Castillo de Cornatel

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CASTILLO DE CORNATEL

Enrique Gil y Carrasco: “El Señor de bembibre”


IMÁGENES: Castillo berciano de Cornatel (foto jjferia)

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Castillo de Cornatel (foto jjferia).

El castillo de Cornatel o Cornatelo parece imaginado para contrastar vivamente con el que acabamos de mencionar (el castillo de Bembibre). Siguiendo la orilla izquierda del Sil y atravesando los pueblos de Toral de Merayo, Villalibre, Priaranza y Santalla, el camino tuerce a la izquierda al llegar a éste y el viajero se despide de las frondosas riberas del río para entrar en una garganta angosta a cuya mitad se encuentra una miserable aldea llamada Río Ferreiros: Murmura un riachuelo en el fondo de estos barrancos y, por encima de las casas y como corona de una altura peñascosa, inacesible y tajada, asoma sobre el fondo del cielo un lienzo de muralla con almenas que, por de pronto, suspende y embaraza el ánimo.

Desde semejantes honduras no puede gozar la vista del espectáculo de aquel fuerte encubierto por los peñascos, pero a medida que se trepa por la agria cuesta en donde serpea el camino va cobrando formas regulares y, por último, presenta en los dos lienzos de mediodía y occidente dos líneas rectas, flanqueada la más larga por un torreón cuadrado que ocupa su centro. El que desde abajo veía en él un nido de aves de rapiña y no la morada de guerreros, califica su juicio de temerario y hasta penetrar en su recinto no se convence de que el primer pensamiento era el acertado.

Hase borrado todo camino y sólo escalando rocas y abriéndose paso por medio de matorrales puede tomarse la vuelta del castillo hasta dar con la entrada que está a la parte del norte. Aquí todo muda de aspecto como se cambia a la señal convenida una decoración teatral. Precipicios espantosos erizados de peñas negruzcas y de horrorosa profundidad defienden este costado y el de oriente, rematado por una aguda punta; y tal es la escarpa del terreno, que la fortificación pierde toda forma regular y se reduce a seguir las curvas y sinuosidades de aquellos derrumbaderos. Aún en varios parajes no más defensa que la natural y el único trabajo del ingeniero se redujo a establecer una línea de continuidad rellenando de muralla tal cual portillo que ofrecían las rocas y aislaba algunas partes del fuerte. Lo interior corresponde exactamente a este carácter salvaje y bravío y es de lo más rústico y tosco que puede figurarse nadie. […]

Quisimos asomarnos a la punta oriental del castillo, pero era imposible sostener la vista de aquel abismo que causaba un vértigo tremendo y sólo arrastrando pudimos sacar la cabeza y medir la extensión de aquel despeñadero fatal que, erizado de puntas y matas de encina, bajaba hasta la orilla del arroyo. A la izquierda y por la garganta que dejábamos recorrida, se divisaba un trozo pintoresco de las riberas del Sil, la mayor parte de las del Cúa, las Dehesas de Fuentes Nuevas y Camponaraya, los viñedos de Sorribas, el convento de Carracedo y, por último término, las montañas del Burbia medio borradas por la canícula.

A nuestra espalda los pueblos de Lago y Carucedo vislumbraban con sus tejados azules a las márgenes de aquel lago sosegado transparente y dormido, por cuyas aguas no se deslizaba ningún barquichuelo, ni descurría la más ligera brisa que empañase aquel espejo en que los cielos serenos y diáfanos se miraban. ¡Contraste peregrino y que más de una vez debió elevar las almas de los soldados del Temple que, semejantes a las águilas, se anidaban en aquellas alturas, como ahora elevaba la nuestra! ¡Escenas elocuentes adornadas de una tristeza santa y augusta en que la aridez de lo presente se reverdece con las aguas  de la esperanza, a la manera que los lagos, ríos y praderas del Bierzo vistos en lontananza deliciosa, templaban las agrestes y sombrías escabrosidades de Cornatel! […]

Enrique Gil y Carrasco: Cornatel (Viaje a una provincia del interior)

Lago de Carucedo (foto jjferia)

CASTILLO DE CORNATEL

Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.

Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.

Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las cosas de aquella orden. […]

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Castillo de Cornatel (foto jjferia)

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

-¿De dónde bueno tan temprano? -le dijo abrazándole estrechamente.

