El Bierzo

Bierzo4

Enrique Gil y Carrasco

EL SEÑOR DE BEMBIBRE


Capítulo X

Don Álvaro salió de su castillo muy poco después de Martina, y encaminándose a Ponferrada subió el monte de Arenas, torció a la izquierda, cruzó el Boeza y sin entrar en la bailía tomó la vuelta de Cornatel. Caminaba orillas del Sil, ya entonces junto con el Boeza, y con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles que el viajero no se cansa de mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de infinitas aves. Ora atravesaba un soto de castaños y nogales, ora un linar cuyas azuladas flores semejaban la superficie de una laguna, ora praderas fresquísimas y de un verde delicioso, y de cuando en cuando solía encontrar un trozo de camino cubierto a manera de dosel con un rústico emparrado. Por la izquierda subían, en un declive manso a veces y a veces rápido, las montañas que forman la cordillera de la Aquiana con sus faldas cubiertas de viñedo, y por la derecha se dilataban hasta el río huertas y alamedas de gran frondosidad. Cruzaban los aires bandadas de palomas torcaces con vuelo veloz y sereno al mismo tiempo; las pomposas oropéndolas y los vistosos gayos revoloteaban entre los árboles, y pintados jilgueros y desvergonzados gorriones se columpiaban en las zarzas de los setos. Los ganados salían con sus cencerros, y un pastor jovencillo iba tocando en una flauta de corteza de castaño una tonada apacible y suave.

Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.

Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.

Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las cosas de aquella orden.

El comendador que, según su inveterada costumbre, estaba en pie al romper el día, viendo un caballero que subía la cuesta, y conociéndole cuando ya estuvo más cerca, salió a recibir con, un afecto casi paternal a tan ilustre huésped, mirado entre todos los templarios como el apoyo más fuerte de su orden en aquella tierra. Era don Gutierre de Saldaña hombre ya entrado en días; de regular estatura, pelo y barba como de plata; pero ágil y fuerte en sus movimientos como un mancebo. Su semblante hubiera infundido sólo veneración a no ser por la inquietud y desasosiego de alma que privaba a aquel noble busto romano del reposo y calma que tan naturales adornos son de la ancianidad. Eran sus ojos vivos y rasgados de increíble fuerza, y en su frente, elevada y espaciosa, se pintaban como en un fiel espejo pensamientos semejantes a las nubes tormentosas que coronan las montañas, que unas veces se disipan azotadas del viento y otras veces descargan sobre la atemorizada llanura. Cualquiera al verle hubiera dicho que las pasiones habían ejecutado su estrago en aquel natural poderoso y enérgico, pero de cuantas habían agitado su juventud, para todos desconocida y enigmática, sólo una había quedado por señora de aquel alma profunda e insondable como un abismo. Esta pasión era el amor a su orden y el deseo de acrecentar su honra y su opulencia, término cuyo logro no encontraba en él diferencia en los caminos. Su vida se había pasado en la Tierra Santa en continuas batallas con los infieles y en medio de los odios de los caballeros de San Juan y de los príncipes que tan fieros golpes dieron al poder de los cristianos en la Siria, y por último, había asistido a la ruina de San Juan de Acre o Tolemaida, postrer baluarte de la cruz en aquellas regiones apartadas. Entonces dio la vuelta a España, su patria, herida su alma altiva y rebelde en lo más vivo, pensando en la Tierra Santa que perdían para siempre sus hermanos, y cargado, en fin, con todos los vicios que legítimamente podían atribuirse a la milicia del Temple. Parecióle que, en vista de la tibieza con que la Europa comenzaba a mirar la conquista de ultramar, sólo para los templarios estaba guardada tamaña empresa, y en el desvarío de su despecho y de su orgullo llegó a imaginar la Europa entera convertida en una monarquía regida por el gran maestre, y que al son de las trompetas de la orden y alrededor del Balza se movía de nuevo y como animada de una sola voluntad en demanda del Santo Sepulcro. El ejemplo de los caballeros teutónicos en Alemania acabó de encender su fantasía volcánica, y vueltos sus ojos a Jerusalén, trabajando sin cesar por el engrandecimiento de su hermandad y codiciando para ella alianzas y apoyos en todas partes, sus amigos se habían convertido para él en hijos queridos y sus contrarios en criaturas odiosas, como si el mismo infierno las vomitara. Aquel alma sombría y tremenda, exacerbada con la desgracia y lejos de la abnegación y la humildad, fuentes puras de la institución, se había amargado con las aguas del orgullo y de la venganza, móvil entonces el más poderoso de sus acciones. Comoquiera, la fe iluminaba todavía aquel abismo, si bien su luz hacía resaltar más sus tinieblas.

