Peñón de Ifach

Calpe (Alicante)
  • TEXTOS: Bardells y la familia de luto. El barranco. Ifach (Gabriel Miró: Años y leguas).
  • IMÁGENES: Peñón de Ifach, costa de Calpe, Alicante (Foto jjferia).

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EL PEÑÓN DE IFACH

«¡Aquí tienes el Ifach, Sigüenza, en el tiempo prometido! Ahora ha de ser cuando lo comprendas y lo goces». Y en seguida se vale del irresistible y engañoso prurito de las comparaciones. De tan hermoso, debió de ser ya monte escogido y ensalzado por los antiguos, como el monte Erix, de Sicilia. Tendría su templo, con cipreses y mirtos, como Erix tuvo el de Venus, orificado de palomos. Los marineros fenicios, griegos, etruscos, romanos, invocarían a la diosa en sus adversidades. En las vertientes irían amontonándose los vasos y ánforas de las libaciones. Atraída por las delicias en la soledad, una reina fundó allí su baño de placer. Alrededor de Venus Ericina había centenares de mujeres, cuyas gracias consolaban a los navegantes. Venus ha seguido amadrinando a las mujeres de Erix, perpetuándoles su belleza clásica, hasta el punto que un viajero árabe se arrebata y dice: «¡Que Dios las haga cautivas de los musulmanes!». De toda la felicidad de los sentidos y del ingenio fue dotado Erix por salir de las aguas; y no prorrumpía del mar; y el Ifach, sí. Erix se abre, se descoge en laderas, contrafuertes y prados. Ifach se levanta de improviso. Erix, de tan hermoso en su forma, se le cree muy alto, no siéndolo. A Ifach también. Para el buen obispo Miedes, es el monte más excelso de España. Marineo Sículo lo sube «a la media región del aire». Una vieja crónica refiere que Ifach «es la más larga y segura atalaja, por estar tan metido en los mares, que sólo deja una entrada para la subida del monte, la cual es tan fragosa, que no se deja hallar si no es trepando por sogas que apostadas cuelgan desde la cima, y las dan los guardas de arriba a los que gustan de admitir. Por ser tan grande la distancia de tierra y de mar que desde lo alto se otea, principian allí los avisos de fuego que se dan para seguridad de la costa, al levante y al poniente. En todo el año es un ramo de flores y hierbas medicinales, y produce cañas fístulas de color y tamaño del junco que en Valencia empuña el almotacén. Lleva asimismo hinojo de mar y matas doradas». Añade la crónica que, «confederados el Rey Siphax de Numidia y los Escipiones contra Cartago, cuando se batía el cobre por ambas partes, envió dicho Rey sus embajadores para hacer los asientos de la liga, los cuales tomaron puerto en el seno illicitano, cerca de este monte, donde había muchos númidas que peleaban con los cartagineses; pero los enviados les quitaron de su devoción, pasándolos a la de los romanos. Allí se fundó un lugar, que le dieron nombre de Siphax por el honor a su Rey. Allí hay una cueva, que se llamó de los palomos por los muchos que sus rocas criaban…». Una vez al año la Venus de Erix volaba entre la dulce gloria de su palomar a los bosques y costas de África. La diosa y los palomos del Ifach han volado para siempre.

Calpe (Alicante)

A lo último, el Ifach, desprendido, solo, encantado. Dentro de las calmas y del batido profundo del mar se sumergen, se tienden, se tuercen, se doblan y encogen los rosas, los granas, los verdes, los morados, todos los colores tiernos y viejos del Ifach. Ifach es de paños preciosos, de bronces ardientes, de piedras de gloria. Rocas encendidas, talladas por el filo del viento. Ábside con pecho de bergantín que corta inmóvilmente las aguas. Animación y gracia de escultura; torso y rodillas vibrando de luz marina bajo los pliegues dóciles y las escarpas verticales de la peña; ímpetu contenido por la orla de la falda, cogida tirantemente a la costa. Silencio y retumbo de frescura salada. Silencio exaltado, como un grito de la cincelación de la luz.

* * *

Ifach crecía según lo caminaba Sigüenza. Se volvía Sigüenza, contemplando la comarca interior, que abría sus brazos, ofreciéndose en sus culminaciones, suavemente empastadas en el cielo. Le traen la memoria óptica de las veredas, de los caseríos, de los rediles, de las fuentes deseadas, de sus ansias de la cima, para ver desde allí el mar… Y ahora tiene el mismo cansancio gozoso, el mismo batir del corazón, que se le hincha y le resuena en el costado -la punta afilada del corazón casi le parte ya la corteza del pecho-; los mismos cimbalillos huecos de las sienes, tan sudadas y frías de altitud; todo lo mismo para ver la tierra, que sale desde el fondo en un cuerpo de gracia. Montañas recónditas donde se acuestan los valles. Planos, resaltos, hondos; alcores, requejos, arboledas, sembradíos, desnudeces traspasadas de vaho; limpias revelaciones geométricas; todo mostrándose, coordinándose y resolviéndose para venir coralmente a la mar.

GABRIEL MIRÓ:
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