Renaciente Maravilla

SALAMANCA, SALAMANCA

Miguel de Unamuno: Cancionero


Imágenes (foto jjferia):

Salamanca: Plaza Mayor, fachada de la Universidad, puente romano y catedral, convento de San Esteban, casa de las conchas

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Catedral de Salamanca y puente romano sobre el Tormes (foto jjferia)

RENACIENTE MARAVILLA

 

¡Salamanca, Salamanca,

renaciente maravilla,

académica palanca

de mi visión de Castilla!

Oro en sillares de soto

de las riberas del Tormes,

de viejo saber remoto

guardas recuerdos conformes.

Hechizo salmanticense

de pedantesca dulzura,

gramática del Brócense,

florón de literatura.

¡Ay, mi Castilla latina

con raíz gramatical!

¡Ay, tierra que se declina

por luz sobrenatural!

 

Miguel de Unamuno (1864-1936): Cancionero

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Estatua de Unamuno frente a la casa donde vivió en Salamanca (foto jjferia)

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Salamanca, Salamanca

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Altas Torres de Madrigal

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MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES

Miguel de Unamuno: Cancionero


IMÁGENES (foto jjferia):

Murallas y torres, plaza del Cristo, iglesias y vista general de Madrigal de las Altas Torres

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Nota al poema 405 del Cancionero: Madrigal de las Altas Torres, villa en la provincia de Ávila, tuvo gran importancia en la Edad Media castellana. Las murallas que antaño la cercaban hoy están en ruinas. En ella nació la reina Isabel la Católica en 1451. El príncipe don Juan, único hijo varón de su matrimonio con el rey don Fernando murió en Salamanca en 1497, y fue enterrado en la iglesia del monasterio de dominicos de Santo Tomás de Ávila. En el castillo de la Mota, de Medina del Campo, estuvo preso César Borja, que logró evadirse de su prisión y huir a Navarra, donde poco más tarde encontró la muerte. En esta villa de la provincia de Valladolid residió el que luego fue San Juan de la Cruz, como enfermero de un hospital, incorporándose más tarde a la reforma que de la Orden de los Carmelitas llevó a cabo Santa Teresa de Jesús. Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, primero de la dinastia de los Austrias, había nacido en Gante, y sustituyó el águila de San Juan del escudo de sus abuelos por el águila bicéfala, símbolo de su imperio, y del Norte de Europa llegan los primeros anuncios de la tempestad luterana. Medina del Campo fue centro de la guerra de las Comunidades, en las que Maldonado, Bravo y Padilla representaban, respectivamente, a Salamanca, Segovia y Toledo. El rey don Sebastián de Portugal desaqpareció en Alcázarquivir en 1578, sucediéndole en el trono su tío el rey Felipe II de España; y en Madrigal apareció un pastelero llamado Gabriel Espinosa, alegando ser el desaparecido monarca lusitano, lo que da lugar al nacimiento de una leyenda a la que el rey don Felipe puso fin con la vida del falsario el 31 de julio de 1595. En Madrigal murió Fray Luis de León, en 1591.- Miguel de Unamuno.

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Iglasias de Santa María del Castillo y de San Nicolás de Bari.

405

MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES

Ruinas perdidas en campo
que lecho de mar fue antes de hombres,
tus cubos mordieron el polvo,
Madrigal de las Altas Torres.

Tú la cuna de Isabel, tumba
de don Juan, fatídico brote,
cayó en Salamanca dorada
y en Ávila fúnebre corte.

Medina del Campo sueña
—cigüeñas, cornejas al borde—
el de César Borja, ¡qué salto!;
San Juan de la Cruz que se esconde.

Cielo del águila bicéfala,
nubarrones llegan del norte;
Maldonado, Bravo, Padilla;
Lucero a lo lejos responde.

Don Sebastián el Encubierto,
el rey del misterio, Quijote
de Portugal, ¡ay pastelero!,
venías quién sabe de dónde…

Fray Luis de León, ojos, mano
se doblan a la última noche;
quebrada la cárcel de carne
su mente al sereno se acoge.

¡Castilla, Castilla, Castilla!
madriguera de recios hombres;
tus castillos muerden el polvo,
Madrigal de las Altas Torres;
ruinas perdidas en lecho
ya seco de ciénaga enorme.

17-IX-29

Miguel de Unamuno (1864-1935): Cancionero

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Vista de la localidad desde los campos cerealísticos.

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Casona de Tudanca

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LA CASONA DE TUDANCA

Miguel de Unamuno: Paisajes del alma


IMÁGENES (Foto jjferia):

Localidad montañesa de Tudanca y su casona en el Valle Alto del Nansa

 

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LA CASONA DE TUDANCA

La casona de Tudanca –la Tablanca de Peñas arriba, de Pereda– no es muy antigua. Data de hacia 1737 y la construyó un indiano, un perulero, don Pascual Fernández de Linares, que había salido del valle nativo muy pobre, con un pan y una borona, y volvió con dinero para comprar Tudanca toda, o así les pareció, al menos, a los misérrimos tudancos que hicieron su leyenda, porque la tuvo.

Don Pascual había servido el corregimiento de Lucanas, en el Perú, y fue empapelado por un asunto de contrabando de mercurio, habiéndosele confiscado los bienes. Pero venido a España logró que le absolvieran, hizo imprimir el proceso y en las guardas del ejemplar que se conserva en la casona escribió de su mano que «no sabe lo que son molestias de pleitos quien no trató con un virrey vizcaíno y un presidente criollo, émulos de la prosperidad de la Nación Montañesa». El rasgo pinta a un hombre y a un pueblo.

Fue también don Pascual gobernador del Callao, y cuando el general don Gregorio de la Cuesta estuvo en el Perú –donde se casó–, escribía desde Lima, a 5 de agosto de 1784, a su hermano don Pedro Juan, casado con la sobrina y heredera de don Pascual, esto: «Aquí admiran mucho la integridad y desinterés del nuevo virrey, el caballero de Croix, y es que están hechos a ver una serie de estafadores sin límite.

Alguno me ha dado noticias del fundador de esa casa y me dice que estuvo gobernando el Callao después del catástrofe de su ruina, en cuya confusión resultaron muchos bienes mostrencos y nuestro amigo, que no lo era, se aprovechó muy bien de ellos; la verdad estese en su lugar. Lo que palpo es que quien no tiene ni procura más arbitrio que sueldos siempre será tan pobre en el Potosí como en la Pereda».

Lo que sigue, de gran interés para el conocimiento de la vida económica del Perú a fines del xviii, os lo contaré al hablaros más ceñidamente del general. La Pereda es un barrio, tres o cuatro casas, de la Lastra, pequeño poblado, a cuatro pasos de Tudanca, en que el general nació, y «el catástrofe» parece ser un terremoto.

Cuando don Pascual se decidió a volver a su rincón tudanco, a ennoblecerse en su cuna rústica, a fraguarse un linaje y a morir brizado por el canto del Nansa que incubó sus ambiciones de emigrante, avisó a sus parientes, que, no creyéndole rico, no salieron a recibirle. Sólo lo hizo una su sobrina.

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Iglesia y casona de Tudanca destacando entre el caserío de la Montaña (foto jjferia)

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Don Pascual hizo construir la casona y, para ennoblecerla con un escudo de armas, se hizo fraguar una «Executoria de hidalguía de sangre de don Pascual Fernández de Linares, natural del Lugar de Tudanca, en el valle de Rionansa, de las Montañas y Arzobispado de Burgos», que despachado por la Real Cnancillería de Valladolid el día 22 de septiembre de 1722 y firmada «Yo el Rey», don Felipe V, nuestro primer Borbón, se conserva en la casona.

El escudo tallado en la fachada de ella se divide en cuatro cuarteles; en el primero, de azur, cinco lises de oro, orla general roja y ocho aspas de oro, de los Fernández; en el segundo, rojo, león de oro rampante, orla de azur y ocho estrellas de oro, de los Linares; en el tercero, cortado por faja de oro, arriba, de oro, un león rampante rojo, y abajo, de azur, tres espadas altas, las hojas de plata y las guarniciones de oro, de los Gómez; en el cuarto, en campo rojo, un castillo de piedra sobre peñas, al lado derecho un caldero colgado, del que sale un estandarte azur, y al izquierdo un hombre armado con un venablo a la entrada del castillo.

La orla general lleva este lema: «Guardé tan bien el castillo / con este venablo armado / que no fue ninguno osado / a atreverse a combatillo».

Esto está en fabla que no se fablaba ya en 1722. En el escudo de piedra no hay azur, ni rojo, ni oro, ni plata. La piedra no tolera colorines heráldicos.

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Tudanca y su casona, presidiendo las cumbres de Peñas arriba (foto jjferia)

¿Vanidades del valle? Don Pascual, cuyo nombre está grabado en uno de los hierros de un balcón de la casona, quiso inmortalizar en leyenda de piedra –y en piedra de leyenda– su nombre. Yes que el perulero no era mostrenco. En Tudanca vive, con ochenta y ocho años a cuestas, el Pito Salces de la novela perediana, el tío Eladio, filósofo cínico, especie de Menipo celtibérico, de quien Pereda escribió que no tenía sentido común. Pero como tiene sentido propio, no se resigna a vivir tan sólo en la sucesión de las generaciones –tiene varios hijos, nietos y bisnietos– y aspira a una cierta inmortalidad individual.

Dice que le han retratado varios señores, asegura que está en el monumento del muelle –el que en Santander se elevó al novelista–, y esto, aunque la obra, la novela, tiene, según él, muchos engaños, y el mayor no haberle dado la parte que cree le toca en la caza del oso y acaso haberle cambiado el nombre. Porque esas reglas convencionales de la ficción no las entienden estos hombres de la realidad inmediata y económica.

