Santander

bahía1

Gerardo Diego

MI SANTANDER, MI CUNA, MI PALABRA

I. Santander


 

INVOCACIÓN AL SONETO

A Pablo Beltrán de Heredia

Vuelvo otra vez a tu regazo eterno.
Hijo pródigo fui que se destierra
de la heredada paz y busca guerra
por dulce hastío del hogar paterno.

Tú eras severo, sí, pero eras tierno.
En ti medida y luz y amor se encierra
para cantar la gloria de mi tierra
antes que nieve sobre mí el invierno.

Cantar ahora cuando llega octubre
del año y de la vida, ahora que, roja,
la hoguera en la montaña se descubre

y la marina sueña, mansa, en Noja
y el caloyo, feliz, topa la ubre.
Mientras lenta en mi alma cae la hoja.

 

PEÑA CABARGA

A Ricardo Guitón

Peña Cabarga, norma humanizada
de mi arte y mi alma en piedra viva,
maestra de la noble perspectiva,
siempre fiel de tus valles rodeada.

Ya te me acerques, agria, en la otoñada
si el ábrego te empuja y no derriba,
ya tras la lluvia, ciego, te conciba
o, ausente, palpe tu memoria amada;

ya te cubras de nieblas, te destoques,
nimbada del abril —novia de foques—,
reina de mi paisaje, hermosa y larga;

tu lomo puro y grave —línea, quicio
de mi cielo y mi tierra— te acaricio
y nace el verso así, Peña Cabarga.

 

MAÑANA DE SAN ROQUE

A Fernando Barreda

Jamás brilló tan de oro y fuego el toque
—¡bocacalles al mar!— de la corneta
pidiendo paso al tren. Corre, poeta,
enarbolando el banderín de choque.

Es la mañana y gloria de San Roque.
Canta el feliz nordeste la paleta
de hirviente espuma verde y luz violeta
y cae del cielo el rayo de un emboque

entre un tronar de bolos. Banderolas,
arden globos grotescos, vuelcan yolas.
Y qué brindis de sal y olor marisco

al doblar por la peña del camello
y en la pierna sentir, limpia de vello,
del can del santo el cándido mordisco.

 

ELEGÍA DE ATARAZANAS

Ni ascua ya, ni ceniza ni pavesa;
aire en el aire, luz en el sobrado
de la santa memoria. Aquel tejado,
trampolín de aquel sueño que no cesa;

vuelve la golondrina y embelesa
con su trovar mi oído enamorado,
y está el cielo del Alta serpeado
de altas cometas que el nordeste besa.

¿Todo es ya nada? El fuego ¿también puede
devorar la ilusión, lo que no cede?
A ese alado ladrón ¿no hay quien le ladre?

Nada es ya todo. Viva está mi casa.
Es verdad. No te has muerto. Un ángel pasa
por tus ojos azules, madre, madre.

 

PEÑA CASTILLO

A Manuel González-Mesones

¿Qué Rey Mago ha olvidado un seis de enero
la giba del camello en el portillo
de la ciudad? ¿Adonde el pajecillo
y la silla en vaivén por el estero?

Peña o joroba, roe un hervidero
de gusanos tu entraña y tu rastrillo.
No te dejes minar, Peña Castillo,
que aún hay argoma y hierba en tu cantero.

Pies menudos de niña hacen alarde
de escalarte algún jueves por la tarde
o aquel bíblico día del eclipse.

Y cuando el sol por Mogro ya declina,
desde tu pico abárcase en elipse
la tristeza del mar, santanderina.

 

PELELES

A Luis Corona

Peleles, peleles.
Cuelgan ahorcados peleles
de escarnio y trapos
sobre un oleaje de raqueros,
y la flor de barcos y cuarteles.
Peleles, peleles
bamboleantes de afrenta,
auto de fe en el humo de los churros
y a ver quién escarmienta.

Peleles de San Pedro.
Por la cuesta sube Solana
para pintarlos en su casa luego,
las maderas cerradas para que el sol no entre.
Peleles, patas tuertas, fofo el vientre.
De balcón a balcón los cordeles
para hacerlos bailar
al son del organillo
de manubrio y chulillo.

Peleles de burdeles
que esta noche jugáis a la inocencia.
Farolillos, guirnaldas de papeles.
Alegría del barrio y espantajos sin miedo.
Corre el vino abrazado a la cerveza
por la cuneta abajo hasta Becedo.

Peleles, mis peleles,
¿a qué limbo de ángeles sin alas
habéis ido a parar?
Devolvédmelos ya, no seáis crueles.
Peleles de Ruamenor y de la calle Alta,
peleles de horca y burla, me hacéis falta,
peleles.

