Ávila de los Caballeros

Ávila0

Miguel de Unamuno

POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA


ÁVILA DE LOS CABALLEROS

Acierto, en efecto, como os decía, y uno de los mayores aciertos de Enrique Larreta en su novela histórica La gloria de don Ramiro, es el haber puesto la acción de ella en Ávila, en Ávila de los Caballeros, en Ávila de los Santos, en la ciudad caballeresca y monacal.

Dos veces he estado en Ávila, la última hace aún muy pocos meses, y más veces aún pienso ir a ella. Su visión la llevo pegada al fondo del alma, la visión espléndida de la cuna terrenal de Santa Teresa de Jesús.

Hay unas cuantas ciudades que se han ido llevando en España la atención de los visitantes y curiosos, más por hermosuras de aparencialidad y vistosas que por recogido encanto, y otras por la facilidad de su acceso. Granada, Sevilla, Burgos, Toledo… Otras sólo figuran en segundo término, y algunas de las más interesantes apenas si merecen mención. Y, en cambio, hay muchos a quienes les encanta San Sebastián, esa trivialísima San Sebastián, muy limpia, muy linda, muy bien adobada, muy alegre, muy hospitalaria y muy insignificante.

Pero, en fin, ha de haber para todos los gustos, y no es cosa de quitar a los tenderos enriquecidos los encantos del Gran Casino Easonense.

En el aspecto íntimo del arte, para el que busca sensaciones profundas, para el que tiene el espíritu preparado a recibir la más honda revelación de la historia eterna, os digo que lo mejor de España es Castilla, y en Castilla pocas ciudades, si es que alguna, superior a Ávila. Váyase a Sevilla, váyase a Valencia, el que quiera divertirse o distraerse el ánimo, el que quiera matar unos días viviendo con la sobrehaz del alma ; pero el que quiera columbrar lo que pudo antaño haber sido, vivir con el fondo del alma, ése que vaya a Ávila, que venga también a Salamanca.

Lo primero que echará de ver en Ávila serán sus murallas, aquellas recias murallas, con sus grandes cubos, que la convierten en fortaleza y en convento, y que impidiéndole crecer y ensancharse por tierra, hacia los lados, parece como que la obligan a mirar al cielo. La catedral misma, aquella su hermosísima catedral, está adherida orgánicamente a la muralla; su ábside es uno de los cubos o torreones de ésta.

Leyendo el libro de Las Moradas, de SantaTeresa de Jesús, al punto se le ocurre pensar a quien haya estado en Ávila que todo aquello de los castillos del alma no pudo ocurrírsele a la santa sino al encanto de la visión de su ciudad nativa.

Nunca olvidaré la tarde, fue en Noviembre pasado, en que desde uno de los torreones de las murallas de Ávila contemplaba la catedral y la basílica de San Vicente, y cómo sentía entonces henchida mi alma de aliento de eternidad, de jugo permanente de la Historia. No quiero describiros aquello; las descripciones son casi siempre una de las mayores calamidades literarias, y el descripcionismo suele ser de ordinario señal clara de decadencia artística. Es, además, cosa de receta, que se aprende con facilidad.

Pero sí quiero trasladar aquí, porque no es descripción, lo que Larreta dice de Ávila al final del primer capítulo de su novela:

«El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas cantantes, de campanas gemebundas en el callado crepúsculo. Hubiérase dicho que la ciudad se hacía toda sonora, metálica, vibrante, y ascendía entera hacia los cielos, milagrosamente, en el vuelo de su plegaria».

Y así es; esa ciudad de Ávila, tan callada, tan silenciosa, tan recogida, parece una ciudad musical y sonora. En ella canta nuestra historia, pero nuestra historia eterna; en ella canta nuestra nunca satisfecha hambre de eternidad.

Sus murallas parecen clausurarla cerrándola del mundo.

Y aquel valle de Amblés, aquel hermosísimo valle de Amblés, lección de serenidad y de recogimiento a la par, aquel genuino paisaje castellano. Y como en uno de mis libros (En torno al casticismo) he disertado largamente sobre el paisaje de Castilla y su valor espiritual, no quiero aquí ahora repetirme.

«Paisaje de una coloración austera —dice Larreta del valle de Ambles— , sequiza, mineral, donde el sol reverberaba extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.»

Huraño y apacible, sí; no os choque el ayuntamiento de esos dos epítetos, que a primera vista parecen repelerse mutuamente. Huraño y apacible; esta conjunción es un acierto. Huraño es el paisaje castellano, sin duda, pero de una hurañez que aquieta, que apacigua al alma después de exaltarla, apacible.

Campos desnudos como el alma mía,
que ni la flor ni el árbol engalana;
ceñudos al nacer de la mañana,
ceñudos al morir del breve día.

que cantó García Tassara en un admirable soneto. Campos para vivir en ellos con el fondo del alma, con el alma desnuda, como están desnudos los campos y desnudo está el cielo que los cubre.