Las talegas ennoblecieron al perulero de Tudanca para mayor lustre de la Nación Montañesa, de cuya prosperidad eran émulos vizcaínos y criollos. El obispo don José Patricio de la Cuesta empezó tratando con cierto desdén compasivo al enriquecido tudanco, pero tuvo que acudir a su plata potosina, y entonces le llamaba «señor y dueño mío» en sus cartas. Queda por tradición en Tudanca que don Pascual quiso comprar al pueblo el Prado del Concejo y que le pidieron por él la cinta de pesos de plata con que habría que ceñirlo todo por sus linderos, y que la desavenencia vino de que el regidor pedía que los pesos duros se pusieran y arrimaran de canto y que el perulero que fuese arrimándolos de plano, descansando en la falda escarpada de la montaña para que no rodasen.

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Tudanca y su casona, presidiendo las cumbres de Peñas arriba (foto jjferia)

Erigió la casona allí, en la ladera de la montaña nativa, dominando al río, entre las de sus convecinos, y en su capilla puso a la Virgen de Cocharcas, en el Perú, a cuya devoción atribuía don Pascual el haberse salvado en «el catástrofe», el terremoto, habiendo podido así hacerse con los bienes que, por haber quedado sin dueño, reclamaban uno nuevo. Bienes que fueron el «algo» que le hizo «hidalgo».

Y en un aposento de la casona, aquel en que Pereda hizo morir –para inmortalizarse– a don Celso y en el que he dormido durante veinte días un sueño de paz, puso, bajo el suelo que cubría la cama, una escotilla que comunicaba con una cámara inferior, toda cerrada y sin más que un pequeño respiradero, casi una tronera, donde se decía que guardaba la plata y el oro y las joyas. Lugar de tesoro que dio lugar al intento de robo de que os contaremos.

El perulero murió sin sucesión directa, dejando en la casona en que dejó su nombre y su escudo de armas a su sobrina, doña Rosa García de Miranda, la que salió a recibirle, casada con don Pedro Juan de la Cuesta, del vecino lugar de la Lastra, donde tenía su casa solariega, hoy renegrida y desvencijada. Y así este linaje de los Cuesta cruzó el río Nansa.

Desde la carretera se ve esta casona del perulero, que blanquea entre el caserío, con sus balcones que os miran y un túnel para dejar pasar, bajo el yugo de la vivienda solariega, el camino de servidumbre pública. Y la casona siguió y sigue viviendo.

Miguel de Unamuno (1864 – 1936): Paisajes del alma

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Madrid de los Austrias

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CALLE DEL SACRAMENTO Y ENTORNO

Miguel de Unamuno: Paisajes del alma


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Calles del Sacramento y de Segovia y plazas Mayor y de la Villa de Madrid

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Estatura ecuestre del rey Felipe III en la plaza Mayor de Madrid (foto jjferia)

CALLEJEO POR LA DEL SACRAMENTO

Hace ya cuarenta años que fui a visitar a otro poeta, a Núñez de Arce, en su vivienda de la calle del Sacramento, donde acaso escribió su Miserere, pues desde allí cabía recibir, a través de las encinas velazqueñas del Pardo, y como por espiritual telefonía poética, los ecos del Panteón del Escorial, que ya otro poeta, Quintana, hubo cantado.

No había yo vuelto por esa calle desde entonces, y aun antes apenas si la conocía. No está en el Madrid de mis correrías de estudiante morriñoso. Y he vuelto a esa calle llamado por otra morriña. He vuelto en romería.

La Plaza Mayor, archivo de majeza, que me trae recuerdos de su hermana mayor, la de Salamanca, y allí el pedestal de aquella hermosa estatua ecuestre de Felipe III, a que derribó perturbada turba perturbadora, hecha de brutos iconoclastas, seminario de petroleros –semillero de incendiarios–. En recuerdo le llena a la plaza la ausencia de la estatua abolida.

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Plaza de la Villa, a la izquierda casa y torre de los Lujanes (foto jjferia)

Luego, la Torre de los Lujanes, prisión que fue de Francisco I de Francia; después, la recatada señorial Plaza del Cordón, y por ella, a la calle del Sacramento, cruzada por la del Rollo –rollo: picota; ¡qué nombres sacramentados!–, y allí, en fila suave, moradas vivideras señoriales, hidalguescas, provincianas de Corte y Villa, con aire de gentileza de «Castiella la gentil» del viejo cantar. Puertas de portadas con dinteles de roca castellana, adovelados. Y allí se respira sosiego y se reposa el cielo luminoso de Madrid, con Dios y sin polvo.

¿Polvo? Sí; se posa polvo de luz celeste y se debe de oír mejor, sin estrépito de bocinas, la voz de la campana parroquial que toque a ánimas y a oración. Y si ya no es así, al menos, «soñemos, alma, soñemos»… Allí ha respirado más a sus anchas mi ánimo, y he sentido mayoría, anchura y grandeza ciudadanas soñando el pasado que es y no el que sólo fue. Y en la desembocadura de la del Sacramento, el monumento a las dos docenas de víctimas que sucumbieron en el atentado de regicidio del 31 de mayo de 1906, día de la boda agorera de la última pareja regia de España. Y luego, por el Pretil de los Consejos –¡qué otro nombre!–, a la calle de Segovia, una encañada urbana, y sobre ella el Viaducto, antaño suicidadero popular, que conduce a su aledaño, el Palacio de Oriente, también en cierto sentido, no literal, sino espiritual, suicidadero… dinástico.

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Casa del Cordón en la plaza del Cordón donde desemboca la calle del Sacramento (foto jjferia)

Lo que habrá escuchado en atento silencio esa calle del Sacramento, sin tranvías y casi sin autos, esa fila de viviendas ciudadanas, recogido remanso de historia. ¿Del viejo Madrid? No, sino del Madrid intemporal, del Madrid –oso y madroño– que soñaba, vivía y revivía don Benito, su evangelista. Por esa calle del Sacramento solía callejear Bringas, el del Palacio Real.

Sí, sí, cabe callejear, discurrir por Madrid soñando a España; cabe ir soñando por calles encachadas de este Madrid, senaras de España, sin temor a que le rompan a uno el sueño, que nos le escuda y ampara este cielo que laña la cuenca del Duero con la del Tajo, Castilla la Vieja y la Nueva. Respira la calle del Sacramento aire del Guadarrama. Pero… ¡ojo!, porque hay que vivir despierto. Por si acaso… A Dios rogando y con el mazo dando, no sea que se nos rompa la vela. Ese monumento de la desembocadura de la calle del Sacramento y aquel pedestal vacío de la Plaza Mayor nos amonestan a vivir despiertos. Que la barbarie que hoy se revuelve contra un símbolo, sea de carne o de bronce, mañana se revolverá contra el que la ha suplantado, y destruirá el símbolo, pero no lo simbolizado.

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Calle del Sacramento, monumento a las victimas del atentado en la boda de Alfonso XIII (foto jjferia)

A soñar, pues, lo que se queda; pero despiertos a lo que se pasa. Y a Dios rogando y con el mazo dando. Por lo cual roguemos, de mazo levantado, a nuestro Dios histórico y religioso, no al metafísico y teológico, que los recuerdos de gloriosas esperanzas de nuestros antepasados nos críen esperanzas de gloriosos recuerdos que entregar a nuestros trasvenideros.

En El Sol, Madrid, 15 de marzo, 1932.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Paisajes del alma

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La Pedriza del Manzanares

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MANZANARES ARRIBA

Miguel de Unamuno: Paisajes del alma


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Río Manzanares, La Pedriza, castillo y embalse de Manzanares el Real

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Las Pedrizas en el curso alto del Manzanares y embalse de Santillana (foto jjferia).

MANZANARES ARRIBA,  
o las Dos Barajas de Dios

Con la visión todavía del Manzanares metropolitano y arteriosclerótico fuese uno a buscar la mocedad del río pequeño y con ella la de Castilla la Nueva. Manzanares arriba hasta dar vista y pecho a La Pedriza, en la Sierra del Guadarrama.

La Pedriza, esto es: pedregal, escombrera de castillos de mano de Dios, naturales. Contemplando algo así, las peñas de Neila, en el alto Tormes, en Becedas, debió de soñar Teresa de Jesús, moza, su soledad con Dios, antes de soñarla ante torreones de manos de hombres, en Ávila, su castillo interior. Aquellas piedras de La Pedriza le recordaron a uno el nombre que en las hoces del Nansa –las «peñas arriba» de Pereda– les dan a los conglomerados pedregosos que asoman entre las capas terreas de los arribes, y es el de ciliebros, o sea, cerebros, seseras. Y seseras o requesones pedernosos –hay los requesones de Miraflores de la Sierra– aparentan a las veces. Y de ellas baja, suero de vida, el agua viva del río Manzanares, por un campo escueto y sereno, aromoso ajara, tomillo y cantueso.

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Curso alto del río Manzanares en Las Pedrizas(foto jjferia).

El río naciente –y renaciente– que se remansa luego en el pantano de Santillana, para ofrecer espejo al cielo y, de soslayo, a La Pedriza, su madre. Y en este río pescaban bogas y barbos y samarugos y otros pescados con mandil, asedega y manga, o haciendo tajadas y boclares –azudes o presas– los pescadores de fines del siglo XII; el del balbuciente Fuero de Madrid.

¿Piensan esas pedrizas, esos ciliebros o seseras? ¿Es el curso del río su pensamiento? Lo de ver quebrarse el agua entre peñascos rodados es como contemplar la rompiente del oleaje marino en una costa, o las llamaradas del fuego del hogar o los giros del humo. Juego de solitarios de la baraja de Dios. O de la Naturaleza. Y así va y viene todo –y queda y pasa– en barajuste –baraja-ajuste– y desbarajuste alternados.

