Paseo del Prado

Repaso del Prado 1

REPASO DEL PRADO

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid


IMÁGENES (foto jjferia):

Paseo y museo del Prado, museo Botánico, fuente de Cibeles, Apolo y Neptuno

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REPASO DEL PRADO  

Es constante este repaso del Paseo del Prado, y siempre se encuentran en él nuevas realidades, nuevas fantasías y nuevos misterios.
Hoy me he dado cuenta de que la fuente que preside Apolo tiene un movimiento de ruleta —la ruleta del tiempo— y que las simbólicas figurar que lo rodean en el primer escalón de su alto pedestal, representando las estaciones, giran en lento corro y pasa a primer término la estación que está vigente en cada tiempo.
Se ve y no se ve esa movilización que, desde luego, no es fotografiable, pero la verdad es que la temporada de invierno esa figura entrapajada y embufandada que se inclina sobre un brasero, y que suele estar escondida detrás de Apolo durante la primavera y el verano, está en primer tiempo los días de frío.

Repaso del Prado 3
Paseo del Prado: Fuente de Apolo sobre su alto pedestal rodeado por las cuatro estaciones (foto jjferia).

Es muy respetable ese monumento en el que se fraguan las estaciones madrileñas. Todo depende de él y de las gracias temporales que se le antojen al bello dios, al que sólo le queda esa jurisdicción en Madrid y sus alrededores.
Si Apolo está alegre, adelanta la primavera; pero si le da por ponerse preocupado y melancólico, se alarga el invierno.El aterido personaje del coro simbólico no es visible al frente, porque si se viese el juego de giróscopo a que obedece se le apedrearía cuando parece que va a llegar el buen tiempo y no llega.
El secreto del monumento para su impunidad está en su inmovilidad, pero yo sé lo que allí arriba se pesca y se trama.
La impasibilidad de las estatuas es así, muy pasible por dentro y muy insensible por fuera.
Siempre que paséis por delante de ese monumento debéis saber que allí está la girándula de la diversidad temperamental del tiempo.
¡Cuántas veces le he rogado benevolencia al pasar frente a él los días bajo cero y le he sugerido confidencialmente! : «¿Pero no ves que estando desnudo como estás estarías aliviado con el buen tiempo?» Pero nada, pues parece que le exacerba más el estar en cueros.
La bella fuente con carácter termométrico y augurativo será siempre conmovedora letra confidencial en el repaso invernal del Prado.

Repaso del Prado 4
Paseo del Prado: Fuente de Neptuno en la plaza de Cánovas del Castillo junto al Museo Thyssen-Bornemisza (foto jjferia).

Neptuno, que viene después, es un elemento exótico y paradójico, pues en la alta meseta no tiene nada que hacer el Rey del Mar. Quizá por eso lo tomamos siempre a broma, aunque nos hace pensar en los langostinos y las sardinas, en contraste de meú rico con menú pobre, encontrando que su tridente debía ser de plata, como son los tenedores del pescado. ¡Mucho dios de los mares para tan poco río! La profunda lección del Prado comienza a continuación, bajo los grandes árboles de cuadro hiperbóreo de Museo. Las cuatro fuentes que vienen después ponen entreacto bautismal de invierno en el trayecto y reúnen el recuerdo de parques y jardines, viendo escapar al ciervo calle de Espalter arriba.

Repaso del Prado 5
Puerta Real del Jardín Botánico de Madrid, obra de Sabatini (foto jjferia).

Los pasos se enturbian en esa plazoleta húmeda; pero como la lección renovada del Prado está en la última parte, hay que desenredarse de ese laberinto de fuentes y charcos y comenzar el enverjado del Botánico.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963):  Nostalgias de Madrid

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Calle Montera

Calle de la Montera. Madrid

LA CALLE DE LA MONTERA

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid


IMÁGENES (foto jjferia):

Calle de la Montera y Puerta del Sol de Madrid

Existe un axioma en Madrid que dice de este modo: Si quieres encontrarte con alguien de tu pueblo, pasa por la calle de la montera. La calle de la Montera es en efecto, una calle donde están a todas las horas del día todos los forasteros que llegan a Madrid, no podemos dudar de esto y nosotros, que nos hemos comprado cuellos y puños, cuando éramos estudiantes, en esta calle tan simpática, tan pintoresca, la tenemos un vago, íntimo cariño… AZORÍN: La calle de la Montera (ESPAÑA).

