Calle Montera

Calle de la Montera. Madrid
  • TEXTO: La calle de la Montera (Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid).
  • IMÁGENES: Calle de la Montera y Puerta del Sol de Madrid (foto jjferia).
Existe un axioma en Madrid que dice de este modo: Si quieres encontrarte con alguien de tu pueblo, pasa por la calle de la montera. La calle de la Montera es en efecto, una calle donde están a todas las horas del día todos los forasteros que llegan a Madrid, no podemos dudar de esto y nosotros, que nos hemos comprado cuellos y puños, cuando éramos estudiantes, en esta calle tan simpática, tan pintoresca, la tenemos un vago, íntimo cariño... AZORÍN: La calle de la Montera (ESPAÑA).

LA CALLE DE LA MONTERA

¡Es mucha calle, señor, la calle de la Montera!
Narciso Serra

Esta calle de sube y baja es la rampa ideal.
Lo portentoso es como en Madrid todo recobra su personalidad y la calle malherida vuelve a ser lo que fue y juega  a los caballitos con largas bridas de cintas de corsé bajando la cuesta en trineo.
Siempre respira en ella la anécdota de la hermosa viuda del montero mayor del rey Felipe III, que coqueteó de lo lindo en la procesión de la calle, suscitando lances de muerte hasta que la Inquisición tomó medidas drásticas, haciéndole tomar las de Villadiego.
La montera mayor, que dio nombre a la calle, ya ha desaparecido, pero su sombra o la sombra de otras que se ponen el mundo por montera aprovecha la noche para reaparecer.
Calle femenina desde su bautizo, está llena de coquetería y el Caballero de Gracia fue su cabecera —la Red se San Luis— y en la caída de su falda, donde cometió los pecados que le hicieron arrepentirse, convertirse en santo y crear un oratorio en sus cercanías.
Es la calle que, con apariencia de inocente carillena que va a su avío, envuelve en amores, seduciones y reojos al transeunte, que también se hace el palomo al transitarla.
En su brevedad está está la escala de todas las posibilidades y su mantón se enreda cinco veces en el botón de la bocamanga del caballero.
Es curioso cómo el símbolo del recuerdo vital es la subida de una cuesta, cada día más aclarotoria para mí: la subida de la calle Montera.
Siempre di importancia a esa calle graciosa, que es como una escalinata corta hacia caminos más amplios y calles más largas, naciendo y muriendo, más que en su fondo —en la arañesca Red de San Luis—, en su desembocadura de la Puerta del Sol.
Azorín, que siempre tuvo la querencia de lo vital, procuró durante muchos años citarla en sus andanzas con su notarial «paso por la calle de la Montera», «al subir la calle de la Montera», «bajando la calle de la Montera».
En mi recuerdo de la vida, es en ella donde encontré el monumento de los pasos reales, bordeada de mercancías, tiendas para disculpar un somero mirar en la ascensión o en el descenso.
En la Calle de la Montera están los escaparates que nos miran, que nos quieren retener, impidiéndolo el cómo empujan los que vienen detrás, aunque den bien el rodeo ceñido alrededor de los que se han parado un momento.
Como es difícil retener a los que se resbalan patinando por la cuesta, recuerdo a un zapatero que para parar a ese mundo deslizante había inventado un zapato de muestra que tenía entreabierta la doble suela y mostraba un retrato rodeado de brillantes,!la más pedestre de las miniaturas!
Calle de ir a desembocar, se transita como el hall de un cinematógrafo, sin prisa esperando el desahogarse en la Puerta del Sol.
En la cuesta arriba es ya la subida de escalera para penetrar en el hogar, y antaño eran muchos los que por cinco céntimos tomaban un tranvía sólo para remontarla, como quien toma un ascensor rampante.
Calle sonriente, nos sonríen al pasar fotografías de niños, ferreterías, corsés y hasta alegres dentaduras postizas.
Un adorno, un aplique bordado en oro, unos pendientes baratos y rutilantes están en la calle de la Montera.
—Vete a la calle de la Montera y lo encontrarás.
—Lo compré en la calle de la Montera.
En sus transcurso se piensan mejor las cosas, y a la que no se veía hace tiempo, allí se encuentra.
—La volví a ver en la calle de la Montera.
Calle que excita a la golosinería., tuvo siempre algo de ambigú de paso para tomarse unos dulces o unos pasteles.
Un día le oí a Ortega que tuvo una parienta que nunca salió de la calle de la Montera y vivió los dos ochos, la cifra ideal de un viviente alerta, sin la decadencia absoluta de la senectud que viene después de los ochenta años.
Envidié y admiré a aquella señora que puso la jaula al balcón de la calle que vive más lejana a la muerte y al profesionalismo mortal, alegre,de paseo grecorromano o fenicio, pero sólo paseo en tránsito descubriendo lo que de vacación tiene cada hora.
En el momento del resumen me he preguntado: ¿No es bastante haber pasado y repasado la calle que mira más al cielo y ver desde su costanilla lo alto de los tejados y el inútil remolino del ágora de la Puerta del Sol?
Véase como, después de todo, en lo que ha consistido la vida es en haber aprovechado bien el sube y baja por la cuesta de una calle clarividente y corta. Al llegar al abanico de la esquina de la Puerta del Sol, volverse a casa.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963):
Nostalgias de Madrid

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Tertulia del café Pombo con Ramón Gómez de la Serna en el centro (José Gutiérrez-Solan: Museo Nacional Centro de Arte “Reina Sofía”)

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