Pastrana

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PASTRANA

Camilo José Cela: «Viaje a La Alcarria»


Imágenes (foto jjferia):

Palacio ducal y fuente de los cuatro caños de Pastrana

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Placa conmemorativa del paso de Camilo J. Cela por Pastrana en su Viaje a La Alcarria (foto jjferia).

A la mañana siguiente, cuando el viajero se asomó a la plaza de la Hora, y entró, de verdad y para su uso, en Pastrana, la primera sensación que tuvo fue la de encontrarse en una ciudad medieval, en una gran ciudad medieval. La plaza de la Hora es una plaza cuadrada, grande, despejada, con mucho aire. Es también una plaza curiosa, una plaza con sólo tres fachadas, una plaza abierta a uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega, sobre una de las dos vegas del Arles. En la plaza de la Hora está el palacio de los duques, donde estuvo encerrada y donde murió la princesa de Éboli. El palacio da pena verlo. La fachada aún se conserva, más o menos, pero por dentro está hecho una ruina. En la habitación donde murió la Éboli — una celda con una artística reja, situada en la planta principal, en el ala derecha del edificio— sentó sus reales el Servicio Nacional del Trigo; en el suelo se ven montones de cereal y una báscula para pesar los sacos. La habitación tiene un friso de azulejos bellísimos, de históricos azulejos que vieron morir a la princesa, pero ya faltan muchos y cada día que pase faltarán más; los arrieros y los campesinos, en las largas esperas para presentar las declaraciones juradas, se entretienen en despegarlos con la navaja. En la habitación de al lado, que es inmensa y que coge toda la parte media de la fachada, se ven aún los restos de un noble artesonado que amenaza con venirse abajo de un día para otro.

En el patio cargan un carro de mula; unas gallinas pican la tierra y otras escarban en un montón de estiércol; dos niños juegan con unos palitos, y un perro está tumbado, con gesto aburrido, al sol.

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Plaza de las Horas con el Palacio Ducal al fondo (foto jjferia).

El viajero no sabe de quién será hoy este palacio —unos le dicen que de la familia de los duques, otros que del Estado, otros que de los jesuítas—, pero piensa que será de alguien que debe tener escasa simpatía por Pastrana, por el palacio, por la Éboli o por todos juntos.

En este palacio fue donde quiso hacer un museo de Pastrana el que fue párroco de la villa don Eustaquio García Merchante. Material para el museo había suficiente y, además, ya se seguiría buscando algún otro. La base del museo la formaría la famosa colección de tapices de Alfonso V de Portugal.

[…]

De la plaza de la Hora se sale por dos puertas. La de la izquierda, dando la espalda a la fachada del palacio, lleva al barrio morisco del Albaicín; la de la derecha, da paso al barrio cristiano de San Francisco.

El viajero sale a caminar la ciudad y anda por las calles de los viejos nombres, por las calles alfombradas de guijarrillos menudos, ante las casas de puertas claveteadas de gruesos hierros y de balcones adornados con macetas de geranios, de claveles, de esparraguera y de albahaca. Pastrana es una ciudad con calles de nombres hermosos, llenos de sugerencias: calle de las Damas, del Toro, de las Chimeneas, calle de Santa María, del Altozano, del Regachal, calle del Higueral, del Heruelo, de Moratín.

Moratín escribió en Pastrana El sí de las niñas, y se casó en segundas nupcias; de su casa también se hubiera podido conservar alguna cosa.

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Fuente de los cuatro caños de Pastrana (foto jjferia).

El viajero, en la plaza de los Cuatro Caños, se encuentra con una fuente esbelta, en forma de copa, cubierta por una losa hendida por los años y rematada por un peón de ajedrez. De la fuente no mana el agua y en las grietas de la losa nacen unos yerbajos desgarbados. Para que se pueda sacar una fotografía, el alcalde ordena que se dé agua a los caños, y el alguacil, entonces, va a buscar un hierro y los desatasca. Algunas mujeres aprovechan para llenar sus cántaros y sus botijos.

El pórtico de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción tiene una orla de rosas de té. La iglesia está cerrada y el cura no aparece en su casa, ha salido a darse un paseito. Después de mucho buscar y mucho preguntar, se encuentra al sacristán. El sacristán y el viajero recorren la iglesia, que debió tener su importancia. El sacristán es muy erudito y va explicando al viajero una porción de cosas que pronto se le olvidan. En la iglesia está enterrado el ermitaño Juan de Buenavida y Buencuchillo, que debió ser todo un personaje y a quien se dice que van a beatificar; el viajero piensa que el ermitaño gastaba un nombre sobrecogedor de romance de ciego, un nombre más propio de un bandolero o de un señor de horca y cuchillo que de un presunto beato.

La iglesia es muy histórica y está cargada de recuerdos de pasadas grandezas, pero al viajero se le ocurre que, sin duda, lo más hermoso que tiene es su pórtico y su rosal de rosas de té. En tiempos tuvo un coro de cuarenta y tantos canónigos y racioneros, y hoy, quién sabe si por no haber sabido guardar, el coro está vacío, sin un solo hombre.

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Palacio Ducal donde estuvo la Princesa de Éboli (foto jjferia).

Pastrana recuerda, de una manera imprecisa, a Toledo y, algunas veces, a Santiago de Compostela. Con Toledo tiene puntos de contacto ciertos, evidentes: una callecita, un portal, una esquina, el color de una fachada, unas nubes. Con Santiago de Compostela tiene cierta vaga semejanza en el sentir. El viajero no sabe explicarlo de otra manera.

Pastrana, que fue una ciudad de gran tradición eclesiástica, está hoy despoblada de clérigos. Su cabildo, según dicen, sólo tuvo igual en el de Toledo, y su convento de carmelitas descalzos fue fundado por Santa Teresa y tuvo de huésped a San Juan de la Cruz.

Hoy, el cabildo desapareció y el convento no tiene ninguna importancia.

El convento se ve desde la plaza de la Hora, en la confluencia de las dos vegas del Arles, en un alto. El viajero, con sus dos amigos, baja por la carretera y tira después por un senderillo a coger al convento por el lado contrario. Hay que subir una rampa muy escarpada y, para criar fuerzas, el grupo se sienta a la puerta de una casa, una antigua fábrica de papel de tina, a la sombra de una añosa noguera. Pocos pasos más allá, un mendigo pintoresco se despioja al sol. En cuanto divisa a los tres hombres, se levanta y se acerca a pedir limosna. Se toca con una boina a la que los años han hecho una visera, y lleva los pantalones y la chaqueta colocados directamente sobre el curtido y duro cuero. Con la chaqueta suelta y el pecho al aire, el tío Remolinos parece un viejo guerrero en desgracia, un derrotado capitán que ya nada cree, ni nada espera, ni a nada, ni aun al frío, teme. Va sucio y sin afeitar, pero en su cara se adivina aún cierta noble y escéptica socarronería. El tío Remolinos es un mendigo antiguo, lleno de empaque y de conformidad, un mendigo que sabe su papel, que jamás se apuró, jamás trabajó y jamás puso mala cara a la vida.

