Meditación de El Escorial

MEDITACIÓN DE EL ESCORIAL

José Ortega y Gasset: “El espectador”


Imágenes (foto jjferia):

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

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Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Fachada principal del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (foto jjferia).

MEDITACIÓN DE EL ESCORIAL

EN EL PAISAJE

Sobre el paisaje de El Escorial, el monasterio es solamente la piedra máxima que destaca entre las moles circundantes por la mayor fijeza y pulimento de sus artistas. En estos días de primavera hay una hora en que el sol, como una ampolla de oro, se quiebra contra los picachos de la sierra, y una luz blanda, coloreada de azul, de violeta, de carmín, se derrama por las laderas y por el valle, fundiendo suavemente todos los perfiles. Entonces la piedra edificada burla las intenciones del constructor y, obedeciendo a un instinto más poderoso, va a confundirse con las canteras maternales.

Francisco Alcántara, que tanto sabe de cosas de España, suele decir que como el castellano es el idioma en que de cierta manera se integran los dialectos y lenguas de la periferia hispánica, es la luz de esta Castilla central una quintaesencia de las luces provinciales.

Esta luz castellana es la que, poco antes de llegar la noche con lento paso de vaca por el cielo, transfigura El Escorial hasta el punto de parecemos un pedernal gigantesco que espera el choque, la conmoción decisiva capaz de abrir las venas de fuego que surcan sus entrañas fortísimas. Hosco y silencioso aguarda el paisaje de granito, con su gran piedra lírica en medio, una generación digna de arrancarle la chispa espiritual.

¿A quién dedicó Felipe II esta gran profesión de fe, que es después de San Pedro en Roma, el credo que pesa más sobre la tierra europea? La carta de fundación pone en boca del Rey: ”El cual Monasterio fundamos a dedicación y en nombre del bienaventurado San Lorenzo, por la particular devoción que, como dicho es, tenemos a ese gloriosos santo, y en memoria de la merced y victoria que en el día de su festividad de Dios comenzamos a recibir.”  Esta merced fue la victoria de San Quintín.

Aquí tenemos una leyenda documentada que es preciso rectificar, a pesar del documento. San Lorenzo es un santo respetable, como todos los santos, pero que, a decir verdad, no ha solido intervenir en las operaciones de nuestro pueblo. ¿Será posible que uno de los actos más potentes de nuestra historia, la erección de El Escorial, no haya tenido otra significación que el agradecimiento a un santo transeúnte, de escasa realidad española? No nos basta San Lorenzo: soy el primero en admirar aquello de que, hallándose bien tostado de un lado, pidió que le volviesen del otro; sin aquél gesto no estaría representado el humorismo entre los mártires. Pero, francamente, la paciencia de San Lorenzo, con ser admirable, no basta para llenar estos colosales ámbitos.

Es indudable que cuando presentaron varios planos a Felipe II y eligió éste, encontró en él expresada su interpretación de lo divino.

[…]

Estatua de Felipe II en Monasterio de El Escorial.
Estatua de Felipe II en Monasterio de El Escorial (foto jjferia).

TRATADO DEL ESFUERZO PURO

¿A quién va dedicado —decíamos— ese fastuoso sacrificio de esfuerzo?

Si damos vueltas en torno a las larguísimas fachadas de san Lorenzo, habremos realizado un paseo higiénico de algunos kilómetros, se nos habrá despertado un buen apetito; pero, ¡ay!, la arquitectura no habrá hecho descender sobre nosotros ninguna fórmula que trascienda de la piedra. El monasterio de El Escorial es un esfuerzo sin nombre, sin dedicatoria, sin trascendencia. Es un esfuerzo enorme que se refleja sobre sí mismo, desdeñando todo lo que fuera de él pueda haber. Satánicamente, ese esfuerzo se adora y canta a sí propio. Es un esfuerzo consagrado al esfuerzo.