Pero el Señor juega con dos barajas, la de la Naturaleza y la de la Historia. O la de la Historia Natural y la de la historia racional o humana. ¿Cuál más divina?

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Castillo de Manzanares el Real (foto jjferia).

Y allí, a orillas del Manzanares naciente –y renaciente–, junto al Real de Manzanares, poblado humano, los raigones del castillo de Abderramán, que hizo arrasar Alfonso VI. Nos habla de mozárabes y moriscos, los de Magerit, que con los latinos formaron el Concejo de Madrid, donde ricos y pobres vivieron en paz y en salud, como en su latín bárbaro reza la entrada del Fuero; unde dives etpauperes vivant in pace et in salute. Fuero casi bilingüe y en que abundan voces moriscas de aquella tierra de los guad (wad) –tal Guad-arra-ma– o ríos serranos. Y un acento líquido en todo ello.

Y en seguida se yergue, junto al mismo Real de Manzanares, el castillo de Santillana agobiado de recuerdos seculares. Castillo de mano de hombres, de la otra baraja del Señor. En su mantel de piedra, sacada de La Pedriza, prenden unas esmirriadas higueras que estrujan jugo dulce de la roca tallada. Dentro del castillo, en su recinto, languidecen ortigas, saúcos, mustias amapolas, pobres matas de varias clases. Las ruinas del castillo contemplan otras ruinas. Barájanse las dos barajas.

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Embalse de Santillana desde el castillo (foto jjferia).

El castillo, gótico, castillo de Castilla, caballeresco, rima con la melancólica serenidad del campo. Y nos habla de aquel señor y conde del Real de Manzanares, don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, el de don Alvaro de Luna, cuando agonizaba la caballería. Ese castillo, con otros de su laya, dieron cuño caballeresco y castellano, entre gótico y morisco, a la Sierra, antes que El Escorial, después de San Quintín, vencida ya la caballería castellana, le diese sello imperial, español, herreriano, rígido, majestuoso y monástico. Después de San Quintín, Lepanto, donde se engendró el Quijote. Y cuando Don Quijote se caló, al ir a acometer al león, el yelmo de Mambrino en que Sancho había puesto los requesones que compró a unos pastores, creyó que se le ablandaban los cascos o se le derretían los sesos –los ciliebros– a la caballería andante castellana ante el león –más bien águila– imperial. Otro solitario del barajuste nacional.

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Castillo, al fundo La Pedriza (foto jjferia).

Aquel marqués de Santillana, conde del Real de Manzanares, se puso a toque con el pueblo y compuso serranillas. De letrado culto. No le tratarían como al pobre juglar, al cedrero –tañedor de cedra o cítara– que al llegar, caballero –a caballo– a Madrid a cantar en el Concejo –cavalero, et in conzeio cantare–, no podían, según el Fuero, darle más de tres morabetinos y medio, bajo pena de multa. ¡Pero el marqués!…

Por todos estos pinares nin
en Navalagamella non vi
serrana más bella que Menga
de Manzanares…

Y entra con ella a brazo partido, a luchar en una espesura a dos pares, y…

con muy grand malenconía
armé la tal guadamaña que
cayó con su porfía cerca de
unos tomellares.

¡Zancadilla fue! Marqués y serrana se revuelcan a brazo partido, en tomillares. Y en la lengua, revuélcanse juntas voces de letrados y voces de pueblo, de paisanos. Y nace la nación.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Paisajes del alma

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Embalse en el río Mazanares, Las Pedrizas castillo y pueblo de Manzaneres el Real (foto jjferia).

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Manzanares el Real


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Peña de Francia

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EN LA PEÑA DE FRANCIA

Miguel de Unamuno: “Visiones y andanzas españolas”


Imágenes (foto jjferia):

La Peña de Francia, santuario y fuente de Simón Vela

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EL SILENCIO DE LA CIMA: Unos días en la cumbre silenciosa, en el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de verdura, los manchones de los encinares, y de otro lado, al sur, las abruptas sierras de las Hurdes, y detrás la sabana de Extremadura. Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapados entre castañares, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador. Silencio sobretodo […]  Y luego, tendidos en la cumbre, bajo el sol, que en tales alturas acaricia sin herir, a contemplar los pueblecillos, a hacer geografía. Este de aquí, de la derecha, este testudo de rojos tejados, como la testudo que uniendo sus escudos sobre sus cabezas formaban los legionarios romanos; esa masa roja, coronada por la torre de la iglesia, y que humea entre el verdor de los castaños, es La Alberca. Ahí abajo, entre el cascajo de las laderas, corre el río Francia. Más allá, aquellas ruinas de un antiguo castillo y aquella torre que parecen apacentar otro grupo de rojos tejados es San Martín del Castañar. Más a la derecha, sobre aquella loma verde, se hunde entre el verdor Sequeros. Más lejos, a la derecha, sobre otra loma, pero más escueto y descampado, se levanta Miranda. Y allá, en el fondo, al pie del macizo contrafuerte de la vasta montaña, con velas de nieve en su cima, que nos cierra el horizonte, blanquea a ratos la ciudad de Béjar, mi vieja conocida. Y aun se alcanza a ver, asomando sobre esta montaña, los picos de Gredos, en donde no ha muchos días soñé en la España inmortal. Y más acá, al pie mismo de nosotros, como bajo la protección de la Peña, la Nava, Cereceda, el Cabaco, otros pueblecillos. Y aquí mismo, casi a nuestra mano, este pequeñito poblado del Casarito, cuatro o cinco casas escondidas entre robles y castaños que dan la sensación de una paz perpetua. Miguel de Unamuno (1864-1936): Andanzas y visiones españolas.

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Fuente de Simón Vela en la pista de subida a la Peña de Francia (foto jjferia).

EN LA PEÑA DE FRANCIA

Allí arriba, en la cumbre de la Peña de Francia, sentía caer las horas, hilo a hilo, gota a gota, en la eternidad, como lluvia en el mar. Mejor que gota a gota diría copo a copo, pues que caían silenciosas, como cae la nieve, y blancas. Es del silencio sobre todo de lo que allí se goza. No se oye a la alondra que, elevándose desde los surcos del sembrado de las llanuras, siembra su canto desde el cielo, sino que se ve al buitre cernerse sin ruido sobre nuestras cabezas, o tal vez a nuestros pies. Porque hay aire debajo, como le hay encima y en derredor de nosotros. […]

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Iglesia, campanario y crucero del santuario de la Peña de Francia (foto jjferia).

Y luego horas y más horas en ver tenderse a nuestros pies, como un mapa que sobre una mesa se despliega, el llano.

De la parte Sur, por detrás de la intrincada malla de los montes de las Hurdes, el llano de Extremadura brillando al sol, la principal incubadora que fue de nuestros viejos conquistadores. Y del lado del Norte, este mi campo de Salamanca, este dorado campo de mis ensueños de otoño.

Me pongo de cara a la ciudad, que está allí, por sobre aquel piquito oscuro. A mi derecha, al naciente, el macizo de la sierra de Béjar, el Calvitero, en forma de gigantesca parva. Brillan algunas casas de Béjar. Saludo a la cima hermana, más alta que esta en que estoy, y donde una vez, antes de rayar el alba, acostado en tierra y sin más techo que el cielo, me vi envuelto en una nube de tormenta. Y fue entonces cuando comprendí al Dios del Sinaí.

Más acá de Béjar, y a mi derecha también, la región de la sierra de Francia. El río Francia va allá, por dentro de esa mancha que marca su tajo. Allí abajo está San Martin del Castañar, con las ruinas de su castillo, cubiertas en parte por el manto verde de la yedra, y más allá, después de pasado Sequeros, Miranda del Castañar también, y también con su castillo. A cada uno de esos pueblecitos se podría bajar en un vuelo desde esta altura, sin más que dejarse planear, con las alas quietas. En esos castillos habitaron acaso señores cuando los señores vivían en el campo, allá, qué sé yo… en los viejos tiempos de Maricastaña, en los días aquellos en que las hijas de los reyes iban a lavar sus paños al agua, según canta la canción infantil. Y todo ello son hoy canciones de niños. Los castillos de Castilla están vacíos, y los nietos de los que los levantaron no es que no los habiten, es que los dejan arruinarse y abatirse a tierra. A lo mejor sirven sus piedras para hacer cercas.

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La Peña de Francia, en la Sierra de Francia desde El Casarito (foto jjferia).

Aquí, más cerca, diríase que a un tiro, otras ruinan, las ruinas del convento de abajo, junto al Maíllo. Era el convento de invierno que tenían los dominicos que veraneaban en este convento alto de !a cima de la Peña. Pocas cosas más melancólicas que una colmena silenciosa y desierta. Y entre este convento abandonado y aquel otro pobre convento de Franciscas, el del Zarzoso, que se ve allí blanquear en la cuesta, ese manchón de verdura por donde se guarecen los corzos y adonde a las veces baja el jabalí.

A la izquierda, en aquel tapiz de tan variados matices y cambiantes, donde predomina el oro, brilla a las veces, a la caída de la tarde, y como un ojo celeste en la tierra, la laguna del Cristo de la Laguna. Y me sube del fondo de los recuerdos uno que allí se me grabo para siempre: el de una tarde, puesto ya el sol, en que al trasponer una pliegue del terreno vi de pronto a las encinas como mirándose en un cielo que se extendiera a sus pies.

