Estar en Babia

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FILANDÓN

Luis Mateo Díez: “Relato de Babia”


Imágenes: El paisaje de Babia (foto jjferia)

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FILANDÓN (fragmento)

La cocina está enchabanaday sus ventanas se abren a la huerta, justo sobre las ramas de un nogal frondoso. De la noche reciente llegan esos clamores estivales que envuelven la quietud del pueblo, que se mezclan con el sordo revoloteo de los pardales.

—En esta casa en los filandones2, cuando vivía mi madre, siempre se tomaban unas copitas de Licor Coyanza.

Nos hemos sentado en el escaño que hace ángulo, ante la mesa de roble. De los cojines repartidos por el escaño saltó el gato ahuyentado y medroso.

—De aquel licor ya no queda, pero vais a probar la tarta babiana con una mostacilla.

Reparte Rosa los platos de postre, las diminutas copas de cristal azulado, las cucharillas de plata. Nos sirve el vino, que alabamos después del primer sorbo.

—Espero que me haya salido bien —declara al poner la tarta sobre la mesa.

—Tener tiene toda la pinta —afirma don Jesús.

—Vas a darme la receta.

—Más fácil no puede ser. Es tarta de pastores y, como tal, de migas. Para esta que ves, un cuarto de mantequilla fresca, un trozo de hogaza reposado por lo menos de dos días, cuatro huevos, un tazón de leche y azúcar.

—La dificultad está en darle el punto —advierte Ángeles—. Y, desde luego, Rosa la borda.

—Sí, señora, mejor imposible.

—Bueno, pues apunta si quieres la receta. Aquí en Babia somos muchas las que la tarta la seguimos haciendo. Otras cosas se pierden, pero esta no. Coges un recipiente que sea un poco extendido y echas en él la mantequilla a diluir, al fuego. Rayas o desmenuzas bien el pan y lo viertes para que se vaya friendo en la mantequilla, que quede bien empapado en ella. Agregas tres cucharadas de azúcar, lo mezclas todo y ya lo quitas de la lumbre. Bates cuatro huevos muy batidos y le agregas un tazón de leche. Lo echas todo en el recipiente mezclándolo, bien removido. Añades un poco más de azúcar si ves que la necesita, porque tiene que estar dulce, y al horno. La tarta sube, y cuando la ves completamente dorada la sacas. Baja entonces un poco, y lista para comerla. Ya ves qué fácil.

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Laguna de la localidad de Lago de Babia (foto jjferia)

Esconde la dorada corteza un jugoso interior, y en el exquisito paladar imperan las dulces y suaves hermandades de las migas y la mantequilla, el regalo de algún antiguo sabor ajeno a la más leve mistificación. Ese gusto de recóndita pureza que al recobrarlo parece que te devuelve a la infancia.

—No queda más remedio que empezar brindando por las manos de Rosa.

—Luego probáis los hojaldres.

—Así eran los filandonesque a mí me gustaban —confiesa don Manuel—. Empezabas cascando unas nueces y terminaban sacándote un brazo de gitano.

—Mira, del dicho ese de «estar en Babia» hay distintas interpretaciones —dice don Jesús.

Está velada la cocina en los amplios rincones de su extendido territorio. Las chábanas1 parece que sumergen las sombras interiores, tiñéndolas del mismo brillo negro de la pizarra.

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La ermita de la Pruneda marca el límite de la vecina Comarca de Luna (foto jjferia)

—La más corriente por ahí es la que recogió Víctor de la Serna en su libro La Ruta de los Foramontanos (ver abajo) donde, por cierto, a Babia la llama la Tierra de los Perfumistas, porque babianos eran los que hacían aquella colonia que fue tan famosa en Madrid, la de los Álvarez Gómez. Se dice que a los reyes de León les gustaba venir a Babia para evadirse de los pleitos y de las intrigas de la corte. Babia era para ellos como un paraíso, donde estar tranquilos y dedicarse a la caza, que no debía ser mal deporte correr los osos y los corzos y los jabalíes. Claro que con el monarca ausente los nobles intrigaban a sus anchas, y los súbditos leoneses decían: «El rey está en Babia», con lo que daban a entender que el rey no quería saber nada de nada. «Estar en Babia» se dice desde entonces, según asegura Víctor de la Serna en su libro, de un estado psicológico que se encuentra a medias entre el dolce far niente y el «no quiero saber nada».

—Esa interpretación —opina Ramiro— es como la más vistosa y extendida, pero no tiene traza de ser la verdadera. A mí me parece mejor la que da Manolo Rabanal en un artículo que creo recordar se publicó en un periódico de Madrid. Y que, además, es una interpretación que coincide con un romance que precisamente se titula, o así se le conoce, como «Romance del pastor que estaba en Babia».

—Sí, es el tema de la trashumancia de los pastores babianos — aclara Floro.

—Sin duda es una interpretación mucho más realista — prosigue Ramiro—. Los pastores babianos aquí dejaban todo cuando se iban a Extremadura, eran unos meses lejos de la familia, de los seres queridos, lejos de sus pueblos. Y el «estar en Babia» era el gesto ausente, ensimismado, de su nostalgia y de su recuerdo, tan vivo y tan lógico. Imagina, además, la vida solitaria del pastor. Aparte de que el babiano, como la Pícara Justina dice del leonés en general, es muy morido3  por su tierra.

