Camino de Ruidera

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  • TEXTOS: Camino de Ruidera (Azorín: La ruta de don Quijote).
  • IMÁGENES: Castillo de Peñarroya, lagunas de Ruidera (foto jjferia).

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CAMINO DE RUIDERA

Las andanzas, desventuras, calamidades y adversidades de este cronista es posible que lleguen algún día a ser famosas en la historia. Después de las veinte horas de carro que la ida y vuelta a Puerto Lápiche supone, hétenos aquí ya en la aldea de Ruidera -célebre por las lagunas próximas-, aposentados en el mesón de Juan, escribiendo estas cuartillas, apenas echado pie a tierra, tras ocho horas de traqueteo furioso y de tumbos y saltos en los hondos relejes del camino, sobre los pétreos alterones. Hemos salido a las ocho de Argamasilla; la llanura es la misma llanura yerma, parda, desolada, que se atraviesa para ir a los altos de Puerto Lápiche; mas hay por este extremo de la campiña, como alegrándola a trechos, acá y allá, macizos de esbeltos álamos, grandes chopos, que destacan confusamente, como velados, en el ambiente turbio de la mañana. Por esta misma parte por donde yo acabo de partir de la villa, hacía sus salidas el caballero de la Triste Figura; su casa -hoy extensa bodega- lindaba con la huerta; una amena y sombría arboleda entoldaba gratamente el camino; cantaban en ella los pájaros; unas urracas ligeras y elegantes saltarían -como ahora- de rama en rama y desplegarían a trasluz sus alas de nítido blanco e intenso negro. Y el buen caballero, tal vez cansado de leer y releer en su estancia, iría caminando lentamente, bajo las frondas, con un libro en la mano, perdido en sus quimeras, ensimismado en sus ensueños. Ya sabéis que don Alonso Quijano el Bueno dicen que era el hidalgo don Rodrigo Pacheco. ¿Qué vida misteriosa, tremenda, fue la de este Pacheco? ¿Qué tormentas y desvaríos conmoverían su ánimo? Hoy, en la iglesia de Argamasilla, puede verse un lienzo patinoso, desconchado; en él, a la luz de un cirio que ilumina la sombría capilla, se distinguen unos ojos hundidos, espirituales, dolorosos, y una frente ancha, pensativa, y unos labios finos, sensuales, y una barba rubia, espesa, acabada en una punta aguda. Y debajo, en el lienzo, leemos que esta pintura es un voto que el caballero hizo a la Virgen por haberle librado de una «gran frialdad que se le cuajó dentro del cerebro» y que le hacía lanzar grandes clamores «de día y de noche»…

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Laguna de Ruidera (foto jjferia)

Pero ya la llanura va poco a poco limitándose; el lejano telón azul, grisáceo, violeta, de la montaña, está más cerca; unas alamedas se divisan entre los recodos de las lomas bajas, redondeadas, henchidas suavemente. A nuestro paso, las picazas se levantan de los sembrados, revuelan un momento, mueven en el aire nerviosas su fina cola, se precipitan raudas, tornan a caer blandamente en los surcos… Y a las piezas paniegas suceden los viñedos; dentro de un momento nos habremos ya internado en los senos y rincones de la montaña. El cielo está limpio, diáfano; no aparece ni la más tenue nubecilla en la infinita y elevada bóveda de azul pálido. En una viña podan las cepas unos labriegos; entre ellos trabaja una moza, con la falda arrezagada, cubriendo sus piernas con unos pantalones hombrunos.

-Están sarmenteando -me dice Miguel, el viejo carretero-; la moza tiene dieciocho años y es vecina mía.

Y luego, echando el busto fuera del carro, vocea dirigiéndose a los labriegos:

-¡A ver cuándo rematáis y os marcháis a mis viñas!