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Al convento del Carmen se sube por la cuesta que lleva a la ermita de San Pedro de Alcántara; debajo queda la gruta de San Juan de la Cruz, y a la derecha, como una proa, la ermita de Santa Teresa. Todos estos lugares son muy literarios y están adornados con huesos de personas, con relojes de la vida y con inscripciones alusivas a la brevedad de nuestras horas y a la que nos espera. Verdaderamente, para una persona un poco aprensiva o un poco nerviosa, una visita a estos lugares no debe tener lo que se suele decir efectos terapéuticos. La gruta de San Juan está medio hundida y su boca aparece casi cubierta por la maleza; dejarla como la usara el santo, es cosa que se arreglaba con dos vigas; a las yerbas se las raía con fuego en media hora.

El convento aparece a cien pasos, o aun menos, de las ermitas. Hoy pertenece a los franciscanos. Al viajero y a sus amigos les acompaña un fraile sano y de buen color, que fuma cigarrillos de noventa.

[…]

Hay quien dice que Las hilanderas de Velázquez, representan un telar de Pastrana. Es muy probable que sea así, pero el viajero piensa que a Pastrana le hubiera venido mejor conservar su telar que un cuadro extraordinario de su telar que, para colmo, tampoco está en Pastrana.

Frente al convento, en el cerro La Cuesta de Valdeanguix, están las cuevas del Moro, largas y profundas, alguna hasta de sesenta metros. El viajero ni sube al cerro ni desciende a las cuevas. Pastrana es mucho pueblo para pateárselo entero en un solo día, y el viajero no se encuentra con ánimo para dar ni un solo paso más.

Ya en la posada de la plaza, extiende el mapa sobre la mesa del comedor, grande como una mesa de consejos, y se pone a pensar. Al sur, en una revuelta del Tajo, está Zorita de los Canes, la que Alvar Fáñez mandó.

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Vista general de la Villa Ducal (foto jjferia).

Don Mónico ha salido ya y don Paco está asomado al balcón, mirando para la vega. El viajero se levanta, bebe un traguito de coñac, enciende un pitillo y se asoma también al balcón de la plaza, sobre la que se columpia un aire transparente y un poco cansado. Mira para la derecha, para la fachada del palacio, que está en línea con la de la fonda y ve, casi al alcance de la mano, la reja que guardó a la princesa de Éboli. El viajero, que es también español, como cualquier pastranero, se estremece al pensar que al otro lado del tabique vivió las malas horas y acabó muriendo aquella dama enigmática, bella, tuerta y, al parecer, cachonda, que tanta influencia tuvo y tan de cabeza trajo a los poderosos. El pueblo, en Pastrana, la llama, desgarradamente, la puta; el pueblo de Castilla es institucional y sacramental y hay dos cosas que no perdona ni por error: el que los ricos se salten los mandamientos de la ley de Dios, y el deleite de llamar siempre, con toda crueldad, al pan, pan, y al vino, vino.

—¿Le ha gustado la villa?

—Mucho. Pastrana es una gran ciudad, quizás un poco dormida.

[…]

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Plaza de las Horas y Palacio Ducal de Pastrana (foto jjferia)

En la plaza, los hombres charlan en grupo y las chicas pasean rodeadas de guardiaciviles con gorrito cuartelero, de guardiaciviles jóvenes que las piropean y las enamoran. Unos niños juegan a pídola en una esquina, y unas niñas, en la esquina contraria, saltan a la pata coja. Cruza algún señorito con corbata, y ríe una muchacha airosa, muy mona, calzada con fino zapatito de tacón alto.

Por el monte del Calvario cae la noche sobre Pastrana. Por la plaza de la Hora, se pone el sol. Enlutada, una señora vela al Señor. Suena triste una campana con suave amor. Por el cielo de Pastrana vuela el azor. Empiezan a encenderse las luces eléctricas, y el altavoz de un bar suelta contra las piedras antiguas el ritmo de un bugui-bugui.

Don Mónico, don Paco y el viajero se meten en el casino a tomarse un vermú y unas aceitunas con tripa de anchoas…

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

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Riberas del Eresma

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  • IMÁGENES: Segovia: Estatua de Machado y alameda del Eresma con vistas del Alcázar, Catedral e iglesia de la Vera Cruz (foto jjferia).
  • TEXTOS: El milagro (Antonio Machado: Poesías completas, Cancionero apócrifo, CXXXIV) ¤ La alcoba de don Antonio (Camilo José Cela: Judíos, moros y cristianos).

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LA ALCOBA DE DON ANTONIO

Desde la plaza de San Esteban, el vagabundo se mete por un callejoncillo sombrío y pino, frío y mal empedrado, que guarda la memoria del paso de Antonio Machado por la ciudad. En el número 11 de la cale de los Desamparados, que en tiempo se llamó con el nombre, no más suave, de callejón de los Azotados, a la derecha según se sube, y pared por medio de un antiguo asilo de ancianos desamparados, hoy convento de monjas, y tras una cancela y un patio húmedo y estrecho, estuvo la entrada, ya cerrada a cal y canto, de la casa de huéspedes donde vivió el poeta, a siete pesetas diarias, durante trece años, en sus idas y venidas a Madrid. Ahora se entra por Vallejo, número 2.

La alcoba de don Antonio, casi una celda de fraile pobre, es modesta y baja de techo, ruin de proporciones y desangelada. La alcoba de don Antonio está al fondo de la casa y a la parte de atrás. La alcoba de don Antonio se conserva tal como él la vivió, con su cama de hierro, su mesa de tabla, su papelera de alambre, su cómoda negra, su silla, su bombilla y su tulipa colgando del cordón de la luz. La alcoba de don Antonio guarda también el aguamanil y el espejo que él compró para lavarse la cara y peinarse el pelo de la cabeza. La alcoba de don Antonio se calentaba con una estufa de petróleo, que ahí sigue, que también salió de su sueldo de profesor con poco dinero; don Antonio habla de su estufa en una carta que publicó Concha Espina. Lo único noble de la alcoba de don Antonio es su balcón, que cae, por encima de los tejados de la ciudad, del río Eresma y de la Vera Cruz, sobre las peladas cuestas de la Lastrilla, que se ve al fondo. Al lado de la alcoba de don Antonio, vivía un don Avelino a quien el poeta arrullaba, noche tras noche, leyéndole versos en voz alta hasta que se dormía […]

El vagamundo, a quien se le va el día mirando por la ventana de don Antonio, pide permiso para quedarse aquella noche en la casa de huéspedes, en cualquier rincón.