Este hombre extraordinario quería a don Álvaro con pasión, no sólo a causa de su confedración con la orden, sino por sus prendas hidalgas y elevado ingenio. No parecía sino que un reflejo de sus días juveniles se pintaba en aquella figura de tan noble y varonil belleza. Hasta le habían oído hablar con una mal disimulada emoción de la desdichada pasión del noble mancebo, cosa extraña en su austeridad y adusto carácter. Los recientes sucesos de Francia acababan de dar la última mano a sus extraños proyectos, porque una vez arrojado el guante por los príncipes, la poderosa orden del Temple tendría que presentar la gran batalla, de la cual, en su entender, debía resultar la total sumisión de la Europa y tras de ella la reconquista de Jerusalén. Sin embargo, por muchas que fueran las tinieblas con que el orgullo y el error cegaban su entendimiento, de cuando en cuando la verdad le mostraba algún vislumbre que si no bastaba para disiparlas, sobraba para introducir en su alma la inquietud y el recelo. Con esto se había llegado a hacer más ceñudo y menos tratable que de costumbre, y fuese por respeto a sus meditaciones o por motivo menos piadoso, los caballeros y aspirantes esquivaban su conversación.

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

—¿De dónde bueno tan temprano? —le dijo abrazándole estrechamente.

—De mi castillo de Bembibre —respondió el caballero.

—¡De Bembibre! —contestó el comendador como admirado—. Quiere decir que habéis andado de noche y que vuestra prisa debe ser muy grande y ejecutiva.

Don Álvaro hizo una señal de afirmación con la cabeza, y el anciano, después de examinarle atentamente, le dijo:

—¡Por el Santo Sepulcro, que tenéis el mismo semblante que teníamos los templarios el día que nos embarcamos para Europa! ¿Qué os ha pasado en este mes en que no hemos podido echaros la vista encima?

—Ni yo mismo sabría decíroslo —respondió don Álvaro—, y sobre todo aquí —añadió echando una mirada alrededor.

—Sí, sí, tenéis razón —contestó Saldaña, y asiéndose de su brazo subió con él al mismo torreón en que antes estaba.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó de nuevo el comendador.

El joven por única respuesta sacó del seno la carta de doña Beatriz y se la entregó. Como era tan breve, el comendador la recorrió de una sola ojeada, y dijo, frunciendo el entrecejo, de una manera casi feroz, aunque en voz baja:

—¡Ira de Dios, señores villanos!, ¿conque queréis acorralarnos y destrozar además el pecho de gentes que valen algo más que vosotros? ¿Y qué habéis pensado? —repuso volviéndose a don Álvaro.

—He pensado arrancarla de su convento aunque hubiese de romper por medio de todas las lanzas de Castilla; pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.

—Ni uno ni otro os faltarán. Habéis obrado como discreto, porque si a vuestro castillo os la llevaseis o tendríais que abrir de grado sus puertas a quien fuese a buscarla, o se encendería al punto la guerra, cosa que daría gran pesar a vuestro tío y a nadie traería ventaja por ahora.

—Si yo pudiera esconderla en las cercanías —repuso don Álvaro— hasta que pasase el primer alboroto, la pondría después en un convento de la Puebla de Sanabria, donde es abadesa una pariente mía.

—Pues, en ese caso —replicó Saldaña—, traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas al lado de una cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie de consiguiente la verá. Pero a lo que dice la carta, mucha diligencia habéis menester para impedir un suceso que ha de quedar concluido pasado mañana.

—Y tanta —respondió don Álvaro—, que esta misma noche pienso dar cima a la empresa —y enseguida le contó la visita de Martina y la traza concertada que al comendador le pareció muy bien.

Quedáronse entonces entrambos en silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Berdigum, y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los encarnados picachos de las Médulas.

Saldaña tenía clavados los ojos en el lago, mientras don Álvaro, siguiendo con la vista las orillas del Cúa, procuraba en vano descubrir el monasterio de Villabuena oculto por un recodo de los montes.

—¡Dichosas orillas del mar Muerto! —prorrumpió, por fin, con un suspiro el anciano comendador—. ¡Cuánto más agradables y benditas eran para mí sus arenas que la frescura y lozanía que engalana aquellas orillas!

Aquella repentina exclamación que revelaba el sentido de sus largas meditaciones, arrancó de su distracción a don Álvaro.

Acercóse entonces al templario, y le dijo:

—¿No confiáis en que los caballos del Temple vuelvan a beber las aguas del Cedrón?

—¡Qué sino confío! —exclamó el caballero con una voz semejante a la de una trompeta—. ¿Y quién sino esta confianza mantiene la hoguera de mi juventud bajo la nieve de estas canas? ¿Por qué conservo a mi lado esta espada, sino es por la esperanza de lavarla en el Jordán del orín de la mengua y del vencimiento?