El carro camina por un caminejo hondo y pedregoso; hemos dejado atrás el llano, desfilamos bordeando terreros, descendiendo a hondonadas, subiendo de nuevo a oteros y lomazos. Ya hemos entrado en lo que los moradores de estos contornos llaman «la Vega»; esta vega es una angosta y honda cañada yerma, por cuyo centro corre encauzado el Guadiana. Son las diez y media; ante nosotros aparece, vetusto y formidable, el castillo de Peñarroya. Subimos hasta él. Se halla asentado en un eminente terraplén de la montaña; aún perduran de la fortaleza antigua un torreón cuadrado, sólido, fornido, indestructible, y las recias murallas -con sus barbacanas, con sus saeteras- que la cercaban. Y hay también un ancho salón, que ahora sirve de ermita. Y una viejecita menuda, fuerte como estos muros, rojiza como estos muros, es la que guarda el secular castillo y pone aceite en la lámpara de la iglesia. Yo he subido con ella a la recia torre; la escalerilla es estrecha, resbaladiza, lóbrega; dos anchas estancias constituyen los dos pisos. Y desde lo alto, desde encima de la techumbre, la vista descubre un panorama adusto, luminoso. La cañada se pierde a lo lejos en amplios culebreos; son negras las sierras bajas que la forman; los lentiscos -de un verde cobrizo- la tapizan; a rodales, las carrascas ponen su nota hosca y cenicienta. Y en lo hondo del ancho cauce, entre estos paredones, sombríos, austeros, se despliega la nota amarilla, dorada, de los extensos carrizales. Y en lo alto se extiende infinito el cielo azul, sin nubes.

-Los ingleses -me dice la guardadora del castillo- cuando vienen por aquí lo corren todo; parecen cabras; se suben a todas las murallas.

«Los ingleses -me decía don José Antonio en la Venta de Puerto Lápiche-; se llevan los bolsillos llenos de piedras». «Los ingleses -me contaba en Argamasilla un morador de la prisión de Cervantes- entran aquí y se están mucho tiempo pensando; uno hubo que se arrodilló y besó la tierra dando gritos». ¿No veis en esto el culto que el pueblo más idealista de la tierra profesa al más famoso y alto de todos los idealistas?

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Castillo de Peñarroya camino de Ruidera (foto jjferia)

El castillo de Peñarroya no encierra ningún recuerdo quijotesco; pero, ¡cuántos días no debió de venir hasta él, traído por sus imaginaciones, el grande don Alonso Quijano! Mas es preciso que continuemos nuestro viaje; demos de lado a nuestros sueños. El día ha promediado; el camino no se aparta ni un instante del hondo cauce del Guadiana. Vemos ahora las mismas laderas negras, los mismos carrizos áureos; acaso un águila, en la lejanía, se mece majestuosa en los aires; más allá, otra águila se cierne con iguales movimientos rítmicos, pausados; una humareda azul, en la lontananza, asciende en el aire transparente, se disgrega, desaparece. Y en este punto, en nuestro andar incesante, descubrimos lo más estupendo, lo más extraordinario, lo más memorable y grandioso de este viaje. Una casilla baja, larga, con pardo tejadillo de tejas rotas, muéstrase oculta, arrebozada entre las gráciles enramadas de olmos y chopos; es un batán, mudo, envejecido, arruinado. Dos pasos más allá, otras paredes terreras y negruzcas destacan entre una sombría arboleda. Y delante, cuatro, seis, ocho robustos, enormes mazos de madera descansan inmóviles en espaciosas y recias cajas. Y un raudal espumeante de agua, cae, rumoroso, estrepitoso, en la honda fosa donde la enorme rueda que hace andar los batanes permanece callada. Hay en el aire una diafanidad, una transparencia extraordinarias; el cielo es azul; el carrizal que lleva al río ondula con mecimientos suaves; las ramas finas y desnudas de los olmos se perfilan graciosas en el ambiente; giran y giran las águilas, pausadas; las urracas saltan y levantan sus colas negras. Y el sordo estrépito del agua, incesante, fragoroso, repercute en la angosta cañada…

