La tierra que pisamos

La tierra que pisamos

La tierra que pisamos

Jesús Carrasco


TEXTO: Capítulos 57 y 61

IMÁGENES: La Voz de Feria

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57

Estaba decidida a quedarme en el lazareto eternamente para no volver a ver a Iosif nunca más, como si eso fuera posible. Con la determinación de una niña pequeña me marché de casa y ahora, muerta de hambre, también regreso igual que una niña. Siento vergüenza y también miedo. No me va a pegar pero, salvo eso, lo que me espera ahora son más vejaciones.

Cuando ya tengo la casa a la vista pienso en el hombre del huerto. Hacerlo, a pesar del dolor que implica, me aleja de Iosif. Lo acababan de sacar al camino. Ahí está, junto al burro, llevado por su triste escolta. El oficial y los demás vienen hacia donde estoy, formando su línea de batida. Parecen que buscaran saboteadores o criminales en lugar de labriegos. ¿Qué pretenden? ¿Aterrorizarlo, censarlos, informarlos sobre las mejoras en sus condiciones de vida, evangelizarlos?

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Sierra Vieja

El sol proyecta sombras oscuras bajo los almendros. Cada cierto tiempo se oyen disparos seguidos por el aleteo de las aves asustadas. Algunos parecen provenir del pueblo pero otros, más cercanos, se están produciendo en las lomas de la Sierra Vieja. Leva aún, encapuchado, sabe de dónde vienen las detonaciones. Piensa en los predios con aceituna que su primo tiene al pie de la cumbre del pico  que llaman el Mirrio, el más alto de los próximos al pueblo y desde cuya cumbre se domina incluso la terraza de la torre del homenaje del castillo.

Caminan sin prisa, deteniéndose con frecuencia para fumar o para beber de las cantimploras. Cualquier escusa es buena para perder un poco de tiempo en el inesperado paréntesis de libertad que les ha tocado en suerte. Hay jaras verdeando por las lindes y también flores de aliaga y de cantueso, pero ninguna de esas cosas llama la atención de los soldados. Tampoco el aroma del tomillo que menudea a su alrededor y que Leva aspira mezclado con el olor a cáñamo del saco que le cubre la cabeza.

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La Cruz del Real

Llegan al pueblo por el Pilar de la Cruz, un collado en el que, adosado a una casa, hay un abrevadero en el que los animales paran antes de encerrarse en los corrales o de salir a los campos. Hacia el norte, la ladera se inclina en dirección a La Albuera, y por el sur es el pueblo el que ocupa la pendiente con sus casas blanqueadas. De este lugar parten caminos hacia Burguillos y La Parra, y allí, la calle del Duque, que viene desde la iglesia, se retuerce para continuar subiendo hacia el castillo.

Sube la pequeña meseta que forma la curva han ido acumulando camiones con caja de lona, vehículos ligeros, motocicletas y una docena de cañones de gran calibre que aguardan a ser emplazados en el castillo y en las defensas naturales de sus faldas. Sientan a Leva en el suelo con la espalda apoyada en el abrevadero y encienden cigarrillos. A lo lejos brilla la lámina de agua del pantano de La Albuera rodeada de una ancha uña de tierra gris y estéril.

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Castillo de Feria

Por el camino de La Parra se aproximan tres soldados con otro cautivo. Los que custodian a Leva les hacen señas para que se acerquen, aunque no les queda más remedio que pasar por allí. Los que regresan escoltando a lugareños tienen orden de conducirlos hasta la iglesia y el Pilar de la Cruz es la única entrada por la parte alta del pueblo.

Los soldados se saludan y luego intercambian cigarrillos por fuego. Sientan a su reo al lado de Leva. Un viejo al que han atado las manos a la espalda y cegado con un trapo sucio. Lleva una boina negra, más tirada sobre la cabeza que puesta. Leva siente junto a él la presencia del recién llegado y no se le escapa el olor a sudor agrio y reseco de los hombres del campo. El viejo tose. Los soldados charlan y el humo de sus cigarrillos los envuelve y luego se desvanece en el aire.

El viejo vuelve a toser y luego inclina la cabeza hacia él y murmura:

—¿Quién eres?

Leva se quedó quieto. Todavía está conmocionado y no es capaz de responder. Los soldados siguen charlando por encima de sus cabezas.

—¿Eres del pueblo? ¿Te han cogido los soldados?

—Soy Leva.

—Leva. Soy José, el Tocino.

—José.

—¿Te han pegado?

—Sí.

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Paseo de la Corredera

Vuelven a callarse. Cada cual a su propia oscuridad, pero ahora, con la certeza de que aquello que les ha sucedido a los dos, puede haberlos alcanzado a todos. Hundidos en las alturas de la tierra fértil. Aquellas cimas desde las que las laderas se escurren. Los amplios valles y, a lo lejos, la llanura de Barros.  Leva se pregunta por aquel hombre, mayor que él, al que conoce de toda la vida, con cuyos hijos él se ha criado. Juntos bajando las cuestas, haciendo rodar los aros. Juntos atrapando ranas y ayudando en la matanza. Los niños de este pueblo son otro pueblo. A nadie se deben cuando consumen sus días en juegos inútiles, sin otro propósito que el juego. La risa en la Corredera, los helados de Jaramillo en verano, los barquillos en invierno. Las puertas de las casas todas entornadas, nunca cerradas. Cortinas colgando que se mecen, porque allí no corre el aire en agosto, salvo en las noches perfumadas.

