Campos de Níjar

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  • TEXTO: Níjar, fragmentos del capítulo IV (Juan Goitysolo: Campos de Níjar ).
  • IMÁGENES: Avenida, iglesia, casa típica y tienda de artesanía de Níjar (foto jjferia).

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NÍJAR
Capítulo IV (fragmentos)

La primera impresión -agreste y un tanto inhospitalaria- que Níjar inspira al viajero que viene por el camino de Los Pipaces se desvanece con la proximidad. Los alrededores de la villa son ásperos, pero el esfuerzo del hombre ha transformado armoniosamente el paisaje. La ladera del monte está escalonada de paratas. Frutales y almendros alternan sobre el ocre de los terrenos y los olivares se despeñan por las vegas, lo mismo que rebaños desbocados.

Níjar se incrusta en los estribos de la sierra y sus casas parecen retener la luz del sol. Por la carretera pasan feriantes montados en sus borricos. A la entrada del pueblo hay un surtidor de gasolina y, cuando llegamos, una pareja de civiles camina hacia Carboneras con el mosquetón terciado a la espalda.

—Hoy es día de mercado, dice uno de mis compañeros. Tó ese personá que ve usté viene de los cortijos.

—¿Qué venden?

—Lo que tienen. Cerdos, gallinas, huevos… Con lo que les dan mercan pan y aceite pa el resto de la semana. Son gente que vive en sitios aislaos, a varios kilómetros uno del otro y sólo van al pueblo los sábaos.

Por la calle bajan mujeres vestidas de negro y un gitano sentado a horcajadas sobre un borrico. Las casas de Níjar son de una sola planta y tienen las fachadas enjalbegadas pero, a diferencia de las de El Barranquete o Los Nietos, su aspecto es poco africano y recuerda más bien el de las viviendas de los pueblos de la Andalucía alta y Extremadura. El techo suele ser de teja encalada y, a través de las puertas siempre abiertas, se vislumbra el interior de los zaguanes: retratos de familia, cromos piadosos, mesitas, floreros, vasijas de barro.

De repente, el bajito me agarra del brazo y me arrastra al interior de una.

—Pase usté. Le presentaré mi mujé y los chavales.

[…]

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Casa típica en la plaza Granero de Níjar (foto jjferia)

El grupo sale a decirme adiós a la calle y Antoñico y yo nos alejamos seguidos de una nube de arrapiezos.

—No les haga caso ―dice el niño―. Cuando ven a un forastero se quean como embobaos.

El cortejo imanta poco a poco la chiquillería curiosa de los portales. Pronto son veinticinco o treinta. Van pobremente vestidos, con pantalones heredados de sus padres o hermanos, pero en vez de gritar y alborotar como los de Cuevas, caminan detrás de nosotros en silencio, a respetuosa distancia.

Doblamos la esquina y, por una calle estrecha y llena de polvo, desembocamos en el paseo. Es una avenida monumental, alquitranada y con jardines, de un centenar de metros de largo. Como para acentuar su carácter insólito, Antoñico señala la hilera de farolas plateadas rematadas con tubos de neón. El visitante se frota los ojos porque cree soñar. El conjunto parece directamente transplantado desde Sitges o alguna otra playa de moda. Una casa de alta costura en pleno desierto no le hubiera causado mayor sorpresa.

—Lo inauguraron el año pasao ―dice Antoñico―, ¿Qué quié ve usté más?

[…]

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Avenida de Federico García Lorca de Níjar (foto jjferia)

Doy las gracias a Antoñico por sus amabilidades y le digo que me voy a la posada. El niño me cree y se aleja con los otros. Una vez solo vuelvo a la calle por donde habíamos venido y me interno por las callejuelas laterales en busca de los talleres de alfarería.

La cerámica de Níjar es famosa en todo el Sur y, con la de Bailén, una de las más importantes de España. Barnizados y pintados de vivos colores, lebrillos y platos se venden en Madrid, Barcelona y Valencia a precios que sorprenderían sin duda a sus humildes autores. En Níjar se puede llenar un automóvil de cacharros por unas pocas pesetas. Últimamente, algunos nijareños parecen haber caído en la cuenta del negocio que tienen entre manos y, de cara al turismo extranjero, ilustran las vasijas de ingenuos motivos folclóricos y las venden luego a los automovilistas a lo largo de la carretera general por Lorca, Totana y Puerto Lumbreras.

La calle que subo es pina y las aguas residuales han abierto un cauce en medio, lleno de fango y suciedades. Atardece, y la gente se asoma a la puerta de las casuchas. Una radio transmite a toda potencia una canción de Valderrama.

Pregunto por los talleres y me indican uno. Es un cobertizo bajo, sin ventanas, donde trabajan cuatro hombres.