Estos, lector, son los famosos batanes que en noche memorable, tanta turbación, tan profundo pavor llevaron a los ánimos de Don Quijote y Sancho Panza. Las tinieblas habían cerrado sobre el campo; habían caminado a tientas las dos grandes figuras por entre una arboleda; un son de agua apacible alegroles de pronto; poco después un formidable estrépito de hierros, de cadenas, de chirridos y de golpazos, les dejó atemorizados, suspensos. Sancho temblaba; Don Quijote, transcurrido el primer instante, sintió surgir en él su intrepidez de siempre; rápidamente montó sobre el buen Rocinante; luego hizo saber a su escudero su propósito incontrastable de acometer esta aventura. Lloraba Sancho; porfiaba Don Quijote; el estruendo proseguía atronador. Y en tanto, tras largos dimes y réplicas, tras angustiosos tártagos, fue quebrando lentamente la aurora. Y entonces amo y criado vieron estupefactos los seis batanes incansables, humildes, prosaicos, majando en sus recios cajones. Don Quijote quedose un momento pensativo. «Miróle Sancho -dice Cervantes- y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con muestras de estar corrido…».

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Laguna de Ruidera (foto jjferia)

Y aquí acaeció, ante estos batanes que aún perduran, esta íntima y dolorosa humillación del buen manchego; a la otra parte del río, vese aún una espesa arboleda; desde ella, sin duda, es desde donde Don Quijote y su escudero oirían sobrecogidos el ruido temeroso de los mazos. Hoy los batanes permanecen callados los más días del año; hasta hace poco trabajaban catorce o dieciséis en la vega. «Ahora -me dice el dueño de los únicos que aún trabajan- con dos tan sólo bastan». Y vienen a ellos los paños de Daimiel, de Villarrobledo, de la Solana, de la Alhambra, de Infantes, de Argamasilla; su mayor actividad tiénenla cuando el trasquileo se efectúa en los rebaños; luego, el resto del año, permanecen en reposo profundo, en tanto que el agua cae inactiva en lo hondo y las picazas y las águilas se ciernen, sobre ellos, en las alturas…

Y yo prosigo en mi viaje; pronto va a tocar a su término. Las lagunas de Ruidera comienzan a descubrir, entre las vertientes negras, sus claros, azules, sosegados, limpios espejos. El camino da una revuelta; allozos en flor -flores rojas, flores pálidas bordean sus márgenes. Allá en lo alto aparecen las viviendas blancas de la aldea; dominándolas, protegiéndolas, surge sobre el añil del cielo, un caserón vetusto…

Paz de la aldea, paz amiga, paz que consuelas al caminante fatigado, ¡ven a mi espíritu!

Azorín (1873-1967): La ruta de don Quijote

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Laguna de Ruidera (foto jjferia)

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Horas en Córdoba

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  • TEXTOS: Horas en Córdoba (Azorín: España).
  • IMÁGENES: Mezquita de Córdoba, puente romano, calle típica, Cristo de los Faroles y patio en primavera (foto jjferia).

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HORAS EN CÓRDOBA

    Cuando me he levantado he salido un momento al balcón y he estado contemplando  el cielo y la calle. Eran las primeras horas de la mañana; se respiraba un aire fresco y sutil; estaba el firmamento despejado, radiante, de un azul intenso. He dejado la casa. He comenzado a recorrer callejuelas retorcidas y angostas. Córdoba, es una  ciudad de silencio y de melancolía. Ninguna ciudad española tiene como ésta un encanto tan profundo en sus calles. A esta hora de la mañana eran rarísimos los transeúntes. Las calles se enmarañan, tuercen y retuercen en un laberinto inextricable. Son callejuelas estrechas, angostas; a uno y otro lado se extienden unas anchas losas; el centro de la calle lo constituye un pasito empedrado  de pelados y agudos guijarros. Nada turba el silencio; de tarde en tarde, pasa un transeúnte que hace un ruido sonoro con sus pasos. Las casas están jaharradas con blanco yeso o enjalbegadas con cal nítida.

