Plaza de Pareja

Fuente de la Plaza Mayor y Palacio de los obispos de Cuenca frente al Ayuntamiento.
  • TEXTO: Del arroyo de la Soledad al arroyo de la  empolveda; fragmento del capítulo VIII (Camilo José Cela: de “Viaje a La Alcarria” ).
  • IMÁGENES: Iglesia parroquial, Plaza Mayor, fuente y palacio de los obispos de Cuenca en Pareja (foto jjferia).

DEL ARROYO DE LA SOLEDAD AL ARROYO DE LA EMPOLVEDA
(Fragmento)

Pareja es un pueblo industrioso y grande, con casas nuevas al lado de otras en ruinas y una fonda en la plaza principal. La plaza es amplia y cuadrada, y en el centro tiene una fuente de varios caños, con un pilón alrededor, y un olmo añoso —olma le llaman, porque es redondo-, copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizá, como la piedra más vieja del pueblo. En torno a la fuente, las mujeres aguardan para llenar sus cantarillos y sus botijos. Las mujeres llevan el cántaro en la cadera y una caña hueca al hombro; la caña la usan para guiar el agua que cae de la fuente, a dos varas del borde del pilón. Las mujeres de Pareja tienen una rara maestría en cazar —o mejor, en pescar— el agua sin que se les caiga ni una gota.
El viajero entra en la fonda; quiere desayunar algo caliente, lavarse y después sentarse a descansar un rato. La fonda tiene unas mecedoras que cautivan y unas chicas coloradas, simpáticas, gorditas, que ríen mientras trajinan afanosas de un lado para otro; llevando unos cacharros, vaciando un orinal, limpiando el polvo de los muebles, haciendo una cama, fregando el suelo, todo al mismo tiempo, todo en desorden, todo con alegría. Una de las chicas se llama Elena y la otra María. El viajero, mientras ve hacer a Elena y a María, nota que le invade un sopor optimista. El desayuno, realmente, está muy bueno. Chillan los gorriones en el olmo de la plaza, ante el balcón abierto lleno de macetas de geranios, y un canario amarillo canta en su jaula, erizando las plumitas de la garganta. Un gato duerme al sol, dentro del cuarto, en la esquina de la este rilla de esparto, y un niño pequeño mea gloriosamente, desafiadoramente, desde el balcón.
En la habitación de al lado, por la puerta abierta, se ve un mocito raquítico y gesticulante, un mocito epiléptico y quizá medio chiflado, que está sentado en una silla baja, con las piernas mal gobernadas envueltas en una manta. Al viajero le invade, de repente, el remordimiento de conciencia.
A la plaza llega, entre una nube de polvo y una bandada de chiquillos, un autobús canijo, bullidor y saltarín, que se detiene unos minutos, para que se baje la gente, y se marcha después por el camino de Escamilla, alborotando como un condenado. Al cabo de un rato, cuando ya debe ir el autobús muy lejos, todavía se le oye renquear cuando se callan, un instante, los gorriones del olmo.

A la plaza llega un viejo que toca una campanilla. La gente le hace corro y el viejo se sube a unas piedras. En la mano izquierda lleva unos papelillos y con la derecha acciona y gesticula como un agitador político. El viajero, que está muy cómodo en su mecedora, no quiere levantarse para escuchar; se conforma con coger al vuelo, de cuando en cuando, algo de lo que el viejo dice. El mocito canijo, que debe estar ya muy harto de su silla, no puede levantarse para oír; como a la fuerza ahorcan, se aguanta y mira para la plaza con un gesto de envidia, estúpido y bestial.
El viejo, que lleva birrete de terciopelo verde y gasta barbita blanca, pregona su mercancía. Tiene voz de gato o de mujer y se desgañita para que lo oigan mejor. Es pequeño y encorvado y parece judío. Entrecortadamente, el viajero entiende el discurso del buhonero.
—¡La oración de la Virgen del Carmen y El sepulcro o lo que puede el amor! ¡El bonito tango del brigadier Villacampa y las canciones de la Parrala y la Pelona! ¡Las décimas compuestas por un reo estando en capilla en la ciudad de Sevilla, llamado Vicente Pérez, corneta de la Habana! ¡Siento renacer en mí tu amor al saber que volverás!, la última creación de la Celia Gámez. ¡Las atrocidades de Margarita Cisneros, joven natural de Tamarite! ¡A cinco! ¡Compre usted la bonita copla de moda, a cinco!
El mocito anormal hace gestos al viajero para que le haga caso. El viajero le dice: ¿Qué quieres?, pero no entiende lo que quiere porque el muchacho casi no sabe hablar.
Cuando llega hasta su silla, el muchacho le pregunta tartamudeando y muy azarado:
—Oiga, ¿ése es de aquí?
—No, hijo, ése no es de aquí; ése es de Priego.
—Ya me parecía; yo no lo había visto nunca.
Una cigüeña pasa, volando, muy bajo, sobre el olmo.
—Oiga, ¿me da usted un pitillo?
—Tómalo.
—Oiga, si vienen mis hermanas y ven humo, usted dice que es suyo, ¿eh?
—Bueno.
La cigüeña lleva una culebrita de agua en el pico y desaparece por encima de las casas.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria (Capítulo VIII)

Viaje a La Alcarria
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