hija. El padre mira, no da crédito
a lo que ve, está viendo. Está tocando,
siguiendo con la yema de su índice
el perfil prodigioso, el anca eléctrica,
lomo abultado, testa revirada,
astas en lira que se desvanece.
La humedad de la cueva suda gotas
y le moja la mano que acaricia
—protuberancia natural— el vientre,
creación ya del arte, honra del hombre.

Y el padre ya no palpa, ya no mira,
cierra los ojos, reza, abre sus ojos,
mira los de la niña y cree, cree.

SANTILLANA SIN MAR

A José María Chacón y Calvo

El paisaje está triste. Esta mañana
alguien pasó de prisa, al hombro el dalle.
O era el solano que del monte al valle,
del valle al mar rodaba en caravana.

Y ahora es la tarde. El cielo, de manzana.
La huerta —en vano que la moza salle—
sedienta de terrones. Y en ventalle
se aduerme el sur, tumbado de galbana.

Velo de luto cubre el campo en torno:
la calva piedra y el oscuro piorno
rodeando una fábula de escudos.

Santillana sin mar. Los horizontes
sueñan aún manadas de bisontes.
Y los siglos de Dios duran desnudos.

MAR SIN SANTILLANA

«Ubiarco»

Así debió de ser cántabra costa,
virgen áspera y dura antes del barco,
así como aquí ahora frente a Ubiarco,
sin faro el farallón, la cala angosta,

Y hubo un puerto, una senda y una posta
para El Rebezo astuto de ojo zarco.
Sólo quedó la inmensidad del arco
de cielo y mar, la soledad aposta,

la sal de los orígenes. Y zumba
en la marisca bóveda y retumba
el tenaz empellón, honda campana

de la mar que voltea y se derrumba
sin que jamás su cólera sucumba.
Mar sola y ciega. Lejos Santillana.

EL ROMANCE DE RUILOBA

A Manuel González Hoyos

Romance viejo bailado
de la Condesa de Lara,
romance que vi en Ruiloba,
los ojos llenos de lágrimas.

Ronda de los bailadores,
rubores de las muchachas.
Y los versos del romance
fluyen como el agua mansa.

Cuando después de hinojarse
y cortejar con mudanzas,
la niña pone su mano
en la cabeza postrada,

y el baile se ancha y se anima
y el donaire de las sayas
se entrecruza con el brío
de las varoniles ansias,

todo el corro gira y crece,
seis siglos entran en danza
y los versos del romance
cantan como el agua clara.

No mueras, viejo romance,
el de la boda estorbada,
romance que vi en Ruiloba,
los ojos llenos de lágrimas.

VIRGEN DE LA PEÑA

A José Pérez Bustamante

Yo quería un valle así
entre una peña y un río.
Luces del Saja,
sombra de Ibio.

Mi huerta abierta a los pájaros
y cerrada a los turistas.
Tordos me cantan,
larga delicia.

Abril florece en rosales
y mayo estalla el magnolio.
Cierro ya el libro
y alzo los ojos.

Cantan niñas a lo lejos
lo de la rica merienda.
Cierro los ojos,
vuelvo a la escuela.

Ya se ha callado el romance.
Canta el verde verderón.
Silencio. Nubes
velan el sol.

Alboroto en el corral.
Es Don Milano que cruza.
Tiembla la gola
de la lechuga.

Se está acostando la tarde
en cama de pensamiento.
El río reza
versos y versos.

Y la Virgen ¿dónde estaba?
¿Oculta en la peña acaso?
Mojadita en el cauce
se la encontraron.

EL BUSTO Y LA GOLONDRINA

«Luzmela»

Clave de sol. En el fa
chirlando la golondrina
su arribo y gozo de abril.

—Una cabeza te escucha.
¿Sabes quién es, hirondela
de Luzmela?
—Sí, sí, sí. Que es mi madrina.
—Canta, Progne, a Concha Espina.

CORREPOCO

Corre el Saja, corre loco.
Y allí, subido a un cueto,
mirándole, se está quieto
Correpoco.

MANUEL LLANO

«Carmona»

Muy fácil me sería, Manuel Llano,
con tus libros, tu lengua y tus trebejos,
centonear en verso astuta síntesis,
vistiéndome de ti para evocarte,
pero trampa estudiosa no la hago.