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Puente romano de Córdoba (foto jjferia)

He paseado durante un largo rato por la maraña de callejas; me detenía a veces ante el portal para contemplar un hondo patio. Todas estás casas cordobesas tienen un patio, que es como su espíritu, su esencia. Es un patio pequeño; unos tienen columnas  que sostienen una galería; otros son más modestos, más pobres. Yo prefiero estos de las casas humildes, de las casas ignoradas. Al pasear  y recorrer las callejas silenciosas y blancas, he columbrado muchos patios de éstos. Todo era silencio, reposo y blancura en ellos; acaso una planta de evónimus o un laurel destacaban en la nitidez de las paredes o sobre el azul del cielo. Existen algunos de estos patios con lejanías y segundos términos que recuerdan los fondos de los primitivos italianos. He visto uno cuyo pavimiento se alejaba en una rampa suave; luego, allá en el fondo, se abría otro reducido patio, al cual se entraba por un arco sencillo  y blanco; debajo del arco esperaba inmóvil, rígido, impasible, un asno enjaezado con rojos y amarrillos arreos; por encima del arco asomaba, negruzco y simétrico, un ciprés que resaltaba en el azul del cielo. No se oía el más ligero rumor ni en la casa ni en la calle; todo parecía reposar en un profundo, denso silencio. Una armonía perfecta, maravillosa, se establecía entre este reposo, la blancura de las paredes, el ciprés, el asno inmóvil, rígido y el azul intenso y radiante del cielo. ¿Dónde  está el artista que recoja esta sensación auténtica, profunda de Andalucía, en esta ciudad, en este sitio y en esta hora? ¿Es  esta Andalucía de los conciertos armónicos y hondos de las cosas, de la profunda y serena tristeza, la Andalucía ligera, frívola, y ruidosa que nos enseñan en los cuadros y en los teatros?

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Exteriores de la Mezquita de Córdoba (foto jjferia)

He continuado mi paseo. El laberinto de callejuelas que se extiende en los aledaños de la Catedral, ofrece uno de los aspectos más interesantes de la ciudad. Es aquí donde el silencio, la serenidad y la melancolía son más grandes. De tarde en tarde, pasa un asno cargado con una sera de carbón; una viejecita marcha lentamente, se detiene, torna a caminar; se levantan tímidamente unos visillos, tras unos cristales, al ruido sonoro de los pasos. Suenan lentas, sonoras, rítmicas, las campanadas de una hora, campanadas que en el silencio se difunden sobre la ciudad y se pierden y se apagan dulces.

He llegado a la Catedral. He traspuesto la puerta y he entrado en el Patio de los Naranjos. Cuatro o seis mendigos toman el sol.  El patio es ancho, empedrado de guijarros; se extienden los naranjos en filas;  la alta y recia torre se yergue a un lado. Sólo algunos viajeros cruzan a esta hora el patio y se dirigen hacia la catedral. El mismo silencio de la ciudad se goza aquí en este recinto. Una fuente deja caer un hilo de agua. Cada medía hora una moza con un cántaro aparece y lo llena en la fuente; el agua  hace un son ronco y precipitado al caer en el cántaro. La moza espera inmóvil junto a la fuente. Pían y sal tan los gorriones en  los naranjos. Se remueve lentamente un mendigo en su capa. Las campanadas de las horas vuelven a descender sobre la ciudad lentas, acompasadas, sonoras.

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Interior de la Mezquita de Córdoba (foto jjferia)

Gana el espíritu en esta ciudad y en esta hora una sensación de serenidad y de olvido. Se escucha el alma de las cosas. Sentimos añoranzas por cosas que no hemos conocidos nunca; anhelamos algo que no podemos precisar y cuya falta no llega a producirnos amargura. Si salimos de la Catedral y avanzamos un poco hacia el río, vemos allá a lo lejos, en la ribera opuesta, dilatarse una campiña de tierras sembradizas. No se columbran arboledas ni fragosidades por esta parte de la ciudad. La tierra es llana, ligeramente ondulada; los bancales de fino verdor alternan con los cuadros oscuros de barbecho. La compenetración de este paisaje austero, noble, místico, con las callejuelas y con los patios blancos y callados, es también perfecta. Un último detalle nos falta: por la mañana, a mediodía, un fuerte olor a leña, a ramaje de olivo quemado, ase respira en las callejas y en las casas. Es el aroma castizo de las ciudades españolas meridionales y levantinas.

