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Camilo José Cela: «Viaje a La Alcarria»


Imágenes: Palacio ducal y fuente de los cuatro caños de Pastrana (foto jjferia)

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A la mañana siguiente, cuando el viajero se asomó a la plaza de la Hora, y entró, de verdad y para su uso, en Pastrana, la primera sensación que tuvo fue la de encontrarse en una ciudad medieval, en una gran ciudad medieval. La plaza de la Hora es una plaza cuadrada, grande, despejada, con mucho aire. Es también una plaza curiosa, una plaza con sólo tres fachadas, una plaza abierta a uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega, sobre una de las dos vegas del Arles. En la plaza de la Hora está el palacio de los duques, donde estuvo encerrada y donde murió la princesa de Éboli. El palacio da pena verlo. La fachada aún se conserva, más o menos, pero por dentro está hecho una ruina. En la habitación donde murió la Éboli — una celda con una artística reja, situada en la planta principal, en el ala derecha del edificio— sentó sus reales el Servicio Nacional del Trigo; en el suelo se ven montones de cereal y una báscula para pesar los sacos. La habitación tiene un friso de azulejos bellísimos, de históricos azulejos que vieron morir a la princesa, pero ya faltan muchos y cada día que pase faltarán más; los arrieros y los campesinos, en las largas esperas para presentar las declaraciones juradas, se entretienen en despegarlos con la navaja. En la habitación de al lado, que es inmensa y que coge toda la parte media de la fachada, se ven aún los restos de un noble artesonado que amenaza con venirse abajo de un día para otro.

En el patio cargan un carro de mula; unas gallinas pican la tierra y otras escarban en un montón de estiércol; dos niños juegan con unos palitos, y un perro está tumbado, con gesto aburrido, al sol.

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Plaza de las Horas con el Palacio Ducal al fondo (foto jjferia).

El viajero no sabe de quién será hoy este palacio —unos le dicen que de la familia de los duques, otros que del Estado, otros que de los jesuítas—, pero piensa que será de alguien que debe tener escasa simpatía por Pastrana, por el palacio, por la Éboli o por todos juntos.

En este palacio fue donde quiso hacer un museo de Pastrana el que fue párroco de la villa don Eustaquio García Merchante. Material para el museo había suficiente y, además, ya se seguiría buscando algún otro. La base del museo la formaría la famosa colección de tapices de Alfonso V de Portugal.

La idea de don Eustaquio no tuvo la acogida que mereciera, el proyecto no prosperó, y Pastrana se quedó sin museo, se está quedando sin palacio y vio volar los tapices, que hoy están en Madrid. Don Eustaquio dejó constancia de su tentativa en un libro titulado Los tapices de Alfonso V de Portugal que se guardan en la extinguida Colegiata de Pastrana. Establecimiento tipográfico “Editorial Católica Toledana. Calle de Juan Labrador, número 6. 1929”.

Ahora, como decimos, los tapices ya no están en la extinguida colegiata de Pastrana. Los pastraneros los reclaman, un día y otro, pero sus voces caen en el vacío. Su argumento no tiene vuelta de hoja —devuélvanos lo que es nuestro—, pero se les contesta con que en Pastrana no hay un buen sitio donde tenerlos y que en la sacristía donde se mostraban se estaban echando a perder.

El viajero piensa que este es un pleito en el que nadie le ha llamado, pero piensa también que con esto de meter todas las cosas de mérito en los museos de Madrid, se está matando a la provincia que, en definitiva, es el país. Las cosas están siempre mejor un poco revueltas, un poco en desorden; el frío orden administrativo de los museos, de los ficheros, de la estadística y de los cementerios, es un orden inhumano, un orden antinatural; es, en definitiva, un desorden. El orden es el de la naturaleza, que todavía no ha dado dos árboles o dos montes o dos caballos iguales. Haber sacado de Pastrana los tapices para traerlos a la capital ha sido, además, un error: es mucho más grato encontrarse las cosas como por casualidad, que ir a buscarlas ya a tiro hecho y sin posible riesgo de fraude. En fin…

De la plaza de la Hora se sale por dos puertas. La de la izquierda, dando la espalda a la fachada del palacio, lleva al barrio morisco del Albaicín; la de la derecha, da paso al barrio cristiano de San Francisco.

