Plasencia

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  • TEXTO: Plasencia (José Gutiérrez-Solana: La España Negra).
  • IMÁGENES: Paza de la Catedral, iglesia de san Nicolás, puerta del Sol, murallas y palacio episcopal de Plasencia (foto jjferia).

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Puerta del Sol y monumento al rey Alfonso VIII, fundador de la ciudad (foto jjferia)

PLASENCIA (Fragmento)

Entramos en Plasencia; empiezo a andar por la carretera; la ciudad está dividida por un puente de piedra, por donde pasa el río Jerte; veo muchas mujeres lavando la ropa, y a lo lejos se destaca la catedral. Antes hemos contemplado los arcos de un acueducto romano.

Para entrar en esta ciudad hay que pasar por un arco llamado Puerta del Sol; desde aquí veo, en las afueras, un cementerio muy grande, quizás señal ne que aquí debe morir mucha gente.

La catedral tiene un color amarillento dorado de piedra calcinada por el sol; está encima de una muralla, y a lo lejos se confunde algo con la tierra, pues tiene su mismo color; vista más de cerca, ostenta en sus muros varios relojes de sol, y se ven sus campanarios, anchos y cuadrados, desnudos de adornos; de sus descomunales campanas penden los grandes badajos de bronce que vemos asomar desde las calles, que quedan en hondo; bajo el murallón de esta catedral quedan, como ahogados, los paradores y posadas, abarrotados de paja y carros. Estos típicos paradores, que tienen en sus blancas fachadas unas grandes botas  de vino y la rueda de un carro, vamos leyendo sus nombres: «El parador del Alba», «El parador del Cura», «Posada de las Almas».

Frente por frente a la fachada principal, está el palacio del obispo y el Seminario Conciliar, donde no hacen más en todo el día que ir y venir monjas y curas sucios, con las sotanas llenas de lamparones. El obispo, en estos sitios, es como un rey; se aburre mucho en esta solemne ciudad y casi siempre se pasa el año en Madrid, y deja encargados de su palacio a sus intrigantes secretarios de sotana nueva y zapatos charolados.

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Murallas y Palacio Episcopal (foto jjferia)

Cuando está en el pueblo no hace más que dar comidas y pronunciar discursos llenos de lugares comunes, y cuando muere, como casi siempre suele estar fuera, le llevan a Plasencia, con gran acompañamiento de curas y militares, y aquí tiene el alto honor de ser enterrado en la catedral, bajo una losa, con sus títulos y dignidades, con inscripciones latinas. Después de hincharse bien de corromperse por los cuatro costados, espera el momento propicio para que sus admiradores pidan a Roma que se le canonice. Cerca  de la catedral está la calle llamada de Maldonado, muy bien provista de esparterías y tiendas de cerería, donde se venden las velas y hachones para los velatorios y entierros. A la terminación de esta calle está el barrio de los Descalzos, donde hay muchos frailes pedigüeños que salen a limosnear por la ciudad, haciéndose los pobrecitos, y muy cerca la ermita de Santa Elena, casi siempre cerrada; en ésta hay un cristo milagroso, y en un altar enrejado las cabezas de dos mártires, colocadas en una fuente; al lado de éstas está el cuchillo que sirvió para cortarlas. También es de notar en esta iglesia el coro, hecho de una manera muy rústica; debajo de éste hay una cruz que tiene una densa capa de barniz negro, muy reluciente; de sus brazos cuelgan dos lienzos blancos y tiesos, cruzados por dos lanzones; en la cabecera de esta cruz hay una corona de espinas, como para una cabeza muy gorda, y al pie un manojo de largos clavos. En las calles de las Cruces hay también muchas iglesias; a la caída de la tarde repican todas las campanas llamando al rosario.

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Plaza e iglesia de San Nicolás (foto jjferia)

Muchos días, se ven por las mañanas las niñas de los grupos escolares, que vuelven de la comunión, cansadas y tristes, con las trenzas y tirabuzones caídos a lo largo de sus caras, que las hace más amarilla; las que tienen el pelo rubio parecen mas descoloridas; los ojos muy brillantes, como de cristal, parece que se salen de los párpados, que cuelgan morados y abultados por la falta de sueño; las obligan las maestras a desvelarse y madrugar y a ir a confesar y comulgar todos los días, antes de salir el sol. En la Calleja de los Toros está el hospital; en los pasillos se ven, paseando, algunos enfermos que les han dado de alta; los hay que tienen una pierna cortada y un brazo de menos, con las vendas en el muñón y la cara amarilla de la enfermedad. En la desierta calle del Sol se ven casas miserables, alguna ventana conserva una cortina echada; estaba habitada por mujeres de mala vida; hoy las han echado del pueblo, y el que quiera una mujer tiene a la fuerza que casarse. Por eso alguna vez es violada una mujer que volvía por la carretera, con un cesto a la cabeza, de un pueblo cercano, y sus gritos fueron en vano, pues no la oían, al estar en pleno campo y lejos de la ciudad, y se la encuentra muerta por las afueras de estos pueblos. La puerta del Carro está llena de pordioseros, de esos que por las mañanas van a pedir a la plaza, donde están los cafés; «uno de ellos toca el violín» y su mujer lleva un brazo lleno de ronchas y en carne viva, que lo enseña, metiéndoselo por las narices al primer forastero que llega al pueblo.

José Gutierrez-Solana (1886-1945): La España Negra (1920)

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Puente de piedra sobre el río Jerte (foto jjferia)
Joaquín Sorolla: El mercado (Con la ciudad de Plasencia al fondo) Cuadro dedicado a Extremadura.

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