Quiero que encantes tú con habla y prosa
—prosa de corazón, corazón de oro—
el oído y el alma de quien sabe
leerte y escucharte. Que’ a ti vayan
los siempre de poesía enamorados,
los que aniñarse saben como aquellos
que quería el Señor.

Niño me hiciste
oyéndote ¿te acuerdas? Me enviaste
—qué embajada encantada— tus anjanas.
Nunca te había visto ni aun leído.

Y hechizado quedé de tus «colores».
Colores, folcolor por ti aprendido,
vivido o inventado. Inverosímil
luz de matizaciones, sólo tuyas,
poesía exactísima. Colores
de maíz, de rey grillo, de esclavina
de párroco revieja, grises últimos
de buche de paloma solariega;
verdes —la fama entera— lagartijas
crías o adultas sobre el sol de tapia.
Pintor, escuchador, rabel florido
con percusión de albarcas. En ti alienta
la Montaña. Collada de Carmena,
por Cabuérniga arriba a Tajahierro,
braña del serroján, prado concejo.
O las mentiras que la moza escucha
del agua del molino parletana.
Y la vida sorbida, sed de niño,
candor de lazarillo profanado.
Y el alma siempre pura, azul, negándose
a la fuerza del mal, del sino torpe,
abrazando el dolor de tierra verde.
Tu alma, Nel, Manuel. Plática tuya.
Suene siempre su gloria en mis oídos.

SAN VICENTE DE LA BARQUERA

A Tomás Maza Solano

San Vicente de la Barquera.
Si me pierdo haciendo mi vía,
que me busquen en tu folia.

—Marinero, dame tú un remo,
tú con el otro. Mira la popa,
con ella enfilo Picos de Europa.

Martes de Pascua. —Gana la barra.
Va la Barquera. Que no se moje.
Capa de seda verde recoge.

Boga, yo cío: la ciaboga.
Vuelta a la peña. Ya la folia
sigue tu rumbo, escampavía.

De siglo en siglo vuelan picayos,
ruedan romances. Arcos de puente
cuentan los siglos de San Vicente.

Duermen y velan, sueñan leyendo
muertos traslúcidos en otra nave.
Nave tan alta ¿do va? Quién sabe.

San Vicente de la Frontera
entre la vela, la muerte y el sueño.
San Vicente de la Barquera.

ROMANCE DEL NANSA

A José María de Cossío

Yo bien quisiera cantarte,
río amigo, río Nansa,
como cantara a otros ríos
que por las venas me cantan.

Los nacidos, no al rumor
que alterna el mar en la playa,
sino a su beso tan niño
en la machina y la rampa,

dormimos luego y soñamos
o velamos en la grava,
oyendo o viendo la fiesta
del agua dulce, del agua.

Sus transparentes espumas,
burbujas, guijas y charlas
nos maravillan de cuentos,
nos inventan otra infancia.

Como esa música tersa,
sin latidos, resbalada,
que hace el sueño con la vida
y la piedra con el agua,

no hay otra, no hay un consuelo
para el hombre y su nostalgia
como la queja hecha risa
del río, todo de alma.

Así eras tú, río claro,
río mozo, río Nansa,
así eras tú sin temores
bajo la peña giganta.

Si un argayo, el fabuloso
ojáncano te arrojaba,
saltabas al cielo estrecho
en mil júbilos de lanzas,

y te reunías contigo
en tu lecho de cascadas
rodeando al torpe intruso
y royéndole las calzas.

Y cuando el cuello ofrecías
a yugo y puente de tablas,
yo te escuchaba tu égloga
desde el balcón de Tudanca.

Yo bien quisiera cantarte
y entretejer con mi flauta
en tu solo de rabel
una rústica sonata.

Pero una hórrida ortopedia
ha lisiado tu garganta
y vacío de ti mismo
enmudeces por La Lastra,

hacia Cosío agonizas,
te arrastras a Puentenansa
esperando a los arroyos
inocentes que te salvan.

Y cuando en la Tina vuelcas
tu viril son de venganza,
tu querella el mar asume,
río mártir, río Nansa.

DON JUAN MANUEL EN TRESABUELA

A Ciríaco Pérez Bustamante

¿Estuve yo en Tresabuela?
¿El techo de la Montaña?
¿A inaugurar una lápida?

