Brihuega

Brihuega 1

Camilo José Cela

VIAJE A LA ALCARRIA


IV

BRIHUEGA

Quien sí sabía el nombre del atajo era un tartamudo que preparaba cebollinos para la siembra, a la sombra de un olmo añoso, al lado de la fonda de las Eras. Cuando el viajero pregunta, el tartamudo se ríe.

—Tiene un nombre muy feo, ya ve usted.

El viajero le da un pitillo.

—Pero se podrá decir, dijo yo.

—Sí, señor; decir sí que se puede.

 El hombre habla con mucha dificultad. Entre la tartamudez y la risa casi no se le entiende.

—Hacia medio camino hay una fuente que le decimos la fuente

Quiñoneros.

—¿Y el atajo se llama así?

—No, señor; no se llama así.

El tartamudo está muerto de risa. Una mujer, con un niño colgado de los pechos, le dice:

—¡Anda, que pareces bobo! ¿No lo quiere saber? ¡Pues dilo!

A la mujer sólo le hubiera faltado añadir:

—¡Que se fastidie! ¡Pues anda, con tanto preguntar!

No lo dijo; pero probablemente lo pensó. El tartamudo ladea la cabeza y se decide.

—Pues el atajo se llama, vamos, le decimos nosotros, el camino de la fuente Caga.

El viajero piensa que el hombre de los cebollinos es un tartamudo muy fino; la cosa no era para tanto. El tartamudo, cuando el viajero se aleja, todavía se ríe solo, mientras corta con una navaja tallos del cebollino que por la tarde plantará.

El viajero se mete en la fonda, a comer. Antes se da un baño de pies, un baño de agua caliente con sal, que le deja como nuevo. En el comedor están una señorita de pueblo y su mamá.

—Buenos días, que aproveche.

—Buenos días tenga usted. ¿Usted gusta?

La señorita bebe vino blanco y toma tricalcine. Es una chica pálida, con las manos bien dibujadas y el pelo castaño, peinado en ricitos que le caen sobre la frente. De cuando en cuando, tose un poco.

En las paredes del comedor hay un reloj de pesas, un canario que se llama Mauricio, metido en su jaula de alambre dorado, y tres cromos de colores violentos, chillones, con marco de metal. Un cuadro representa el cuadro de Las lanzas; otro, Los borrachos, y otro La Sagrada Familia del pajarito. Dos gatos rondan, a lo que caiga. Uno es rubio y se llama Rubio, otro es moreno y se llama Moro. No hay duda que quien los bautizó era un imaginativo.

Al viajero le sirve una muchacha mona, un poco coqueta, que lleva un vestido de percal.

—¿Cómo te llamas?

—Merceditas, para servirle. Me dicen Merche.

—Es un nombre muy bonito.

—No, señor; es un nombre muy feo.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete.

—Eres muy joven…

—No, señor; ya no soy muy joven.

—¿Tienes novio?

—¡Huy, cuánto quiere saber!

La muchacha se pone colorada y huye a la cocina. Cuando vuelve, viene muy seria y cambia el plato al viajero sin mirarle.

—¿Qué tienes?

—Nada.

A Merche le ayuda una criada zafia y pueblerina, que el viajero no sabe cómo se llama. El hule de la mesa es amarillo, con el color ya comido y los bordes algo desflecados. Un calendario de señorita, anuncia un anís. La señorita es una rubia de ojos negros que tiene un vestido verde que le deja los hombros al aire. Lleva moño bajo y una peineta de mucho brillo, que destaca en seguida; una peineta hecha con los polvitos de plata que se usan para las estrellas de los nacimientos. En la ventana del comedor hay una reja de balcón puesta de lado.

El viajero, cuando termina de comer, sale a la calle. Había pensado descansar un rato, después del café, pero entraron en el comedor dos señoras que le impacientaron y prefirió levantarse y salir.

Al lado de la fonda, el viajero se encuentra con la puerta de la Cadena, por la que se mete en el pueblo. La puerta de la Cadena tiene una hornacina con una Purísima, y debajo una lápida de mármol blanco que dice: 1710- 1910. La villa de Brihuega en el segundo centenario de su memorable bombardeo y asalto. Y más debajo todavía, otra lápida de piedra de la que sólo se entiende parte. El viajero copia las letras en un papel. Tarda bastante, porque a veces se equivoca. La gente le rodea. Al viajero le hace una ilusión tremenda que lo tomen por un erudito.