—Os confieso —contestó don Álvaro— que, al ver la tormenta que parece formarse contra vuestra orden, algunas veces he llegado a dudar de vuestras glorias futuras y hasta de vuestra existencia.

—Sí —replicó el templario con amargura—, ese es el premio que da Felipe en Francia a los que le salvaron de las garras de un populacho amotinado. Ese sin duda el que nos prepara el rey don Jaime por haber criado en nuestro nido el águila que con un vuelo glorioso fue a posarse en las mezquitas de Valencia y las montañas de Mallorca. Ese tal vez el que don Fernando el IV guarda a los únicos caballeros que entre los lobos hambrientos de Castilla no han embestido su mal guardado rebaño. Pero nosotros saldremos de las sombras de la calumnia como el sol de las tinieblas de la noche; nosotros abatiremos a los soberbios y levantaremos a los humildes; nosotros reuniremos el mundo al pie del Calvario, y allí comenzará para él la era nueva.

—¿Habéis oído alguna vez las reflexiones de mi tío?

—Vuestro tío es una estrella limpia y sin mancha en el cielo de nuestra orden —replicó el comendador—, y tal vez dice verdad; pero vuestro tío se olvida —añadió con orgulloso entusiasmo— que el primer don del cielo es el valor que todavía habita en el corazón de los templarios como en su tabernáculo sagrado. Acaso es cierto que el orgullo nos ha corrompido; ¿pero quién ha vertido más sangre por la causa de Dios? ¿Dónde estaban para nosotros el cariñoso calor del hogar doméstico, el noble ardor de la ciencia y el reposo del claustro? ¿Qué nos quedaba sino el poder y la gloria? Cualquiera que sea nuestra culpa, con nuestra sangre la volveremos a lavar, y con nuestras lágrimas en las ruinas del palacio de David. Pero ¿quiénes son esos gusanos viles que han dejado el sepulcro de Cristo en poder de los perros de Mahoma para juzgarnos a nosotros, a quien todo el poder del cielo y del infierno apenas fue bastante a arrojar de aquellas riberas?

Calló entonces por un rato, y después, tomando la mano de su compañero, le dijo con un acento casi enternecido.

—Don Álvaro, vuestra alma es noble y no hay cosa que no comprenda, pero vos no sabéis lo que es haber sido dueños de aquella tierra milagrosa y haberla perdido. Vos no podéis imaginaros a Jerusalén en medio de su gloria y majestad. Y ahora —continuó con los ojos casi bañados de lágrimas—, ahora está sentada en la soledad llorando, hilo a hilo en la noche, y sus lágrimas en sus mejillas. El laúd de los trovadores ha callado como las arpas de los profetas, y ambos gimen al son del viento colgados de los sauces de Babilonia. Pero nosotros volveremos del destierro —añadió con un tono casi triunfante y levantaremos otra vez sus murallas con la espada en una mano y la llana en la otra, y entonaremos en sus muros el cántico de Moisés al pie de la cruz en que murió el Hijo del Hombre.

Aquel rostro surcado por los años se había encendido, y su noble figura, animada por el fuego que inspiran todas las pasiones verdaderas y vestida con aquel hermoso ropaje blanco que tan bien decía con su edad, asomada a los precipicios de Cornatel que por su hondura y oscuridad pudieran compararse al valle de la muerte, parecía el profeta Ezequiel evocando los muertos de sus sepulcros para el juicio final. Don Álvaro, que tan fácilmente se dejaba subyugar por todas las emociones generosas, apretó fuertemente la mano del anciano y le dijo conmovido:

—Dichoso el que pudiera contribuir a la santa obra. No será mi brazo el que os falte.

—Mucho podéis hacer —contestó Saldaña—. ¡Quiera Dios coronar nuestros nobles intentos!

Bajaron entonces a los aposentos del comendador, que eran unas cuantas cámaras de tosca estructura, una de las cuales tenía una escalera que descendía a la mina. Saldaña entregó a don Álvaro la llave de la puerta o trampa exterior, y bajando con él le hizo notar todos los ánditos y pasadizos subterráneos. Volvieron otra vez a los aposentos donde hicieron una frugal comida, y al caer el sol salió de nuevo don Álvaro con su escudero. Habíale ofrecido Saldaña algunas buenas lanzas por si quería escolta con que mejor asegurar su intento, pero el joven la rehusó prudentemente, haciéndole ver que el golpe era de astucia y no de fuerza, y que cuanto pudiese llamar la atención perjudicaría su éxito. Encaminóse, pues, solo con su escudero a la orilla del Sil, que cruzó por la barca de Villadepalos. Después se internó en la dehesa que ocupaba entonces la mayor parte del fondo del Bierzo, y dando un gran rodeo para evitar el paso por Carracedo tomó, ya muy entrada la noche, la vuelta de Villabuena.