—Usted lo tiene.

―Gracias, señora.

Camilo José Cela (1916-2002): Judíos, moros y cristianos.

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Iglesia de Santa Cruz y alcázar de Segovia en las riberas del río Eresma a su paso por Segovia (foto jjferia)
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Catedral de Segovia y muralla (foto jjferia).

EL MILAGRO      

En Segovia, una tarde, de paseo
por la alameda que el Eresma baña,
para leer mi Biblia
eché mano al estuche de las gafas
en busca de ese andamio de mis ojos,
mi volado balcón de la mirada.
Abrí el estuche con el gesto firme
y doctoral de quien se dice: Aguarda,
y ahora verás si veo…
Abrí el estuche, pero dentro: nada;
“point de lunettes”… ¿Huyeron? Juraría
que algo brilló cuando la negra tapa
abrí el diminuto
ataúd de bolsillo, y que volaban
huyendo de su encierro,
cual mariposa de cristal, mis gafas.
El libro bajo el brazo,
la orfandad de mis ojos paseaba
pensando: hasta las cosas que dejamos
muertas de risa en casa
tienen su doble donde estar debieran
o es un acto de fe toda mirada.

Antonio Machado (1875-1936): Cancionero apócrifo – CXXXIV

Poesías completas
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Monumento estatua de Antonio Machado en la Plaza Mayor de Segovia (foto jjferia).

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Madrigal de las Altas Torres

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  • TEXTO: En Madrigal de las Altas torres (Camilo José Cela: Judíos, moros y cristianos) – Castilla adentro (Alonso Zamora Vicente: Libros, hombres y paisajes).
  • IMÁGENES: Murallas y torres, plaza del Cristo, iglesias y vista general de Madrigal de las Altas Torres (foto jjferia).

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Sin oír otro ruido que el de los propios pasos avanzamos por la calle anchurosa, y en un recodo que conduce a la plaza vemos algunas casas modernas, construidas con la vulgaridad que rabiosamente desentona en las poblaciones de noble vejez. En la plaza irregular, desnivelada, se ven por un lado soportales que guarecen míseras tiendas; por otro la mole adusta de la parroquia principal, de escaso interés arquitectónico; más allá otra iglesia vulgar y corpulenta. De esta plaza arrancan calles angostas y costaneras que conducen a la población baja, donde alienta el alma histórica de Madrigal de las Altas Torres. Los habitantes, que, sin duda, son en corto número, se esconden en sus casas… Aquí atisban mujeres desde altos respiraderos al modo de ventanas; allí salen chicos que se brindan a enseñar el pueblo… Interviene un hombre, entre señor y campesino, de buenos modos, que espanta a los muchachos y saluda a los forasteros con grave cortesía; les indica, por la calle abajo, un edificio mal escondido entre árboles. “Allí, allí es…” dice, y sigue su camino. Vuelven los rapaces, y por ellos se advierte que la tradición más viva en Madrigal es la del famoso pastelero. PÉREZ GALDÓS (Recogido por Azorín en «El paisaje de España visto por los españoles».

EN MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES

En Madrigal de las Altas Torres, arruinado romance, nació aquella novilla montaraz que se llamó, tan bárbaramente, Isabel la Católica. En Madrigal de las Altas Torres, soldado en quiebra, expiró su postrer aliento aquel ruiseñor herido que se firmó tan tímido, fray Luis. En Madrigal de las Altas Torres, paladín ya viejo, lloró aquella paciente hormiguita que se nombró, tan ejemplar, el Tostado. En Madrigal de las Altas Torres, halcón a tierra, el verdugo mandó para el otro mundo a aquel grillo con manía de grandezas que se dijo, ¡pobre Gabriel Espinosa, de oficio dulcero!, el rey don Sebastián de Portugal, perdido en tierra de moros.
En la plaza, un viejo está sentado al sol con la bragueta llena de moscas. El vagabundo que, por ser de todo, hasta probó, sin buenos resultados,a hacerse médico, recuerda que don Florito, un auxiliar de la facultad de medicina de la universidad de Santiago, solía decir: si ven ustedes un viejo sentado al sol y con moscas en la bragueta, ya se sabe: diabetes. El viejo, se conoce que para recordar, está apoyado en la columnilla que, según dice, marca el lugar donde ejecutaron al pastelero.

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Monumento a la reina Isabel la Católica y palacio de Juan II (foto jjferia)

—!Hola, buen día!
—Los hay peores…
Fray Luis pidió —y a su encierro del capítulo se lo llevaron— una estampa de la Virgen, para disponerse a bien morir; un cuchillo, para partir el pan, y unos polvitos de misteriosa y monjil receta, para espantarse las melancolías.
—¿Es de Arévalo?
—No, señor.
En el caserón que, desde hace cuatrocientos años, es convento de agustinas, nació la reina Isabel. En el mismo año que la reina tomó Granada, un protegido suyo descubrió América y otro, Nebrija, se sacaba de la manga la gramática castellana.
—¿Es de Cantalapiedra?
—No, señor.
la casa en que nació el Tostado estuvo frente a san Nicolás, la iglesia en donde, según dicen, fue bautizada Isabel. San Nicolás es la única torre, no tan alta, de Madrigal de las altas Torres. Quizás el nombre le venga, a Madrigal, de las torres de la muralla, que el tiempo se comió.
—¿Es de Medina?
—No, señor.
Isabel la Católica metió en religión, dícese que a políticas patadas, a las hijas naturales de don Fernando, su marido. Tanto monta, monta tanto.
—¿Es de Peñaranda?
—No, señor.
Do José Zorrilla tuvo mejor fortuna con Don Juan Tenorio que con Traidor, inconfeso y mártir. El viejo de las moscas se engalló.
—Entonces, ¿de dónde puñeta es usted?
—¡Ah!

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Recinto amurallado con dos de sus torres y puerta de Arévalo (foto jjferia).

