Maqueda

Maqueda 2
  • TEXTO: XXVI Maqueda (Azorín: Una hora de España).
  • IMÁGENES: Castillo, iglesia parroquial y rollo jurisdiccional de Maqueda (foto jjferia).

MAQUEDA

Maqueda es villa de corto vecindario; tendrá doscientos fuegos. Pertenece al partido judicial de Escalona; cerca están Torrijos, Novés, Alamís, Quismondo, Nombela, Almorox, Cadalso. En Nombela pensó Felipe II edificar el Monasterio de San Lorenzo. En Torrijos levantó una iglesia doña Teresa Enriquez, mujer de un contandor de los Reyes Católicos. Ante Cadalso dicen que pasó siempre sin detenerse don Álvaro de Luna; el pueblo pertenecía a sus estados; supersticioso terror le impedía entrar en él; un estrellero le había predicho que moriría en cadalso. Méntrida tiene vinos claros y frescos. En Maqueda se recogen cereales, aceite y vino. Las tierras las labran someramente. La aceituna la muelen en ruejos de sangre, y la pasta la exprimen en prensas de viga y de rincón. De tarde en tarde, al romper las tierras novales, la reja del arado desentierra vestigios romanos. En tiempo de los árabes se edificó una fortaleza en Maqueda; fue reparada a fines del siglo X por orden de Almanzor; la restauró el mismo arquitecto, Fatho-ben-Ibrahim, que construyó en Toledo las mezquitas. En 1010 se libró sangrienta batalla al pie del castillo de Maqueda. El castillo está hoy en ruinas. Los cuatro muros exteriores, con cuatro torreones en los ángulos, es todo lo que resta de la antigua fortaleza. Desde lo alto de las murallas se divisa el riachelo que corre, entre árboles, por lo hondo de la cañada.

En la villa ha estado un rey niño. De todo los recuerdos históricos de Maqueda, éste es el que está más en consonancia con el lugar. La figura de este niño es como la imagen del pueblecito: fugaz y modesta. Enrique I era hijo del noble vencedor de las Navas, Alfonso VIII. Tenía once años cuando fue proclamado rey. Un magnate codicioso lo arrebató violentamente de entre las manos de una hermana del niño. El pueblecito parece desde lejos, con su castillo, una ciudad; pero su caserío es reducido y pobre.. El niño ha sido exaltado ya al trono; pero todavía no es rey. No lo llegará a ser. No llegará a ser tampoco ciudad el pueblecito. El regente llevaba al niño de pueblo en pueblo, por tierras de Toledo y por las riberas del Duero; facilitaba con la presencia del rey su exacciones y desafueros. Se detuvieron también en Maqueda. El niño rey ha pasado por el pueblecito como una sombra delicada y graciosa. Entre los árboles del valle, por las márgenes del río, habrá traveseado. Sobre el niño pesa toda la gloria de su magnánimo padre. ¿Qué fastos brillantes le reservará lo por venir? Sus horas estaban contadas. El tejero que en alfar se dispone a formar una teja con un poco de arcilla, no podía sospechar que ese puñado de barro ha de dejar sin monarca a un reino. El albañil que está colocando tejas en un tejado, no creerá probable que una de esas tejas, al caer, haya de matar a un rey. En Palencia un día, por junio de 1217, una teja cae de una torre y mata a Enrique I. No había cumplido el niño catorce años.

En el siglo XX las horas transcurren en Maqueda como transcurrían en el siglo XVI. Unas ruinas más ahora, y todo el resto igual. El el pueblo acaso habría un poco más de tráfago. Tal vez entre los labradores vivirían algunos tejedores y guarnicioneros. Los oficios de la lana y el cuero son los genuinos de España. La mayor riqueza la tiene la nación en sus ganados. Rinden los ganados abundancia de cueros abundancias de cueros y de lana. La lana pasa, hasta convertirse en paño para las tiendas, por manos de cardadores, peinadores, tundidores, tintoreros, tejedores, prensadores, bataneros. El cuero lo labran curtidores y zurradores, guarnicioneros, guanteros y boteros. Los zaques u odres van llenos de vino o aceite por los torcidos y pedregosos caminos de España. Los jaeces y guarniciones lucen recamados y bordones de hilos rojos y verdes. En los mesones las botas pasan de mano en mano y dejan caer en las ansiosas fauces un hilillo de vino.

Labradores y oficiales trabajan y sufren en Maqueda. La vida tiene en todas partes infortunios. La vida es igual en el siglo XX que en el XVI. Habría seguramente en Maqueda, en 1580, un hidalgo que ha gastado su fortuna en Toledo o en Madrid y que ahora vive aquí retirado; y un estudiante que espera el momento de volver a los estudios de Salamanca; y un cazador, que no caza nada, y un arbitrista que posee el secreto para restaurar a España. Hacia 1523 llegó a Maqueda un muchacho en busca de acomodo; se llamaba Lázaro; entró a servir en casa de un cura; venía de Salamanca, a través de la sierra de Gredos, pasando por Almorox. El cura vivía pobremente. Hoy llegará al pueblecito también algún mozuelo desgarrado de los padres, buscándose la vida. La vida sigue en Maqueda, de siglo en siglo, siempre igual. Los sembrados en el siglo XVI verdean —como ahora—; el tierno trigal se convierte en altas cañas coronadas de espigas; los panes son segados. De raro en raro llega al pueblo una noticia: el turco ha bajado; el príncipe es muerto; los moriscos se levantaron; la armada fue hundida. Las campanas doblan fúnebremente una o dos veces al mes. El labrador vuelve a esparcir el grano por los surcos; verdean de nuevo las tierras; llega el momento de la siega; las hoces —como la muerte siega las vidas— van cercenando las empinadas cañas.

Azorín (1873-1967): Una hora de España

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