-De mi castillo de Bembibre -respondió el caballero. […]

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Castillo de Cornatel (foto jjferia)

Quedáronse entonces entrambos en silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Berdigum, y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los encarnados picachos de las Médulas.

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Castillo de Cornatel

Saldaña tenía clavados los ojos en el lago, mientras don Álvaro, siguiendo con la vista las orillas del Cúa, procuraba en vano descubrir el monasterio de Villabuena oculto por un recodo de los montes.

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846): El Señor de Bembibre

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Castillo de Tordehumos

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SITIO DE TORDEHUMOS

Enrique Gil y Carrasco: El Señor de Bembibre


IMÁGENES (foto jjferia):

Tordehumos, cerro y restos de la muralla; castillos de Urueña, Tiedra y Torrelobatón en la provincia de Valladolid

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El castillo de Tordehumos es el escenario de este capítulo de «El Señor de Bembibre». Nada se conserva de la construcción medieval, definitivamente arrasada en la Guerra de las Comunidades. Una pelada meseta corona un montículo con escasos retazos de la cerca. Es lo único que queda del imponente castillo, que en la Edad Media sirvió de atalaya desde la que comunicarse con otras fortalezas a través de señales de humo de día y fuegos de noche: Era el “Otero de los Humos” que, según cuentan, dio nombre al pueblo. Un villorrio agonizante y en lastimera decrepitud se extiende al pie del cerro. Hoy intenta atraer a los pocos viajeros que se pierden por allí con el pretencioso señuelo de ser “El Mirador de Tierra de Campos”.  Con otros castillos vallisoletanos (Urueña, Tiedra, Torrelobatón…) formaba parte de la línea defensiva castellana frente al reino de León, a la sazón en continuas disputas fronterizas, que se trataron de zanjar con la firma del Tratado de Tordehumos entre ambos reinos.

El Señor de Bembibre es una novela que se desarrolla en los primeros años del siglo XIV en torno a la comarca de El Bierzo, pero el autor sitúa los capítulos XIV, XV, XX y XXI en el castillo de Tordehumos emplazado en un teso u otero desde donde se domina la llanura castellano-leonesa de Campos.

Ante la inminente partida de Don Álvaro, Señor de Bembibre, el abad de Carracedo promete que va a proteger a Beatriz contra un matrimonio impuesto en contra de su voluntad. Don Álvaro marcha a combatir en el asedio al castillo de Tordehumos al lado del rey Fernando IV contra el turbulento Núñez de Lara. En la despedida, Beatriz le da dos prendas, una trenza y una sortija. El enamorado caballero promete que las prendas les serán devueltas en caso de que muera en la batalla. Don Álvaro fue herido y capturado junto con su criado Millán en el castillo de Tordehumos. Juan Núñez de Lara procura que el Señor de Bembibre reciba una pócima que produce el efecto de estar muerto. Así lo cree Millán que regresa a El Bierzo para informar a todos y devolverle las prendas a Beatriz. Ella, ante la fatídica noticia y obligada por las circunstancias, consiente en casarse con el malvado Conde de Lemus. Sin embargo todo ha sido una artimaña. Don Álvaro se recuperará.

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Vista general de Torrelobatón con la Iglesia y el castillo (foto jjferia).

CAPÍTULO XIV

Volvamos ahora a don Álvaro, que bien ajeno de semejantes sucesos, había llegado a Tordehumos con la hueste del rey. Este pueblo, que don Juan Núñez había provisto y reparado con la mayor diligencia, está en la pendiente de una colina dominada por un castillo, y no lejos pasa el río llamado Rioseco. La posición es buena; las murallas estaban entonces en el mejor estado; la guarnición era valerosa y suficiente y su jefe diestro, experimentado y valiente. Ya en otro tiempo le había sitiado el rey en Aranda, de donde se salió a despecho de su cólera, y esta memoria le daba aliento para desafiarle desde Tordehumos, lugar más acomodado a la defensa. Tenía además la fundada esperanza de que nunca llegarían a estrecharle hasta el extremo, porque conservaba en el campo enemigo inteligencias y valimiento de que fiaba, no menos que de su valor, el éxito de la empresa. El infante don Juan, aunque servía bajo las banderas de su sobrino, no por eso había desatado los antiguos vínculos de amistad que le unían con el de Lara, antes entre sus enemigos era donde pensaba servirle mejor, ruin manejo que sólo cabía en la doblez de aquel alma villana. Hernán Ruiz de Saldaña, Pero Ponce de León y algunos otros principales señores también estaban en el plan, si bien no encubrían sus pensamientos ni conducta bajo el manto de celo hipócrita por los intereses del rey en que se cobijaba el infante don Juan. Así es que el cerco, emprendido con gran calor, iba aflojándose y entibiándose de día en día con gran pesadumbre del rey, que no tardó mucho en caer en la cuenta de su daño.