Ante la imagen del Erecteión, del Partenón, no ocurre pensar en el esfuerzo de sus constructores: las cándidas ruinas envían bajo el cielo de límpido azul grandes halos de idealidad estética, política y metafísica, cuya energía es siempre actual. Preocupados en recoger estos efluvios densos, la cuestión del trabajo consumido en pulir aquellas piedras y en ordenarlas no nos interesa, no nos preocupa.

Por el contrario, en este monumento de nuestros mayores se muestra petrificada un alma toda voluntad, todo esfuerzo, mas exenta de ideas y de sensibilidad. Esta arquitectura es toda querer, ansia, ímpetu. Mejor que en parte alguna aprendemos aquí cuál es la sustancia española, cuál es el manantial subterráneo de donde ha salido borboteando la historia del pueblo más anormal de Europa. Carlos V, Felipe II han oído a su pueblo en confesión, y éste les ha dicho en un delirio de grandeza: “Nosotros no entendemos claramente esas preocupaciones a cuyo servicio y fomento se dedican otras razas; no queremos ser sabios, ni ser íntimamente religiosos; no queremos ser justos, y menos que nada nos pide el corazón prudencia. Sólo queremos ser grandes”. Un amigo mío que visitó en Weimar a la hermana de Nietzsche, preguntó a ésta qué opinión tuvo el genial pensador sobre los españoles. La señora Förster-Nietzsche, que habla español, por haber residido en Paraguay, recordaba que un día Nietzsche dijo: “¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido ser demasiado!”

Hemos querido imponer, no un ideal de virtud o de verdad, sino nuestro propio querer. Jamás la grandeza ambicionada se nos ha determinado en forma particular, como nuestro Don Juan, que amaba el amor y no logró amar a ninguna mujer, hemos querido el querer sin querer jamás ninguna cosa. Somos en la historia un estallido de voluntad ciega, difusa, brutal. La mole adusta de San Lorenzo, expresa acaso nuestra penuria de ideas, pero, a la vez, nuestra exuberancia de ímpetus. Parodiando la obra del doctor Palacios Rubios, podríamos definirlo como el “tratado del esfuerzo puro”.

[…]

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Patio de los Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (foto jjferia).

LA MELANCOLÍA

Mas ¿adónde puede llevar el esfuerzo puro? A ninguna parte; mejor dicho, solo a una: a la melancolía.

Cervantes compuso en su Quijote la crítica del esfuerzo puro. Don Quijote es como Don Juan, un héroe poco inteligente; posee ideas sencillas, tranquilas, retóricas, que casi no son ideas, que más bien son párrafos. Sólo había en su espíritu algún que otro montón de pensamientos rodados como los cantos marinos. Pero Don Quijote fue un esforzado: del humorístico aluvión en que convierte su vida sacamos su energía limpia de toda burla: “Podrán los encantadores quitarme la ventura: pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.  Fue un hombre de corazón: ésta es su única realidad, y en torno a ella suscitó un mundo de fantasmas inhábiles. Todo alrededor se le convierte en pretexto para que la voluntad se ejercite, el corazón se enardezca y el entusiasmo se dispare: mas llega un momento en que se levantan dentro de aquel alma incandescente graves dudas sobre el sentido de sus hazañas. Y entonces comienza Cervantes a acumular palabras de tristeza. Desde el capítulo LVIII hasta el fin de la novela todo es amargura. “Derramósele la melancolía por el corazón —dice el poeta—. No comía —añade—, de puro pesaroso; iba lleno de pesadumbre y melancolía”. “Déjame morir ‒dice a sancho‒ a manos de mis pensamientos, a fuerza de mis desgracias”.  Por vez primera toma a una venta como venta. Y sobre todo, oíd esta angustiosa confesión del esforzado. La verdad es que “yo no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”,  no sé lo que logro con mi esfuerzo.

José Ortega y Gasset (1883-1955): El espectador

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El Doncel de Sigüenza

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TIERRAS DE CASTILLA

NOTAS DE ANDAR Y VER

José Ortega y Gasset: “El Espectador”


Imágenes (foto jjferia):

El Doncel de Sigüenza, su ciudad y catedral

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Sepulcro con la estatua semiyacente de alabastro del Doncel de Sigüenza (foto jjferia).