Otra vez, a la derecha, aquí, cerca, asomando tras esa loma, los tejados de la Alberca, a que domina la torre de la iglesia. Estos pueblos que se pueden abarcar así desde lo alto, en una ojeada, y que se diría cabe cogerlos en un puño. Y allí dentro es todo un mundo. Y cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al cielo, por si llueve sobre la tierra. […]

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Rincón típico de la localidad salmantina cercana a Las Batuecas (foto jjferia).

Allá lejos está la ciudad. No se la ve, pero se la adivina. Y allí caen las horas con ruido, como la lluvia sobre el empavesado de sus calles, sobre las losas estériles. Ese ruido se hace a las veces un rumor continuo, como el del agua que muele en una aceña, y acaba uno por no oírlo y se duerme brezado por él. Pero no se goza del silencio de que se goza aquí, en la cumbre, donde no hay aceña ni hay molienda.

Allá, lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes de la sierra de Gredos, cual mordiendo al cielo. Y recuerdo aquellos versos del estupendo soneto de García Tassara, los que dicen:

Cumbres del Guadarrama y de Fuenfría,
columnas de la tierra castellana…

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Cumbre de la Peña de Francia, en la Sierra de Francia (foto jjferia).

[…]

Hay que bajar de la cumbre, dejando a los buitres que se ciernan sobre ella. Dentro de unos meses la veré a lo lejos cubierta de nieve.

Salamanca, septiembre de 1913

Miguel de Unamuno (1864-1936): Andanzas y visiones españolas.

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LA PEÑA DE FRANCIA

Madre Blanca de Castilla,
que a Francia le dio un rey Santo;
maternidad castellana
de corazón todo blanco.
Nuestra Señora la Virgen,
Madre de Dios soberano,
la de la Peña de Francia
en el corazón serrano
de España, sobre las Hurdes,
de Extremadura barranco;
maternidad castellana,
que está de piedad sangrando.
Peña de Francia desnuda,
¡ay, corazón descarnado!;
Madre Blanca de Castilla
diole a Francia Luis el Santo.

Miguel de Unamuno (1864-1936)

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Peña de Francia


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Acueducto de Segovia

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UNA OBRA DE ROMANOS

Miguel de Unamuno: «Andanzas y visiones españolas»


Imágenes: Acueducto de Segovia (foto jjferia)

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UNA OBRA DE ROMANOS

Hace cuatro días he vuelto a ver el acueducto de Segovia, esa obra de romanos que es una de las maravillas monumentales de España y uno de sus pocos monumentos de orden civil. Viéndolo se comprende el valor del dicho vulgar: «¡Eso es obra de romanos!», y aquel apelativo que se le dio a Roma llamándole «pueblo rey». Porque es obra de veras regia y verdaderamente popular. Ahora, lo que en ninguno de nuestros viajes a Segovia hemos averiguado es cómo le llama el pueblo. Que de seguro no acueducto. Porque acueducto es un vocablo erudito o culto, cuya forma vulgar es aguaducho. Pero aguaducho se le llama a una avenida de aguas, a una inundación, y también, sobre todo en el Mediodía, a un puesto de venta de agua.

Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia, aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos, conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos soldados de una legión en orden de batalla quieta. El aguaducho de Segovia tíene algo de un az (do haz) romano armado de todas armas. Y para llevar agua al campamento o a la ciudad.

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Una obra de romanos: Acueducto (foto jjferia).

Hoy no lleva ya agua, lo han jubilado. Lo han jubilado de su función ‒¡lástima!‒ para mejor conservarlo como monumento. Pero es fácil que al no sentir sobre su espinazo el riego dulce de las linfas de la sierra empiece a sentirse inválido y decaiga más de prisa. E1 agua, trasportar la cual era su función, ha debido preservarle de la ruina. Porque, ¿qué es lo que ha abatido a tierra, lo que ha aterrado a tantos monumentos? ¿La barbarie de los hombres? Pero los bárbaros suelen ser conservadores. No son ellos los que destruyen lo pasado, sino los que tienen que levantar sobre su suelo el porvenir.  […]

Hoy ya no se lleva el agua por lo alto, cara al cielo, a solearse y airearse y como en brindis a Júpiter; hoy se la lleva por bajo tierra en canales soterraños. Y aquí, como el secular aguaducho de Segovia, obra de romanos, que enmarca el cielo, cede a nueva táctica de ingeniería y, ejército de reserva, más bien de veteranos inválidos, se acerca a la derrota, a la ruina definitiva. ¡Porque ya no lleva agua! […]

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Una obra de romanos: Acueducto (foto jjferia).

E1 camino del agua de Segovia, la calzada romana del agua, corre riesgo de arruinarse como se han arruinado en España otras calzadas romanas sobre que peregrinaban los hombres. De la antigua vía argéntea, camino de plata, que iba de Mérida a Narbona, queda en esta ciudad de Salamanca una mitad del puente romano. Y si estas arcadas romanas del puente se conservan, es merced al agua sobre que se tienden. El agua que bajo ellas discurre las ha preservado, dándoles función, como el agua que corría sobre las arcadas romanas del aguaducho de Segovia le na preservado a éste. Y si aún persiste tanto que levantó el pueblo rey, es porque guarda su función, porque lleva o conserva algún género de agua. Como en el Derecho mismo.

Las arpas de piedra, como las de oro, acaban por enmudecer y por arruinarse cuando su canto no suena a cosa de entendimiento en los oídos de los hombres; pero los aguaduchos de doctrina corriente, de ideas, y sobré todo de ideas que apagan nuestra sed de justicia, duran más que aquéllas. La Riada de Roma es el Código de Justiniano o acaso más bien la Ley de las Doce Tablas. Y el aguaducho de Segovia, obra de romanos, es, a su vez, un código.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Andanzas y visiones españolas.

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Una obra de romanos: Acueducto (foto jjferia).

SEGOVIA
(Cancionero, nº 452, 1928)

Áspero cierzo tañe piedra
bordones romanos, Segovia
resuena, caja, Guadarrama
leyendas de Enrique. Se doran
en flor tus entrañas ibéricas
al sol que arrebaña las sombras;
se escurre el Eresma escondido
a oír el rumor de las hojas
tejiendo recuerdo que fueron
de comunidades de gloria.
El Parral, escombros de preces
entre ruinas de tumbas ora;
cuenta siglos de soledades
tu madre Castilla, Segovia.

Miguel de Unamuno (1864-1936) Cancionero

Alcázar
Alcázar de Segovia (foto jjferia)
Acueducto de Segovia
Ver más imágenes (foto jjferia)

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Ávila de los Caballeros

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ÁVILA DE LOS CABALLEROS

Miguel de Unamuno: Por tierras de Portugal y España


IMÁGENES (foto jjferia):

Murallas de Ávila, Cuatro Postes, espadañas del Carmen y de la Encarnación, monumentos a Santa Teresa de Jesús

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Según la tradición en “Los cuatro postes” encontró Don Pedro a sus sobrinos Teresa y Rodrigo cuando huían a tierra de moros buscando el martirio (foto jjferia)

ÁVILA

Ávila de los Caballeros,
la de la recia monja andante;
castillo interior, torreones
contemplan verdor en el valle.
Tu sede se eriza de almenas
a fuera; por dentro, en el ábside
la sangre cuajó en los sillares
la luz en visiones de tarde.
Sestea los siglos el toro
berroqueño, los trashumantes,
duros rabadanes celtíberos
visitan en sombras errantes
la vieja cañada borrada,
arteria de Iberia en que late
la vida escondida del alma
que al pasar de la mesta pace.
Mira a tu pastor, Prisciliano,
peregrino celta; sus manes
en Compostela reconquistan
la España que en sed de Dios arde.
Ávila de los Caballeros,
hueso de la patria más grande,
le diste, nodriza, tu tuétano,
fuerte leche a la monja andante.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Cancionero

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Torreones almenados de las murallas de Ávila en la ribera del río Adaja (jjferia)

ÁVILA DE LOS CABALLERO

Acierto, en efecto, como os decía, y uno de los mayores aciertos de Enrique Larreta en su novela histórica La gloria de don Ramiro, es el haber puesto la acción de ella en Ávila, en Ávila de los Caballeros, en Ávila de los Santos, en la ciudad caballeresca y monacal. […]

Lo primero que se echa de ver en Ávila serán sus murallas, aquellas recias murallas, con sus grandes cubos, que la convierten en fortaleza y en convento, y que impidiéndole crecer y ensancharse por tierra hacia los lados, parece como que la obliguan a mirar al cielo. La Catedral misma, aquella hermosísima Catedral, está adherida orgánicamente a la muralla; su ábside es uno de los cubos o torreones de ésta.

Leyendo el libro de Las Moradas, de Santa Teresa de Jesús, al punto se le ocurre pensar a quien haya estado en Ávila que todo aquello de los castillos del alma no pudo ocurrírsele a la Santa sino al encanto de la visión de su ciudad nativa.

Nunca olvidaré la tarde -fue en noviembre pasado- en que desde uno de los torreones de las murallas de Ávila contemplaba la Catedral y la basílica de San Vicente, y cómo sentía entonces henchida mi alma de aliento de eternidad, de jugo permanente de la Historia. […]

Esa ciudad de Ávila, tan callada, tan silenciosa, tan recogida, parece una ciudad musical y sonora. En ella canta nuestra historia, pero nuestra historia eterna; en ella canta nuestra nunca bien satisfecha hambre de eternidad.