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Vista deTordehumos con la fortaleza al fondo (foto jjferia).

Comoquiera, los caballeros más afectos a su persona, o más leales, no dejaban de pelear con ardor en las frecuentes salidas que hacían los sitiados, y don Álvaro, que por su aislamiento ignoraba parte de estas tramas, y que por la rectitud de sus sentimientos era incapaz de entrar en ellas, andaba entre los que más se distinguían. Sucedió, pues, que una noche, saliendo los cercados con gran sigilo, dieron impensadamente sobre el real enemigo cuya mayor parte estaba descuidado, cayendo con más furia sobre el ala del señor de Bembibre y demás caballeros fieles al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir de las precauciones y vigilancia propias de la guerra, salió al punto con la mitad de su prevenida gente a rechazar la imprevista embestida, enviando aviso inmediatamente al cuartel del rey para que le sostuviesen en el ataque que emprendía. En el desorden introducido y en la dañada intención del infante consistió sin duda que el refuerzo pedido no llegase. La noche estaba muy oscura, los enemigos se aumentaban sin cesar, los gritos de rabia, de temor y de dolor se mezclaban con las órdenes de los cabos; las armas y escudos despedían chispas en la oscuridad con el incesante martilleo, y la escena llegó a hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin, los enemigos empezaron a extenderse por las alas del reducido y abandonado escuadrón, y don Álvaro estrechado entonces, comenzó a retirarse ordenadamente resistiendo con su acostumbrado valor el empuje contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza, con lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo que, herido también hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para ayudar a su jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del caído caballero, pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos para arrancarle del poder de los enemigos; pero el número de éstos era ya tan grande y el aliento que recibían de don Juan Núñez, que mandaba en persona esta encamisada, tal que por último, ensangrentados y rotos, hubieron de tomar la huida dejándolo en sus manos. Lara que lo reconoció y que ya de antemano le estimaba, hizo vendar sus heridas y trasportarle con gran cuidado a su castillo. Por último, como los refuerzos del rey iban llegando, él mismo se retiró en buen orden sin experimentar daño ni escarmiento. Sus soldados, alegres con el botín recogido, dieron también la vuelta muy animosos, formando vivo contraste con las tropas del rey, mustios y descontentos de lo que había pasado.

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Cerro del castillo de Tordehumos sobresalendo entre cereales (foto jjferia).

El fiel Millán, que había peleado como correspondía al lado de su amo en aquella noche fatal, separado de él por el tropel de los fugitivos en el momento crítico, por la mañana muy temprano se presentó a las puertas de Tordehumos, pidiendo que le tomasen por prisionero con su amo, de quien venía a cuidar durante sus heridas. Lara mandó recibirle al punto, y llamándole a su presencia le alabó mucho su fidelidad y le regaló una cadena de plata encargándole encarecidamente la asistencia de un caballero tan cumplido como su amo. Por lo que hace a la mesnada de éste, reducida casi a la mitad por la tremenda refriega de la noche, y heridos la mayor parte de los que sobrevivieron, se reunieron bajo el mando de Melchor Robledo y se pusieron a retaguardia del campo para curarse y restablecerse lo posible.

El rey, por su parte, aunque don Álvaro no fuese muy de su devoción por su alianza con los templarios, no por eso dejó de sentir su prisión y heridas, porque sobrado conocía que una lanza tan buena y un corazón tan noble le hacían infinita falta en medio de las voluntades, cuando menos tibias, que le rodeaban.

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Panorámica de Tordehumos desde el cerro del castillo (foto jjferia).