Y en esta Ávila, en esta Ávila de los Caballeros y de los Santos, es donde Larreta hace nacer y formarse y vivir a su don Ramiro, en esta Ávila caballeresca y monacal. Y fúndense en ella lo caballeresco y lo monacal, como en nuestra vieja España se fundieron. ¿No fueron acaso hermanos del alma Don Quijote de la Mancha y San Ignacio de Loyola? (Acaso alguien, recordando mi Mi ida de Don Quijote y Sancho donde ese cotejo me proporciona episodios y no más que episodios, diga que esta es una manía que me obstino en sostener.) ¿No empezó Santa Teresa prendándose de los libros de caballerías? ¿No se llamó acaso a la santidad a la española caballería a lo divino?

Sí, ímpetu y arrestos caballerescos es lo que a tantas almas les llevó a buscar la santidad en España, y fue la vida de mortificación una empresa caballeresca.

«La continua plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas é ingeniosas penitencias que se impuso —escribe Larreta—, le hicieron conocer el inefable orgullo de la santidad, orgullo grandioso que le dilataba el alma infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por seguro que, en los tiempos venideros, su historia sería leída en hogares y refectorios para edificación de las almas.»

El orgullo de la santidad, sí, y si se quiere el orgullo de la humildad, y no se escandalice por eso el lector piadoso y timorato. Recordad que uno de los primeros y más piadosos biógrafos de San Francisco de Asís atribuye al «pobrecito» —poverello— esta frase: a «Veréis cómo un día seré adorado por el mundo todo».

El orgullo de la humildad, tal es el escollo en que van a dar los más grandes santos. Por algo dijo San Bernardo que el verdadero humilde desea ser tenido de los otros en poco, no por humilde, sino por vil, y gózase en eso. ¿Mas es eso posible? ¿Cabe evitar el orgullo de la humildad cuando uno se propone ser humilde, y no lo es sencillamente porque sí, porque lo es, porque le brota de dentro el serlo?

Y don Ramiro no era ciertamente humilde, mayormente no conociendo el infamante misterio de su nacimiento, ignorando que era hijo de morisco.

Y, este Don Ramiro conoció en Ávila los arrobamientos y las violencias del amor y las voluptuosidades de la carne pecadora. ¿Es que hay acaso ambientes más íntimamente eróticos que los de estas viejas ciudades caballerescas y monacales, donde no hay sino ascender al cielo o hundirse en tierra? Recordad aquella Brujas la Muerta de Rodenbach. Allí, en Ávila, la de los Caballeros y los Santos, Ramiro «unas veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros».

Yo he contemplado, y con una cierta mezcla de arrobamiento y de temor, en Ávila, desde la muralla, uno de esos jardines adosados a ésta, jardines misteriosos y enjaulados, sumergidos en tenebroso y perfumado silencio. Era al caer de las hojas y al caer de la tarde. Y yo me he pasado, no precisamente en Ávila, pero sí en la villa de Ledesma, horas enteras de duración pura, horas de eternidad y de silencio, contemplando el «suntuoso misterio de los astros» —¡hermosa frase, de verdad!— y viendo al girar de la bóveda infinita bajar la estrella del extremo del Carro a tocar en el campanario de la iglesia.

En esta Ávila, de jardines tenebrosos y perfumados y de cielo suntuosamente misterioso; en esta Ávila, entre casas señoriales y conventos, sintió Ramiro los aguijonazos del deseo y de la pasión. Y allí sintió también, como fruto y rechazo de sus deseos y de su pasión, el sentimiento de la vanidad del mundo.

¿Es que este sentimiento no surge, ante todo y sobre todo, de los desengaños de la pasión amorosa o de los hartazgos del deseo carnal?

«Leía Ramiro el libro que sobre la vanidad del mundo escribió aquel inflamado varón que se llamó Fray Diego de Estella, y lo leía en Ávila, y en uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y doméstica, y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo.»

Conozco estos días, y los debe de conocer Larreta; ¡quién no ha pasado por ellos no puede describirlos así!

«¡Cuán mágico sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras una confidencia indefinida, y algo como nuestro propio dejo espiritual!»

Así, así esto es muy exacto, esto es de una profunda verdad sentida. Y lo escribo ahora en la solemne calma y en el preñado silencio de la caída de la tarde de este día de fin de invierno, en esta mi celda de trabajo y en esta encantada Salamanca; aquí, entre mis libros compañeros, donde ha quedado y quedará cuando yo me muera algo del dejo de mi espíritu. ¿Qué saben de estas cosas los que no tienen casa, verdadera casa, o los que no saben vivir sino al aire libre, en la calle o en el campo, donde el ámbito nos derrite el alma y se nos lleva el dejo de ella?

Y sin embargo de ser una ciudad como Ávila —o como Salamanca— un verdadero hogar para el alma, una ciudad que recibe y conserva el dejo del espíritu, llegó Ramiro a sentir asco por ella, asco «de aquel ruin lugar, como le llamara en cierto instante de tedio el mismo don Alonso». Y prosigue:

«Ciudad-cárcel, —según él, donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles—, donde la excesiva proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades monstruosas; donde se vivía bajo un continuo espionaje, y cada rendija tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que retajaban el escaso recinto de la ciudad, y donde, en fin, sólo podían librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en Italia, en las Indias».