LA CALLE DE LA MONTERA

¡Es mucha calle, señor, la calle de la Montera!
Narciso Serra

Esta calle de sube y baja es la rampa ideal.
Lo portentoso es como en Madrid todo recobra su personalidad y la calle malherida vuelve a ser lo que fue y juega  a los caballitos con largas bridas de cintas de corsé bajando la cuesta en trineo.
Siempre respira en ella la anécdota de la hermosa viuda del montero mayor del rey Felipe III, que coqueteó de lo lindo en la procesión de la calle, suscitando lances de muerte hasta que la Inquisición tomó medidas drásticas, haciéndole tomar las de Villadiego.
La montera mayor, que dio nombre a la calle, ya ha desaparecido, pero su sombra o la sombra de otras que se ponen el mundo por montera aprovecha la noche para reaparecer.
Calle femenina desde su bautizo, está llena de coquetería y el Caballero de Gracia fue su cabecera —la Red se San Luis— y en la caída de su falda, donde cometió los pecados que le hicieron arrepentirse, convertirse en santo y crear un oratorio en sus cercanías.
Es la calle que, con apariencia de inocente carillena que va a su avío, envuelve en amores, seduciones y reojos al transeunte, que también se hace el palomo al transitarla.
En su brevedad está está la escala de todas las posibilidades y su mantón se enreda cinco veces en el botón de la bocamanga del caballero.
Es curioso cómo el símbolo del recuerdo vital es la subida de una cuesta, cada día más aclarotoria para mí: la subida de la calle Montera.
Siempre di importancia a esa calle graciosa, que es como una escalinata corta hacia caminos más amplios y calles más largas, naciendo y muriendo, más que en su fondo —en la arañesca Red de San Luis—, en su desembocadura de la Puerta del Sol.
Azorín, que siempre tuvo la querencia de lo vital, procuró durante muchos años citarla en sus andanzas con su notarial «paso por la calle de la Montera», «al subir la calle de la Montera», «bajando la calle de la Montera».
En mi recuerdo de la vida, es en ella donde encontré el monumento de los pasos reales, bordeada de mercancías, tiendas para disculpar un somero mirar en la ascensión o en el descenso.
En la Calle de la Montera están los escaparates que nos miran, que nos quieren retener, impidiéndolo el cómo empujan los que vienen detrás, aunque den bien el rodeo ceñido alrededor de los que se han parado un momento.
Como es difícil retener a los que se resbalan patinando por la cuesta, recuerdo a un zapatero que para parar a ese mundo deslizante había inventado un zapato de muestra que tenía entreabierta la doble suela y mostraba un retrato rodeado de brillantes,!la más pedestre de las miniaturas!
Calle de ir a desembocar, se transita como el hall de un cinematógrafo, sin prisa esperando el desahogarse en la Puerta del Sol.
En la cuesta arriba es ya la subida de escalera para penetrar en el hogar, y antaño eran muchos los que por cinco céntimos tomaban un tranvía sólo para remontarla, como quien toma un ascensor rampante.
Calle sonriente, nos sonríen al pasar fotografías de niños, ferreterías, corsés y hasta alegres dentaduras postizas.
Un adorno, un aplique bordado en oro, unos pendientes baratos y rutilantes están en la calle de la Montera.
—Vete a la calle de la Montera y lo encontrarás.
—Lo compré en la calle de la Montera.
En sus transcurso se piensan mejor las cosas, y a la que no se veía hace tiempo, allí se encuentra.
—La volví a ver en la calle de la Montera.
Calle que excita a la golosinería., tuvo siempre algo de ambigú de paso para tomarse unos dulces o unos pasteles.
Un día le oí a Ortega que tuvo una parienta que nunca salió de la calle de la Montera y vivió los dos ochos, la cifra ideal de un viviente alerta, sin la decadencia absoluta de la senectud que viene después de los ochenta años.
Envidié y admiré a aquella señora que puso la jaula al balcón de la calle que vive más lejana a la muerte y al profesionalismo mortal, alegre,de paseo grecorromano o fenicio, pero sólo paseo en tránsito descubriendo lo que de vacación tiene cada hora.
En el momento del resumen me he preguntado: ¿No es bastante haber pasado y repasado la calle que mira más al cielo y ver desde su costanilla lo alto de los tejados y el inútil remolino del ágora de la Puerta del Sol?
Véase como, después de todo, en lo que ha consistido la vida es en haber aprovechado bien el sube y baja por la cuesta de una calle clarividente y corta. Al llegar al abanico de la esquina de la Puerta del Sol, volverse a casa.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963): Nostalgias de Madrid