Sus murallas parecen clausurarla, cerrándola del mundo. […]

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Murallas de Ávila, puerta y espadaña del Carmen (foto jjferia)

Y en esta Ávila, en esta Ávila de los Caballeros y de los Santos, es donde Larreta hace nacer y formarse y vivir a sus don Ramiro, en esta Ávila caballeresca y monacal. Y fúndense en ella lo caballeresco y lo monacal, como en nuestra vieja España se fundieron. ¿No fueron acaso hermanos del alma Don Quijote de la Mancha y San Ignacio de Loyola? (Acaso alguien, recordando mi Vida de Don Quijote y Sancho, donde ese cotejo me proporciona episodios y no más que episodios, diga que ésta es una manía que me obstino en sostener.) ¿No empezó Santa Teresa prendándose de los libros de caballería? ¿No se llamó acaso a la santidad a la española caballería a lo divino?

Sí, ímpetu y arrestos caballerescos es lo que a tan altas almas les llevó a buscar la santidad en España y fue la vida de mortificación una empresa caballeresca.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Por tierras de Portugal y de España

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Escultura de Santa Teresa junto a la fachada del Monasterio de la Encarnación, donde la Santa pasó la mayor parte de su vida (foto jjferia)

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Monasterio de Moreruela

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  • TEXTOS: Racuerdo de la Granja de Moreruela (Miguel de Unamuno: Andanzas y visiones españolas).
  • IMÁGENES: Monasterio cisterciense de Santa María de Moreruela, en el término de la localidad zamorana de Granja de Moreruela (foto jjferia).

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De Moreruela a La Hiniesta: Viniendo de Benavente hacia Zamora, a un paso de Granja de Moreruela, yacen las ingentes ruinas del monaterio de Moreruela, a orillas del Esla. Dicen los enterados que este cenobio es el primero que estableció el Císter en España. Es una construcción típica de la orden: Una larga iglesia de tres naves, crucero, girola tras el ábside de la capilla mayor y siete absidiolas, cuya planta es apuntada. Es este templo monumental uno de los ejemplares característicos de la transición del románico al gótico. Nada sabemos de sus bóvedas ni de su cimborrio, pero imaginamos su monumentalidad. Estas ruinas abruman y provocan la melancolía. El paraje es a propósito para las reflexiones tristes. Álvaro Ruibal (1910): León.

RECUERDOS DE LA GRANJA DE MORERUELA (Fragmento)

No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora, resisten a acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de cistercienses en España.

Allá me fui el último Domingo de Resurrección, y allí recordé una vez más el virgiliano etiam ruinae periere: ¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.

Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas cubiertas de la blanca floración de las yerbas acuáticas, y al llamar yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: “¡Hasta el agua estancada cría flores!”.

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Ruinas del Monaterio cisterciense de Santa María de Moreruela (foto jjferia).

A lo que pensé calladamente: no; sólo el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente, pero a la poesía le basta la que está quieta. Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de cistercienses de la Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:

En una celda solo, como en arca
de paz, libre de menester y cargo,
el poema escribir largo, muy largo,
que cielo y muerte, tierra y vida abarca.
Después, en el verdor de la comarca
la vista apacentar; sin el amargo
pasto del mundo, a la hora del letargo
ver cómo visten la dormida charca
en flor las ovas. Lejos del torrente
raudo del caz que hace rodar la rueda
que muele el trigo, soñar lentamente
vida eternal en la que el alma pueda
ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente;
florece sólo el agua que está queda!

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Ábside del monasterio cisterciense de Moreruela (foto jjferia).

¡Soñar así, lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y apacible Historia de la Orden de San Jerónimo, que en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por habérnosla vuelto a dar). ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando el salmo Super flumina Babilonis?

No parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize: Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena. Dixolo una vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar del Señor en la tierra de los vivientes”. (Libro  IV, cap. XXVII).

[…]

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Cabecera de la iglesia del Monarerio de Moreruela (foto jjefria).

Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia. ¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a san Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética Edad Media, mocedad del cristianismo!

Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le buscan y le encuentran.

Salamanca, junio de 1911.

Miguel de Unamuno (1864-1936) Andanzas y visiones españolas

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Extramuros de Ávila

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  • TEXTO: Extramuros de Ávila, fragmento (Miguel de Unamuno: Andanzas y visiones españolas).
  • IMÁGENES: Extramuros de la ciudad amurallada de Ávila, estatuas de Santa Teresa (foto jjferia).

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EXTRAMUROS DE ÁVILA
Fragmento

Aparecióseme una vez una vez más la ciudad de Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Teresa de Jesús, ciudad vertebrada. En aquel campo rocoso, entre berruecos, que son como huesos de esta tierra de Castilla, toda ella roca, donde la gea domina a la flora y a la fauna, rocambre que es fuego cristalizado. Cincha a la ciudad el redondo espinazo de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una calavera viva —la gloria mayor del rosario—, en lo alto la fábrica de la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior, allí, entre las bermejas columnas. Ciudad, como alma castellana, dermato-esquelética, crustácea, con la osamenta —coraza— por de fuera, y dentro de la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de las moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.

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Ciudad amurallada de Ávila desde los Cuatro Postes (foto jjferia).

Fuera sin embardo, del redondo espinazo ciudadano alza San Vicente su severidad románica; fuera, Santo Tomás su recogimiento, donde duerme —¿sueña?— el príncipe D. Juan, el que llevó a la tumba una dinastía que pudo haber sido un porvenir que nunca fue, una realeza entrañadamente española, de roca, que no de cepa castiza. Y fuera de aquellas murallas, un miércoles, 5 de junio de 1465, viese un acto para siempre memorable Más oigamos a nuestro padre Mariana, el jesuita bravo, nuestro Tácito.

Los alborotados en Ávila acordáron de acometer una cosa memorable: tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de nuestra nacion, pero bien será se relate para que los Reyes por este exemplo aprendan à gobernar primero à sí mismos, y despues à sus vasallos, y adviertan quántas sean las fuerzas de la muchedumbre alterada, y que el resplandor del nombre Real y su grandeza, mas consiste en el respeto que se le tiene, que en fuerzas; ni el Rey (si le miramos de cerca) es otra cosa que un hombre con los deleytes flaco, sus arreos y la escarlata ¿de qué sirve sino de cubrir como parche las grandes llagas y graves congoxas que le atormentan?  Si le quitan los criados, tanto mas miserable; que con la ociosidad y deleytes mas sabe mandar que hacer, ni remediarse en sus necesidades. La cosa pasó desta manera: Fuera de los muros de Ávila levantáron un cadahalso de madera en que pusiéron la estátua del Rey D. Enrique con su vestidura real y las demás insignias de Rey, trono, cetro, corona; juntáronse los Señores, acudió una infinidad de pueblo. En esto un pregonero à grandes voces publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en que relatáron maldades y casos abominables que decian tenia cometidos. Leíase la sentencia, y desnudaban la estátua poco à poco, y à ciertos pasos, de todas las insignias reales: últimamente con grandes baldones le echáron del tablado abaxo.

Así, mediado el siglo XV, en las afueras de Ávila de los Caballeros. Las recias murallas, calentándose al sol desnudo de Castilla, se estremecieron acaso en su meollo viendo ese ejemplo de caballerosidad altanera.

[…]

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Monumento a Santa Teresa de Jesús en el exterior del recinto amurallado (foto jjferia).

Libertad fue a buscar al claustro Teresa de Jesús, consuelo de deleitarse en aquel castillo interior, «pues sin licencia de los superiores —dice— podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora». Dentro del cincho de piedra de las murallas de su ciudad nativa soñó la Santa, reinando Carlos I, el César flamenco, santa libertad. Seis años tenía la Santa de Ávila cuando, cincuenta y seis después de la afrenta que hacía temblar las carnes sólo de pensarla, rendían sus cabezas en Villalar los comuneros de Castilla. Y cayó sobre ésta un grave sueño imperial. Segismundo, rezongaba remusgándose dentro de un seto berroqueño. «Y teniendo yo más alma, ¿tengo menos libertad?», clamaba.

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Murallas de Ávila, puerta y espadaña del Carmen (foto jjferia).

A mil varas sobre el ras del mar, cuna de libertad, y todo él sendero, sobre los huesos de esta tierra crustácea de Castilla, durme y sueña sus recuerdos, dentro del rosario de sus murallas —gloria final la catedral gótica—, Ávila de los Caballeros, de los caballeros que desnudaron la estatua del rey D. Enrique.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Andanzas y visiones españolas

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Según la tradición aquí encontró Don Pedro a sus sobrinos Teresa y Rodrigo cuando huían a tierra de moros buscando el martirio (foto jjferia).

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Monasterio de Guadalupe

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  • TEXTO: Guadalupe (Miguel de Unamuno: Por tierras de Portugal y España).
  • IMÁGENES: Fachada, claustro y templete del Monasterio de Guadalupe; plaza, fuente y panorámica de La Puebla (foto jjferia).

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CANTAR
Sennora, por quanto supe
Tus acorros, en tí espero,
E a tu casa en Guadalupe
Prometo de ser romero.
Tu muy dulçe melesina, fueste sienpre a cuytados,
E acorriste muy ayna a los tus encomendados:
Por ende en mis cuidados e mi prision tan dura,
Vesitar la tu figura fue mi talante primero.
Sennora, por quanto supe
Tus acorros, en ti spero,
E a tu casa en Guadalupe
Prometo de ser romero.
En mis cuytas todavía sienpre te llamo, Sennora,
O dulçe abogada mia, e por ende te adora
El mi coraçon agora, es esta muy grant tristura,
Por él cuydo auer folgura e conorte verdadero.
Sennora, por quanto supe
Tus acorros, en tí spero,
E a tu casa en Guadalupe
Prometo de ser romero.
Tú, que eres la estrella que guardas a los errados,
Amansa mi querella e perdon de mis pecados,
Tú me gana, e oluidados sean por la tu mesura,
E me lieua aquel altura do es el plaser entero.
Sennora, por cuanto supe
Tus acorros, en tí spero,
E a tu casa en Guadalupe
Prometo de ser romero.
López de Ayala (1332-1407): Rimado de Placio

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Claustro del Monasterio de Guadalupe y templete mudéjar

MONASTERIO DE GUADALUPE

¡Cuán lejos estaba yo de estas entre eruditas y piadosas elucubraciones cuando surgió a mis ojos, tras largo y penoso viaje, la fábrica del famoso monasterio! ¡Con qué ojos lo mirarían aquellos esforzados extremeños que al volver de las Indias Occidentales del Nuevo Mundo emprendían su devota peregrinación al santuario, enriquecidos con despojos de la Conquista!