La lápida, poco más o menos, era así:

No está muy bien copiada, bien es cierto; pero tampoco falta ninguna letra, esa es la verdad. Casi todo está bastante claro, pero también hay algo, al final, que ya no lo está tanto, por lo menos para el viajero. En el penúltimo renglón, hacia la mitad, entre la T y la V, hay un agujero que debe ser un metrallazo.

El viajero entra, ya se dijo, por la puerta de la Cadena, y anda vagando algún tiempo por el pueblo. Fuera de la puerta queda una alameda umbría, acogedora. Unas muchachas charlan en un banco. Ríen a grandes voces, y se dan palmadas en las piernas. Después se levantan y van a beber agua a la fuente.

Unos trasquiladores, muralla adentro, pelan ovejas en una cuadra que da a la calle. El vellón sale entero, como una camiseta, lleno de grasa, y las ovejas se quedan en cueros vivos, flacas, ventrudas, desgarbadas. Unos niños miran, viciosamente, mientras sonríen en silencio. El ver trasquilar ovejas, en una cuadra más que tibia, ardorosa, y llena de un olor acre, profundo, es sin duda un espectáculo adormecedor, una incitación ancestral que ayuda a poner los mocitos en sazón cuando, sin pararse a ver por qué, se mezclan la cachondería y la crueldad en un remoto, inconfesable hervor de la sangre.

El sol está en la media tarde. Hay un momento en que el viajero ve hermosas a todas las mujeres. Se sienta sobre una piedra y mira, lleno el corazón de pesar, para un grupo de ocho o diez muchachas que lavan la ropa. El viajero está absorto, abstraído, y su memoria se puebla de tiernas, paganas nubecillas, mientras desempolva los frescos versos del cancionero:

Madre, las mozuelas,
las de aquesta villa,
en agua corriente
lavan sus camisas;
sus camisas, madre.
Madre, las mozuelas.

Las chicas están remangadas. Alguna canta un trozo de zarzuela; alguna otra un cuplé algo pasado de moda, un cuplé de hace cuatro o cinco años.

Una muchacha que no canta, lleva unas flores azules en el pelo castaño.

No se le ve bien, pero así, por la espalda, parece Merche, la de la fonda.

—Mi nombre es muy feo… Yo ya no soy tan joven…

El viajero, al día siguiente, cuando, otra vez en el camino, piensa en lo que ya pasó, cierra los ojos un momento para sentir la marcha del corazón.

Un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara afilada, como un caballero toledano, bebe, no más que acariciando el agua con el morro cano, en el pilón de una fuente fecunda, en el pilón de una fuente que hay al lado mismo del lavadero. Cuando termina de beber levanta la cabeza y pasa, humilde y sabio, por detrás de las mujeres. Diríase un eunuco leal, aburrido y discreto, guardador de un harén bullicioso como el levantarse de la mañana. El viajero sigue, con la mirada llena de perplejidad, el lento, resignado andar del animal. El viajero, a veces, se queda parado ante las cosas mas inexplicables.

Dos perros se aman a pleno sol, tercamente, violentamente, descaradamente. Una clueca pasa, rodeada de polluelos amarillos como la mies. Un macho cabrío asoma, erguida la cabeza, profundo el mirar, orgullosa y desafiadora la cuerna, por una bocacalle. El viajero mira, por ultima vez, para las lavanderas, se levanta y se va. El viajero es un hombre con una vida tejida de renunciaciones.

El viajero baja por unas callejas y se fuma un pitillo, a la puerta de una casa, con un viejo.

Parece hermoso el pueblo.

—No es malo. Cuando había que verlo era antes de la aviación.

Las gentes de Brihuega hablan de antes y después de la aviación como los cristianos hablan de antes y después del diluvio.

—Ahora no es ni sombra de lo que fue.

El viejo está pensativo, elegiaco. El viajero mira para los guijos del suelo y deja caer las palabras con pausa, como distraídamente.

—Y de guapas chicas, según veo.

—¡Bah! No haga caso; no valen un real. ¡Si hubiera usted conocido a las madres!