 

EL CINEMATÓGRAFO

A Santos Capa

Cinematógrafo Farrusini.
Bajo los arcos de la alameda
alza su templo frente a la rueda
que tienta a Fuentes y a Mazzantini.

Órgano mago, fausto sonoro
combina timbres dulces y crueles.
Giran las musas y los donceles
policromados de azul y oro.

El Casanova que en medio esgrime
diestra batuta, rítmica y cauta,
divos y orquesta somete a pauta
para que el friso sus vueltas mime.

Dentro ya, sombras, luces rayadas
y parpadeos de línea trunca.
Viviendo estamos nueva espelunca,
nueva prehistoria, nuevas andadas.

Carreras, sustos, risas, sucesos,
saltos, caídas, guardias, ladrones,
vallas del crimen, exploraciones.
Se inventan manos, visajes, besos.

De pronto el mundo cabe en linterna.
Vive la vida sueño en pantalla.
La vida es sueño, la vida calla.
Muda es la vida, la loca eterna.

Cuando salimos a la alameda
bajo los arcos multicolores,
nueva es la vida, nuevas las flores,
nueva la antigua luz de la seda.

 

BARQUILLERO

A Enrique Vázquez

Si yo fuera Campoamor,
barquillero,
qué dolora, qué primor
rimaría en tu loor,
camino del Sardinero
—ay túnel de la Cañia—
en el tranvía de Pombo,
barquillero,
para inscribirla en tu bombo,
junto a la luna y el sol
de ama y soldado español.

Barquillero de canela,
tu alta vara de barquillos
sube tan alta, tan alta
que ya la ven los chiquillos
tras el balcón de la escuela,
tan alta que llega a El Alta.

Pintor que pintó tu bombo
y que se quedó tan ancho
no lo cambio yo por Goya,
por Riancho
ni por Sebastián del Piombo,
por Tiépolo y su tramoya,
Venecia, techos ducales,
San Antonio y su cuadrilla.
Otros ángeles chavales
rondan por tu barandilla.
Números, flor de los réditos,
desdichas de anfiteatro:
mucho 1 y 2 y hasta 4,
y el 30 y el 20 inéditos.
Cómo rueda la lengüeta
—tan soleta,
soletísima— torcida,
saltando de barra en barra.
Cómo al final duda inquieta
y su duda nos desgarra.
Si yo fuera Campoamor,
barquillero,
yo sería tu cantor
de romería y verbena.
Porque te vas por las Landas
llevando el bombo en volandas
de espalda lisa o gibosa
y llegas al Píamente
y a Flandes y hasta los Andes,
a ti y a tu rueda o rosa
—”Viva la niña rumbosa”—
de horizonte,
camino del Sardinero,
quiero brindarte esta glosa,
barquillero.

 

LOS RECUERDOS PERDIDOS

A León Felipe

Los recuerdos que se pierden
¿a dónde van?
Las rosas que se mustiaron
¿en dónde están?

Quisiera saber las horas
de mi niñez,
ver la película entera
segunda vez.

¿Por qué no me acuerdo ahora
de cuando fui
niño de sarampión rosa,
ciego, ay de mí?

¿Qué es lo que vi tras los párpados,
plomo gandul?
¿Infiernos o paraísos,
fuego o azul?

¿Por qué no guardo memoria,
estampa fiel
de mi abuela un día untándome
manteca o miel?

No ver la cara de Emilia,
su bastidor.
¿Cómo tenía los ojos,
cuál su color?

Se fue la voz de Manolo.
No la oigo ya.
Cuando la voz se recuerda,
vive, ahí está
junto a uno, cierto, seguro,
el que marchó;
es que juega al escondite.
Por eso yo
vivo en su cielo con ellos,
con los que sí
me oyen, puesto que les oigo.
—¿Quién? —¡Carabí!…
—No te escondas, te conozco—.
Ciego otra vez.
Ay recuerdos que se fueron.
Ay mi niñez.

 

MONÓLOGO DEL CAPITÁN AERONAUTA

A Felipe de Mazarrasa

Entro en la plaza alegre de los toros.
Mi vida el mongolfier. Ya se hincha y crece.
Suena la tela. Brisa en el volante
faldellín. Qué hermosura. Oh forma plena,
vida mía, mi alma. Las amarras
va a sacudir: tal Gulliver despierta,
los cabellos atado a Liliput.

Ya me despido y al trapecio subo,
saludo con la gorra marinera
y ¡ole! el gran salto súbito rozando
las mudéjares tejas.

—Capitán,
buen viaje.

—Adiós, pigmeos—. Vuestros vítores,
colgado de los pies, ya no los oigo.
Qué plenitud de fábula mi vuelo,
comprobando mis músculos. Apoyos,
nivel del balanceo, las anillas.
Y ya me siento en trono de trapecio.