Capítulo XIV

Volvamos ahora a don Álvaro, que bien ajeno de semejantes sucesos, había llegado a Tordehumos con la hueste del rey. Este pueblo, que don Juan Núñez había provisto y reparado con la mayor diligencia, está en la pendiente de una colina dominada por un castillo, y no lejos pasa el río llamado Rioseco. La posición es buena; las murallas estaban entonces en el mejor estado; la guarnición era valerosa y suficiente y su jefe diestro, experimentado y valiente. Ya en otro tiempo le había sitiado el rey en Aranda, de donde se salió a despecho de su cólera, y esta memoria le daba aliento para desafiarle desde Tordehumos, lugar más acomodado a la defensa. Tenía además la fundada esperanza de que nunca llegarían a estrecharle hasta el extremo, porque conservaba en el campo enemigo inteligencias y valimiento de que fiaba, no menos que de su valor, el éxito de la empresa. El infante don Juan, aunque servía bajo las banderas de su sobrino, no por eso había desatado los antiguos vínculos de amistad que le unían con el de Lara, antes entre sus enemigos era donde pensaba servirle mejor, ruin manejo que sólo cabía en la doblez de aquel alma villana. Hernán Ruiz de Saldaña, Pero Ponce de León y algunos otros principales señores también estaban en el plan, si bien no encubrían sus pensamientos ni conducta bajo el manto de celo hipócrita por los intereses del rey en que se cobijaba el infante don Juan. Así es que el cerco, emprendido con gran calor, iba aflojándose y entibiándose de día en día con gran pesadumbre del rey, que no tardó mucho en caer en la cuenta de su daño.

Comoquiera, los caballeros más afectos a su persona, o más leales, no dejaban de pelear con ardor en las frecuentes salidas que hacían los sitiados, y don Álvaro, que por su aislamiento ignoraba parte de estas tramas, y que por la rectitud de sus sentimientos era incapaz de entrar en ellas, andaba entre los que más se distinguían. Sucedió, pues, que una noche, saliendo los cercados con gran sigilo, dieron impensadamente sobre el real enemigo cuya mayor parte estaba descuidado, cayendo con más furia sobre el ala del señor de Bembibre y demás caballeros fieles al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir de las precauciones y vigilancia propias de la guerra, salió al punto con la mitad de su prevenida gente a rechazar la imprevista embestida, enviando aviso inmediatamente al cuartel del rey para que le sostuviesen en el ataque que emprendía. En el desorden introducido y en la dañada intención del infante consistió sin duda que el refuerzo pedido no llegase. La noche estaba muy oscura, los enemigos se aumentaban sin cesar, los gritos de rabia, de temor y de dolor se mezclaban con las órdenes de los cabos; las armas y escudos despedían chispas en la oscuridad con el incesante martilleo, y la escena llegó a hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin, los enemigos empezaron a extenderse por las alas del reducido y abandonado escuadrón, y don Álvaro estrechado entonces, comenzó a retirarse ordenadamente resistiendo con su acostumbrado valor el empuje contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza, con lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo que, herido también hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para ayudar a su jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del caído caballero, pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos para arrancarle del poder de los enemigos; pero el número de éstos era ya tan grande y el aliento que recibían de don Juan Núñez, que mandaba en persona esta encamisada, tal que por último, ensangrentados y rotos, hubieron de tomar la huida dejándolo en sus manos. Lara que lo reconoció y que ya de antemano le estimaba, hizo vendar sus heridas y trasportarle con gran cuidado a su castillo. Por último, como los refuerzos del rey iban llegando, él mismo se retiró en buen orden sin experimentar daño ni escarmiento. Sus soldados, alegres con el botín recogido, dieron también la vuelta muy animosos, formando vivo contraste con las tropas del rey, mustios y descontentos de lo que había pasado.

El fiel Millán, que había peleado como correspondía al lado de su amo en aquella noche fatal, separado de él por el tropel de los fugitivos en el momento crítico, por la mañana muy temprano se presentó a las puertas de Tordehumos, pidiendo que le tomasen por prisionero con su amo, de quien venía a cuidar durante sus heridas. Lara mandó recibirle al punto, y llamándole a su presencia le alabó mucho su fidelidad y le regaló una cadena de plata encargándole encarecidamente la asistencia de un caballero tan cumplido como su amo. Por lo que hace a la mesnada de éste, reducida casi a la mitad por la tremenda refriega de la noche, y heridos la mayor parte de los que sobrevivieron, se reunieron bajo el mando de Melchor Robledo y se pusieron a retaguardia del campo para curarse y restablecerse lo posible.

