Casona de Tudanca

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LA CASONA DE TUDANCA

Miguel de Unamuno: Paisajes del alma


IMÁGENES (Foto jjferia):

Localidad montañesa de Tudanca y su casona en el Valle Alto del Nansa

 

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LA CASONA DE TUDANCA

La casona de Tudanca –la Tablanca de Peñas arriba, de Pereda– no es muy antigua. Data de hacia 1737 y la construyó un indiano, un perulero, don Pascual Fernández de Linares, que había salido del valle nativo muy pobre, con un pan y una borona, y volvió con dinero para comprar Tudanca toda, o así les pareció, al menos, a los misérrimos tudancos que hicieron su leyenda, porque la tuvo.

Don Pascual había servido el corregimiento de Lucanas, en el Perú, y fue empapelado por un asunto de contrabando de mercurio, habiéndosele confiscado los bienes. Pero venido a España logró que le absolvieran, hizo imprimir el proceso y en las guardas del ejemplar que se conserva en la casona escribió de su mano que «no sabe lo que son molestias de pleitos quien no trató con un virrey vizcaíno y un presidente criollo, émulos de la prosperidad de la Nación Montañesa». El rasgo pinta a un hombre y a un pueblo.

Fue también don Pascual gobernador del Callao, y cuando el general don Gregorio de la Cuesta estuvo en el Perú –donde se casó–, escribía desde Lima, a 5 de agosto de 1784, a su hermano don Pedro Juan, casado con la sobrina y heredera de don Pascual, esto: «Aquí admiran mucho la integridad y desinterés del nuevo virrey, el caballero de Croix, y es que están hechos a ver una serie de estafadores sin límite.

Alguno me ha dado noticias del fundador de esa casa y me dice que estuvo gobernando el Callao después del catástrofe de su ruina, en cuya confusión resultaron muchos bienes mostrencos y nuestro amigo, que no lo era, se aprovechó muy bien de ellos; la verdad estese en su lugar. Lo que palpo es que quien no tiene ni procura más arbitrio que sueldos siempre será tan pobre en el Potosí como en la Pereda».

Lo que sigue, de gran interés para el conocimiento de la vida económica del Perú a fines del xviii, os lo contaré al hablaros más ceñidamente del general. La Pereda es un barrio, tres o cuatro casas, de la Lastra, pequeño poblado, a cuatro pasos de Tudanca, en que el general nació, y «el catástrofe» parece ser un terremoto.

Cuando don Pascual se decidió a volver a su rincón tudanco, a ennoblecerse en su cuna rústica, a fraguarse un linaje y a morir brizado por el canto del Nansa que incubó sus ambiciones de emigrante, avisó a sus parientes, que, no creyéndole rico, no salieron a recibirle. Sólo lo hizo una su sobrina.

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Iglesia y casona de Tudanca destacando entre el caserío de la Montaña (foto jjferia)

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Don Pascual hizo construir la casona y, para ennoblecerla con un escudo de armas, se hizo fraguar una «Executoria de hidalguía de sangre de don Pascual Fernández de Linares, natural del Lugar de Tudanca, en el valle de Rionansa, de las Montañas y Arzobispado de Burgos», que despachado por la Real Cnancillería de Valladolid el día 22 de septiembre de 1722 y firmada «Yo el Rey», don Felipe V, nuestro primer Borbón, se conserva en la casona.

El escudo tallado en la fachada de ella se divide en cuatro cuarteles; en el primero, de azur, cinco lises de oro, orla general roja y ocho aspas de oro, de los Fernández; en el segundo, rojo, león de oro rampante, orla de azur y ocho estrellas de oro, de los Linares; en el tercero, cortado por faja de oro, arriba, de oro, un león rampante rojo, y abajo, de azur, tres espadas altas, las hojas de plata y las guarniciones de oro, de los Gómez; en el cuarto, en campo rojo, un castillo de piedra sobre peñas, al lado derecho un caldero colgado, del que sale un estandarte azur, y al izquierdo un hombre armado con un venablo a la entrada del castillo.