Las cuatro puertas que quedan de Madrigal de las Altas Torres, se llaman: de Medina, la del norte; de Peñaranda, la del sur; de Arévalo, la del este; de Cantalapiedra, la del oeste.
—¿No me lo dice?
—No.
El viejo de la diabetes se puso hecho un basilisco y rompió a regurgitar semejantes ofensas, que el vagabundo, para no pegarle una patada en las moscas, tuvo que recordarse el respeto siempre debido a los mayores. El vagabundo, que no tenía ganas de meterse en ningún belén, se fue del pueblo por el camino de Barromán.
—!Caray con el viejo, qué modales!
A mil pasos de Madrigal de las Altas Torres, el vagabundo volvió la cabeza. Recostándose sobre el horizonte de un resayo, hidalgo venido a menos, se veía morir, minúscula, gloriosa y triste, la Muy Noble Imperial y Coronada Villa del Madrigal de las Altas Torres. Para don benito Pérez Galdós, Madrigal de las Torres y Viana, en la ribera de Navarra, eran los dos más vetustos y sepulcrales pueblos de toda España.

Camilo José Cela (1916-2002): Judíos, moros y cristianos.

MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES

Madrigal de las Altas Torres. Alucinante ruina en la soledad ancha de Castilla. Las torres aún disimulan su grandeza bajo los rasguños del tiempo y las murallas circulares van desmoronándose perezosamente. Fuera del recinto se ve el viejo caserón palacio, ya un montón de escombros retorcidos, ulcerados. Los cubos de la muralla salen, a trechos, sobre el flaco caserío, marcando la huella de una desesperada arqueología. Polvo, nubes de polvo contra la lejanía azul de los montes. Todo el pueblo tiene un aire espectral, enajenado. El auto para delante de la puerta oeste de la muralla, recién restaurada -¿por qué esa obra tan fragmentaria, que no hace más que consagrar la muerte casi total del resto?- El cemento chilla entre el rojo oxidado del ladrillo viejo. Imposible destacar en la memoria los recuerdos egregios de este pueblo (Isabel la Católica, fray Luis de León, el famoso pastelero), tumultuosamente convocados. Ver la decrepitud de esta ciudad, aún con su estructura circular, aún rescatable de la amenazadora ceniza, es una congojosa tortura. Madrigal de las Altas Torres, devorado por la tierra, aplastándose día a día en la desolación de la llanura, qué desorientado viento la rodeará febrero arriba. Alonso Zamora Vicente (Libros, hombres y paisajes).

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Plaza de Pareja

  • TEXTO: Del arroyo de la Soledad al arroyo de la  empolveda; fragmento del capítulo VIII (Camilo José Cela: de “Viaje a La Alcarria” ).
  • IMÁGENES: Iglesia parroquial, Plaza Mayor, fuente y palacio de los obispos de Cuenca en Pareja (foto jjferia).

DEL ARROYO DE LA SOLEDAD AL ARROYO DE LA EMPOLVEDA
(Fragmento)

Pareja es un pueblo industrioso y grande, con casas nuevas al lado de otras en ruinas y una fonda en la plaza principal. La plaza es amplia y cuadrada, y en el centro tiene una fuente de varios caños, con un pilón alrededor, y un olmo añoso —olma le llaman, porque es redondo-, copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizá, como la piedra más vieja del pueblo. En torno a la fuente, las mujeres aguardan para llenar sus cantarillos y sus botijos. Las mujeres llevan el cántaro en la cadera y una caña hueca al hombro; la caña la usan para guiar el agua que cae de la fuente, a dos varas del borde del pilón. Las mujeres de Pareja tienen una rara maestría en cazar —o mejor, en pescar— el agua sin que se les caiga ni una gota.
El viajero entra en la fonda; quiere desayunar algo caliente, lavarse y después sentarse a descansar un rato. La fonda tiene unas mecedoras que cautivan y unas chicas coloradas, simpáticas, gorditas, que ríen mientras trajinan afanosas de un lado para otro; llevando unos cacharros, vaciando un orinal, limpiando el polvo de los muebles, haciendo una cama, fregando el suelo, todo al mismo tiempo, todo en desorden, todo con alegría. Una de las chicas se llama Elena y la otra María. El viajero, mientras ve hacer a Elena y a María, nota que le invade un sopor optimista. El desayuno, realmente, está muy bueno. Chillan los gorriones en el olmo de la plaza, ante el balcón abierto lleno de macetas de geranios, y un canario amarillo canta en su jaula, erizando las plumitas de la garganta. Un gato duerme al sol, dentro del cuarto, en la esquina de la este rilla de esparto, y un niño pequeño mea gloriosamente, desafiadoramente, desde el balcón.
En la habitación de al lado, por la puerta abierta, se ve un mocito raquítico y gesticulante, un mocito epiléptico y quizá medio chiflado, que está sentado en una silla baja, con las piernas mal gobernadas envueltas en una manta. Al viajero le invade, de repente, el remordimiento de conciencia.
A la plaza llega, entre una nube de polvo y una bandada de chiquillos, un autobús canijo, bullidor y saltarín, que se detiene unos minutos, para que se baje la gente, y se marcha después por el camino de Escamilla, alborotando como un condenado. Al cabo de un rato, cuando ya debe ir el autobús muy lejos, todavía se le oye renquear cuando se callan, un instante, los gorriones del olmo.

A la plaza llega un viejo que toca una campanilla. La gente le hace corro y el viejo se sube a unas piedras. En la mano izquierda lleva unos papelillos y con la derecha acciona y gesticula como un agitador político. El viajero, que está muy cómodo en su mecedora, no quiere levantarse para escuchar; se conforma con coger al vuelo, de cuando en cuando, algo de lo que el viejo dice. El mocito canijo, que debe estar ya muy harto de su silla, no puede levantarse para oír; como a la fuerza ahorcan, se aguanta y mira para la plaza con un gesto de envidia, estúpido y bestial.
El viejo, que lleva birrete de terciopelo verde y gasta barbita blanca, pregona su mercancía. Tiene voz de gato o de mujer y se desgañita para que lo oigan mejor. Es pequeño y encorvado y parece judío. Entrecortadamente, el viajero entiende el discurso del buhonero.
—¡La oración de la Virgen del Carmen y El sepulcro o lo que puede el amor! ¡El bonito tango del brigadier Villacampa y las canciones de la Parrala y la Pelona! ¡Las décimas compuestas por un reo estando en capilla en la ciudad de Sevilla, llamado Vicente Pérez, corneta de la Habana! ¡Siento renacer en mí tu amor al saber que volverás!, la última creación de la Celia Gámez. ¡Las atrocidades de Margarita Cisneros, joven natural de Tamarite! ¡A cinco! ¡Compre usted la bonita copla de moda, a cinco!
El mocito anormal hace gestos al viajero para que le haga caso. El viajero le dice: ¿Qué quieres?, pero no entiende lo que quiere porque el muchacho casi no sabe hablar.
Cuando llega hasta su silla, el muchacho le pregunta tartamudeando y muy azarado:
—Oiga, ¿ése es de aquí?
—No, hijo, ése no es de aquí; ése es de Priego.
—Ya me parecía; yo no lo había visto nunca.
Una cigüeña pasa, volando, muy bajo, sobre el olmo.
—Oiga, ¿me da usted un pitillo?
—Tómalo.
—Oiga, si vienen mis hermanas y ven humo, usted dice que es suyo, ¿eh?
—Bueno.
La cigüeña lleva una culebrita de agua en el pico y desaparece por encima de las casas.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria (Capítulo VIII)