El rey, por su parte, aunque don Álvaro no fuese muy de su devoción por su alianza con los templarios, no por eso dejó de sentir su prisión y heridas, porque sobrado conocía que una lanza tan buena y un corazón tan noble le hacían infinita falta en medio de las voluntades, cuando menos tibias, que le rodeaban.

Don Álvaro tardó bastantes horas en volver a su conocimiento por el aturdimiento de su caída y por la mucha sangre que con sus heridas había perdido. Lo primero que vieron sus ojos al abrirse fue a su fiel Millán que, de pie al lado de su cama, estaba observando con particular solicitud todos sus movimientos. A los pies estaba también en pie un caballero de aspecto noble, aunque algo ceñudo habitualmente, cubierto con una rica armadura azul, llena de perfiles y dibujos de oro de exquisito trabajo. Finalmente, a la cabecera se descubría un personaje de ruin aspecto, con ropa talar oscura y una especie de turbante o tocado blanco en la cabeza. El caballero era don Juan Núñez de Lara, y el otro sujeto el rabino Ben Simuel, su físico, hombre muy versado en los secretos de las ciencias naturales y a quien el vulgo ponía, por lo tanto, sus ribetes de nigromante y hechicero. Su raza y creencia le hacían odioso, y su exterior tampoco era a propósito para granjearse el cariño de nadie.

Don Álvaro extendió sus miradas alrededor, y encontrando las paredes de un aposento en lugar de los lienzos y colgaduras de su tienda, y aquellas personas para él desconocidas, comprendió cuál era su suerte y no pudo reprimir un suspiro. Lara se acercó entonces a él y tomándole la mano le aseguró que no estaba sino en poder de un caballero que admiraba su valor y sus prendas; que se sosegase y cobrase ánimo para sanar en breve de sus heridas que, aunque graves, daban esperanza de curación no muy lejana.

—Finalmente —añadió apretándole la mano—, no veáis en don Juan Núñez de Lara vuestro carcelero, sino vuestro enfermero, servidor y amigo.

Don Álvaro quiso responder, pero Ben Simuel se opuso encargándole mucho el silencio y el reposo, y haciéndole beber una poción calmante, se salió con don Juan de la habitación dejando al herido caballero en compañía de Millán. En cuanto se fueron, don Álvaro le preguntó con voz muy débil:

—¿Me oyes, Millán?

—Sí, señor —respondió éste, ¿qué me queréis?

—Si muero, toma de mi dedo él anillo, y del lado izquierdo de mi coraza la trenza que me dio doña Beatriz aquella noche fatal, y se la llevarás de mi parte diciéndola… no, nada le digas.

—Está bien, señor, si Dios os llama así se hará como decís, pero por ahora sosegaos y mirad por vos.

Don Álvaro procuró descansar, pero a pesar de la medicina sólo logró algún reposo interrumpido y desigual; tales eran los dolores que sus heridas le causaban.

Capítulo XV

A los pocos días de haber caído don Álvaro prisionero ocurrió, por fin, una novedad que todos esperaban con ansia grandísima en el campamento del rey. Vinieron cartas del papa Clemente V con la orden de proceder al arresto y enjuiciamiento de todos los templarios de Europa y secuestro de sus bienes, y con ellas noticias de los horribles suplicios de algunos caballeros de la orden en Francia. Aquel pontífice débil y cobarde había consentido que los sacasen de su fuero, entregándolos en manos de una comisión especial, que equivalió a ponerlos en las del verdugo. Clemente temblaba de que Felipe el Hermoso quisiese poner en juicio la majestad del pontificado en la persona, o por mejor decir, en la memoria de su antecesor Bonifacio, y a trueque de evitarlo, le dejaba bañarse en la sangre de los templarios y cebarse en sus bienes. En Francia, sin embargo, la audacia del rey y el desconcierto de lo imprevisto del golpe y la desatinada conducta del maestre general ultramarino Jacobo de Molay había allanado el camino de una empresa tan escabrosa y difícil; pero en España donde la orden estaba sobre sí y donde era quizá más poderosa que en ninguna otra nación, menester era emplear infinita destreza y valor. Cierto es que ni en Portugal, ni en Aragón, ni en Castilla se les desaforaba, antes se les sujetaba a concilios provinciales, pero después de lo que había pasado en el reino vecino, parecía natural que desconfiasen de la potestad civil y que no quisiesen soltar las armas. Por otra parte, nada tenía de extraño que quisiesen vengar las afrentas de su orden, por cuyo honor y crecimiento estaban obligados a sacrificar hasta su propia vida. Preciso era desconcertar su acción en lo posible, y apercibirse al combate al mismo tiempo.