Don Álvaro tardó bastantes horas en volver a su conocimiento por el aturdimiento de su caída y por la mucha sangre que con sus heridas había perdido. Lo primero que vieron sus ojos al abrirse fue a su fiel Millán que, de pie al lado de su cama, estaba observando con particular solicitud todos sus movimientos. A los pies estaba también en pie un caballero de aspecto noble, aunque algo ceñudo habitualmente, cubierto con una rica armadura azul, llena de perfiles y dibujos de oro de exquisito trabajo. Finalmente, a la cabecera se descubría un personaje de ruin aspecto, con ropa talar oscura y una especie de turbante o tocado blanco en la cabeza. El caballero era don Juan Núñez de Lara, y el otro sujeto el rabino Ben Simuel, su físico, hombre muy versado en los secretos de las ciencias naturales y a quien el vulgo ponía, por lo tanto, sus ribetes de nigromante y hechicero. Su raza y creencia le hacían odioso, y su exterior tampoco era a propósito para granjearse el cariño de nadie.

Don Álvaro extendió sus miradas alrededor, y encontrando las paredes de un aposento en lugar de los lienzos y colgaduras de su tienda, y aquellas personas para él desconocidas, comprendió cuál era su suerte y no pudo reprimir un suspiro. Lara se acercó entonces a él y tomándole la mano le aseguró que no estaba sino en poder de un caballero que admiraba su valor y sus prendas; que se sosegase y cobrase ánimo para sanar en breve de sus heridas que, aunque graves, daban esperanza de curación no muy lejana.

-Finalmente -añadió apretándole la mano-, no veáis en don Juan Núñez de Lara vuestro carcelero, sino vuestro enfermero, servidor y amigo.

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Camino de Urueña y vista de las murallas (foto jjferia).

Don Álvaro quiso responder, pero Ben Simuel se opuso encargándole mucho el silencio y el reposo, y haciéndole beber una poción calmante, se salió con don Juan de la habitación dejando al herido caballero en compañía de Millán. En cuanto se fueron, don Álvaro le preguntó con voz muy débil:

-¿Me oyes, Millán?

-Sí, señor -respondió éste, ¿qué me queréis?

-Si muero, toma de mi dedo él anillo, y del lado izquierdo de mi coraza la trenza que me dio doña Beatriz aquella noche fatal, y se la llevarás de mi parte diciéndola… no, nada le digas.

-Está bien, señor, si Dios os llama así se hará como decís, pero por ahora sosegaos y mirad por vos.

Don Álvaro procuró descansar, pero a pesar de la medicina sólo logró algún reposo interrumpido y desigual; tales eran los dolores que sus heridas le causaban.

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846): El Señor de Bembibre

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Castillo de Tiedra desde la ermita de Tiedra Vieja (foto jjferia).

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El Bierzo

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  • TEXTO: Cápitulo X, fragmentos (Enrique Gil y Carrasco: El señor de Bembibre).
  • IMÁGENES: Castillo templario de Ponferrada y de Cornatel, lago de Carucedo,  Las Médulas, Puente sobre el Cúa en Cacabelos, Panorámica del Bierzo desde el castro de la Ventosa, monumento al señor de Bembibre y Monasterio de Carracedelo  (foto jjferia).