La orla general lleva este lema: «Guardé tan bien el castillo / con este venablo armado / que no fue ninguno osado / a atreverse a combatillo».

Esto está en fabla que no se fablaba ya en 1722. En el escudo de piedra no hay azur, ni rojo, ni oro, ni plata. La piedra no tolera colorines heráldicos.

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Tudanca y su casona, presidiendo las cumbres de Peñas arriba (foto jjferia)

¿Vanidades del valle? Don Pascual, cuyo nombre está grabado en uno de los hierros de un balcón de la casona, quiso inmortalizar en leyenda de piedra –y en piedra de leyenda– su nombre. Yes que el perulero no era mostrenco. En Tudanca vive, con ochenta y ocho años a cuestas, el Pito Salces de la novela perediana, el tío Eladio, filósofo cínico, especie de Menipo celtibérico, de quien Pereda escribió que no tenía sentido común. Pero como tiene sentido propio, no se resigna a vivir tan sólo en la sucesión de las generaciones –tiene varios hijos, nietos y bisnietos– y aspira a una cierta inmortalidad individual.

Dice que le han retratado varios señores, asegura que está en el monumento del muelle –el que en Santander se elevó al novelista–, y esto, aunque la obra, la novela, tiene, según él, muchos engaños, y el mayor no haberle dado la parte que cree le toca en la caza del oso y acaso haberle cambiado el nombre. Porque esas reglas convencionales de la ficción no las entienden estos hombres de la realidad inmediata y económica.

Las talegas ennoblecieron al perulero de Tudanca para mayor lustre de la Nación Montañesa, de cuya prosperidad eran émulos vizcaínos y criollos. El obispo don José Patricio de la Cuesta empezó tratando con cierto desdén compasivo al enriquecido tudanco, pero tuvo que acudir a su plata potosina, y entonces le llamaba «señor y dueño mío» en sus cartas. Queda por tradición en Tudanca que don Pascual quiso comprar al pueblo el Prado del Concejo y que le pidieron por él la cinta de pesos de plata con que habría que ceñirlo todo por sus linderos, y que la desavenencia vino de que el regidor pedía que los pesos duros se pusieran y arrimaran de canto y que el perulero que fuese arrimándolos de plano, descansando en la falda escarpada de la montaña para que no rodasen.

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Tudanca y su casona, presidiendo las cumbres de Peñas arriba (foto jjferia)

Erigió la casona allí, en la ladera de la montaña nativa, dominando al río, entre las de sus convecinos, y en su capilla puso a la Virgen de Cocharcas, en el Perú, a cuya devoción atribuía don Pascual el haberse salvado en «el catástrofe», el terremoto, habiendo podido así hacerse con los bienes que, por haber quedado sin dueño, reclamaban uno nuevo. Bienes que fueron el «algo» que le hizo «hidalgo».

Y en un aposento de la casona, aquel en que Pereda hizo morir –para inmortalizarse– a don Celso y en el que he dormido durante veinte días un sueño de paz, puso, bajo el suelo que cubría la cama, una escotilla que comunicaba con una cámara inferior, toda cerrada y sin más que un pequeño respiradero, casi una tronera, donde se decía que guardaba la plata y el oro y las joyas. Lugar de tesoro que dio lugar al intento de robo de que os contaremos.

El perulero murió sin sucesión directa, dejando en la casona en que dejó su nombre y su escudo de armas a su sobrina, doña Rosa García de Miranda, la que salió a recibirle, casada con don Pedro Juan de la Cuesta, del vecino lugar de la Lastra, donde tenía su casa solariega, hoy renegrida y desvencijada. Y así este linaje de los Cuesta cruzó el río Nansa.

Desde la carretera se ve esta casona del perulero, que blanquea entre el caserío, con sus balcones que os miran y un túnel para dejar pasar, bajo el yugo de la vivienda solariega, el camino de servidumbre pública. Y la casona siguió y sigue viviendo.

Miguel de Unamuno (1864 – 1936): Paisajes del alma

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