El rey don Fernando, a pesar de suceso de tanto bulto, para el cual parecía necesitar el auxilio de todos sus ricos hombres, no por eso desistía de su saña contra don Juan Núñez de Lara, resuelto sin duda a volver a su corona el brillo, que en las pasadas revueltas había perdido. El infante don Juan mediaba entre el rey y su rebelde vasallo, y como este carácter le daba facilidad para pasar muchas veces a Tordehumos, poco tardó en concertar con su dueño el plan que hacía tanto tiempo estaba madurando. Don Álvaro era el apoyo más firme de los templarios en el reino de León, y el más ardiente y poderoso de sus aliados. Aunque su castillo de Bembibre estaba guarnecido por soldados de la orden, claro estaba que si moría su dueño habrían de desocuparlo, y de todos modos los vasallos de la casa de Yáñez no tardarían en apartarse de sus banderas. No era el infante hombre que delante de la sangre retrocediese; el rival de su valido estaba en manos de don Juan Núñez de Lara, con él venía al suelo una de las principales barreras que apartaban la rica herencia del Temple de sus manos codiciosas, ¿qué más podía desear?

No bien llegaron las bulas del papa Clemente, al punto pasó a Tordehumos allí, subiendo con su castellano a una torre solitaria del castillo, comenzaron una plática muy viva y acalorada.

Con gran sorpresa y aun susto de los que desde abajo les miraban, don Juan Núñez con ademanes descompuestos echó mano a la espada, como si de su huésped recibiese alguna ofensa; pero sin duda se hubo de arrepentir, porque a poco rato volvió el acero a la vaina con muestras de gran cortesía, y entrambos caballeros se dieron las manos. El infante bajó poco después y tomó el camino real con muestras de gran satisfacción y contento.

La sangre perdida y la gravedad de sus heridas habían reducido a don Álvaro a una postración grandísima; pero la ciencia de Ben Simuel y los cuidados de Millán, junto con las atenciones de don Juan Núñez, habían logrado arrancarlo de la jurisdicción de la muerte y volverle, aunque con pasos muy perezosos, al camino de la vida. La calentura había ido cediendo y los dolores eran mucho menos vivos, de manera que sin los cuidados que acibaraban su pensamiento, fácil era calcular que su convalecencia hubiera sido más rápida.

Una tarde entró don Juan de Lara en su aposento y tomando asiento a su cabecera mientras Millán los dejaba solos para que hablasen con más libertad, le preguntó asiéndole de la mano:

—¿Cómo os sentís, noble don Álvaro? ¿Estáis contento de mi carcelería?

—Me encuentro ya muy aliviado, señor don Juan —respondió el herido—, gracias a vuestros obsequios y atenciones que casi me harían dar gracias al cielo de mi prisión.

—Según eso, bien podréis escucharme una cosa de gran cuantía que tengo que deciros.

—Podéis comenzar, si gustáis.

Don Juan, entonces, principió a contarle por extenso las noticias recibidas de Francia y la prisión, embargo de bienes y encausamiento de los templarios ordenados en las cartas del papa Clemente, recibidas poco había en los reales de Castilla.

—Bien conozco —concluyó diciendo— que en la hidalguía de vuestra alma no cabe abandonar una alianza que hubieseis asentado con caballeros como vos, pero ya veis que asistir a los templarios abandonados del vicario de Jesucristo y cargados con el grave peso de una acusación fundada en la criminal demanda que acaso van a intentar, sería hacer traición a un mismo tiempo a vuestros deberes de cristiano y bien nacido. Si en algo estimáis, pues, la fina voluntad que de asistiros y serviros he mostrado, ruégoos que desde ahora rompáis la confederación que tenéis con esa orden, objeto del odio universal, y no os apartéis de vuestros amigos y aliados naturales.

Don Álvaro, que estaba íntimamente convencido de la iniquidad de la acusación dirigida contra el Temple y que nunca hubiera creído en el jefe supremo de la Iglesia tan culpable debilidad, escuchó la relación de don Juan con una emoción violenta y profunda, cambiando muchas veces de color y apretando involuntariamente los puños y los dientes con muestras de dolor y de cólera. Por fin, enfrenando como mejor pudo los tumultuosos movimientos de su espíritu, respondió:

—Los templarios se sujetarán al juicio que les abren, en justa obediencia de mandato del sumo pontífice, única autoridad de ellos reconocida, aunque tan ruinmente se postra delante del rey de Francia; pero ni dejarán las armas ni se darán a prisión, ni soltarán sus bienes y castillos sino caso de ser a ello sentenciados por los concilios. Por lo que a mí toca, don Juan de Lara, os perdono el juicio que de mí habéis formado, en gracia de tantos obsequios y cuidados como os debo; pero os suplico que aprendáis a conocerme mejor.

