Monasterio de Moreruela

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  • TEXTOS: Racuerdo de la Granja de Moreruela (Miguel de Unamuno: Andanzas y visiones españolas).
  • IMÁGENES: Monasterio cisterciense de Santa María de Moreruela, en el término de la localidad zamorana de Granja de Moreruela (foto jjferia).

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De Moreruela a La Hiniesta: Viniendo de Benavente hacia Zamora, a un paso de Granja de Moreruela, yacen las ingentes ruinas del monaterio de Moreruela, a orillas del Esla. Dicen los enterados que este cenobio es el primero que estableció el Císter en España. Es una construcción típica de la orden: Una larga iglesia de tres naves, crucero, girola tras el ábside de la capilla mayor y siete absidiolas, cuya planta es apuntada. Es este templo monumental uno de los ejemplares característicos de la transición del románico al gótico. Nada sabemos de sus bóvedas ni de su cimborrio, pero imaginamos su monumentalidad. Estas ruinas abruman y provocan la melancolía. El paraje es a propósito para las reflexiones tristes. Álvaro Ruibal (1910): León.

RECUERDOS DE LA GRANJA DE MORERUELA (Fragmento)

No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora, resisten a acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de cistercienses en España.

Allá me fui el último Domingo de Resurrección, y allí recordé una vez más el virgiliano etiam ruinae periere: ¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.

Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas cubiertas de la blanca floración de las yerbas acuáticas, y al llamar yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: “¡Hasta el agua estancada cría flores!”.

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Ruinas del Monaterio cisterciense de Santa María de Moreruela (foto jjferia).

A lo que pensé calladamente: no; sólo el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente, pero a la poesía le basta la que está quieta. Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de cistercienses de la Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:

En una celda solo, como en arca
de paz, libre de menester y cargo,
el poema escribir largo, muy largo,
que cielo y muerte, tierra y vida abarca.
Después, en el verdor de la comarca
la vista apacentar; sin el amargo
pasto del mundo, a la hora del letargo
ver cómo visten la dormida charca
en flor las ovas. Lejos del torrente
raudo del caz que hace rodar la rueda
que muele el trigo, soñar lentamente
vida eternal en la que el alma pueda
ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente;
florece sólo el agua que está queda!

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Ábside del monasterio cisterciense de Moreruela (foto jjferia).

¡Soñar así, lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y apacible Historia de la Orden de San Jerónimo, que en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por habérnosla vuelto a dar). ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando el salmo Super flumina Babilonis?

No parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize: Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena. Dixolo una vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar del Señor en la tierra de los vivientes”. (Libro  IV, cap. XXVII).

[…]

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Cabecera de la iglesia del Monarerio de Moreruela (foto jjefria).

Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia. ¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a san Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética Edad Media, mocedad del cristianismo!

Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le buscan y le encuentran.

Salamanca, junio de 1911.

Miguel de Unamuno (1864-1936) Andanzas y visiones españolas

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