Viaje a La Alcarria
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Plaza de Budía

  • TEXTO: Del Tajo al arroyo de la Soledad; fragmento (Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria).
  • IMÁGENES: Plaza de Budía, ayuntamiento, fuente, iglesia parroquial y placa conmemorativa del paso de C.J. Cela por el pueblo (foto jjferia).

DEL TAJO AL ARROYO DE LA SOLEDAD
Fragmento: Budía

El viajero sale a la calle con Martín y recorre el pueblo. La plaza parece la de un pueblo moro; la fachada del ayuntamiento está enjalbegada y tiene una galería con unos arcos graciosos en la parte alta. Entran en la plaza ocho o diez mulas trotando, sin aparejo alguno, conducidas por un mozo de blusa negra y larga tralla; beben, durante largo rato, en el pilón y después se revuelcan sobre el polvo, con las cuatro patas al aire. Un hombre viejo está sentado al sol, bajo los soportales.
Budia es un pueblo grande, con casas antiguas, con un pasado probablemente esplendoroso. Las calles tienen nombres nobles, sonoros —calle Real, calle de Boteros, calle de la Estepa, calle del Hastial, calle del Bronce, de la Lechuga, del Hospital—, y en ellas los viejos palacios moribundos arrastran con cierta dignidad sus piedras de escudo, sus macizos portalones, sus inmensas, tristes ventanas cerradas.
El viajero se acerca a casa del médico, a hacerle una visita. El médico vive en la plaza, en una casa de dos plantas, limpia, ordenada, con buenos muebles, con grabados franceses por las paredes. El médico de Budia es el padre de un amigo del viajero. En el vestíbulo de la casa hay un piano. Una criada de luto, joven aún, le abre la puerta.
—Voy a llamar al señor; él se alegrará de que le traiga noticias del señorito Alfredo.
El médico no se hace esperar. Se llama don Severino y es un viejo simpático, hablador, jovial; lleva al viajero adentro y le convida a galletas y a jerez; galletas, una lata honda, eterna; jerez, una botella.
—Si se acaba, ya pediremos más.El médico y el viajero hablan del pueblo. El médico tiene publicado un libro que se titula: Datos para el estudio médico-topográfico de la villa de Budia, por Don Severino Domínguez Alonso, médico titular de la misma. El libro está impreso en Guadalajara, en 1907, en el Establecimiento Tipográfico de Antero Concha, plaza de San Esteban (Correos), número 2.

El viajero hojea el libro y en él se entera que Budia está acostada sobre el cerro de Cuesta Cabeza y que los dos montes llamados de Propios se utilizan para pastos y leña. Budia es pueblo con mucha agua, aunque no tanta como Cifuentes. El agua de la fuente de la Tobilla se usa para combatir las afecciones del estómago; para beber, la de la fuente Nueva, y la del arroyo de la Soledad para cocer las legumbres. La del Cuerno, aunque es la mejor, se emplea para regar los sembrados porque es de difícil canalización, costaría mucho dinero.

Don Severino ofrece buen tabaco habano al viajero.
—El estómago es el barómetro del orden.
—Claro.
—Antes, los jornaleros salían una vez al año y volvían bien nutridos y con cien pesetas cada uno. Entonces —añade don Severino con el gesto añorante— comían como ingleses.
El viajero está encantado; el jerez, las galletas y el tabaco le han sentado muy bien.
—Aquí los indígenas toman el aguardiente en ayunas; dicen que es bueno para matar las lombrices.
Por la abierta ventana del comedor se cuela un gato negro, grande, de pelo reluciente.
—El café lo suelen usar como medicamento.
El viajero, sentado a la mesa de don Severino, se hubiera estado toda la vida.
—Por aquí hay más de setecientas especies aromáticas diferentes; esa es quizá la causa de la calidad de la miel.
—Claro…
Al viajero le invade un sopor peligroso. En la mecedora del médico de Budia se está demasiado bien. Hacia el mediodía sale de nuevo a la calle, con ánimo de echarse al campo en seguida. El sol cae de plano sobre la plaza; no se ve más que alguna sombra pequeña debajo de los aleros de los tejados. Una vieja hace punto al sol, sentada en una silla baja, mientras un chiquillo muy pequeño juega con la tierra, a su lado.

Camilo José Cela  (1916-2002): Viaje a La Alcarria (Capítulo VII)

Viaje a La Alcarria
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Mapa de la ruta

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Tetas de Viana

TetasViana3
  • TEXTO: Del Tajo al arroyo de la Soledad, fragmentos del capítulo VII (Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria).
  • IMÁGENES: Montes gemelos conocidos como Las Tetas de Viana cerca de Trillo en La Alcarria (foto jjferia).