El viajero sale a caminar la ciudad y anda por las calles de los viejos nombres, por las calles alfombradas de guijarrillos menudos, ante las casas de puertas claveteadas de gruesos hierros y de balcones adornados con macetas de geranios, de claveles, de esparraguera y de albahaca. Pastrana es una ciudad con calles de nombres hermosos, llenos de sugerencias: calle de las Damas, del Toro, de las Chimeneas, calle de Santa María, del Altozano, del Regachal, calle del Higueral, del Heruelo, de Moratín.

Moratín escribió en Pastrana El sí de las niñas, y se casó en segundas nupcias; de su casa también se hubiera podido conservar alguna cosa.

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Fuente de los cuatro caños (foto jjferia).

El viajero, en la plaza de los Cuatro Caños, se encuentra con una fuente esbelta, en forma de copa, cubierta por una losa hendida por los años y rematada por un peón de ajedrez. De la fuente no mana el agua y en las grietas de la losa nacen unos yerbajos desgarbados. Para que se pueda sacar una fotografía, el alcalde ordena que se dé agua a los caños, y el alguacil, entonces, va a buscar un hierro y los desatasca. Algunas mujeres aprovechan para llenar sus cántaros y sus botijos.

El pórtico de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción tiene una orla de rosas de té. La iglesia está cerrada y el cura no aparece en su casa, ha salido a darse un paseito. Después de mucho buscar y mucho preguntar, se encuentra al sacristán. El sacristán y el viajero recorren la iglesia, que debió tener su importancia. El sacristán es muy erudito y va explicando al viajero una porción de cosas que pronto se le olvidan. En la iglesia está enterrado el ermitaño Juan de Buenavida y Buencuchillo, que debió ser todo un personaje y a quien se dice que van a beatificar; el viajero piensa que el ermitaño gastaba un nombre sobrecogedor de romance de ciego, un nombre más propio de un bandolero o de un señor de horca y cuchillo que de un presunto beato.

La iglesia es muy histórica y está cargada de recuerdos de pasadas grandezas, pero al viajero se le ocurre que, sin duda, lo más hermoso que tiene es su pórtico y su rosal de rosas de té. En tiempos tuvo un coro de cuarenta y tantos canónigos y racioneros, y hoy, quién sabe si por no haber sabido guardar, el coro está vacío, sin un solo hombre.

Pastrana recuerda, de una manera imprecisa, a Toledo y, algunas veces, a Santiago de Compostela. Con Toledo tiene puntos de contacto ciertos, evidentes: una callecita, un portal, una esquina, el color de una fachada, unas nubes. Con Santiago de Compostela tiene cierta vaga semejanza en el sentir. El viajero no sabe explicarlo de otra manera.

Pastrana, que fue una ciudad de gran tradición eclesiástica, está hoy despoblada de clérigos. Su cabildo, según dicen, sólo tuvo igual en el de Toledo, y su convento de carmelitas descalzos fue fundado por Santa Teresa y tuvo de huésped a San Juan de la Cruz.

Hoy, el cabildo desapareció y el convento no tiene ninguna importancia.

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Palacio Ducal donde estuvo la princesa de Éboli (foto jjferia).

El convento se ve desde la plaza de la Hora, en la confluencia de las dos vegas del Arles, en un alto. El viajero, con sus dos amigos, baja por la carretera y tira después por un senderillo a coger al convento por el lado contrario. Hay que subir una rampa muy escarpada y, para criar fuerzas, el grupo se sienta a la puerta de una casa, una antigua fábrica de papel de tina, a la sombra de una añosa noguera. Pocos pasos más allá, un mendigo pintoresco se despioja al sol. En cuanto divisa a los tres hombres, se levanta y se acerca a pedir limosna. Se toca con una boina a la que los años han hecho una visera, y lleva los pantalones y la chaqueta colocados directamente sobre el curtido y duro cuero. Con la chaqueta suelta y el pecho al aire, el tío Remolinos parece un viejo guerrero en desgracia, un derrotado capitán que ya nada cree, ni nada espera, ni a nada, ni aun al frío, teme. Va sucio y sin afeitar, pero en su cara se adivina aún cierta noble y escéptica socarronería. El tío Remolinos es un mendigo antiguo, lleno de empaque y de conformidad, un mendigo que sabe su papel, que jamás se apuró, jamás trabajó y jamás puso mala cara a la vida.