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Tertulia del café Pombo con Ramón Gómez de la Serna en el centro (José Gutiérrez-Solan: Museo Nacional Centro de Arte “Reina Sofía”)

Plaza de Santa Ana

Monumento a Federico García Lorca

LA PLAZA DE SANTA ANA

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid


IMÁGENES (foto jjferia):

Plaza de Santa Ana de Madrid con los monumentos a Calderón de la Barca y García Lorca, teatro Español y hotel Reina Victoria

PLAZA DE SANTA ANA

Esta plaza, a la que el madrileño llama sencillamente Santana, es una aurícula del corazón de Madrid.
Cuando yo vuelva pienso ampararme en la acera de sol, entre Santa Cruz y Príncipe, y ya no saldré de ella en el resto de mis días.
El invierno se mete en sus invernaderos de cristal, en que se come y bebe ―como sea día de sol sale al jardín—, pero en cuanto se inicia la primavera hace vida al aire libre día y noche.
La camiseta o la camisa de cada día se teje en la plaza de Santa Ana.
Sus mejores horas son veraniegas, y la mejor, esa en que el reloj de la una marca las dos.
Cerrada como una plaza de toros por sus balaustres de hierro, está toda llena de trincheras en que atrincherarse, pero todas las carreras y las trincheras las saltan los limosneros.
Plaza de coronas de laurel ―incluidas las del teatro Español―, es sitio para que sientan los hombres de talento.
Piscina de cerveza ―se puede bañar en ella el que quiera―, allí se estacionan los hombres silenciosos y a los que se le fue la mujer, y los ruidosos gamberros que saben beber sin morir.
Por allí acude aún la sombra de los hombres del Siglo de Oro y la de los románticos. Al que más se ve pasar por aquí es a Cadalso, el de las Noches lúgubres, que tenía guardada a su rubia amada y cuando se le murió la enterró en San Sebastián y no paró hasta que la hubo desentaerrado para volverla a ver.
«Pasean todo el día la plazuela de Santa Ana ―dice una pluma del pasado siglo― los innumerables representantes de la legua que vienen en la Cuaresma a hacer oposición a las plazas de los farsantes.»
En esa revuelta que da nuestra predilecta plaza hacia la del Ángel es por donde se le escapa la respiración y el agua del río de sus cangrejos.
El vendedor de mojama, huevos duros y otras futesillas se acerca como jugando al toro con sus grandes centollas, y con la navaja más afilada del mundo os cortará ese pedazo de mojama que es como un resumen del mar y de la tierra, en que la cecina se une a  la ballena.
―¡Lo que más alimenta! ―os dice el vendedor, y os sobra un ojo de la cara. Pero ya tenéis contera, para vuestro vivir, por unos días.
Llena de cogollos de conventos que fueron abatidos, le queda algo de claustro, y sus árboles conservan sosiego de jardín de las monjas.
Toda noticia se sabe en la plaza de Santa Ana antes que en ningún otro sitio, gracias a unas ondas que posee desde muy antiguo, y allí se encuentra al amigo que no se veía hacía cuarenta y dos años.
Es rica en jabones, camisetas, café y otras especias, pudiendo encontrarse en sus librerías los libros más serios y seguros que figuran en los catálogos.
Su mañana es también feliz como su noche, y allí se orienta el hombre que ha amanecido optimista y que compra en su estanco un puro con anilla, que según donde apunte en el manipuleo de reconocerle, por allí habrá de tirar, logrando la dicha del medio día, que para la de la tarde, Dios dirá.
Una mirada al teatro Español y a su contaduría llena de la palpitación teatral del día, ya con las entradas a la venta y dobladilladas las que esperan que saben que tienen su butaca en contaduría.
El sitio ideal para la decisión o para la meditación del transeúnte está en esa esquina entre la vida y el teatro, entre el bajar y el subir, entre el irse por la derecha o por la izquierda.
A la tarde se refugian en la recoleta plaza los que quieren recapacitar, los que quieren contemplar la gloria de vivir y ver los toros desde la barrera, sin mezclarse demasiado en los embates del negocio, de la literatura o de la política.
Es su hora neutral, repositoria, con resguardado atardecer. No hay que ir ni más allá ni más acá. Allí está el reposo equidistante.
¿Oír una conferencia? Mejor no oírla. ¿Ir a comprar algo? Mejor no ir. ¿Entrar en la correntada de las Grandes Vías? Mejor no moverse.
―¿Dónde vas? ―pregunta alguien al tránsfuga de la plaza.
―Voy…
―Quédate.
―Pues me quedo.
Constantemente salen de la plaza avisos de no ir como si corriesen en todas direcciones botones sueltos y raudos.