DEL TAJO AL ARROYO DE LA SOLEDAD (fragmento)
LAS TETAS DE VIANA

Al salir al terreno llamado de la Fuente de la Galinda, aparecen erizadas, violentas, las Tetas de Viana. La Fuente de la Galinda es un monte bajo y pedregoso, con mucha caza. Una bandada de perdices levanta el vuelo, raso, torpón, de pájaro poco fogueado, a pocos pasos del grupo.
Quico y el viajero hacen el primer alto, echan un trago, fuman un pitillo y charlan.
—Aquí mataron una vez a uno.
El viajero piensa que el sitio está bien elegido, realmente es un sitio muy apropiado.
—¿Sí?
—Sí, señor. Primero le tiraron con postas y después lo dieron lo menos veinte navajazos.
—¡Pues lo debieron dejar bueno!
—Sí, señor, lo dejaron muerto.
Tras la Fuente de la Galinda se caminan los montes de las Acacias, unos cerrillos bajos que van a dar al llano del Olivar Hueco. A las faldas de las Tetas de Viana hay unos prados de yerba tierna, verde, rodeados de zarzas y de espinos.
—El atajo sigue todo por aquí, por la izquierda. Para subir a las Tetas hay que salirse del atajo. La de allá tiene una escalera de madera hasta arriba de todo; durante la guerra fue un observatorio. ¿Quiere usted que subamos?
—No, no, por aquí vamos bien.
Las dos Tetas son casi exactamente iguales vistas desde el norte, quizás la de poniente sea algo más alta. Tienen forma de cucurucho cortado antes de la punta y terminan, cada una, en una mesa de bordes rocosos y cortados a pico que deben ser difíciles de escalar.
Al llegar a la vertiente, el viajero se encuentra ante una vista hermosa al principio y un poco desolada, más allá. Del atajo empiezan a salir caminos, algunos casi borrados. La mula anda con cuidado, con mucha atención, y a su pisada ruedan, a veces, las piedras. A mitad de la ladera, bajando, está la fuente del Pilón. Al viajero le hubiera gustado refrescarse un poco. El calor aprieta ya y Quico y el viajero van sudando gordos goterones por la cabeza.
Las Tetas, desde el sur, son mucho más feas, aparecen desgarbadas, deformes, como torcidas.
La mula, descargada del equipaje, muerde los helechos de la fuente. Pasan muy altas unas avutardas, un grupo de seis o siete. Croan las ranas, y las lagartijas, que asoman, extrañadas, por los huecos de las piedras, miran un momento y huyen veloces después.
Bajando por un barranco llega el viajero a Viana de Mondéjar, un pueblo color amarillo recostado sobre un monte romo, casi negro.
El viajero no entra en Viana, se queda a las puertas, comiendo con Quico a  la sombra de un grupito de álamos escuálidos que hay a la orilla del Solana,  un riachuelo casi sin agua que viene arrastrando su miseria desde la sierra de Umbría Seca.
Después de comer, el viajero, que ha vuelto al terreno llano, despide a Quico y a su mula Jardinera, se echa a la sombra y se tapa los ojos con el sombrero. Poco más tarde está profundamente dormido, con un sueño suave, fresco, confortador.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

Viaje a La Alcarria
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Chorreras de Trillo

Trillo3
  • TEXTO: Del Cifuentes hasta el Tajo, fragmentos del capítulo VI (Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria).
  • IMÁGENES: El río Cifuentes a su paso por Trillo antes de desembocar en el Tajo  (foto jjferia).

CON EL CIFUENTES HASTA EL TAJO (Fragmento)

Al llegar a Trillo el paisaje es aún más feraz. La vegetación crece al apoyo del agua, y los árboles suben, airosos como en Brihuega. Esta tierra, con agua, parece una tierra muy buena; hasta se ve algún que otro castaño, de vez en cuando. A la entrada del pueblo hay una casa muy arreglada, toda cubierta de flores; en ella vive, ya viejo y retirado, cultivando sus rosales y sus claveles y trabajando su huerta, un veterano alpinista que se llama Schmidt. Schmidt, que piensa construirse una casa enfrente de la cascada del Cifuentes, poco antes de caer en el Tajo, fue un montañero famoso; en la sierra de Guadalajara hay un camino que lleva su nombre.
La cascada de Cifuentes es una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora. Sus márgenes están rodeadas de pájaros que se pasan el día silbando. El sitio para hacer una casa es muy bonito, incluso demasiado bonito.
El viajero busca un sitio para pasar la noche, deja su equipaje y se va a dar una vuelta por el pueblo. Desde el puente ve correr el Tajo, sucio, terroso, con las márgenes imprecisas. En sus orillas, unos pescadores de caña con aire de campesinos o de muleros, con traje de pana, faja negra y camisa con botón en el cuello, esperan pacientemente a que pique alguna trucha. Poco más abajo, unas mujeres lavan la ropa.
El viajero se toma unas yemas y unos pastelitos de hojaldre en una tienda que hay al lado del puente y después se fuma un pitillo, a la puerta, con algunos hombres que han vuelto ya de trabajar. El grupo llega a hacerse grande y el viajero habla de que le gustaría ver el pueblo. Le acompañan tres o cuatro hombres de su edad. Las tabernas de Trillo tienen un aire jaranero, alegre, siempre un poco al borde del tumulto. El viajero encuentra a la gente amable, obsequiosa, con deseos de agradar. Así se lo dice a sus amigos, y uno de ellos le responde, sonriendo:
—Pues por ahí nos llaman la gente mala, ya ve usted.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

Guía del Viaje
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Trillo2

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Mapa de la ruta

Nacimiento del Cifuentes

Cifuentes 4
  • TEXTO: Del Tajuña al Cifuentes, fragmentos del capítulo V (Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria).
  • IMÁGENES: Iglesia, plaza, castillo, fuente y balsa de la localidad alcarreña de Cifuentes (foto jjferia).

DEL TAJUÑA AL CIFUENTES (fragmento)

