Cabo de Gata

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  • TEXTO: El Cabo de Gata, fragmento del capítulo VI  (Juan Goytisolo: Campos de Níjar).
  • IMÁGENES: Cabo de Gata y faro, playa e iglesia de La Almadraba, Punta de la Vela Blanca (foto jjferia).

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EL CABO DE GATA

La carretera me orienta por las marismas. Atrás quedan las casas del pueblo, la torre en ruinas, los niños oscuros y flacos. El sol no castiga como antes y el viento es fresco. A mi izquierda los saladares cubren la superficie de la llanura. El barco de los americanos espera en alta mar que lo carguen.

Al cabo de veinte minutos de marcha se llega al poblado de las salinas. Sus casas están más apiñadas que en Gata. Hay una iglesia gris de construcción reciente, una cruz solitaria en recuerdo de los Caídos y una montaña de sal blanca, que parece nieve. El aire huele como en las afueras de las grandes ciudades y el conjunto es de una extraña asimetría.

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Iglesia de La Amadraba en el cabo de Gata (foto jjferia)

La carretera sigue entre saladares y la playa, a merced del sol y del viento. Las sierras de Gata se aproximan e interrumpen el paisaje con su gran mole. A sus pies, a un cuarto de hora de camino, se encuentra un tercer poblado: La Fabriquilla, tan mísero y destartalado como los anteriores, con las calles infestadas de perros hambrientos y de niños que corren dando gritos y se revuelcan en la aguacha.

Tengo sed y entro a tomar una copa en el bar Viruta. El anís que me dan es seco y lo bebo de un latigazo. Fuera, las últimas casas del poblado faldean la sierra. Los zaguanes están llenos de gente que mira. En la montaña hay media docena de cuevas de aspecto sórdido y un hombre trepa hacia ellas llevando un crío entre los brazos.

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Punta de la Vela Blanca y cabo de Gata (foto jjferia)

Cuando subo el camino del faro, el paisaje sufre una transformación. La sierra se desploma verticalmente sobre el mar y las olas descarnan el acantilado con furia.

A medida que cobra altura la carretera, el horizonte también se ensancha. El sol brilla, pero ya no da calor. Las corrientes marinas forman hileros que cebrean la masa azul inmóvil y los farallones de la costa emergen como morsas, festoneados de espuma.

La sierra es ocre, desértica. Su vegetación se reduce al palmito, que los almerienses emplean para fabricar escobas y esteras, y cuyo cogollo, blanco y sabroso, se consume, importado de África, en todos los países de Europa, donde es más estimado que el espárrago.

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Faro del Cabo de Gata (foto jjferia)

Media hora de camino por curvas cerradas y el faro de la Testa del Cabo aparece de pronto, uno de los más hermosos faros del mundo, sin duda. Las montañas lo aíslan enteramente de tierra y, batido día y noche por el mar, se yergue, solitario y agreste, atalayando la costa del moro, vigía fiel, hoy, de tempestades y naufragios, ayer, de desembarcos berberiscos.

Uno piensa con tristeza que un sitio así debería ser baza turística importante y contempla melancólicamente la carretera estrecha, polvorienta y sinuosa, por la que apenas cabe un automóvil, y cuyo acceso, para colmo de ironía, está prohibido a los coches particulares que  –según leo en un cartel– no dispongan previamente de permiso.

Juan Goytisolo (1931): Campos de Níjar

Campos de Níjar
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Playa de la Almadraba en el cabo de Gata (foto jjferia)

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