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid

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Estatuas del Retiro

Monumento al poeta Ramón de Campoamor

SOMBRAS VIVAS

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid


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Monumentos a Ramón y Cajal, Campoamor y Pérez Galdós en El Retiro de Madrid, a Menéndez y Pelayo en la Biblioteca Nacional

SOMBRAS VIVAS

En mis recuerdos se empalman dos sombras que pasan, que sólo puedo describir de paso, pero que aún así tienen carácter.
Una es la sombra de Menéndez Pelayo, y otra, la de Ramón y Cajal.
Alcancé a verlas un momento, pero los trazos son precisos, vivientes, indelebles. Menéndez y Pelayo está solo en el Café de Fornos. Quiere estar entre mucha gente, pero sólo bebiéndose lentamente su copita de anís.
Menéndez y Pelayo gustaba del anonimato, como si la popularidad le pudiese robar la memoria y la agudeza de juicio. Él solo y envuelto en su capa no se iba a robar a sí mismo.
Con su hongo y arrastrando la pañosa seguía las aceras del atardecer, y alguna vez le veía entrar en el bar del mostrador reluciente y tomarse su copa de licor blanco como si fuese esencia reavivadora de sus anotaciones cerebrales, mineral para el quinqué.
Iba lento, distraído, como haciendo algo por la vida para romper la paralización de estar sentado siempre en su despacho. Era la higienización del grande hombre, del Beethoven de las citas armonizadas, desarrolladas en amplia sonata.
Su pareja, por otro camino y otra soledad, era don Santiago Ramón y Cajal.
Le recuerdo después que a don Marcelino, cuando yo iba a salir de la adolescencia y era amigo del hijo mayor de don Santiago, un hijo que años después iba a malograrse muriendo en plena juventud.

[…]

Después sólo le vi de paso, sentado en el Café del Prado, meditativo y tranquilo como si sólo observase tazas, vasos y la humanidad fortuita de parejas de broce, que eran los parroquianos de aquel café.
Su presencia real era breve, silenciosa, con unas palabras de amansamamiento del mozo al que le regalaba el autógrafo de su viva voz; pero su presencia ideal era constante, pues la propalaba todo el café musitando al oído del que llegaba: «Aquí viene todos los días don Santiago Ramón y Cajal.»
Era su última huida hacia el descanso de todo en el refectorio medio claustral del café, su pausa higiénica recordando los mejores días del Café Suizo, donde tuvo su importante tertulia y donde nacieron sus Charlas de Café.
No  estaba conforme el gran histólogo con su inmortalidad en vida, y cuando salía de su laboratorio en la casa anexa al museo Antropológico, cruzaba —yo le veía desde dentro del Retiro— toda la calle de Alfonso XII, bordeando la verja del parque madrileño, proyectándose como un personaje de aquellas películas con parpadeo —barrote tras barrote—; huyente, torcida la barba por el viento, mirando de reojo al jardín, porque desde que inauguraron el monumento a su gloria allí dentro, no quería entrar, temía verse desnudo como Neptuno en medio de las aguas, tal como le había esculpido Victorio Macho, y achacaba sus neuralgias, su frío, sus tensión, a su monumento inmortalizador.
Así como Galdós iba a sentarse junto a su monumento —erigido un poco más al fondo que el de don Santiago— y cuando estuvo absolutamente ciego lo tactaba para verlo, Ramón y Cajal lo huía quizá por como estaba de corto en medio de un estanque, mientras don Benito estaba con gabán, bufanda y una gran manta a los pies, muy repantingado en cómodo sillón.