Allí se alzaba, carcomidos por los siglos sus muros de mampostería, severo y señorial, sobre fondo de verdura. Su exterior tiene, ciertamente, poco que admirar como obra arquitectónica; es la posición y el lugar lo que le da realce.

El pueblo de Guadalupe, que rodea y abraza al monasterio, es uno de esos típicos pueblos serranos llenos de encanto y de frescura. Sus soportales, su fuente, sus calles con entrantes y salientes y voladizos balcones de madera, sus casas señoriales, su sello, en fin, de reposadero.

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Vista parcial de Guadalupe y su monasterio

El monasterio, hoy muy deteriorado, ofrece aún al visitante su magnífica iglesia, con una de las más hermosas verjas de hierro forjado que pueden verse, sus dos claustros, su relicario, su sacristía. En uno de los dos claustros, mudéjar, con muy pintoresco templete en el centro, sentía una vez más la tentación que en parecidos sitios me asalta: la de abandonar estas luchas y trabajos en que estoy metido y darme en ver pasar la vida en meditación y en sosiego. Pero…

Pero la joya del monasterio, lo que ello sólo merece todas las penalidades del viaje, lo que ha de hacer de Guadalupe lugar de peregrinación de los amantes del arte, es la soberbia colección de cuadros de Zurbarán, que en su sacristía se guardan. Hay que ir allá para conocer a nuestro gran pintor extremeño. Diez grandes cuadros de más de cuatro varas de alto por tres de ancho algunos, unos algo menores y varias tablas pequeñitas.

[…]

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La Puebla de Guadalupe: Plaza y fuente de los tres caños

Hermosísimo es, sin duda, cuanto el arte humano puede aún ofrecernos en Guadalupe; mas es más hermoso aún lo que allí la naturaleza nos ofrece. Subimos a Mirabel, dependencia del monasterio, y bajamos de allí por medio de uno de los más espesos y más frondosos bosques de que en mi vida he gozado. Jamás vi castaños más gigantescos y más tupidos. Y nogales, álamos, alcornoques, robles, quejigos, encinas, fresnos, almendros, alisos junto al regato, y todo ello embalsamado por el olor de perfumadas matas.

Desde el alto de Mirabel, tendido al pie de la Cruz del Mentidero, contemplaba las líneas de las sierras de los montes de Toledo, como series de bambalinas de un diurno teatro,y a un lado la llanada de Cáceres encendida por el sol. De todas partes afluía paz de vida. Y allí, en aquel repliegue que hacen las montañas, al pie de las enhiestas y desnudas Villuercas, en aquel espeso castañar ahora en candela, ¡qué bien se descansará, luego de haber merecido el descanso con una vida de combates, esperando una muerte dulce y natural en el seno de la Naturaleza!

Miguel de Unamuno (1864-1936):
Por tierras de Portugal y España

Guadalupe
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Monasterio de Yuste

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Yuste

Miguel de Unamuno: «Por tierras de Portugal y España»


Imágenes: Monasterio de Yuste (foto jjferia)

Yuste - foto jjferia

LECTURA PREVIA: Una visita al Monasterio de Yuste (Pedro A. de Alarcón); cap.I(fragmento) Detengámonos ahora á contemplar un inmenso Escudo de piedra que adorna la alta cerca de que hablamos antes. Él resume y compendia todo lo que hemos de ver y de pensar dentro de Yuste. Aquel Escudo, abrigado por las poderosas alas del águila de dos cabezas y encerrado entre las dos columnas de Hércules, con la leyenda de Plus ultra, comprende en sus cuarteles las armas de todos los Estados del augusto Monje. De estas armas resulta que el hombre que fué allí á abreviar voluntariamente su vida y á anticipar su muerte, acababa de ser en el mundo: «Emperador de los romanos, Rey de Alemania, de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Hungría, de Dalmacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Sevilla, de Mallorca, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano; Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Loteringia, de Corincia, de Carmola, de Luzaburque, de Luzemburque, de Gueldres, de Athenas y Neopatria; Conde de Brisna, de Flandes, del Tirol, de Abspurque, de Artoes y de Borgoña; Palatino de Nao, de Holanda, de Zelanda, de Ferut, de Fribuque, de Amuque, de Rosellón, de Aufania; Lantzgrave de Alsacia; Marqués de Borgoña y del Sacro Romano Imperio, de Oristán y de Gociano; Príncipe de Cataluña y de Suevia; Señor de Frisa, y de la Marca, y de Labomo, de Puerta; Señor de Vizcaya, de Molina, de Salinas, de Tripol, etc.» Encima del Escudo hay un Medallón con un busto de San Jerónimo en alto relieve. Debajo del Escudo se lee esta Inscripción, casi borrada por la acción del tiempo sobre la mala calidad de la piedra: «En esta santa casa de San Jerónimo se retiró á acabar su vida el que toda la gastó en defensa de la Fe y conservación de la Justicia, Carlos V, Emperador, Rey de las Españas, cristianísimo, invictísimo. Murió á 21 de Septiembre de 1558.»

YUSTE

Llegamos a Cuacos, y, no bien apeados de nuestras caballerías, emprendimos a pie la subida a Yuste, con la impaciencia natural de quien va a ver un lugar consagrado por la Historia. El sitio en que vivió sus últimos años y murió un hombre que llenara en un tiempo a Europa con su nombre y su fortuna.

No se ve lo que del monasterio queda hasta que no se está en él, y se padece, en un cierto sentido, una desilusión, aunque luego esta se rectifique.

Nunca debió ser, como ya os dije, muy rico el monasterio en que fue a morir Carlos V; pero hoy, desmantelado y empobrecido, ofrece pobrísimo aspecto. Y aún más pobre debió ofrecerlo cuando lo visitó Castelar, antes de encargarse de él los franciscanos que hoy lo ocupan.

La iglesia es espaciosa pero sencillísima y muy pobre. La sillería del coro, de no gran mérito, está distribuida entre varios pueblecitos. Lo más de ella en Cuacos. El Retablo nos dijeron que estaba en Casatejada. Los ornamentos, los libros del coro, todo se desparramó.

A la entrada muestran un nogal que dicen plantó allí el emperador. Y es una de las cosas más permanentes de cuantas nos dejó aquel hijo de la fortuna.

¡Melancólico espectáculo el del claustro del monasterio, hoy en ruinas! Las desnudas piedras se calientan al sol; yacen por el suelo entre maleza y hierbajos. Los sillares que abrigaron las siestas y las meditaciones de los jerónimos; columnas truncadas se proyectan sobre la verdura del monte y el azul del cielo, y piensa uno, modificando la sentencia del clásico, que hasta las ruinas perecerán, etiam ruinae peribunt.

Junto a la iglesia está el llamado palacio de Carlos V, con su amplio mirador que se abre a un vallecito de frondosidades, y más allá, por un escotadura entre las lomas, la vasta llanura soleada, y en lontananza los contornos azules de remotas sierras. Parece, visto desde el mirador aquel, que es un mundo limitado, un campo de aventuras el que se nos despliega allende la abertura de la soledad del monte. Y yo pensaba que, contemplando el emperador aquellas extensiones que se pierden de vista, pensaría muchas trades de otoño, a la hora de acostarse el sol, en todo lo que tras de sí había dejado: la rota de los Comuneros, los esplendores de América, la captura de Francisco I, la Dieta de Worms. Y pasarían por su mente Padilla, el cardenal Adriano, Hernán Cortés, Pizarro, Lutero y tantos otros gigantes de aquel su reinado tam henchido de Historia.

¿Cómo fue aquel hombre a enterrarse en aquellas soledades serranas? Allí os muestran el desnudo y pobre cuarto donde murió; allí otro cuarto donde dicen que durmió alguna vez Felipe II, y en Cuacos una humilde casa en la que os aseguran vivió algún tiempo Don Juan de Austria. Y todo ello pobrísimo; hoy al menos.

Hoy, los caminos para llegar a Yuste son malos, escarpados y pedregosos; pero ¿y entonces? lleváronle en litera y por lo más fragoso de la sierra. En Jarandilla se detuvo y allí demoró algún tiempo, en el castillo de los condes de Oropesa, hoy en ruinas, hasta que en Yuste le prepararon alojamiento.

Emprendimos la caminata a pie, de Cuacos a Jarandilla, por un camino que es un tormento para los pies y una delicia para los ojos. Frescura y verdor por todas partes. Corpulentos castaños encandelados, y por entre ellos algún torrente que baja saltando y rompiéndose en las rocas desde lo alto de la sierra. Una naturaleza risueña y amable, tal como suele ofrecérsenos en estas sierras de la meseta interior de España.

Miguel de Unamuno (1864-1936)Por tierras de Portugal y España

Yuste
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La Lengua y la Palabra

Lengua 1
  • TEXTO: La Sangre del espíritu, La Palabra (Miguel de Unamuno: Sonetos).
  • IMÁGENES: Universidad de Alcalá de Henares y monumento a Cervantes. Real Academia Española, Monumentos a Alfonso X el Sabio en la Biblioteca Nacional, a Colón en la Plaza de su nombre y a Cervantes en la Plaza de España de Madrid (foto jjferia).

