Cuacos de Yuste

Cuacos 2
  • TEXTO: Una visita al Monasterio de Yuste  (Pedro A. de Alarcón: Viajes por España).
  • IMÁGENES: Rincones típicos de algunas calles y plazas de Cuacos de Yuste (foto jjferia).

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En 1873 Pedro Antonio de Alarcón toma la diligencia en Madrid y emprende un viaje al Monasterio de Yuste. Aunque evitó pasar por Cuacos, reflejó sus aprensiones sobre el pueblo debido a cierta “leyenda negra” con la que cargan los habitantes de esta apacible localidad verata. El escritor granadino parece inspirarse en los comentarios que Charles Davillie realizo en su «Viaje por España» realizado en 1862. He aquí un fragmento del capítulo XXV que el francés dedica a Extremadura: Después de un corto paseo, llegamos a Cuacos, el pueblo más próximo a Yuste y cuyo nombre ha adquirido una cierta notoriedad, tanto a causa de la estancia en él de Don Juan de Austria, siendo niño, bajo el nombre de Jerónimo como por las humillaciones que los habitantes se atrevieron a hacer con el hijo de Carlos V y con el mismo emperador. Ya se apoderaban de una de sus vacas, ya robaban las truchas reservadas a su mesa. Se cuenta incluso que un día llegaron a tirar piedras al futuro vencedor de Lepanto, que había trepado a un cerezo del pueblo. De este comportamiento de los lugareños ya se había hecho eco Antonio Ponz (1725-1792) en su «Viage de España»: Entre estos (los pueblos de la Vera) adquirió nombre, bien por mal término, el de Cuacos, que es de lo más cercano a Yuste: pudieron sus moradores alabarse de haber vencido el sufrimiento del Cesar, quando estaba en Yuste;  y humillado aquel que hizo temblar al mundo. Lo cierto es, que los que refieren el retiro, y fin del Emperador, hablan muy mal de los de Cuacos, acusándolos de muchas insolencias cometidas contra dicho Monarca, como prenderle algunas vacas, que casualmente pastaban en su término, llevarse las truchas, que para él se guardaban en los arroyos, y hasta apedrear á D. Juan de Austria, porque le hallaron cogiendo cerezas en un arbol perteneciente a su pueblo.

Una visita al Monasterio de Yuste:

CUACOS DE YUSTE

Pasada la Garganta de Pelochate, podíamos escoger dos senderos para llegar a Yuste: el uno va por Cuacos, lugarcillo de trescientos vecinos, que, como hemos apuntado, dista un cuarto de legua del Monasterio; el otro… no existe verdaderamente, sino que lo abre cada viajero por donde mejor se le antoja, caminando a campo traviesa… Nosotros escogimos este último, a pesar de todos sus inconvenientes. Una aversión invencible, una profunda repugnancia, una antipatía que rayaba más en fastidio que en odio, nos hacía evitar el paso por Cuacos. Y era que recordábamos haber leído que los habitantes de este lugar se complacieron en desobedecer, humillar y contradecir a Carlos V durante, su permanencia en Yuste, llegando al extremo de apoderarse de sus amadas vacas suizas, porque casualmente se habían metido a pastar en término del pueblo, y de interceptar y repartirse las truchas que iban destinadas a la mesa del Emperador. Hay quien añade que un día apedrearon a D. Juan de Austria (entonces niño), porque lo hallaron cogiendo cerezas en un árbol perteneciente al lugarejo.  Pero ¿qué más? ¡Aun hoy mismo, los hijos de Cuacos, según nuestras noticias, se enorgullecen y ufanan de que sus mayores amargasen los últimos días del César, por lo que siguen tradicionalmente la costumbre de escarnecer el entusiasmo y devoción histórica que inspiran las ruinas de Yuste! Alguien extrañará que Carlos V no declarase la guerra a los habitantes de Cuacos, pidiendo a su hijo Felipe II veinte arcabuceros que les ajustasen las cuentas… Pero ¡ah! el vencedor de Europa no había ido al convento en busca de guerra, sino de paz, y, por otra parte, si hubiese castigado a aquellos insolentes, el desacato y desamor de éstos se habrían hecho públicos y dado margen a mil comentarios en toda Europa. Los pequeños lo calculan muy bien todo cuando se atreven a insultar la misma grandeza a cuyos pies solían arrastrarse miserablemente… El Emperador se hizo, pues, el desentendido, y devoró en silencio, como una penitencia, aquellas mortificaciones de su orgullo.

Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891): Viajes por España

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