El Bierzo

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  • TEXTO: Cápitulo X, fragmentos (Enrique Gil y Carrasco: El señor de Bembibre).
  • IMÁGENES: Castillo templario de Ponferrada y de Cornatel, lago de Carucedo,  Las Médulas, Puente sobre el Cúa en Cacabelos, Panorámica del Bierzo desde el castro de la Ventosa, monumento al señor de Bembibre y Monasterio de Carracedelo  (foto jjferia).

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Aunque desde cualquiera parte de su falda que se mire esta extraña colina [castro de Bergidum, de donde procede el topónimo Bierzo], al punto se conoce su hermosa situación, pues en el corazón de un país rico y variado se dibuja sola y orgullosa sobre el fondo del cielo, todavía se experimentan al llegar a su cresta sensaciones tan nuevas como deliciosas. Era una tarde de julio cuando, en compañía de dos amigos de aquellos que sin duda por su precio concede tan escasamente el cielo, subimos a ella. Un viento fresco del poniente movía las vides sobre los escombros del templo de Baco, el cielo estaba claro y diáfano, sólo unas nubes de color de plomo con vivas franjas de púrpura servían de lecho al sol que se ponía. A nuestros pies teníamos la villa de Cacabelos, el Cúa, que corría por entre sotos y arboledas fresquísimas, y la grande y blanca mole del monasterio de Carracedo. Un poco más adelante, Ponferrada, cubierta en gran parte con su magnífico castillo de templarios, se extendía por un hermoso altozano y, muy cerca de ella, se alzaban iguales como dos gemelos los castros de Columbrianos y San Andrés, antiguos campos atrincherados de los mismos cuyo polvo removíamos a la sazón con nuestras plantas. A la derecha se desplegaba la cordillera altísima de la Aquiana; el Sil, centelleante como una serpiente de escamas de oro a los últimos resplandores del sol, se deslizaba besando su falda y, al paso en su orilla derecha, llana y sosegada, se esparcían las praderas de Villaverde y Dehesas. En la izquierda, ya más quebrada y pintoresca, veíase desembocar el río Oza por la vega de Toral de Merayo. Rimor enclavado en un angosto valle, Priaranza vistosamente asentado en la cuesta, el castillo de Cornatel semejante a un nido de águilas colgado sobre un horroroso precipicio y, por último término, las tajadas cárcavas y caprichosos picachos encendidos de Las Médulas que a lo lejos parecen vivas llamas sin cesar alimentadas por una mano invisible. A nuestra espalda, aunque más reducido, no era menos agradable el paisaje. La cuenca deleitosa de Vilela dilataba a orillas del Burbia sus huertas y prados, sus campos de trigo y sus castañales, y a su frente, en un recogido seno de los montes subía, en lucida y desordenada gradería con sus higuerales y vergeles, el pueblo de Corullón coronado por un antiguo y alto castillo. Describir ahora todos los accidentes, la diversidad de tonos y la variedad de contrastes de este riquísimo paisaje excedería los límites de un bosquejo: baste decir que el paisajista más exigente no tendría motivo para quedar descontento. La plataforma tendrá como dos mil varas de circunferencia. Su figura es ovalada más que redonda y desde ella se registra y domina todo el país. Enrique Gil y Carrasco: Viaje a una provincia del interior.

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Monumento al Señor de Bembibre, protagonista de la novela de Gil y Carrasco (foto jjferia).

EL SEÑOR DE BEMBIBRE: Capítulo X (fragmentos)

Don Álvaro salió de su castillo muy poco después de Martina, y encaminándose a Ponferrada subió el monte de Arenas, torció a la izquierda, cruzó el Boeza y sin entrar en la bailía tomó la vuelta de Cornatel. Caminaba orillas del Sil, ya entonces junto con el Boeza, y con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles que el viajero no se cansa de mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de infinitas aves. Ora atravesaba un soto de castaños y nogales, ora un linar cuyas azuladas flores semejaban la superficie de una laguna, ora praderas fresquísimas y de un verde delicioso, y de cuando en cuando solía encontrar un trozo de camino cubierto a manera de dosel con un rústico emparrado. Por la izquierda subían, en un declive manso a veces y a veces rápido, las montañas que forman la cordillera de la Aquiana con sus faldas cubiertas de viñedo, y por la derecha se dilataban hasta el río huertas y alamedas de gran frondosidad. Cruzaban los aires bandadas de palomas torcaces con vuelo veloz y sereno al mismo tiempo; las pomposas oropéndolas y los vistosos gayos revoloteaban entre los árboles, y pintados jilgueros y desvergonzados gorriones se columpiaban en las zarzas de los setos. Los ganados salían con sus cencerros, y un pastor jovencillo iba tocando en una flauta de corteza de castaño una tonada apacible y suave.

Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.

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Castillo de Cornatel sobre un escarpe rocoso, escenario del relato (foto jjferia).

Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.

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Claustro del Monasterio de Santa María de Carracedo Foto jjferia).

Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las cosas de aquella orden.

El comendador que, según su inveterada costumbre, estaba en pie al romper el día, viendo un caballero que subía la cuesta, y conociéndole cuando ya estuvo más cerca, salió a recibir con, un afecto casi paternal a tan ilustre huésped, mirado entre todos los templarios como el apoyo más fuerte de su orden en aquella tierra.

[…]

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Lago de Carucedo en la Comarca del Bierzo (foto jjferia)

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

-¿De dónde bueno tan temprano? -le dijo abrazándole estrechamente.

-De mi castillo de Bembibre -respondió el caballero.

[…]

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Minas romanas de oro de las Médulas desde el mirador de Orellán (foto jjferia).

Quedáronse entonces entrambos en silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Berdigum [Bergidum], y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los encarnados picachos de las Médulas.

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846): El señor de Bembibre

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Castillo templario de Ponferrada , donde se suele escenificar El señor de Bembibre (foto jjferia).

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