[…]

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Tienda de artesanía nijereña: Cerámica, esparto y jarapas  (foto jjferia)

Cuando salgo, vagabundeo por el pueblo, sin rumbo fijo. Las casas tienen los portales abiertos y los cuadros familiares se suceden monótonos y tristes. Veo un taller de reparación de bicicletas, un almacén de granos. En la plaza los chiquillos juegan a la morra y el cura conversa con el brigada. Hay tres cafés, la parroquia, un cine. Los cafés están de bote en bote, el cine anuncia una película de Vicente Escrivá y, al acercarme a la iglesia, leo un cartel descolorido: “ALEGRE HACIA EL SACERDOCIO, AYUDAD AL SEMINARIO”. Quiero entrar, pero la puerta está atrancada. Por el arroyo pasan dos mujeres montadas en borricos. Vuelven de la compra, con grandes cestos, y me decido subir al albaicín. En la calleja se alinean los tenduchos de comestibles y pronto doy con la plazuela del mercado. Cuando llego, los últimos vendedores guardan el género en los cuévanos. Los asnos rebuznan de impaciencia.

—¿No quiere usté unos chumbos, señor?

El viejo implora con los ojos, pero, cuando me doy cuenta, he dicho que no y es demasiado tarde. Continúo cuesta arriba con el propósito de comprarle al volver. El pueblo es mayor de lo que parece a primera vista y no sé regresar a la plazuela. Tengo que preguntar a una muchacha y, cuando llego, el viejo se ha esfumado.

Juan Goitisolo (1931):
Campos de Níjar

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Campos de Níjar desde la torre vigía o Atalaya (foto jjferia)

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Cabo de Gata

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  • TEXTO: El Cabo de Gata, fragmento del capítulo VI  (Juan Goytisolo: Campos de Níjar).
  • IMÁGENES: Cabo de Gata y faro, playa e iglesia de La Almadraba, Punta de la Vela Blanca (foto jjferia).

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EL CABO DE GATA

La carretera me orienta por las marismas. Atrás quedan las casas del pueblo, la torre en ruinas, los niños oscuros y flacos. El sol no castiga como antes y el viento es fresco. A mi izquierda los saladares cubren la superficie de la llanura. El barco de los americanos espera en alta mar que lo carguen.

Al cabo de veinte minutos de marcha se llega al poblado de las salinas. Sus casas están más apiñadas que en Gata. Hay una iglesia gris de construcción reciente, una cruz solitaria en recuerdo de los Caídos y una montaña de sal blanca, que parece nieve. El aire huele como en las afueras de las grandes ciudades y el conjunto es de una extraña asimetría.

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Iglesia de La Amadraba en el cabo de Gata (foto jjferia)

La carretera sigue entre saladares y la playa, a merced del sol y del viento. Las sierras de Gata se aproximan e interrumpen el paisaje con su gran mole. A sus pies, a un cuarto de hora de camino, se encuentra un tercer poblado: La Fabriquilla, tan mísero y destartalado como los anteriores, con las calles infestadas de perros hambrientos y de niños que corren dando gritos y se revuelcan en la aguacha.

Tengo sed y entro a tomar una copa en el bar Viruta. El anís que me dan es seco y lo bebo de un latigazo. Fuera, las últimas casas del poblado faldean la sierra. Los zaguanes están llenos de gente que mira. En la montaña hay media docena de cuevas de aspecto sórdido y un hombre trepa hacia ellas llevando un crío entre los brazos.

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Punta de la Vela Blanca y cabo de Gata (foto jjferia)

Cuando subo el camino del faro, el paisaje sufre una transformación. La sierra se desploma verticalmente sobre el mar y las olas descarnan el acantilado con furia.

A medida que cobra altura la carretera, el horizonte también se ensancha. El sol brilla, pero ya no da calor. Las corrientes marinas forman hileros que cebrean la masa azul inmóvil y los farallones de la costa emergen como morsas, festoneados de espuma.

La sierra es ocre, desértica. Su vegetación se reduce al palmito, que los almerienses emplean para fabricar escobas y esteras, y cuyo cogollo, blanco y sabroso, se consume, importado de África, en todos los países de Europa, donde es más estimado que el espárrago.

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Faro del Cabo de Gata (foto jjferia)

Media hora de camino por curvas cerradas y el faro de la Testa del Cabo aparece de pronto, uno de los más hermosos faros del mundo, sin duda. Las montañas lo aíslan enteramente de tierra y, batido día y noche por el mar, se yergue, solitario y agreste, atalayando la costa del moro, vigía fiel, hoy, de tempestades y naufragios, ayer, de desembarcos berberiscos.

Uno piensa con tristeza que un sitio así debería ser baza turística importante y contempla melancólicamente la carretera estrecha, polvorienta y sinuosa, por la que apenas cabe un automóvil, y cuyo acceso, para colmo de ironía, está prohibido a los coches particulares que  –según leo en un cartel– no dispongan previamente de permiso.

Juan Goytisolo (1931): Campos de Níjar

Campos de Níjar
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Playa de la Almadraba en el cabo de Gata (foto jjferia)

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