LXVII: LA LENGUA

La sangre de mi espíritu es mi lengua
y mi patria es allí donde resuene
soberano su verbo, que no amengua
su voz por mucho que ambos mundos llene.

Ya Séneca la preludió aun no nacida,
y en su austero latín ella se encierra,
Alfonso a Europa dio con ella vida
Colón con ella redobló la tierra.

Y esta mi lengua flota como el arca
de cien pueblos contrarios y distantes,
que las flores en ella hallaron brote.

de Juárez y Rizal, pues ella abarca
legión de razas, lengua en que a Cervantes
Dios le dio el Evangelio del Quijote.

Miguel de Unamuno (1864-1936):
Rosario de soneto líricos

Soneto XLIV: LA PALABRA

Llave del ser fue en un principio el verbo;
por él se hizo todo cuanto muda.
Y el verbo es la cadena con que anuda
Dios los dispersos granos de su acervo.

Por él el hombre deja de ser siervo;
se vale de él en la batalla ruda;
y con él la apaga cuando su alma suda
como en la fuente, tras de acoso, el ciervo.

¡Sea de Dios santificado el nombre!
que es Dios también; pues fue con la palabra
como creara al mundo, en un principio.

Con la palabra, como Dios, el hombre
su realidad e ideas forja y labra.
Nunca la profanéis a huero ripio.

Miguel de Unamuno (1864-1936):
Rosario de sonetos líricos

Sonetos
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De Horcajo a Nuñomoral

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LAS HURDES

Miguel de Unamuno: “Andanzas y visiones españolas”


Imágenes: El Gasco y el valle del río Malvellido en Las Hurdes (foto jjferia)

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El Gasco y La Fragosa en el Valle del Río Malvellido (foto jjferia).

LAS HURDES (4)

Cuando entramos en Horcajo hirió lo primero mi vista, como ya en Las Erias me pasó, las macetas de flores en ciertos salientes de las casucas. Bien se conocía que estábamos en Extremadura, donde se rinde a las flores mucho mayor culto que en Castilla. Y vi en Horcajo, al entrar de improviso en él, las hurdanas lavando a sus chiquillos. Y arrullándolos con maternales caricias.

Una de las cosas que más han llamado mi atención en las Hurdes es la gran cantidad de niños preciosos, sonrosados, de ojillos vivarachos, que he visto. Luego se estropean en aquella terrible lucha por el miserable sustento. Y es curioso también ver las grandes diferencias de unos a otros. Paréceme que el tipo medio como si se borrase. Junto a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas, prematuramente decrépitas, encuéntrase muy garridas y guapas mozas.

Desde Horcajo, para pasar al Gasco, al valle -o, mejor que valle, barranca-, en cuyo fondo corre el río de Fragosa, una imponente cuesta. Desde lo alto, abierto el pecho, respirando a todo pulmón el aire de las cumbres, se veía allá abajo el que dicen el volcán de las Hurdes. No voy a hablaros de él, ni de las cascadas. Otros han dicho muy bien de esto.

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Vista parcial de El Gasco en el Valle del Malvellido (foto jjferia).

Esta barranca del río Fragosa, este valle central de las Hurdes, es lo más miserable de éstas. Difícilmente se encontrará peores poblados que el Gaseo, Fragosa, Martilandrán. Al atravesar el Gaseo por aquellas infernales callejuelas, entre aquellos hombres ceñudos y negros, me asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y brillante como un lucero, de una niña, hacia resaltar la hórrida y sucia negrura de aquella zahúrda.

Y siempre las quejas. «Por aquí debía venir el rey a comer lo que comemos», decía una mujer que, si no era vieja, lo parecía. Y decíalo en muy claro y muy neto castellano. Porque eso de que ladren o poco menos, es otra patraña. Hablan castellano, y lo hablan muy bien. Y no huyen de los visitantes. Al contrarío, acércanse a ellos a pedirles cigarrillos y por si cae alguna perrilla que les remedie.

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Meandros del río Malvellido entre El Gasco y La Fragosa (foto jjferia).

Por fragosísimo sendero, desde el Gaseo a Fragosa. Y aquí a bajar al río, a darnos un baño en su lecho de rocas redondeadas y dulcificadas por el agua. Un agua clara, tibia, rumorosa, soleada. «¡No hay agua como la de aquí!» — decían con orgullo. Y esto ío oímos en las Hurdes por dondequiera. La tierra es misera, dura, pedregosa; pero, ¿aguas? ¡No las hay mejores en el mundo!

Esto mismo dirán, me figuro, aquellos pobres enanos cretinos y con papera de la alquería colgada de la cumbre. Como los otros, los de los conceptos destilados y sin sal alguna, dicen: «¡No hay ¡deas como las nuestras, como las ideas puras!»

Junto al lugar del baño, a la sombra de unos castaños y al son del canto del agua, nos pusimos a comer. Bajó una buena parte del pueblo, mozos y mozas sobre todo, y nos rodearon en tertulia. Logré un muy halagüeño éxito poniéndome a dibujar. «¡Y lo hace sin máquina, como escribiendo!» Un chicuelo hizo gala de su conocimiento en lectura. Y un mozo, ya hombre, fuerte, limpio, garboso, de nombre Bernardo, nos mostró lo claro y vivo de su inteligencia. El pobre hurdano ansiaba conocer las lenguas de los distintos reinos —nos oyó hablar francés—, correr tierras, ver mundo, salir de las fragosidades de Fragosa. Sabia que para ir a Roma por tierra hay que pasar por Francia. Mas de seguro que si sale volverá a su pobre Fragosa, a la miserable alquería tan heroicamente arrancada a los furores de la madrastra, allá, entre sus pobres olivos, su huertecillo de patatas, sus cabritas enanas. ¿Por qué?

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Camino del chorro de la Miacera en las cercanías d El Gasco (foto jjferia).

De Fragosa, pasando junto a la alquería de Martilandrán, pero sin entrar en ella, a Nuñomoral. ¿Para qué habíamos de entrar en uno más de esas miserables mazorcas de tugurios? ¿A qué conduce apurar el espectáculo de la miseria? Además, no íbamos a hacer estadística, ni menos sociología. Y Dios les libre a las Hurdes de que caiga en ellas un sociólogo.

Nuñomoral, en una vega algo más extensa que lo son en los barrancos de las Hurdes, es ya otra cosa que esas miserables alquerías que acabábamos de atravesar. Hay, si, en Nuñomoral viviendas deplorables; pero junto a ellas se alzan algunas excelentes casas modernas.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Andanzas y visiones españolas

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Chorro de la Miacera en El Gasco (foto jjferia)
Las Hurdes
Ver el álbum en Flickr (foto jjferia)

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Virgen de la Peña

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LA PEÑA DE FRANCIA

Tirso de Molina: La Peña de Francia (Escena final)


Imágenes: Peña de Francia, santuario, imagen de la Virgen y fuente de Simón Vela (foto jjferia)

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Para la composición de la comedia «La Peña de Francia», Tirso de Molina bebió en fuentes como la «Flos Sanctorum» donde se recoge la piadosa leyenda de Nuestra Señora de la Peña de Francia: Partiose para allá, y llegó a una sierra muy fragosa que tiene este nombre, y se llama Peña de Francia. La cual confina con tres Obispados, y es término de todos ellos: el de Salamanca, el de Coria, y el de Ciudad Rodrigo […] Caminando a lo alto della Simón Vela, y tomándole la noche, púsose en oración, pidiendo afectuosamente a la Madre de Dios le descubriese dónde estaba su Imagen, pues le había traído a la Peña de Francia. Cansado de la oración adurmiose, y dormido apareciósele la Sagrada Virgen con su bendito Hijo en los brazos rodeada de grande claridad. Hablóle estando él contentísimo de verla, y dixo, que cavase en el lugar donde ella estaba, y que pusiese lo que hallase en lo más alto de la sierra en una Iglesia que allí se haría. Desapareció la Virgen, y quedó muy consolado Simón Vela: fue otro día a San Martín del Castañar, y truxo gente, que fueron cinco personas, cavaron en el lugar donde la Virgen se le apareció; y después de haber quitado todos juntos una Peña grande con otras de alrededor, vieron la Imagen de la Madre de Dios con su bendito Hijo en sus brazos, que de todos recibieron celestial consuelo, poniéndose en oración, adorándola, y reverenciando a la Virgen, como a Madre de Dios. Otro día hicieron con tablas, y corchos, que truxeron de los lugares de la comarca una cabaña, o choza, donde estuvo la Imagen. […] Crecía cada día más la fama de esta Santa Imagen por los milagros que hacía, y publicándose en la Corte del Serenísimo Rey Don Juan el II, que en aquel tiempo reinaba en Castilla, el Maestro Fray Lope de Barriento, del Orden de los Predicadores, Confesor que era del Príncipe Don Enrique, hijo del ya nombrado Rey Don Juan, varón de grandes letras y vida, que fue Obispo de Ávila, y después de Segovia, pidió en merced al Rey aquella casa para fundar un Monasterio de su Orden, y fuele concedida. Flos Sanctorum (Alonso de Villegas, 1568)

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Fuente de Simón Vela en la pista de subida a la Peña de Francia (foto jjferia).

LA PEÑA DE FRANCIA

(Acto III, escena final)

TIRSO (pastor):  Nueso amo, venga y verá
la maravilla más rara
que en el mundo ha sucedido.

CONDE (de Urgel):  Quedo, necio.