Al convento del Carmen se sube por la cuesta que lleva a la ermita de San Pedro de Alcántara; debajo queda la gruta de San Juan de la Cruz, y a la derecha, como una proa, la ermita de Santa Teresa. Todos estos lugares son muy literarios y están adornados con huesos de personas, con relojes de la vida y con inscripciones alusivas a la brevedad de nuestras horas y a la que nos espera. Verdaderamente, para una persona un poco aprensiva o un poco nerviosa, una visita a estos lugares no debe tener lo que se suele decir efectos terapéuticos. La gruta de San Juan está medio hundida y su boca aparece casi cubierta por la maleza; dejarla como la usara el santo, es cosa que se arreglaba con dos vigas; a las yerbas se las raía con fuego en media hora.

El convento aparece a cien pasos, o aun menos, de las ermitas. Hoy pertenece a los franciscanos. Al viajero y a sus amigos les acompaña un fraile sano y de buen color, que fuma cigarrillos de noventa.

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Vista general de la Villa Ducal (foto jjferia).

El viajero, que tiene su pequeña historia familiar relacionada con la Orden, habla con el fraile.

—Yo tengo un tío abuelo o bisabuelo que fue franciscano, que martirizaron los infieles en Damasco. Hoy es ya beato, hace ya muchos años que lo es.

—¿Cómo se llamaba?

—Fray Juan Jacobo Fernández.

—No lo conozco.

Al fraile no parece importarle mucho el tío beato del viajero.

—Ahora tenemos que poner tejas nuevas, y para el año, si Dios quiere, arreglaremos un poco la galería.

El fraile, el viajero y sus amigos recorren el convento y llegan a la biblioteca.

—Aquí tenemos cuatro o cinco incunables; para evitar que se estropeen los hemos mandado encuadernar.

El fraile muestra al viajero los incunables, con las márgenes de las páginas comidas, un dedo por cada lado, por la guillotina del encuadernador.

—Tenemos también un museo de historia natural, luego lo verá usted. Está muy desordenado; cuando estuvieron aquí los rojos lo desbarataron todo.

Desde la terminación de la guerra civil habían transcurrido ya siete años.

La comitiva, camino del museo de historia natural, entra en una clase. Los educandos se ponen en pie. Es curioso observarlos: los hay de todos los pelos, de todas las cataduras y de todas las edades.

—Aquí, de donde tenemos más animales es de las islas Filipinas.

En el museo está todo revuelto y cubierto de polvo. Es una tristeza, pero una tristeza que, probablemente, se podría arreglar en un mes metiendo allí a un perito que fuese colocando las cosas en su sitio, y a una criada con una escoba en la mano.

El fraile habla de las desdichas del convento con cierta indiferencia, un poco como sin darse cuenta de que son realmente desdichas y, lo que es peor, desdichas que fácilmente podrían dejar de serlo.

El convento es un convento hermoso y lleno de tradición, y al viajero se le ocurre pensar que es una pena que, como Pastrana, no levante cabeza.

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Detalle de ventana enrejada del Palacio Ducal (foto jjferia).

En el libro de don Eustaquio, que está escrito en una bella prosa gramatical, se entona la lamentación de las glorias perdidas y se canta la loa de los tiempos pasados, de los tiempos que, para don Eustaquio, cualesquiera que hayan sido, fueron mejores.

