El Doncel de Sigüenza

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TIERRAS DE CASTILLA

NOTAS DE ANDAR Y VER

José Ortega y Gasset: “El Espectador”


Imágenes: El Doncel de Sigüenza y sus ciudad (foto jjferia)

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Sepulcro con la estatua semiyacente de alabastro del Doncel de Sigüenza (foto jjferia).

El Doncel de Sigüenza es una hermosísima escultura funeraria, insólita por su posición de absorto lector (el libro abierto por el medio simboliza que la muerte sorprendió al lector en el medio del camino de su vida). Y así la leyenda que aparece grabada en ella reza: «Aquí yace Martín Vasques de Arze Cauallero de la Orden de Santiago que mataron los moros socorriendo el muy ilustre señor Duque del Infantado su señor a cierta gente de Jahén a la Acequia Gorda en la vega de Granada cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arze su padre y sepultólo en esta su capilla año MCCCCLXXXVI. Este año se tomaron la ciudad de Lora, las villas de Illora, Moclín y Montefrío por cercos en que padre e hijo se hallaron». Recordemos los versos de Ramón de GarciasolAl Doncel de Sigüenza.

Martín Vázquez de Arce, fronterizo
en vida y muerte, dulce compañero
de la espada y el libro, colmenero
en la ladera eterna, ¿qué se hizo
de tanta apresurada criatura
que se molturó en tiempo dando olvido?
Martín Vázquez de Arce, ¿qué has sabido
leer en piedra un día, que aún te dura
el pasmo por la frente pensativa?
¿Estás oyendo dentro aquella idea
o atento hacia el Henares te me alejas
dejándome más sólo? El aire aviva
un silencio de frente que se orea
al vuelo matinal de las abejas.

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Capilla de Santa Catalina de la catedral con del sepulcro del Doncel de Sigüenza, en primer término el mausoleo de sus padres (foto jjferia).

TIERRAS DE CASTILLA

NOTAS DE ANDAR Y VER

II

…Es una alborada limpia sobre los tonos rosa y cárdeno del poblado de Sigüenza. Quedan en el cielo unos restos de luna que pronto el sol reabsorberá. Es este morir de la luna en pleno día una escena de superior romanticismo. Nunca más tierna la apariencia del dulce astro meditabundo. Es una manchita de leche sobre el haz terso del cielo, una de esas fresas blancas que traen de nacimiento algunas muchachas en su pecho.

La mula torda sobre la que hago camino alarga sus brazos sobre el polvo calcáreo de la carretera. Delante va cargada de vianda otra mula castaña, de orejas lacias y el andar mohíno, una pobre mula maltraída, más vieja que un padre de la Iglesia. Sobre ella, vestido de pardo y tocado con la gorra de piel de conejo, acomodado en las enormes aguaderas, entre sombrillas y bastones y trespiés fotográficos que dan a la bestia un aspecto de roto bergantín, navega Rodrigálvarez. Rodrigálvarez es un hombre que parece arrancado al poema de quien voy siguiendo las trazas…

Mynaya Alvar Fañez, que Çorrita mandó,
Martín Antolinez, el Burgalés de pro,
Muño Gustioz, que so criado fo,
Martín Muñoz, el que mandó a Mont Mayor,
Albar Albarez e Albar Salvadorez…
(Versos 735_739)

Arco del Portal Mayor (foto jjferia)

Sin embargo, Rodrigálvarez es un vaquero de Sigüenza que se ha prestado a conducirme por los senderos de esta tierra. Dicen que nadie como él conoce los caminos. Ya veremos.

Entre chopos y olmos sigue la carretera el curso del Henares, un hilo imperceptible de agua que corre por un caz. A ambos lados unas pobres huertas lo ocultan con sus mimbreras.

Estas salidas, muy de mañana, por los campos fuertes tienen un dejo de voluptuosidad erótica. Nos parece que somos los primeros en hendir a nuestro paso el aire puesto sobre el paisaje, y este mismo parece que se abre a nosotros con el poco de resistencia necesario para que nos percatemos que somos los que rompemos esta vía hacia su corazón.