—Me gustaría conocer el romance.

—Bueno, pues como no debe haber filandón sin romances, y de filandón2 estamos, yo lo voy a decir, y espero acordarme de él completo —afirma Floro.

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Camino del Alto de la Farrapona desde Torrestío (foto jjferia)

Un amplio destello alcanza los armarios acristalados que cubren la pared derecha de la cocina, donde se ordena la cacía4: las blancas porcelanas, platos, tazas, alineadas en el familiar reposo. Los pardales siguen revoloteando en el nogal.

—Este es el «Romance del pastor que estaba en Babia»:

Cuando la noche se abaja
toda en su manto guarnida5
ya se avivan en el chozo
brasas de melancolía,
ya está la majada quieta,
tan ordenada y cumplida,
y ya señorea la luna
sobre la tierra enganida6.

El pastor ovejerito
es un puño en su pellica.
Ladra el mastín en el cerro,
runrunean las esquilas,
la noche, toda, se encalma
con las estrellas furtivas.

Ay, el mi pastor galano
que en vez de cantar suspira.
Cómo le vienen y arañan
visiones de lejanía,
recuerdos de tierra luenga,
ecos de las sierras frías,
y un dulce clamor que hiere
en el alma estremecida.

Ya está en el chozo la Babia
siempre llevada y traída,
tan lejana, tan lejana,
y en el corazón metida.

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Curso alto del río Luna a su paso por Babia (foto jjferia)

El ovejerico sueña
de la su novia caricias,
y sueña de la su madre
carantoñas y natillas,
sueña también la su torre
con las cigüeñas dormidas
y el repicar de campanas
en la fiesta de la ermita.

Ay, dehesas de Extremadura,
rebaños de lana fina,
mastines que están de guardia,
buitres de sagaz pupila
que siempre van al acecho
de la oveja mal herida,
y órdenes del rabadán
dominando la vigilia
de la noche y la majada
que en el cerro se cobija.

Todo se aduerme careado7
en su paz y en su medida,
únicamente el pastor
no duerme, que sueña, herida
la rosa de los recuerdos
de la su aldea querida.

Ay, pastor que estás en Babia,
ay, noche, qué mal abrigas
los decires sin palabras,
las añoranzas no escritas,
del pastor que está en su chozo
como un puño en su pellica,
siempre clavado en su Babia
tan bien llevada y traída.

Luis Mateo Díez (n. 1942): Relato de Babia

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1 Enchabanada: Pavimentada con chábana (losa de pizarra). 
2 Filandón: Reunión de familias del lugar después de cenar.
3 No he visto hombres (los leoneses) más moridos de amores por su pueblo (Pícara Justina).
4 Cacía: Vajilla.
5 Guarnida: Guarnecida, envuelta, revestida.
Enganida: Encogida por el frío.
Carear: Dirigir el ganado.

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Llegada a la comarca leonesa de Babia desde el puerto de Somiedo (foto jjferia)

LA TIERRA DE LOS PERFUMISTAS (fragmento): Veintidós entidades de población, veintidós aldeas, veintidós caseríos, veintidós complejos a los que llaman «mi pueblo» algunos millares de emigrantes, constituyen el delicioso valle de Babia, al que entramos siguiendo el curso del Luna arriba. Uno de los primeros pueblos cuyo «tejuelo» encontramos ya escrito en la carretera es Villafeliz. El valle de Babia nos saluda con un «ave» optimista, como para neutralizar nuestra melancolía de ayer al abandonar el valle de Luna, tal vez para no volverle a ver nunca más. […] ¿Que por qué se dice estar en Babia cuando se está como ausente o ajeno a lo que sucede en torno? Veras, lector. Parece que los Reyes de León gustaban, como gente fina que eran, de pasar largas temporadas de verano en Babia, cuando todavía los condes de Luna no habían fijado allí su puesto de mando, para expoliar el país. Babia era una región placentera, bien abastada, bien comunicada, guardada por gente pacifica e hidalga, leal al Rey y, entonces, con buenos cazaderos de osos, corzos y jabalíes. Ordoños, Ramiros, Alfonsos y Fernandos se encerraban en Babia muchas veces, huyendo de las intrigas de la Corte y de las ambiciones de nobles y prelados empeñados en instaurar la modalidad feudal. A veces, los fieles súbditos leoneses echaban de menos a su Monarca, ausente, mientras los nobles intrigaban. «El Rey está en Babia», repetían. Y con esto daban a entender que Su Alteza no quería saber nada de nada. Desde entonces, «estar en Babia» se dice de un estado psicológico que está entre el «dolce far niente» y el «no quiero saber nada»). Víctor de la Serna(1896-1958): “Ruta de los foramontanos”

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Babia6
Pradería en la inmediaciones de Ríolago (foto jjferia).
ÁLBUM DE FOTOS
Ver el álbum «Babia» en Flickr (foto jjferia)

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