Miro hacia arriba. El cielo me reclama.
Sorbido voy a ti, Dios que te ocultas
tras de ese globo o lágrima magnánima.
Miro a mis píes. La plaza, íntimo anillo,
tan olvidado. Y la ciudad, los mares
de sur y norte, todo se me hunde,
se me dibuja, se me deshumana.
¡Viva la libertad! Libre soy, libre,
amarrado a mi alma. Mi alma es ésa,
esa inmensa avellana, ave redonda.
Y yo su cuerpo soy, yo soy su sino,
su cascabel de sangre y de congoja,
péndulo y mudo en el azul silencio.
Tener el alma fuera, ver el alma,
colgar del alma y sólo unos cabellos
para unirnos, oh gloria, oh Dios tangible

Quiero dormir, soñarme en vuelo eterno.
No desmayes, mi alma, nunca tornes
al suelo, al anticielo original.

(Morse. “Cabo Ortegal”. Caído globo
frente San Pedro Mar. Nornoroeste,
tres millas costa. Capitán salvado.
Recogido canoa Obras del Puerto.)

 

PACHECO

Me acuerdo de Pacheco, el guapo mozo
que traían a casa mis hermanos,
ángel moreno en cielo de milanos
o zagal de Belén con risa y bozo.

¡A cantar villancicos! Qué alborozo
si Pacheco agitaba con sus manos
la pandereta oscura de aldeanos.
Oh las sonajas de álamo y retozo.

Pero no suena sólo el parche y fleco
percutido por dedos, puño o palma.
La pandereta de Pacheco choca

con codo —virtuosísimo embeleco—,
rodillas, codo, cráneo, codo, alma.
Y el Niño y yo reímos cuando toca.

 

EL TOBOGÁN

A Laureano Miranda

El tobogán de los jardines.
Hélice asiría, torre alta.
Subimos raudos a la cúspide.
Tapiz volante, alfombra irania.

Vértigo dulce el del descenso
en cauce curvo de madera.
La brisa aviva el beso heroico
que a los impávidos ofrenda.

Cuna infinita que prolonga
la tirantez de diez segundos.
El tiempo terso se hace elástico.
Placer, placer, presente puro.

Las manos dentro y abandono.
Brillo del roce en la carrera.
El tobogán nos riza y sume
y vuelca en playa fiel de arena.

Gradas arriba, rampa abajo,
Luzbel de bruces, fuego en crines
y ya sin alas: el misterio
del tobogán de los jardines.

 

CIRIEGO

Quieres tener casa en tu cuna,
en tu ciudad o en su paisaje,
que con los tuyos te reúna
y el mar arrulle en su oleaje.

Casa hacia abajo tienes una,
besan su puerta sol y luna,
lluvia de paz la lava luego,
tierra la arraiga y mar la acuna.
Tus padres duermen en Ciriego.

 

LA LUCIÉRNAGA

La luciérnaga alumbra su luz verde
y es ya un cuento de hadas la hortaliza,
palacio de la col que ahonda y riza
cámaras, ecos que el reflejo muerde.

Un momento no más, que yo recuerde;

¿dónde vi yo esta luz que así enhechiza,
este verde de estrella agachadiza
que la tierra ganó y el cielo pierde?

¿Fue en un viaje de acuario submarino,
fue en un pozo de mina de Aladino
buscando el oro verde, la esmeralda?

Déjame que recuerde, limbo o cielo.
Fue a la vuelta del faro y en mi pelo
de niño ardía. Guárdala en tu falda.

 

VIENTO EN CABO MAYOR

A Ignacio Aguilera

Viento en Cabo Mayor, viento marero,
como otro mar sin cuerpo, sal disuelta
en la rama del aire que se agita
y golpea expresiva las desnudas
frentes de los muchachos ¿qué les quieres?

¿A qué aventura loca les impulsas?
Fueron ellos por céspedes y musgos,
asomándose a vértigos, a cóncavas
catedrales del mar, rocas sublimes
vaciadas de su entraña. Aves sonoras
bajo sus pies, no, sus reptantes vientres,
brotan volando roncas y se pierden
hacia el lejano, cántabro horizonte.
Y tú, viento, las peinas, las sostienes
en tus leves, bellísimas espaldas.

Viento del norte verde, viento y eco
de viento en jarcias, zumbador de vergas,
gran malabar en gamas de cristales,
amolador de filos invisibles,
tus cosquillas de agujas —sol y hielo—
la piel excitan, clavan los oídos,
embriagan de una esencia azul errante
la voluntad de los adolescentes.

Cuando a la noche, densos, aturdidos,
se tumban a soñar con la ventana
abierta para que aún penetre el hálito
rezagado del viento, sueñan, duermen
que viajan en el viento huyendo el viento.

 

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