Al volver atrás la mirada por ver el trecho que llevamos andado, Sigüenza, la viejísima ciudad episcopal, aparece rampando por una ancha ladera, a poca distancia del talud que cierra por el lado frontero el valle. En lo más alto el castillo lleno de heridas, con sus paredones blancos y unas torrecillas cuadradas, cubiertas con un airoso casquete. En el centro del caserío se incorpora la catedral, del siglo XII.

Las catedrales románicas fueron construidas en España al compás que hacían las espadas cayendo sobre los cuerpos de los moros.

Sigüenza fue bastante tiempo lugar fronterizo, avanzada en tierra de musulmanes. Por eso, como en Ávila, tuvo la catedral que ser a la vez castillo; sus dos torres cuadradas, anchas, recias, brunas, avanzan hacia el firmamento, pero sin huir de la tierra, como acontece con las góticas. No se sabe qué preocupaba más a sus constructores: si ganar el cielo o no perder la tierra.

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Rosetón y torres almenadas de la Catedral de Sigüenza (foto jjferia).

Esta indecisión a que me invita el par de torres bárbaras que ahora veo coronar el municipio seguntino es muy de mi sabor. Vivimos entre antítesis: la religión se opone a la ciencia, la virtud al placer, la sensibilidad fina y estudiada al buen vivir espontáneo, la idea a la mujer, el arte al pensamiento… Alguien, al ponernos sobre el planeta ha tenido el propósito de que sea nuestro corazón una máquina de preferir. Nos pasamos la vida eligiendo entre “lo uno y lo otro”. ¡Un penoso destino! ¡Prolongada, insistente tragedia! Sí, tragedia: porque preferir supone reconocer ambos términos sometidos a elección como bienes, como valores positivos. Y aunque elijamos lo que nos parece mejor, siempre dejamos en nuestra apetencia un hueco que debió llenarse con aquel otro bien pospuesto.

Ahora bien: las gentes suelen mostrarse demasiado presurosas en decidirse por lo mejor; olvidan que cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma. No, no prefiramos; mejor dicho, prefiramos no preferir. No renunciemos de buen ánimo a gozar de “lo uno y de lo otro”: religión y ciencia, virtud y placer, cielo y tierra… Cierto que hasta ahora no se han resuelto las antítesis; pero cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas.

La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora de amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí, trayéndome esta sugestión castiza en el viril de su tabernáculo…

La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada.

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Casa natal del llamado Doncel del Sigúenza rehabilitada como sede del Archivo Histórico Municipal (foto jjferia).

III

Mas al pensar todo esto y descolgar con la vista de las anchas torres este jirón ideológico, recuerdo que dentro de la iglesia, en un rincón de la nave occidental, hay una capilla y en ella una estatua de las más bellas de España. Me refiero al enterramiento de don Martín Vázquez de Arce.

Es un guerrero joven, lampiño, tendido a la larga sobre uno de sus costados. El busto se incorpora un poco apoyando un codo en un haz de leña; en las manos tiene un libro abierto; a los pies un can y un paje; en los labios una sonrisa volátil. Cierto cartelón fijado encima de la figura hace breve historia del personaje.

Era un caballero santiaguista, que mataron los moros cuando socorría a unos hombres de Jaén, con el ilustre duque del Infantado, su señor, a orillas de la acequia gorda, en la vega de Granada.

Nadie sabe quien es el autor de la escultura. Por un destino muy significativo, casi todo lo grande es anónimo. De todas suertes, el escultor ha esculpido aquí una de esas antítesis. Este mozo es guerrero de oficio: lleva cota de malla y piezas de arnés cubren su pecho y sus piernas. No obstante, el cuerpo revela un temperamento débil, nervioso. Las mejillas descarnadas y las pupilas intensamente recogidas declaran sus hábitos intelectuales. Este hombre parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, combatió en Loja, en Mora, en Montefrío bravamente. La historia nos garantiza su coraje varonil. La escultura ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica?

José Ortega y Gasset (1883-1955): El espectador

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Escultura de alabastro en posición semiyacente del sepulcro del Doncel de Sigüenza (foto jjferia)

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