TIRSO:  Oiga, que es brava:
el escolar que siguiendo
los carros de Salamanca
se mos vino tras nosotros
descubrió una imagen santa
dentro de una dura peña,
de donde salió más crara
que el sol, y llevando todos
azadones y palancas
desencajamos el risco
do la imagen se encerraba;
y cortando de los robles,
de enebros y encinas, ramas,
para adornarla, hemos fecho
(aunque humilde) una cabaña.
Mas hétela, se aparece.

(Descúbrese una cabaña de ramos en
lo alto, y en un altar de lo mismo,
una imagen de Nuestra Señora, con
luces, y a su lado Simón Vela.)

REY (Juan II):  ¡Oh Madre del gran Monarca,
que bajando del impíreo
hizo trono tus entrañas!
A dichoso tiempo vine.
¡Yo haré que te labren casa
donde estés con más decencia!

CONDE:  ¡Gran milagro!

ENRIQUE (Príncipe):  ¡Cosa extraña!
Pero ¿aquél no es Simón Vela,
y esta, la Peña de Francia,
que con tanta devoción
por nuestros reinos buscaba?
Amigo, tu suerte envidio.

SIMÓN:  Yo, señor, te doy colmadas
gracias por lo que te debo,
y el parabién de que salgas
del golfo de tus desdichas
al puerto de tu esperanza.
Rey don Juan, sol de Castilla,
esta imagen soberana
está aquí desde los tiempos
que Rodrigo perdió a España.
Haz, pues, que aquí se fabrique
una generosa casa,
y que su gobierno tengan
los Padres de la Orden sacra
del grande español Domingo;
porque ya el cielo me llama
para darme en dulce muerte
hallazgos de tal ganancia..

REY:  Yo haré, divina Señora,
lo que vuestro siervo manda.
Demos, Enrique, la vuelta
a mi corte, donde os hagan
recibimientos festivos;
y de Aragón y Navarra,
los reyes a alegrar vengan
bodas de nobleza tanta,
que al viejo conde de Urgel
restituirán a mi instancia
los estados que ha perdido,
pues ya sus desdichas pasan.

CONDE:  Llámete su augusto Roma.

ENRIQUE:  Esta imagen (de Dios Alba)
es la que España venera,
y esta, la Peña de Francia.

Tirso de Molina (1579-1648):
La Peña de Francia 

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Imagen de Nuestra Señora de la Peña de Francia (foto jjferia).

ÁLBUM DE FOTOS (jjferia):

Peña de Francia


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Salamanca, Salamanca

Salamanca 2

SALAMANCA

Miguel de Unamuno: Andanzas y visiones españolas


Imágenes (foto jjferia):

Puente romano, catedral, estatua y fachada de la Universidad de Salamanca

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Catedral de Salamanca y puente romano sobre el Tormes (foto jjferia)

SALAMANCA

Sí, yo podía describiros esta ciudad y ejercitar mi mayor o menor virtuosidad en la descripción literaria. Podría deciros cómo esta ciudad de Salamanca, asentada en un llano, a orillas del Tormes, es una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre. Cómo el sol, que sobre ella brilla, ha dorado las piedras de sus torres, de sus templos y sus palacios, esa piedra dulce y blanda, que recién sacada de la cantera se corta como el queso, a cuchillo, y luego, oxidándose, toma ese color caliente, de oro viejo, y cómo a la caída de la tarde es una fiesta para los ojos y para el espíritu ver a la ciudad, como poso del cielo en la tierra, destacar su oro sobre la plata del cielo y reflejarse, desdoblándose, en las aguas del Tormes, pareciendo un friso suspendido en el espacio, algo de magia y de leyenda.

Podría hablaros del follaje de piedra de sus fachadas,  de la riquísima ornamentación de sus tallas platerescas y de cómo nació aquí el plateresco. Estilo, sin duda, recargado, gongorino, aunque no tanto como el manuelino portugués. Aquí, en esta misma Universidad, junto a la cual estoy escribiendo, hay una fachada del siglo XVI, que se les invita y enseña a admirar a los visitantes y turistas; pero yo prefiero otros más antiguos y más ingenuos adornos que dentro de ella, a su entrada, hay en el techo. La fachada es más talla que arquitectura y peca de profusión. Prefiero los encantadores patriarcas ―Abraham, Salomón, David, Daniel― que cierran las nervaturas de las bóvedas. Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.

Fachada
Monumento a Fray Luis de León frente a la Universidad de Salamanca (foto jjferia)

Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano, y casi diré doméstico bullicio como aquel con que los niños llenan un hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor, una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto  alemán Jürgens. Una plaza cuadrada -es decir, un cuadrilátero, no un cuadrado- con sus soportales y toda  llena de aire y de luz. Una tarde, paseándonos los dos por ella, me decía mi amigo el gran poeta peninsular, o mejor ibérico, Guerra Junqueiro: «Me gusta esta plaza porque en ella la muchedumbre tiene movimientos rítmicos». Y, en efecto, circulan bajo sus soportales los hombres y las mujeres en dos filas, separados, dándose cara, ellos hacia la parte de fuera, en el sentido del reloj, ellas por la parte de dentro, en el otro sentido. Y hay algo de litúrgico en este circular -mejor sería decir «cuadrar»- de las gentes de la ciudad por su plaza. Salmantino hay que puede decirse que vive en ella. Es el principal mentidero de la ciudad; es también su principal escuela de haraganería. Y sin molestias de tranvías.

Leer el paisaje
Plaza Mayor (foto jjferia)

Fue el mismo Guerra Junqueiro quien otra vez me dijo: «Feliz usted que vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin temor a que le rompan a uno el sueño». Hay viejas calles, como la de la Compañía, al pie de palacios y templos dorados por los soles de los siglos, en que uno puede ir soñando en una España celestial, colgada para siempre de las estrellas.  Y hay un rincón, junto al convento e iglesia de las Úrsulas, entre álamos que allá en la primavera, cuando brota en ellos el tierno plumoncillo de las hojas nuevas, nos da la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la eternidad, de un pasado que es a la vez un porvenir, de una puesta de sol que se confunde con el alba.

Y los sotos de las orillas del río, con su verdura discreta y sobria, sin esa lujuriosa exuberancia de los países de selva, con esas dulces perspectivas virgilianas u horacianas. Ha sido en paisajes así, limitados, sencillos, al parecer pobres, donde ha nacido la poesía eglógica. Aquí se inspiró fray Luís de León. Y los que hablan de la fealdad del campo castellano no saben lo que se dicen. Tienen la vista vulgarizada por los cromos de comedor de fonda.

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Catedral de Salamanca y puente romano sobre el Tormes

Y como los frescos sotos de las márgenes del rio, son los sotos de columnas de estas iglesias y estas catedrales  –pues aquí hay dos–. También estos bosquecillos de columnas, con su pétreo follaje de capiteles, con sus bóvedas que se cierran, dejan correr por medio de ellos un cauce, aunque de aguas invisibles. Cuando el órgano resuena se oye el rumor de esas aguas del espíritu. Y en medio de la catedral vieja, la románica –ya a comienzos del gótico–, la medioeval, entre sus fuertes columnas elefantinas, se ve cómo nació la patria. Y allí se sueña con aquel bravo obispo don Jerónimo, el francés, del Perigord, el coronado que vino de la parte de Oriente, según reza el viejo Cantar de Mío Cid, el que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar en su conquista de Valencia, el que le pedía le otorgase las primeras acometidas, aquel obispo que quería mojar su lanza en sangre de moros y cuyos huesos, tan molidos un tiempo, descansan hoy aquí, en Salamanca. Y cerca de donde descansa el viejo y negro Crucifijo que el Cid llevaba en sus campañas, el Cristo de las batallas. ¡Cuántas cosas no dice ese Cristo de las batallas, que tantas arrancadas presenciara!

De la vieja leyenda nigromántica y alquímica de esta ciudad, de lo que ha hecho que el nombre de Salamanca signifique lo que significa en apartados rincones de esa tierra americana —¡la Salamanca!— de esa, ¿qué he de deciros? Aún discuten aquí dónde se encontraban las famosas cuevas en que el marqués de Villena se dedicaba a sus brujerías y encantamientos.

¿Y qué de la Salamanca de La Celestina y de la de El estudiante de Salamanca de Espronceda, con su calle del Ataúd, que hoy lleva otro nombre? Estudiantes, aunque no como aquel, aún quedan, y Celestinas me parece que también.

Miguel de Unamuno (1864-1936): Andanzas y visiones españolas.

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Salamanca, Salamanca

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Lagunas de Ruidera

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DE LAS COSAS QUE HABÍA VISTO EN LA CUEVA DE MONTESINOS

Miguel de Cervantes Saavedra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


IMÁGENES (foto jjferia): Lagunas de Ruidera, Cueva de Montesinos

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DE LAS COSAS QUE HABÍA VISTO EN LA CUEVA DE MONTESINOS 
(2ª parte, cap. XXIII, fragmento)

Oyendo lo cual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: «Ya, señor Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían de haberos andado en las entrañas. Y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo de Roncesvalles eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia de la señora Belerma, la cual, con vos y conmigo, y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros. Solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha las llaman las lagunas de Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado de su mesmo nombre, el cual cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se llegan entra pomposo y grande en Portugal.

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Don Quijote
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Lagunas de Ruidera (foto jjferia)

LA MANCHA SOSEGADA

Ven los Ojos del Guadiana
la sombra de Don Quijote
nacida por la mañana
con el sol, sin que se agote
el llanto que vierte el río.
Las Lagunas de Ruidera
lo han recogido, rocío
de la enjuta primavera
de la sosegada Mancha,
y lo mandan a campar;
cierto, Castilla es muy ancha;
aún es más ancha la mar.

Miguel de Unamuno (1864-1936)Poemas de los pueblos de España

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