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid

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Rincón de Cuchilleros

LA RINCONADA DE CUCHILLEROS

Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid


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Plaza Mayor de Madrid, Arco y rinconada de la calle de Cuchilleros, Mercado de San Miguel y Restaurante Botín

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LA RINCONADA DE CUCHILLEROS

Allí es antiguo y nuevo el día. En esa calle-recodo está al socaire —más al socaire que en ningún lado— la realidad pacífica de Madrid.
Por eso es tan grato comer allí, porque se come uno el recental día hispánico en su concentración tierna y actual.
Yo he ido a pasar allí muchos días, y mi más vivo recuerdo de periodista, cuando sentí, quizá por primera vez, que iba arraigando en mi pueblo, fue hace treinta y cinco años, cuando al entrar en una de las cuchillerías a comprar una navajita, vi un artículo mío publicado en un periódico de la mañana de aquellas fechas, colocado en un cuadro con marco y cristal.
No me reconoció el tendero, ni me di yo a conocer; pero me impresionó mucho el rasgo comprensivo del comerciante, pues por aquel entonces mi literatura era difícil, y en aquel artículo me atrevía a decir muchas cosas, suponiendo que en esas relucientes y puntiagudas cuchillerías se vendía el cuchillo para matar a la suegra, el cuchillo peligroso del jamonero y desde la navaja para la liga a la navaja con inscripciones de la que Dios nos salve.
A esa rinconada de Cuchilleros se va a parar como al rincón del idilio, a pie y tente tieso, como si quisiéramos adunarnos para sentir mejor y con sosiego la importancia del Madrid erigido más arriba.
Hay que saber estos itinerarios, un poco resobados, para comprender y sobrellevar la errante peregrinación a que la corte excita.
La Plaza Mayor es muy fuerte y hay que buscarle derivaciones y burladeros, saber escapar a su exigente luz, arrinconándonos un poco. Así podríamos estacionarnos también en la Calle de Ciudad Rodrigo, la calle de los escabecheros, donde oliendo a escabeche se podrían pasas unos días sin probar bocado.
La necesidad del callejón es emperatriz en la ciudad de la alta y deslumbrante claraboya. Necesitamos el callejón como la curva marginal de la vida en que caminar escondidos. ¿Quizá una herencia arábiga nos empuja hacia los callejones?
El caso es que, muy sensibles a la luz y a su publicidad, necesitamos muchas veces el callejón o el chaflán a espaldas de los altos muros.
Cuchilleros es la calle ideal para la evasión o para dar esquinazo a las jirafas que nos vienen persiguiendo.
Carros, diligencias, camiones, burros que necesitan descargar sus serones, jaulas de pollería, toda una circulación que precisa descanso o punto de partida y de llegada, allí acampa.
Estamos en la primera falda de la ciudad, en su valle oculto con resguardo de biombos, en un embruce de sus camiones en la cruz del elegir la segunda parte de las exploraciones.
Sabemos lo que hacemos cuando hemos llegado a Cuchilleros, a la sombra y desparramiento del mercado de San Miguel, de donde llega paja de embalaje y algunos tronchos de verdura.
La realidad de Madrid está allí, en su reposorio esquinado, palpable, mirable, aconsejadora.
Nos abastecemos de bastimentos para la observación, emancipándonos de personalismo madrileño, dispuestos a  salir a Puerta Cerrada, saludando a la Cruz Blanca, y torciendo otra vez hacia el centro por la curva de otras queridas y necesarias calles.
Cuchilleros nos ha afianzado en el abrazo con ese eterno paseo de novios que es pasear por Madrid. En la misma noche sentimos la querencia, y entonces buscamos a Cuchilleros como una recepción de candiles.
Corroboramos, bajo los faroles, lo que vimos bajo la luz del día y nos metemos en su comedor para cerciorarnos bien de todo lo visto.
Pálidos cochinillos, guardados en fría habitación de azulejos, nos esperan satisfechos de su muerte, llena de inocencia.
El valdepeñas, disolvente de grasa y besuguerías, llena la jarra.
Estamos al margen de la ciudad, en su reverso, para que recapacitemos en ella, para que tomemos pan de su historia reciente, y cuando estén hechos y pactados los resúmenes, salgamos otra vez a la calle y allí encontremos las vendedoras de décimos, que parecen llevar bajo la curva del delantal el heredero de la gran fortuna, mientras nos ofrecen una participación en la herencia.
Toreados por los décimos y alegres de haber salidos ilesos de la corrida del día, volvemos a desembocar hacia las calles planas, pues las escaleras se deben bajar, pero no se deben subir.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)Nostalgias de Madrid

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Arco de Cuchilleros.

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