El viejo, que tiene la cabeza temblona, da un suspiro y cambia la conversación.

—Aquí fue donde empezaron a correr los italianos, ¿no sabe usted?

—Sí, ya sé.

—¡Fue buena aquélla!

El viejo se levanta y entra en la casa. Vuelve al poco rato, torpemente apoyado en su bastón.

—Usted sabrá dispensar; fui a ver cómo iba la olla.

El viejo se sienta de nuevo y apoya una mano en la mejilla.

—A mis años ya no se sirve para nada, ya no valemos más que para mirar por la olla. Yo soy ya una ruina, ¡pero si usted me hubiera visto de mozo!

El viajero piensa que a su amigo el viejo le pasa como a Brihuega —que antes, ¡había que verla!—, y como a todo el mundo y a todas las cosas. El viajero, que hoy prefiere no entristecerse, se levanta, se despide del viejo y tira hacia adelante, por la cuesta abajo. Pasa unos soportales —vigas de madera, como columnas, y un adoquín de piedra, de base— y llega hasta un tenducho abigarrado, vario, tentador, que parece puesto por el Patronato del Turismo.

El dueño es un viejo zorro, bizco, retaco, maleado, que sabe muy bien dónde le aprieta el zapato. Habla de todo y sobre todo y se las da de poeta y hombre cultivado.

—Sea usted bienvenido a la casa Portillo.

—Muchas gracias.

—La casa Portillo es una casa muy seria.

—No lo dudo.

El hombre habla con grandes aspavientos, dando gritos, arrugando la cara, levantando los brazos.

—Yo soy el célebre cicerone que enseña la población.

—Muy bien.

—Aquí son todos muy ignorantes, no saben distinguir.

—Hombre, habrá de todo.

—No, señor; no hay de nada. Aquí son todos muy ignorantes, no saben distinguir.

—Bueno, bueno.

—Mi nombre es Julio Vacas, aunque me llaman Portillo. En este pueblo cada hijo de vecino tiene su apodo, aquí no se libra nadie. Aquí tenemos un Capazorras, un Tamarón y un Quemado. Aquí hay un Chapitel, un Costelero, un Pincha y un Caganidos. Aquí hay un Monafrita y un Cabezón, un Mahoma y un Padre Eterno, un Caldo y Agua y un Caracuesta, un Chil y Huevo y un Cabrito Ahumado, un Fraysevino, un Insurrecto, un Píoloco y un Mancobolo, un Taconeo, un Futiqui y un Pilatos; aquí, señor mío, no nos privamos de nada.

—Ya veo, ya.

—Y a todos juntos nos dicen bufones y borrachos los de los pueblos de al lado.

El hombre dice sus frases muy de prisa, como si recitara una lección de memoria, parando sólo un instante para respirar y reírse con una risita de conejo. El hombre sabe que tiene que colocar sus palabras, sea como sea, y no le importa nada que rengan o no a cuento.

—Pero, ¿sabe usted lo que le digo?, pues le digo que eso es la vida.

El hombre sonríe, se echa un paso atrás y toma un ademán muy estudiado de actor dramático:

En esta choza modesta
verá usted todas las cosas:
desde el zapato y la cesta
hasta la loza más hermosa,

Julio Vacas está radiante de gozo, se le ve en la cara. Verdaderamente, el aguante del viajero es algo que no debe encontrar todos los días.

—¿Le gusta este verso?

—Sí, ya lo creo; es muy bonito.

—Pues lo hice yo sin ayuda de nadie. Sé más; hice también más versos.

—¿Sí?

—Sí, señor, ¿o cree usted que soy un ignorante?

—¿Yo? ¡Dios me libre!

El hombre vuelve a sonreír.

—Pues sí, señor, hice más, muchos más; los tengo todos apuntados. Sin orden no se va a ningún lado, ¿verdad usted?

—Claro.

—Pues escuche éste dedicado a la Santísima Virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo.

—A ver.

Portillo volvió a transfigurarse.

Brihuega es dichosa
desde que encontró
y a su morenita
un templo le alzó.