La legítima humillación que don Juan sufría despertó su ira y despecho, pero deseoso de que la cuestión mejorase de terreno, y al mismo tiempo de apurar todos los medios de conciliación y templanza, replicó:

—¿Pero qué?, ¿no teméis manchar la limpieza de vuestra fama, ligándoos con un cuerpo agangrenado con tantas infamias y abominaciones, a quien toda la cristiandad rechaza como a un leproso?

—Señor don Juan, os matáis en balde, queriendo persuadirme a mí lo que tal vez vos mismo no creéis. Por lo demás, no toda la cristiandad rechaza el Temple, pues no se os esconde que el sabio rey de Portugal ha enviado sus embajadores al Papa para protestar de las tropelías y maldades de que está siendo objeto esta ilustre milicia.

—¡Mal aconsejado rey! —dijo el de Lara.

—El mal aconsejado sois vos —repuso don Álvaro con impaciencia—, en menguar así vuestro propio decoro. Id con Dios, que ni mi corazón ni mi brazo faltarán nunca a esos perseguidos caballeros.

Lara frunció el ceño y le preguntó con voz altanera:

—¿Olvidáis que sois mi prisionero?

—Sí, a fe que lo había olvidado, porque vos me habéis dicho que erais mi amigo y no mi carcelero; pero ya que volvéis a vuestro natural papel, sabed que aunque me tengáis a vuestra merced, mi corazón y mi espíritu se ríen de vuestras amenazas.

Don Juan se mordió los labios y guardó silencio por un buen rato, durante el cual, sin duda, su alma, naturalmente noble y recta, le estuvo haciendo sangrientos reproches por su proceder; pero con su genial obstinación se aferró más y más en el partido adoptado. Por fin, levantándose, dijo a su prisionero.

—Don Álvaro, ya conocéis de oídas mi índole arrebatada y violenta; los primeros movimientos no están en nuestra mano. Olvidad cuanto os he dicho, y no me juzguéis sino como hasta aquí me habéis juzgado.

Dicho esto se salió de la cámara, y don Álvaro, con el descuido propio de los hombres esforzados, cuando sólo de su vida se trata, se entregó a sus habituales reflexiones. El de Lara estuvo paseando en la plataforma de uno de los torreones el resto de la tarde con pasos desiguales, hablando consigo propio en ocasiones, gesticulando con vehemencia, y sentándose de cuando en cuando arrobado en profundas distracciones. Por fin, largo rato después de puesto el sol, cuando los áridos campos circunvecinos iban desapareciendo entre los velos de la noche, bajó por la angosta escalera de caracol, y encaminándose a la sala principal del castillo, mandó a llamar por un paje a su físico Ben Simuel. Poco tardó en asomar por la puerta la cara de zorro del astuto judío, y sentándose al lado de su señor entablaron en voz muy baja una viva conversación, de que el paje no pudo percibir nada, sin embargo de estar en la puerta, hasta que por fin Ben Simuel, levantándose, y después de escuchar las últimas palabras de don Juan que las acompañó con un gesto muy expresivo y semblante casi amenazador, se salió de la sala con bastante diligencia.

Cerca de las diez de la noche serían cuando el mismo judío se presentó en el encierro de don Álvaro con una copa en una salvilla, y después de reconocer sus vendajes le hizo tomar aquella poción con que le dijo que reconciliaría el sueño. Despidióse enseguida y don Álvaro comenzó a sentir cierta pesadez que después de tantos insomnios parecía pronóstico de un sueño sosegado. Apenas tuvo tiempo de decir a Millán que le dejase solo, y que cerrase la puerta por fuera sin entrar hasta que llamase, y al punto se quedó profundamente adormecido. El buen escudero, no menos necesitado de descanso que su amo, hizo cuanto se le mandaba, y echando la llave y guardándosela en el bolsillo, se tendió cuan largo era en una cama que para él habían puesto en un caramanchón vecino, y no despertó hasta el día siguiente, cuando ya el sol estaba bastante alto. Acercóse entonces a la puerta por ver si su señor se rebullía o quejaba; pero nada oyó. «Vamos, dijo para sí, de esta vez sus melancolías han podido menos que el sueño, y cuando despierte, Dios mediante, se ha de encontrar otro.» Aguardó, pues, otro rato bueno, durante el cual comenzó a inquietarse, pensando que tanto dormir podría hacer daño a su señor; pero pasada una hora y media ya no pudo contener su impaciencia, y metiendo la llave en la cerradura y dándole vueltas con mucho tiento, entró de puntillas hasta la cama de don Álvaro, y después de vacilar todavía un poco, por fin se decidió a llamarle meneándole suavemente al mismo tiempo. Don Álvaro ni se movió ni dio respuesta alguna, y Millán, de veras asustado, acudió a abrir una ventana; pero cual no debió de ser su asombro y consternación cuando vio el cuerpo de su señor inanimado y frío, apartados los vendajes, desgarradas las heridas y toda la cama inundada en sangre.