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Aunque desde cualquiera parte de su falda que se mire esta extraña colina [castro de Bergidum, de donde procede el topónimo Bierzo], al punto se conoce su hermosa situación, pues en el corazón de un país rico y variado se dibuja sola y orgullosa sobre el fondo del cielo, todavía se experimentan al llegar a su cresta sensaciones tan nuevas como deliciosas. Era una tarde de julio cuando, en compañía de dos amigos de aquellos que sin duda por su precio concede tan escasamente el cielo, subimos a ella. Un viento fresco del poniente movía las vides sobre los escombros del templo de Baco, el cielo estaba claro y diáfano, sólo unas nubes de color de plomo con vivas franjas de púrpura servían de lecho al sol que se ponía. A nuestros pies teníamos la villa de Cacabelos, el Cúa, que corría por entre sotos y arboledas fresquísimas, y la grande y blanca mole del monasterio de Carracedo. Un poco más adelante, Ponferrada, cubierta en gran parte con su magnífico castillo de templarios, se extendía por un hermoso altozano y, muy cerca de ella, se alzaban iguales como dos gemelos los castros de Columbrianos y San Andrés, antiguos campos atrincherados de los mismos cuyo polvo removíamos a la sazón con nuestras plantas. A la derecha se desplegaba la cordillera altísima de la Aquiana; el Sil, centelleante como una serpiente de escamas de oro a los últimos resplandores del sol, se deslizaba besando su falda y, al paso en su orilla derecha, llana y sosegada, se esparcían las praderas de Villaverde y Dehesas. En la izquierda, ya más quebrada y pintoresca, veíase desembocar el río Oza por la vega de Toral de Merayo. Rimor enclavado en un angosto valle, Priaranza vistosamente asentado en la cuesta, el castillo de Cornatel semejante a un nido de águilas colgado sobre un horroroso precipicio y, por último término, las tajadas cárcavas y caprichosos picachos encendidos de Las Médulas que a lo lejos parecen vivas llamas sin cesar alimentadas por una mano invisible. A nuestra espalda, aunque más reducido, no era menos agradable el paisaje. La cuenca deleitosa de Vilela dilataba a orillas del Burbia sus huertas y prados, sus campos de trigo y sus castañales, y a su frente, en un recogido seno de los montes subía, en lucida y desordenada gradería con sus higuerales y vergeles, el pueblo de Corullón coronado por un antiguo y alto castillo. Describir ahora todos los accidentes, la diversidad de tonos y la variedad de contrastes de este riquísimo paisaje excedería los límites de un bosquejo: baste decir que el paisajista más exigente no tendría motivo para quedar descontento. La plataforma tendrá como dos mil varas de circunferencia. Su figura es ovalada más que redonda y desde ella se registra y domina todo el país. Enrique Gil y Carrasco: Viaje a una provincia del interior.

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Monumento al Señor de Bembibre, protagonista de la novela de Gil y Carrasco (foto jjferia).

EL SEÑOR DE BEMBIBRE: Capítulo X (fragmentos)

Don Álvaro salió de su castillo muy poco después de Martina, y encaminándose a Ponferrada subió el monte de Arenas, torció a la izquierda, cruzó el Boeza y sin entrar en la bailía tomó la vuelta de Cornatel. Caminaba orillas del Sil, ya entonces junto con el Boeza, y con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles que el viajero no se cansa de mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de infinitas aves. Ora atravesaba un soto de castaños y nogales, ora un linar cuyas azuladas flores semejaban la superficie de una laguna, ora praderas fresquísimas y de un verde delicioso, y de cuando en cuando solía encontrar un trozo de camino cubierto a manera de dosel con un rústico emparrado. Por la izquierda subían, en un declive manso a veces y a veces rápido, las montañas que forman la cordillera de la Aquiana con sus faldas cubiertas de viñedo, y por la derecha se dilataban hasta el río huertas y alamedas de gran frondosidad. Cruzaban los aires bandadas de palomas torcaces con vuelo veloz y sereno al mismo tiempo; las pomposas oropéndolas y los vistosos gayos revoloteaban entre los árboles, y pintados jilgueros y desvergonzados gorriones se columpiaban en las zarzas de los setos. Los ganados salían con sus cencerros, y un pastor jovencillo iba tocando en una flauta de corteza de castaño una tonada apacible y suave.

Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.

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Castillo de Cornatel sobre un escarpe rocoso, escenario del relato (foto jjferia).

Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.

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Claustro del Monasterio de Santa María de Carracedo Foto jjferia).

Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las cosas de aquella orden.

El comendador que, según su inveterada costumbre, estaba en pie al romper el día, viendo un caballero que subía la cuesta, y conociéndole cuando ya estuvo más cerca, salió a recibir con, un afecto casi paternal a tan ilustre huésped, mirado entre todos los templarios como el apoyo más fuerte de su orden en aquella tierra.

[…]

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Lago de Carucedo en la Comarca del Bierzo (foto jjferia)

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

-¿De dónde bueno tan temprano? -le dijo abrazándole estrechamente.

-De mi castillo de Bembibre -respondió el caballero.

[…]

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Minas romanas de oro de las Médulas desde el mirador de Orellán (foto jjferia).

Quedáronse entonces entrambos en silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Berdigum [Bergidum], y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los encarnados picachos de las Médulas.

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846): El señor de Bembibre

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Castillo templario de Ponferrada , donde se suele escenificar El señor de Bembibre (foto jjferia).

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