El Doncel de Sigüenza es una hermosísima escultura funeraria, insólita por su posición de absorto lector (el libro abierto por el medio simboliza que la muerte sorprendió al lector en el medio del camino de su vida). Y así la leyenda que aparece grabada en ella reza: «Aquí yace Martín Vasques de Arze Cauallero de la Orden de Santiago que mataron los moros socorriendo el muy ilustre señor Duque del Infantado su señor a cierta gente de Jahén a la Acequia Gorda en la vega de Granada cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arze su padre y sepultólo en esta su capilla año MCCCCLXXXVI. Este año se tomaron la ciudad de Lora, las villas de Illora, Moclín y Montefrío por cercos en que padre e hijo se hallaron». Recordemos los versos de Ramón de GarciasolAl Doncel de Sigüenza.

Martín Vázquez de Arce, fronterizo
en vida y muerte, dulce compañero
de la espada y el libro, colmenero
en la ladera eterna, ¿qué se hizo
de tanta apresurada criatura
que se molturó en tiempo dando olvido?
Martín Vázquez de Arce, ¿qué has sabido
leer en piedra un día, que aún te dura
el pasmo por la frente pensativa?
¿Estás oyendo dentro aquella idea
o atento hacia el Henares te me alejas
dejándome más sólo? El aire aviva
un silencio de frente que se orea
al vuelo matinal de las abejas.

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Capilla de Santa Catalina de la catedral con del sepulcro del Doncel de Sigüenza, en primer término el mausoleo de sus padres (foto jjferia).

TIERRAS DE CASTILLA

NOTAS DE ANDAR Y VER

II

Sigüenza fue bastante tiempo lugar fronterizo, avanzada en tierra de musulmanes. Por eso, como en Ávila, tuvo la catedral que ser a la vez castillo; sus dos torres cuadradas, anchas, recias, brunas, avanzan hacia el firmamento, pero sin huir de la tierra, como acontece con las góticas. No se sabe qué preocupaba más a sus constructores: si ganar el cielo o no perder la tierra. Esta indecisión a que me invita el par de torres bárbaras que ahora veo coronar el municipio seguntino es muy de mi sabor. La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora de amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí, trayéndome esta sugestión castiza en el viril de su tabernáculo…

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Rosetón y torres almenadas de la Catedral (foto jjferia)

III

Mas al pensar todo esto y descolgar con la vista de las anchas torres este jirón ideológico, recuerdo que dentro de la iglesia, en un rincón de la nave occidental, hay una capilla y en ella una estatua de las más bellas de España. Me refiero al enterramiento de don Martín Vázquez de Arce.

Es un guerrero joven, lampiño, tendido a la larga sobre uno de sus costados. El busto se incorpora un poco apoyando un codo en un haz de leña; en las manos tiene un libro abierto; a los pies un can y un paje; en los labios una sonrisa volátil. Cierto cartelón fijado encima de la figura hace breve historia del personaje.

Era un caballero santiaguista, que mataron los moros cuando socorría a unos hombres de Jaén, con el ilustre duque del Infantado, su señor, a orillas de la acequia gorda, en la vega de Granada.

Nadie sabe quien es el autor de la escultura. Por un destino muy significativo, casi todo lo grande es anónimo. De todas suertes, el escultor ha esculpido aquí una de esas antítesis. Este mozo es guerrero de oficio: lleva cota de malla y piezas de arnés cubren su pecho y sus piernas. No obstante, el cuerpo revela un temperamento débil, nervioso. Las mejillas descarnadas y las pupilas intensamente recogidas declaran sus hábitos intelectuales. Este hombre parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, combatió en Loja, en Mora, en Montefrío bravamente. La historia nos garantiza su coraje varonil. La escultura ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica?

José Ortega y Gasset (1883-1955): El espectador

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Escultura de alabastro en posición semiyacente del sepulcro del Doncel de Sigüenza (foto jjferia)

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