Pastrana es hoy un pueblo desmedrado. Sí; ya no rechinan sobre sus goznes las puertas de la fortaleza que en otros tiempos custodiara desde la ronda de palacio el vigía nocturno; ni el aire marcial de apuestos soldados enciende en himnos belicosos el espíritu guerrero de los siglos medievales.”

El viajero cree que don Eustoquio exagera. Pastrana, sin vigías, ni aires marciales, ni espíritu guerrero, ni Edad Media, es una ciudad como todas las ciudades, bella como pocas, y que sube y baja, crece o se depaupera, según los hados se le muestren propicios o se le vuelvan de espaldas. En Pastrana podría encontrarse quizá la clave de algo que sucede en España con más frecuencia de la necesaria. El pasado esplendor agobia y, para colmo, agosta las voluntades; y sin voluntad, a lo que se ve, y dedicándose a contemplar las pretéritas grandezas, mal se atiende al problema de todos los días. Con la panza vacía y la cabeza poblada de dorados recuerdos, los dorados recuerdos se van cada vez más lejos y al final, y sin que nadie llegue a confesárselo, ya se duda hasta de que hayan sido ciertos alguna vez, ya son como un caritativo e inútil valor entendido.

Hay quien dice que Las hilanderas de Velázquez, representan un telar de Pastrana. Es muy probable que sea así, pero el viajero piensa que a Pastrana le hubiera venido mejor conservar su telar que un cuadro extraordinario de su telar que, para colmo, tampoco está en Pastrana.

Frente al convento, en el cerro La Cuesta de Valdeanguix, están las cuevas del Moro, largas y profundas, alguna hasta de sesenta metros. El viajero ni sube al cerro ni desciende a las cuevas. Pastrana es mucho pueblo para pateárselo entero en un solo día, y el viajero no se encuentra con ánimo para dar ni un solo paso más.

Placa conmemorativa del paso de Camilo J. Cela por Pastrana en su Viaje a La Alcarria (foto jjferia).
Placa conmemorativa del paso de Camilo J. Cela por Pastrana en su Viaje a La Alcarria (foto jjferia).

Ya en la posada de la plaza, extiende el mapa sobre la mesa del comedor, grande como una mesa de consejos, y se pone a pensar. Al sur, en una revuelta del Tajo, está Zorita de los Canes, la que Alvar Fáñez mandó.

Don Mónico ha salido ya y don Paco está asomado al balcón, mirando para la vega. El viajero se levanta, bebe un traguito de coñac, enciende un pitillo y se asoma también al balcón de la plaza, sobre la que se columpia un aire transparente y un poco cansado. Mira para la derecha, para la fachada del palacio, que está en línea con la de la fonda y ve, casi al alcance de la mano, la reja que guardó a la princesa de Éboli. El viajero, que es también español, como cualquier pastranero, se estremece al pensar que al otro lado del tabique vivió las malas horas y acabó muriendo aquella dama enigmática, bella, tuerta y, al parecer, cachonda, que tanta influencia tuvo y tan de cabeza trajo a los poderosos. El pueblo, en Pastrana, la llama, desgarradamente, la puta; el pueblo de Castilla es institucional y sacramental y hay dos cosas que no perdona ni por error: el que los ricos se salten los mandamientos de la ley de Dios, y el deleite de llamar siempre, con toda crueldad, al pan, pan, y al vino, vino.

—¿Le ha gustado la villa?

—Mucho. Pastrana es una gran ciudad, quizás un poco dormida.

Don Paco sonríe, pensativo. Está un breve rato en silencio y vuelve la cabeza hacia el viajero.

—Tenemos aún tres horas de luz. ¿Quiere que saque el coche y nos acerquemos a Zorita?

—Sí, ¡ya lo creo que quiero!

La excursión a Zorita es breve y deleitosa. Al viajero se le hace extraño viajar descansadamente y con rapidez. Sobre el mapa, se había acostumbrado a medir las distancias en horas de andar y el camino hasta Zorita, calculado según ese uso, le hubiera llevado un día entero caminando a orillas del Arles hasta su desembocadura en el Tajo, sin toparse con un solo pueblo.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

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