Castillo de Cornatel

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CASTILLO DE CORNATEL

Enrique Gil y Carrasco: “El Señor de bembibre”


IMÁGENES: Castillo berciano de Cornatel (foto jjferia)

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Castillo de Cornatel (foto jjferia).

El castillo de Cornatel o Cornatelo parece imaginado para contrastar vivamente con el que acabamos de mencionar (el castillo de Bembibre). Siguiendo la orilla izquierda del Sil y atravesando los pueblos de Toral de Merayo, Villalibre, Priaranza y Santalla, el camino tuerce a la izquierda al llegar a éste y el viajero se despide de las frondosas riberas del río para entrar en una garganta angosta a cuya mitad se encuentra una miserable aldea llamada Río Ferreiros: Murmura un riachuelo en el fondo de estos barrancos y, por encima de las casas y como corona de una altura peñascosa, inacesible y tajada, asoma sobre el fondo del cielo un lienzo de muralla con almenas que, por de pronto, suspende y embaraza el ánimo.

Desde semejantes honduras no puede gozar la vista del espectáculo de aquel fuerte encubierto por los peñascos, pero a medida que se trepa por la agria cuesta en donde serpea el camino va cobrando formas regulares y, por último, presenta en los dos lienzos de mediodía y occidente dos líneas rectas, flanqueada la más larga por un torreón cuadrado que ocupa su centro. El que desde abajo veía en él un nido de aves de rapiña y no la morada de guerreros, califica su juicio de temerario y hasta penetrar en su recinto no se convence de que el primer pensamiento era el acertado.

Hase borrado todo camino y sólo escalando rocas y abriéndose paso por medio de matorrales puede tomarse la vuelta del castillo hasta dar con la entrada que está a la parte del norte. Aquí todo muda de aspecto como se cambia a la señal convenida una decoración teatral. Precipicios espantosos erizados de peñas negruzcas y de horrorosa profundidad defienden este costado y el de oriente, rematado por una aguda punta; y tal es la escarpa del terreno, que la fortificación pierde toda forma regular y se reduce a seguir las curvas y sinuosidades de aquellos derrumbaderos. Aún en varios parajes no más defensa que la natural y el único trabajo del ingeniero se redujo a establecer una línea de continuidad rellenando de muralla tal cual portillo que ofrecían las rocas y aislaba algunas partes del fuerte. Lo interior corresponde exactamente a este carácter salvaje y bravío y es de lo más rústico y tosco que puede figurarse nadie. […]

Quisimos asomarnos a la punta oriental del castillo, pero era imposible sostener la vista de aquel abismo que causaba un vértigo tremendo y sólo arrastrando pudimos sacar la cabeza y medir la extensión de aquel despeñadero fatal que, erizado de puntas y matas de encina, bajaba hasta la orilla del arroyo. A la izquierda y por la garganta que dejábamos recorrida, se divisaba un trozo pintoresco de las riberas del Sil, la mayor parte de las del Cúa, las Dehesas de Fuentes Nuevas y Camponaraya, los viñedos de Sorribas, el convento de Carracedo y, por último término, las montañas del Burbia medio borradas por la canícula.

A nuestra espalda los pueblos de Lago y Carucedo vislumbraban con sus tejados azules a las márgenes de aquel lago sosegado transparente y dormido, por cuyas aguas no se deslizaba ningún barquichuelo, ni descurría la más ligera brisa que empañase aquel espejo en que los cielos serenos y diáfanos se miraban. ¡Contraste peregrino y que más de una vez debió elevar las almas de los soldados del Temple que, semejantes a las águilas, se anidaban en aquellas alturas, como ahora elevaba la nuestra! ¡Escenas elocuentes adornadas de una tristeza santa y augusta en que la aridez de lo presente se reverdece con las aguas  de la esperanza, a la manera que los lagos, ríos y praderas del Bierzo vistos en lontananza deliciosa, templaban las agrestes y sombrías escabrosidades de Cornatel! […]

Enrique Gil y Carrasco: Cornatel (Viaje a una provincia del interior)

Lago de Carucedo (foto jjferia)

CASTILLO DE CORNATEL

Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.

Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.

Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las cosas de aquella orden. […]

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Castillo de Cornatel (foto jjferia)

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

-¿De dónde bueno tan temprano? -le dijo abrazándole estrechamente.

-De mi castillo de Bembibre -respondió el caballero. […]

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Castillo de Cornatel (foto jjferia)

Quedáronse entonces entrambos en silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Berdigum, y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los encarnados picachos de las Médulas.

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Castillo de Cornatel

Saldaña tenía clavados los ojos en el lago, mientras don Álvaro, siguiendo con la vista las orillas del Cúa, procuraba en vano descubrir el monasterio de Villabuena oculto por un recodo de los montes.

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846): El Señor de Bembibre

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