¡A la tetilla! Tal es, en efecto, el interior moral de estas viejas ciudades-conventos, don- de la soledad y el hogar son tan dulces y tan fecundos, donde tanto nos dice el ambiente callado, el lenguaje de las piedras doradas por los siglos, pero donde el trato humano está, por lo general, envenenado de envidia. ¡La envidia! he aquí el terrible enemigo de la vida apacible de estas ciudades, he aquí el inevitable secuaz de la holganza caballeresca y de la holganza monacal.

Y luego Ramiro,

«a fuerza de meditar en su propia situación, asaltóle un pensamiento irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido de los usureros al azar de un instante».

¡A la tetilla otra vez! Porque el juego es otro de los azotes de estas calladas y recogidas viejas ciudades. En ellas encontraréis avaros —la avaricia es hermana gemela de la envidia— y jugadores. El dinero, o lo guardan bajo un ladrillo o lo ponen a una carta.

No hay, creo, como estas viejas ciudades provincianas, perhinchidas de historia y de poesía íntima, para el que sepa no dejarse ganar de las arteras insinuaciones del trato humano en ellas; no hay como estas ciudades para el que acierte a saber aislarse y gozar de la soledad, yendo de tiempo en tiempo a bañarse en campo libre o a buscar el breve comercio de otras gentes. Para el huésped de poco tiempo es halago.

Y ahora renuncio a contaros la trágica historia de la vida de don Ramiro, tormentosa y brava como lo eran a menudo las vidas de aquellos nuestros antepasados de los siglos XVI y XVII, cuando se vivía acaso más con el fondo el alma, pero más con el alma al desnudo también.

No fueron, de cierto, siglos de hipocresía; más bien lo fueron de cinismo. Hoy nos horrorizan las cosas que en relato de su propia vida nos dejó contadas aquel turbulento y bravío Benvenuto Cellini, ¿pero somos mejores? ¿Somos mejores que aquellos hombres del Renacimiento que daban suelta, a la luz meridiana y a los cuatro vientos, a sus indómitas pasiones?

De Benvenuto me acordaba al leer en la escena del desafío entre don Ramiro y don Gonzalo aquel final en que,

«a al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro elevó una breve jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba vengado! La fuente misma del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un goce inmenso y bravío».

Sólo le faltó rezar un Padrenuestro por el eterno descanso del alma de su rival. Y recordad aquí a Martín Fierro, que también tenía alma española de los viejos tiempos.

Y luego viene aquel terrible pasaje en que Benito estrangula a Beatriz con el cordón de un rosario, después de vaciar de él las cuentas y haberle arrancado con los dientes el crucifijo. Esto acaso es excesivo; esto, tal vez por buscar el efecto, raya en absurdo, pero ¿quién sabe?

Y luego va rodando y se da a ermitaño el penitente y acaba por topar con su padre, para él desconocido como tal, el poderoso morisco que ya una vez le salvó la vida. Y os hago gracia de toda la parte de sus desahogos con la hermosa morisca, la embriagadora, y del auto de fe en que ésta pereció en Toledo a la vista misma de quien fue su gozador y luego su denunciante. De su final en Perú ya os dije en otro artículo.

«Rosa de Santa María arrodillóse piadosamente y murmuró una plegaria por el alma de aquel muerto.

…Y esta fue la gloria de don Ramiro».

Así acaba la novela histórica de Enrique Larreta. Y así acaban no pocas glorias en el mundo; y menos mal cuando las entierra el responso florecido en los labios puros de una santa virgen.

Una vez más la vanidad de la gloria, esa vanidad que estamos proclamando de continuo los que en lucha tras de la gloria vivimos. Y si la gloria es vanidad, ¿qué otra cosa no lo es también? ¿No es vanidad acaso la modestia y oscuridad de la vida? ¿No es la humildad tan vana como la soberbia? ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!, que dijo el predicador.

Pero algo queda siempre, y de la vanidad de la gloria de don Ramiro nos ha quedado el libro de Larreta, una obra pensada y sentida, trabajada pacientemente y con esmero. Se ve desde luego que no es una obra de improvisación y de primer impulso, y esto es meritorio. No son de alabar las improvisaciones y las novelas escritas a plazo fijo.

Está bien, muy bien, que un literato escriba una o varias novelas cuando tiene algo que contar en ellas, pero es cosa terrible cuando se convierte en novelista de profesión, en fabricante de novelas. Suele ser efecto del pícaro lucro. Me dirán que Balzac, Dickens, Walter Scott, etc., fueron novelistas profesionales; pero yo diré que, en general, prefiero las novelas de aquellos que han escrito pocas. Y, sobre todo, prefiero las novelas de los poetas. En literatura y arte no me infunden gran confianza la diferenciación del trabajo y el especialismo.

Y basta de digresiones.

Cuando vuelva a Ávila, que he de volver, buscaré allí las huellas y el dejo espirituales de don Ramiro.

Salamanca, Marzo de 1909

Por tierras de Portugal y de España (Miguel de Unamuno)
BUSCAR EN LA BIBLIOTECA

Ávila0
VOLVER

Inicio

Anuncios

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s