¿Dónde estará el artista –tornamos a preguntar- que recoja el alma de esta ciudad? Al hacerlo tendría  que expresar este concierto profundo de las cosas, esta compenetración íntima de los matices, esta serenidad, este reposo, este silencio, esta melancolía.

Azorín (1873-1967): España

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Calle típica de Córdoba (foto jjferia)
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Cristo de los Faroles en la plaza de Capuchinos (foto jjferia).

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Maqueda

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MAQUEDA

Azorín: Una hora de España


IMÁGENES: Castillo, iglesia parroquial y rollo jurisdiccional de Maqueda (foto jjferia)

XXVI. MAQUEDA

Maqueda es villa de corto vecindario; tendrá doscientos fuegos. Pertenece al partido judicial de Escalona; cerca están Torrijos, Novés, Alamís, Quismondo, Nombela, Almorox, Cadalso. En Nombela pensó Felipe II edificar el Monasterio de San Lorenzo. En Torrijos levantó una iglesia doña Teresa Enriquez, mujer de un contandor de los Reyes Católicos. Ante Cadalso dicen que pasó siempre sin detenerse don Álvaro de Luna; el pueblo pertenecía a sus estados; supersticioso terror le impedía entrar en él; un estrellero le había predicho que moriría en cadalso. Méntrida tiene vinos claros y frescos. En Maqueda se recogen cereales, aceite y vino. Las tierras las labran someramente. La aceituna la muelen en ruejos de sangre, y la pasta la exprimen en prensas de viga y de rincón. De tarde en tarde, al romper las tierras novales, la reja del arado desentierra vestigios romanos. En tiempo de los árabes se edificó una fortaleza en Maqueda; fue reparada a fines del siglo X por orden de Almanzor; la restauró el mismo arquitecto, Fatho-ben-Ibrahim, que construyó en Toledo las mezquitas. En 1010 se libró sangrienta batalla al pie del castillo de Maqueda. El castillo está hoy en ruinas. Los cuatro muros exteriores, con cuatro torreones en los ángulos, es todo lo que resta de la antigua fortaleza. Desde lo alto de las murallas se divisa el riachelo que corre, entre árboles, por lo hondo de la cañada.

[…]

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Iglesia de Santa María de los Alcáceres, restos del arco de aceso de la derruida muralla y rollo jurisdiccional (foto jjferia).

Labradores y oficiales trabajan y sufren en Maqueda. La vida tiene en todas partes infortunios. La vida es igual en el siglo XX que en el XVI. Habría seguramente en Maqueda, en 1580, un hidalgo que ha gastado su fortuna en Toledo o en Madrid y que ahora vive aquí retirado; y un estudiante que espera el momento de volver a los estudios de Salamanca; y un cazador, que no caza nada, y un arbitrista que posee el secreto para restaurar a España. Hacia 1523 llegó a Maqueda un muchacho en busca de acomodo; se llamaba Lázaro; entró a servir en casa de un cura; venía de Salamanca, a través de la sierra de Gredos, pasando por Almorox. El cura vivía pobremente. Hoy llegará al pueblecito también algún mozuelo desgarrado de los padres, buscándose la vida. La vida sigue en Maqueda, de siglo en siglo, siempre igual. Los sembrados en el siglo XVI verdean —como ahora—; el tierno trigal se convierte en altas cañas coronadas de espigas; los panes son segados. De raro en raro llega al pueblo una noticia: el turco ha bajado; el príncipe es muerto; los moriscos se levantaron; la armada fue hundida. Las campanas doblan fúnebremente una o dos veces al mes. El labrador vuelve a esparcir el grano por los surcos; verdean de nuevo las tierras; llega el momento de la siega; las hoces —como la muerte siega las vidas— van cercenando las empinadas cañas.

Azorín (1873-1967): Una hora de España

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