¿Novela?
¿Lección de historia?

¿O sería una patraña,
un enjiemplo de Patronio?

Ya recuerdo.
La visita pastoral.
Y la comida frugal.
Cantó un gallo, firme y alto.

Ki-ki-ri-kí.
Su Ilustrísima dio un salto.

—Ése
debía de estar aquí,
(señalando al plato) aquí.

SANTA MARÍA DE LEBEÑA

Santa María de Lebeña
en su paisaje de milagro
sueña.

Canta el azul agua del Deva.
Sueños del último nevero
lleva.

Qué majestad y qué ternura.
El alma aquí se me destoca,
pura.

Santa María es grande y chica.
Es flor cerrada, es flor abierta,
rica.

¿La llave? Nadie. Es flor cerrada.
Mozarabismo. No sabemos
nada.

LIGNUM CRUCIS
«Santo Toribio de Liébana»

Mírala bien.
Lignum Crucis.
Ésta es la mayor reliquia
de Jerusalem.
Esa astilla renegrida,
Lignum Crucis,
leño de vida,
es nuestra joya y rehén.
Esa madera morena,
Lignum Crucis,
es la que halló Santa Elena.
Mírala.
La adora el hombre y el oso,
Lignum Crucis,
el arcángel y el raposo.
Ahí está.
Sube al altar. Bésala.
Santo Toribio de Liébana,
Santo Tirso, “Santotís”,
y el Santo de la Calzada
y San Francisco el de Asís:
cuatro Santos la llevaban
por las calles de Madrid.
Cuatro Santos invisibles
con madera de raíz.
Mírala bien.
Lignum Crucis.

La adora el hombre y el oso
y el madroño prodigioso.
Ahí está.
No. Allí. Allí.
Sí, que donde estaba está.
Sube al altar. Bésala.

LOS ENCUBRIDORES

Ya he visto las flores
de cabe Espinama.
Qué lindos olores
el prado derrama.
A aquel que bien ama,
laureles, favores.

Y a entrambos pastores
de Frama, la fama.
Mozuela de Boros
mordió aquí una rama.
De espino y retama
los encobridores.

PEÑAS DE EUROPA

Peñas de Europa en pie, góticas Peñas.
Así os nombran los mapas de abolengo,
y bien nombradas porque Europa os yergue,
Hijas de Europa, al borde de ella misma.

Y ella es así también, como vosotras:
bosque de erectas lanzas y esperanzas,
catedrales de agujas y de torres,
tensión de verticales estructuras.

Cuando el que torna a lomos del Atlántico
se impacienta esperando vuestras crestas,
al veros emerger grita de júbilo,
oh altar de nieves siempre manifiestas.

Ya en mi niñez os vi y os veneraba
desde el muelle de tablas o, más lejos,
desde lo alto de la Magdalena.
Mañanas escarchadas de febrero;

sobre el obrero humo de Maliaño,
yacente de tristeza ciudadana,
qué azul de gloria y blanco de ventura.
Mapa en relieve: casi iba mi mano
a tocaros, oh aristas, oh poliedros,
precoz promesa de las dos Asturias
que iban a disputar mis mocedades.

Y ahora aquí estoy donde se acaba el mundo,
frente a esta soberbia, arduo macizo
de roca sobre roca. Peña Vieja
desde el silencio vesperal de Aliva
me sobrecoge en sombra y me prohíbe
medio cielo que niega con sus hombros.
Ni el águila real da fe de vida
creando ámbito inmenso con sus círculos,
Los rebecos no bajan a la fuente
ni se oye el suspirar allá en lo hondo
del verdor y la vida. Sólo el hálito
del puro mineral, la calma augusta
del concilio de peñas y traspeñas
y por la grieta el mar, que es también roca.

Allá detrás, al sur, se amansa y tiende
la melena y el cerro y la ancha grupa
del león que alimentas de tu entraña.

Y la primera estrella santiguando
un cielo de vendimia, oh paz de Europa.

 

Buscar en la Biblioteca:
MI SANTANDER, MI CUNA, MI PALABRA  (Gerardo Diego)

miera1
Nacimiento del río Miera en la vertiente cántabra del portillo de La Lunada.
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