El viajero va a decir algo, pero el chamarilero le interrumpe con el ademán, como indicando; Espere un poco, sólo un momento. Levanta otra vez los brazos, y se arranca diciendo:

Tres monumentos existen
en esta gran población:
Nuestra Virgen, San Felipe
y puerta del Cozagón.

Cuando termina, se rasca violentamente la cabeza.

—¿Eh?

—Ya, ya.

El viajero entra en la tienda con Julio Vacas detrás. En la tienda hay de todo, parece la tienda de un moro: quinqués de porcelana, escupideras de loza, tinteros de cristal, duros de plata, cuadros, libros, arneses de caballería, candiles de bronce, pieles de carnero, plumas de pavo real, hermosas fuentes lañadas, chaquetas viejas, una colección de sellos argentinos, dos paquetes de medio kilo cada uno de marcos alemanes de la guerra del 14, Julio Vacas, alias Portillo, habla con el viajero.

—¿Es usted aficionado a leer?

—Sí; a veces leo algo.

—Pues le voy a regalar a usted dos libros que tengo en mucha estima. Son muy antiguos, son dos libros de sabios. Por ellos no quiero nada: haz bien y no mires a quién. Se los voy a regalar. Son dos libros para la salud; está usted muy blanco.

El viajero, mientras el trapero busca los libros, se entretiene mirando para las paredes.

—Aquí están.

—Pues muchas gracias.

El viajero busca dos pesetas en el bolsillo.

—No; yo estas cosas no las cobro.

—Perdón, estas dos pesetas no son por los libros, ya sé que valen más, estas dos pesetas son un obsequio.

—Ese ya es otro cantar.

Julio Vacas se guarda sus dos pesetas y el viajero hojea los libros. Uno se titula Tratado práctico de la gota, y está fechado en Alcalá, en 1791, en la Oficina de la Real Universidad. Fue escrito en lengua francesa por M. Coste, consejero y médico más antiguo de los Guardias de S. M. el Rey de Prusia; la traducción al castellano es de don Ramón Tomé, profesor de Cirugía en la Corte, quien le añadió un Tratado de Aguas Minerales. El otro se llama La Medicina Curativa o la Purgación, y está escrito por M. Le Roy, cirujano consultor de París. La portada lleva dos versitos que dicen: “Lleva el médico consigo, quien me lleva en el bolsillo”. El libro está fechado en Valencia, en 1828, en la Oficina de José Ferrer de Orga, y lleva un retrato del autor, con media orla en letra inglesa que dice: “M. Le Roy, Propagador de la Medicina Curativa”.

—¿Qué, le gustan los libritos?

—Sí; parecen interesantes.

—Pues ahí los tenía, esperando encontrarme con alguien que se mereciese llevárselos. Déjemelos, que se los voy a firmar.

El viajero mira para Julio Vacas y Julio Vacas enseña unos dientecillos afilados, verdes, diminutos, mientras firma los libros con todo cuidado. Julio Vacas ha estado sonriendo.

—Yo he enseñado la villa a todos los visitantes ilustres.

—¿Y vienen muchos?

—Sí, señor. Y muy importantes. Hace ya años, antes de la aviación, yo anduve enseñándole el pueblo al rey de Francia.

—¡Ah!, ¿sí?

—Sí, señor, ¡como lo oye! Fue en un viaje que hizo de incógnito, de riguroso incógnito. ¡No se enteró ni Dios!

Julio Vacas baja la voz, enarca las cejas y habla al oído del viajero.

—Fue cuando eligieron a don Niceto Alcalá Zamora. Le voy a decir una cosa que quizá no sepa, algo que ha trascendido muy poco. Usted lo sabe, pero como si nada, ¿eh?

—Bueno.

—Pues que él y don Niceto eran primos.

—¡Caramba!

—Sí, señor. Y claro, como don Niceto era republicano, pues él, por eso del qué dirán, tuvo que hacer el viaje de incógnito. Todo esto lo sé de muy buena tinta.

Julio Vacas vuelve a levantar la voz después de hacer un guiño al viajero.

—Era un hombre con el que daba gusto hablar; un hombre muy listo, alto, bien vestido. En seguida se echaba de ver que era un rey del extranjero.

—Ya, ya…

—Y cuando se marchó, me dijo; Portillo, toma para que agarres una borrachera a mi salud. Y fue y me dio dos duros. ¡La que cogí fue de pronóstico, se lo juro!