—¿Quienes son, José?

—No lo sé.

—¿Por qué nos hacen esto?

Leva recibe el primer culatazo en el pómulo, y José, en la boca. Ambos gritan y se revuelven y hacen intentos por levantarse y huir, pero los soldados continúan pegándoles hasta que dejan de moverse.

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Calle Duques de Feria

61

Me detengo en el Pilar de la Cruz, como tantas veces, para que la yegua abreve. El animal moja la lengua en el agua oscura con Leva recostado junto a sus cascos, a punto de ser molido a culatazos. Todo lo que me rodea, el pilar, la recurva, el cercano castillo, los caminos, está ahora ocupado por sus sombras, que llegan al pueblo custodiados desde los campos. Los conducen al templo, un corazón que late al revés, absorbiendo los fluidos, y que ya solo bombeará una vez más.

En la calle del Duque la gente me mira al pasar. Saludo con la cabeza mientras siento sus ojos en mi espalda. En las rejas hay ya banderolas y estandartes. Todo está dispuesto para el Jubileo. En el que fuera el Rincón de la Cruz, una plazuela en la parte baja de la calle, ondea nuestra bandera sobre la columna de granito. Imagino los cantos de los zapateros, sentados en los escalones en pendiente. Rodeados de piezas de cuero y leznas que afilan en la piedra de molino que se levanta tras la columna.

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Rincón de la Cruz

Me apeo en la plaza de España, donde algunos conocidos toman un aperitivo en los veladores. Noto que también ellos me siguen con sus ojos cuando desmonto y apersogo a Bird en la reja de la iglesia. Podría entrar en el templo a la carrera, escabullirme, pero prefiero detenerme delante de la portada y dedicarle una mirada al san Bartolomé que la corona. Lleva su cuchillos en alto, pisa a Belial. Sus imágenes, nuestras armas.

Me siento en el último banco para poder contemplar la nave, los altares barrocos, las pilas de agua bendita como conchas invertidas. Cualquiera de los ruidos procedentes del pueblo se mantiene aquí suspendido y si alguno entra por la puerta abierta queda al momento recogido en el cortavientos de madera oscura. A mis pies está el reclinatorio del banco anterior. Debería arrodillarme sobre él, guardar mi cabeza entre las manos y pedir perdón. No a este Dios indolente que me mira sino a ellos. Pero ellos no están. Sólo él, Leva, viejo elefante. Y a él me agarro en silencio, despedazada, sola con él.

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Plaza de España y torre de la iglesia

Poco después de que el capitán y sus acompañantes hayan abandonado esta nave, llega el primer camión. Un vehículo con caja de madera cuyas ruedas, de caucho macizo , están montadas sobre llantas de radios fundidos. Han dispuesto sacos terreros y tablas en los escalones de la portada lateral que da a la Corredera para formar una rampa y poder así meter el vehículo hasta la misma entrada. Luego en una maniobra abrupta, reculan el camión y lo suben sobre la tosca pendiente. Crujen las maderas y se prensan los sacos bajo ellas. Al camión le cuesta encarar el primer tramo y tienen que meter más tablas y nuevos sacos para hacer más suave el arranque de la rampa. Por fin, cuando tienen el camión empotrado en la portada, los soldados de dentro abren las hojas y, por primera vez en muchas horas, los cautivos reciben el aire de la calle. Se forma un revuelo al ver allí, apretada, la caja del camión. Por encima de ella ven el cielo oscurecido, cargado de estrellas parpadeantes.

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Fachada de la iglesia parroquial

Con la salida bien taponada, abren los cierres y dejan caer la portezuela, que, además bloquea el único posible escape: entre las ruedas. El sargento empieza a dar órdenes y los soldados van separando a un primer grupo de cautivos, el más cercano a la puerta, para que suban al camión. Lo hacen contando cabezas y cortan allí donde se termina el cupo que les han ordenado por cada viaje. Las mujeres aúpan a los niños, que, liberados, corretean mientras tienen espacio y dan patadas a las tablas que suenan como un escenario. Luego, ante la mirada de los soldados, ayudan a los ancianos a subir.

Cuando el camión está lleno, dos soldados suben la puerta, ajustan los cierres y palmean la caja. El motor arranca y una nube de humo negro es expulsada hacia el interior del templo. Todavía tarda unos segundos el camión en ponerse en marcha, metiendo, a base de acelerones, más humo en la nave. Tienen que dejar las puertas abiertas durante un buen rato para que el aire vuelva a ser respirable.

Jesús Carrasco: La tierra que pisamos

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