Al mediodía los amigos entran en Cifuentes, un pueblo hermoso, alegre, con mucha agua, con mujeres de ojos negros y profundos, con comercios bien surtidos que venden camas niqueladas, juegos de licorera y seis copas con bandeja de espejo, y cromos saludables, gozosos, de cien colores, que representan La Sagrada Cena o un molino del Tirol rodeado de altas cumbres nevadas.
Atrás se ha quedado el cerro de la Horca, un altozano que termina en una meseta lisa como un plato. Según le explican al viajero, antiguamente; cuando para entretener a las gentes sencillas, que lo que piden es un poco de sangre, aún no se habían inventado las corridas de toros, se usaba la mesetilla del cerro de la Horca para ajusticiar a los condenados a muerte. El viajero piensa que el sitio no está mal elegido; sin duda alguna el cerro de la Horca tiene una hermosa perspectiva. El viajero piensa también que es  lástima que en el cerro de la Horca no se levante la fiera silueta del rollo; hubiera hecho muy hermoso.
Los amigos tiran por la vega, en sentido contrario del pueblo. Van a comer y echarse, después, un ratito de siesta en la fuente del Piojo, que tiene un agua clara, muy fresca, famosa en la comarca. Entre la fuente del Piojo y el río verdean las huertas. Por encima de la carretera de Gárgoles se ven los muros de un castillo en ruinas. El viejo no sabe de quién fue el castillo. Una mujer que pasa, tampoco lo sabe.
—Ahora es de una señora marquesa.
El viajero, a las tres de la tarde, vuelve sobre sus pasos y entra en Cifuentes, donde tiene un amigo al que quiere visitar. El viejo se queda en la fuente del Piojo, haciendo la digestión a la sombra.
El amigo del viajero habla con orgullo de Cifuentes. Mientras pasean por el pueblo, le va explicando su antigüedad. El viajero aprende que el castillo lo hizo don Juan Manuel y la iglesia una querida de Alfonso el Sabio que se llamaba doña Mayor. El viajero recuerda, vagamente, que en un libro que leyó, hace años, llamaban a don Juan Manuel turbulento y pendenciero. De doña Mayor, el viajero no había oído hablar en su vida.
En el pueblo hay muchas puertas con herrajes bonitos, muy artísticos, con aldabones y picaportes de hierro negro, con ojos de cerradura que forman dibujos: un corazón, un trébol, una flor de lis, un arabesco.
El río Cifuentes nace debajo mismo de las casas. Nada más nacer mueve un molino; el pueblo está levantado sobre un manantial. El Cifuentes es un río precoz, de poco tamaño y mucha agua, que va a caer al Tajo en Trillo; no tiene mucho más de dos leguas de curso, pero va lleno de agua; más lleno, sin duda, que muchos ríos más largos. En el corto camino que corre, el Cifuentes va de cascada en cascada: salta lo menos medio centenar de veces por encima de las piedras.
En la balsa del molino, se baña una bandada de patos domésticos, graciosos, que tienen una plumita arqueada y brillante en la cola, una plumita de color gris con reflejos verdes y azules y colorados. Algunos patos duermen en la orilla, unos de pie y otros echados, con la cabeza escondida en el ala. Otros pasean graznando y moviéndose para los lados, como marineros. El viajero se asoma al pretil del puente, a vara y media del agua, y les echa unas migas de pan. Los patos acuden, presurosos, batiendo las alas sobre el agua. Los patos de la orilla, los patos que dormían, se despiertan, se esponjan, miran un instante y se echan también a nadar.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

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Villa de las siete puertas

Sepúlveda4
  • TEXTO: La villa de las siete puertas (Camilo José Cela: Judíos, moros y cristianos) – Cancionero apócrifo (Lope Robledo, eterónimo de Antonio Machado).
  • IMÁGENES: Iglesia del Salvador, Plaza de España y vista general de Sepúlveda desde el páramo (foto jjferia).

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Sepúlveda1
El emplazamiento de la iglesia sobre la ciudad es admirable (foto jjferia)

LA VILLA DE LAS SIETE PUERTAS

El vagabundo entra en Sepúlveda por el barrio de Santa Cruz, que está a la orilla derecha derecha del Duratón, en el camino  que va hasta Borceguillas.

Sepúlveda, mirada desde donde se la mire, tiene un aire vetusto y noble, guerrero y medieval, con algo de Toledo, desde lejos: quizás su situación: algo de Cuenca, desde cerca: es posible que subiendo la pina ladera como cabras, y algo de Santillana del Mar desde dentro: quién sabe si su profusa heráldica.

La mejor Sepúlveda es la que queda dentro de las murallas o, mejor dicho, la que en tiempos quedó, ya que hoy las murallas son poco más que un recuerdo. A Sepúlveda se entraba por siete puertas: la de la Villa, la del Río, la de Duruelo, la de Castro o de Sopeña, la de la Fuerza, la del Torno o del Postiguillo y la del Ecce-Homo o del Azogue. Sepúlveda llegó a tener quince iglesias parroquiales de las que solo quedan tres: la de Santa María de la Peña, patrona de la villa, de traza románica, a la que fueron agregadas las de Santo Domingo y de San Millán; la de Santiago, que se tragó a las de San esteban, San Andrés y San Juan, y la de San Bartolomé, en el arrabal, que absorbió a la de San Gil. Fueron suprimidas cuatro parroquias, la del Salvador, con su bella arcada románica, la de San Justo, con sus nobles enterramientos, la de San Martín, la de Santa Eulalia, la de San Pedro y la de San Sebastián. En el arrabal de Santa Cruz, está la ermita de San Marcos.

El castillo de sepúlveda está en medio del pueblo y detrás de la Plaza Mayor y, aunque ruinoso, todavía conserva esbelta y fuerte la silueta. Esta Plaza Mayor, con el castillo al fondo, la pintaron Solana y Zuloaga en sus lienzos de toros. El castillo, a lo lejos, también se ve en el cuadro Mujeres de Sepúlveda, de don Ignacio.

Camilo José Cela (1916-2002): Judíos, moros y cristianos.

Sepúlveda4
Castillo e iglesia del Salvador desde la Plaza de España (foto jjferia).

Tiene el pueblo siete llaves

para siete puertas.

Son siete puertas al campo,

la siete abiertas.

Antonio Machado: Cancinero apócrifo

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Iglesia románica del Salvador en el altozano (foto jjferia)

SEPÚLVEDA: LA VILLA

Sepúlveda es el encuentro de mayor importancia artística y ambiental que tendremos en esta parte de nuestro viaje. Para empezar está el espectáculo sorprendente de su aparición en un foso del páramo y a caballo sobre el serrijón intermedio que erosionan y adornan con verdores insólitos el Duratón y el Castilla. Las hoces de estos ríos riegan, en efecto, unos huertecillos entre paredes altas rugosas, perforadas a los lados de Sepúlveda. No faltan fantasías.

Donde el serrijón acaba y los ríos se juntan, un altozano imita la forma de una silla de montar. El caserío cubre y oculta su jumento calcáreo y desde lo alto del páramo se le ve de una vez, reunido en el espacio que aún limitan en parte sus viejas murallas, hermoso en su vetustez abigarrada, todo en un mismo color de ocre rosa empolvado.

La entrada es por una revuelta muy pina. Se pasa un arco y se llega a la plaza, que es irregular y extraordinaria. El castillo es de una extravagancia estupenda. Delante, una fachada sencilla, del seiscientos, con balconaje y escudo sobremontado por el reloj. Encima los tres cubos redondos, decrépitos, con una espadaña sobre el central que casi siempre lleva un nido de cigüeña encima y una solana rústica a la izquierda. El resto de la plaza es caserío con soportales, con un juego de casonas y torres asomando por el fondo y con la sierra apareciendo por encima. En ese extremo, y al cabo de una escalinata, se ve, la iglesia de San Bartolomé, que aún conserva un bonito y pequeño ábside románico, con sus columnas de refuerzos y sus impostas y canecillos de labra muy simple. Las calles son laberínticas pero es fácil encontrar las cuatro joyas románicas en cuya busca iremos viendo unas cuantas fachadas buenas, de arquitectura noble, una de las cuales, vecina a la iglesia de Santiago, es de estupenda sillería y preciosos volumen.