—¡Ya lo creo!

—A él no había más que verlo para conocer que era un hombre de posibles.

Julio Vacas entorna los ojos, como recordando.

—Cuando le dije aquello de Nuestra Virgen, San Felipe y puerta del Cozagón, se echó mano a la cartera y me largó otra peseta.

El viajero piensa que no debe competir con el rey de Francia. Julio Vacas, que ignora el pensamiento del viajero, sigue perorando.

Una vieja se comió
ciento y pico de sardinas,
y toda la noche estuvo
del recto sacando espinas.

—¿Eso también se lo dijo al rey de Francia?

—No, señor; eso no, eso lo inventé después.

—¿Eso lo inventó usted?

—Sí, señor, se lo juro. Se ha difundido mucho y con la velocidad de la

luz, pero el primitivo inventor fue este humilde servidor de usted.

Julio Vacas dice las últimas palabras mirando para el suelo.

—Pues fue lástima que no se lo dijese, porque a lo mejor le daba a usted otra peseta.

—Lo más seguro…

Portillo cambió el tono de voz, como queriendo enlazar con algo que quedaba atrás.

—Oiga, ¿se ha fijado usted que en el verso digo “recto”?

—Sí, sí; ya me di cuenta.

El chamarilero se queda pensativo y habla como consigo mismo, olvidadamente.

—¡Qué buen recuerdo guardo de don Luis!

—¿Se llamaba don Luis?

—Sí, señor: don Luis Capeto.

Después, con las manos en los bolsillos del pantalón y los hombros levantados, pregunta, mientras pasea.

—¿Sabe usted algo de lo que habrá sido de él?

—No, ni una palabra; yo me entero poco de lo que pasa en Francia.

—A mí me pasa lo mismo…

Julio Vacas se asoma a la puerta y mira para la calle.

—¡Qué gran caballero! ¡No parecía francés!

Julio Vacas, que tiene cierto vago aire de instigador de guerrillas, se coge la frente con las dos manos, como un tenor de ópera. Su figura tiene una ridiculez que impresiona, una ridiculez que llena de pavor.

—¡Qué gran figura de la historia!

Julio Vacas mira de reojo, disimuladamente, para el viajero. El viajero ni se mueve al oír lo de la figura de la historia.

El chamarilero vuelve a su sonrisa.

—En fin, ¡pelillos a la mar! ¡Ante la parca, todos somos lo mismo!

—Verdaderamente.

—Hablemos de otra cosa. ¿Ha visto usted ya el jardín de la fábrica?

—No; aún no lo he visto.

—Pues no lo deje. Algo soberano, ya verá usted.

El viajero se despide de Julio Vacas, alias Portillo, mano sobre mano, ante dos vasos de vino, en una taberna. Julio Vacas había gritado al salir, con un vozarrón retumbador como un trueno.

—¡María! ¡María!

Y al asomar María por una calleja, le había advertido:

—Echa un ojo por el negocio, que yo me voy un rato con este señor.

El viajero, ya en la taberna, trató de disuadir a Julio Vacas.

—Muchas gracias, pero no se moleste. Al jardín puedo ir muy bien solo.

Yo soy, a veces, ¿cómo le diría?, un hombre un poco solitario.

Julio Vacas se quedó con la vista clavada en el mostrador, y con una voz triste, opaca, llena de amargura, se limitó a decir muy quedo.

—Como guste.

El viajero que, como siempre, se enteró tarde de que fue cruel, le dio otras dos pesetas. Julio Vacas las guardó, casi sin moverse.

—Muchas gracias.

—De nada. Yo no soy el rey de Francia.

Julio Vacas, con el vaso de vino blanco en la mano, dejó caer las palabras.

—Es que como aquél, siempre lo digo, hay pocos.

El viajero sigue su camino. Sentada en un banquillo de tabla, a la sombra de los soportales, una vieja de lentes hace media. A su lado un niño llora desconsoladamente y da patadas en el suelo. Parece que acaba de recibir una gran paliza.

—¿Qué le pasa?

—Nada; que tiene calor.