Al principio se quedó como de una pieza, agarrotado por el espanto, la sorpresa y el dolor; pero en cuanto pudo moverse salió dando gritos y con los cabellos erizados todavía por los corredores del castillo. Al ruido, acudieron algunos hombres de armas y criados y, por último, el mismo Lara seguido de Ben Simuel. Millán, ahogado por los sollozos que por fin habían podido abrirse paso por medio de su estupor y asombro, les conduce hasta el lecho de su malogrado amo, y cayó sobre él abrazándole estrechamente. Don Juan no pudo contener una mirada errante y tremenda que dirigió a su médico; pero recobrándose al punto y revolviendo fieramente alrededor, y fijándola alternativamente en sus soldados y en Millán, mandó a éste con voz imperiosa que contase lo que había sucedido. Así lo hizo con toda la sencillez e ingenuidad de su dolor, hasta que llegando a decir cómo había dejado sólo a don Álvaro, el judío, que había estado registrando el cuerpo, se volvió a él con ojos airados s le dijo:

—¡Mira, desgraciado!, ¡mira tu obra! Tu amo en un ensueño o en un acceso de delirio ha roto sus vendajes y se ha desangrado. ¡Cómo dejar sólo a un caballero tan mal herido!

El desdichado escudero empezó a mesarse los cabellos hasta que empleando Lara su autoridad logró que acabase su relación y entonces, condolido de su pena, le dijo:

—Tú no has hecho sino obedecer a tu señor y en nada eres culpable. Además, todos nos hemos engañado. ¿Quién no creía a este noble mancebo libre ya de todo riesgo? ¡Dios ha querido afligirme permitiendo que un castillo mío fuese testigo de semejante desgracia! Mañana se dará sepultura a este ilustre caballero en el panteón de este castillo.

—No ha de ser así, por vida vuestra, señor —le interrumpió Millán—, antes entregádmelo a mí para que lo lleve a Bembibre y lo entierre con sus mayores. ¡Válgame Dios! —exclamó en voz imperceptible ¿y qué responderé a su tío el maestre, y a doña Beatriz cuando me pregunten por él?

—El cuerpo de don Álvaro —replicó don Juan— descansará en este castillo hasta que, restablecida la paz y acabadas estas funestas disensiones, pueda yo mismo con todos los caballeros de mi casa y mis aliados trasladarlo al panteón de su familia, con la pompa correspondiente a su estirpe y alto valor.

Como esto parecía redundar en honra de su malogrado señor, y por otra parte, como sabía que don Juan Núñez era absoluto en sus voluntades, hubo de conformarse con lo dispuesto. El cuerpo de don Álvaro estuvo todo aquel día de manifiesto en la capilla del castillo, acompañado del inconsolable escudero, y escoltado por cuatro hombres de armas que de cuando en cuando se relevaban. El capellán extendió la fe de muerto correspondiente, y aquella misma noche depositó en la bóveda del castillo, en un sepulcro nuevo, los restos de aquel joven desdichado.

Al día siguiente, Millán se presentó a don Juan para que le diese permiso de volver al Bierzo, y después de alabar mucho su fidelidad, se lo otorgó, acompañándolo de un bolsillo lleno de oro.

—Muchas gracias, noble señor —respondió él rehusándolo—. Don Álvaro dejó hecho su testamento al venir a esta desventurada guerra, y estoy seguro de que habrá mirado por su pobre escudero de cuya fidelidad estaba él bien seguro.

—Eso no importa —replicó don Juan haciéndole tomar la bolsa—, tú eres un buen muchacho y, además, el único placer de que disfrutamos los poderosos es él de dar.

Millán salió entonces del castillo, y yendo a encontrarse con Robledo, le contó la tragedia acaecida. La noticia, que al instante corrió por el campo, llenó de disgusto a todos, porque si bien no miraban a don Álvaro con cariño, no por eso dejaban de estimar su brillante valor de que tan fresca memoria dejaba. La mesnada volvió a sus prados y montañas nativas llena de luto y de tristeza por la muerte de su señor, verdadero padre de sus vasallos; y por la de tantos otros hermanos de armas cuyos huesos blanqueaban ya a la luna en los áridos campos de Castilla. Millán los dejó atrás y se adelantó a llevar a Arganza a Ponferrada la fatal nueva.

 

El Señor de Bembibre (Enrique Gil y Carrasco)

BUSCAR EN LA BIBLIOTECA

Bierzo4
VOLVER

Inicio

Anuncios

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s