La iglesia del Salvador está en alto, destacándose, desde el plinto de la torre, sobre el caserío. El ábside se levanta sobre una base que se diría más antigua y a partir de ella suben las columnas de apoyo, interrumpidas por una imposta que entra bajo el arranque de los arcos de ventanas. A la derecha, un cuerpo adicional esconde una parte del ábside. La torre se levanta cuadrada, sólida, con sus caras limpias de adorno. La galería se abre al Sur y tuvo seguramente codo por la fachada occidental. La que vemos es de ocho arcos por grupos de dos, separados los arcos por columnas dobles y los grupos por pilastras prismáticas. El interior es de una nave muy sencilla, con bóveda de cañón sobre pilastras apoyadas. El emplazamiento de la iglesia sobre la ciudad es admirable…

Dionisio Ridruejo (1912-1975): Segovia (Castilla la Vieja)

Sepúlveda2
Panorámica del caserío de la ciudad desde lo alto del páramo (foto jjferia).

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Villa de Brihuega

Brihuega 1

BRIHUEGA

Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria


IMÁGENES (foto jjferia):

Puerta de la Cadena de la muralla, fuente de los doce caños y lavadero de la Villa de Brihuega

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BRIHUEGA (fragmento)

Al lado de la fonda, el viajero se encuentra con la puerta de la Cadena, por la que se mete en el pueblo. La puerta de la Cadena tiene una hornacina con una Purísima, y debajo una lápida de mármol blanco que dice: 1710-1910. La villa de Brihuega en el segundo centenario de su memorable bombardeo y asalto. Y más debajo todavía, otra lápida de piedra de la que sólo se entiende parte. El viajero copia las letras en un papel. Tarda bastante, porque a veces se equivoca. La gente le rodea. Al viajero le hace una ilusión tremenda que lo tomen por un erudito.

Brihuega 2
Lápida de mármol en la Puerta de la Cadena de la muralla conmemorativa de la batalla de Brihuega en la Guerra de Sucesión (foto jjferia).

El viajero entra, ya se dijo, por la puerta de la Cadena, y anda vagando algún tiempo por el pueblo. Fuera de la puerta queda una alameda umbría, acogedora. Unas muchachas charlan en un banco. Ríen a grandes voces, y se dan palmadas en las piernas. Después se levantan y van a beber agua a la fuente.
Unos trasquiladores, muralla adentro, pelan ovejas en una cuadra que da a la calle. El vellón sale entero, como una camiseta, lleno de grasa, y las ovejas se quedan en cueros vivos, flacas, ventrudas, desgarbadas. Unos niños miran, viciosamente, mientras sonríen en silencio. El ver trasquilar ovejas, en una cuadra más que tibia, ardorosa, y llena de un olor acre, profundo, es sin duda un espectáculo adormecedor, una incitación ancestral que ayuda a poner los mocitos en sazón cuando, sin pararse a ver por qué, se mezclan la cachondería y la crueldad en un remoto, inconfesable hervor de la sangre.
El sol está en la media tarde. Hay un momento en que el viajero ve hermosas a todas las mujeres. Se sienta sobre una piedra y mira, lleno el corazón de pesar, para un grupo de ocho o diez muchachas que lavan la ropa. El viajero está absorto, abstraído, y su memoria se puebla de tiernas, paganas nubecillas, mientras desempolva los frescos versos del cancionero:

Madre, las mozuelas,
las de aquesta villa,
en agua corriente
lavan sus camisas;
sus camisas, madre.
Madre, las mozuelas.

Brihuega 5
La ciudad es afamada por sus aguas que brotan de una docena de fuentes, la más conocida es la fuente Blanquina o de los Doce Caños junto al lavadero situado en la parte posterior (foto jjferia).

Las chicas están remangadas. Alguna canta un trozo de zarzuela; alguna otra un cuplé algo pasado de moda, un cuplé de hace cuatro o cinco años. Una muchacha que no canta, lleva unas flores azules en el pelo castaño. No se le ve bien, pero así, por la espalda, parece Merche, la de la fonda.
—Mi nombre es muy feo… Yo ya no soy tan joven…
El viajero, al día siguiente, cuando, otra vez en el camino, piensa en lo que ya pasó, cierra los ojos un momento para sentir la marcha del corazón.
Un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara afilada, como un caballero toledano, bebe, no más que acariciando el agua con el morro cano, en el pilón de una fuente fecunda, en el pilón de una fuente que hay al lado mismo del lavadero. Cuando termina de beber levanta la cabeza y pasa, humilde y sabio, por detrás de las mujeres. Diríase un eunuco leal, aburrido y discreto, guardador de un harén bullicioso como el levantarse de la mañana. El viajero sigue, con la mirada llena de perplejidad, el lento, resignado andar del animal. El viajero, a veces, se queda parado ante las cosas más inexplicables.
Dos perros se aman a pleno sol, tercamente, violentamente, descaradamente. Una clueca pasa, rodeada de polluelos amarillos como la mies. Un macho cabrío asoma, erguida la cabeza, profundo el mirar, orgullosa y desafiadora la cuerna, por una bocacalle. El viajero mira, por última vez, para las lavanderas, se levanta y se va. El viajero es un hombre con una vida tejida de renunciaciones.

Brihuega 4
Lavadero en la calle Atienza detrás de la fuente Blanquina, tiene tres pilones, los dos principales para enjabonado y aclarado de la ropa y el otro para los cacharros de la cocina (foto jjferia).

El viajero baja por unas callejas y se fuma un pitillo, a la puerta de una casa, con un viejo.
—Parece hermoso el pueblo.
—No es malo. Cuando había que verlo era antes de la aviación.
Las gentes de Brihuega hablan de antes y después de la aviación como los cristianos hablan de antes y después del diluvio.
—Ahora no es ni sombra de lo que fue.
El viejo está pensativo, elegíaco. El viajero mira por los guijos del suelo y deja caer las palabras con pausa, casi distraídamente.
—Y de guapas chicas, según veo.
—¡Bah! No haga caso; no valen un real. ¡Si hubiera usted conocido a las madres!…
El viejo, que tiene la cabeza temblona, da un suspiro y cambia de conversación.
—Aquí fue donde empezaron a correr los italianos, ¿no sabe usted?
—Sí; ya sé.
—¡Fue buena aquella!

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

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Brihuega 1
La Puerta de la Cadena se abre al norte de la Villa junto a la fonda donde se alojó Cela. Cuando el viajero sale, da unos pasos hacia la Alameda y, al volverse, ve la inscripción que se encuentra sobre el arco de la Puerta (foto jjferia).

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