 Un viejo come sardinas ahumadas y un trozo de pan. Está sentado al pie de una columna, con un burro al lado. El burro es también viejo, con el pelo gris, los ojos tristes y meditabundos. Tiene una sangrante matadura, comida de moscas, en el cuello peludo, y el espinazo, bajo la albarda, se le adivina doblado ya por los años. El viejo levanta la cabeza al ver pasar al viajero. El viajero le saluda.

—Buenas tardes.

—Nos las dé Dios.

El viejo tiene el pelo blanco y los ojos azules y brilladores. Va derrotado, con las carnes pobre y escasamente cubiertas, pero sin aire de mendigo. El viajero piensa en estos pobres que no van caracterizados de mendigos, en estos pobres de los que podría decirse que todos son altos señores caídos, orgullosos y resignados como héroes en desgracia.

El viajero siente curiosidad ante el viejo del burro. El viajero no está acostumbrado a los mendigos de ojos azules y vieja cabalgadura, a los errabundos mendigos que andan de un lado para otro, sin cansarse jamás, y que hoy comen sardinas ahumadas en Brihuega; ayer, a lo mejor, ayunaron en un robledal o se almorzaron con cecina o sopas de ajo en Villaviciosa o en Valdesaz, y que mañana, como los pájaros del cielo, confían en que Dios proveerá.

—¿Va usted de camino?

—Sí, señor.

—¿Muy lejos?

—¡Psche! Según como lo quiera mirar; no llevo prisa.

El viejo se pone una mano en la frente para hablar con el viajero.

—¿Usted también?

—Sí, también. Esta noche saldré.

—Dios mediante…

—Eso, Dios mediante.

Al jardín de la fábrica se llega, rodeado de altas tapias de bardas erizadas, por una calleja pina, luminosa, desierta. El viajero entra y un perro le ladra. Un hombre sale.

—¿Quería ver los jardines?

Parece un hombre acostumbrado a enseñar la casa; la pregunta debió de hacerla muchas veces ya, a lo largo de su vida. Dice los jardines en vez del jardín, que siempre hace más ordinario, y cede el paso al viajero cada vez que cruzan un umbral. La fábrica no fabrica nada. En otro tiempo, según el viajero cree haber entendido, fabricaba paños. En una nave grande, vacía, duerme una limusina cubierta de polvo y telarañas. El viajero y el guarda cruzan un patio cuadrado, enlosado, conventual, con zarzales y ortigas en los rincones, y un pilón de agua verde que suelta burbujitas. El pilón está rodeado de lirios. Unas palomas pican por el suelo. A la salida del patio, en un prado con barandilla, en un prado que cae, como un balcón, sobre la ciudad, pastan, a la sombra de unos frutales, dos vacas suizas. Tienen los cortos cuernos romos y la mirada perdida, estúpida, imprecisa.

Del patio se pasa al jardín por una puertecilla. El jardín es deslumbrador. Tenía razón Julio Vacas, es un jardín soberano. El guarda muestra con mimo su jardín.

—Este es el invernadero, pase usted.

El viajero no pasa, a los invernaderos les tiene cierta prevención.

—Y ahora con tanta agua, no se pueden tener limpios los caminos, por todas partes crece la yerba.

El guarda ignora que el jardín tiene mayor encanto con algo de yerba creciéndole por los senderos.

—Mire usted qué laurel más hermoso.

El jardín de la fábrica es un jardín romántico, un jardín para morir, en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia. Al lado del gracioso almendro, que parece una señorita muerta, crece el ciprés solemne, que semeja un penitente vivo. Tras los podados, recortados bojes, florecen las paganas rosas de Jericó. Frente al mirto perenne, palidece la montaraz madreselva. El viajero pasea entre los rododendros y, sin poderlo evitar, se le llena la mente de tiernos, insalubres versos de Shelley: el vino, la miel, un capullo lunar, la zarzarrosa…

—No, mejor será que no.

 El viajero se pasa una mano por la frente y se frota los ojos.

 —En este estanque, antes de la aviación, siempre había peces de colores.

El viajero no escucha. Se asoma al alto mirador, con su guirnalda de rosas de té, y mira para el valle. Al fondo corre el Tajuña y, a sus orillas, el camino que el viajero andará a la caída del sol, aguas arriba, detrás de Masegoso, o aguas abajo, detrás de la carretera de Budia.

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