Plaza de Santa Ana

Monumento a Federico García Lorca
  • TEXTO: La Plaza de Santa Ana (Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid).
  • IMÁGENES: Plaza de Santa Ana de Madrid con los monumentos a Calderón de la Barca y García Lorca, teatro Español y hotel Reina Victoria (foto jjferia).

PLAZA DE SANTA ANA

Esta plaza, a la que el madrileño llama sencillamente Santana, es una aurícula del corazón de Madrid.
Cuando yo vuelva pienso ampararme en la acera de sol, entre Santa Cruz y Príncipe, y ya no saldré de ella en el resto de mis días.
El invierno se mete en sus invernaderos de cristal, en que se come y bebe ―como sea día de sol sale al jardín—, pero en cuanto se inicia la primavera hace vida al aire libre día y noche.
La camiseta o la camisa de cada día se teje en la plaza de Santa Ana.
Sus mejores horas son veraniegas, y la mejor, esa en que el reloj de la una marca las dos.
Cerrada como una plaza de toros por sus balaustres de hierro, está toda llena de trincheras en que atrincherarse, pero todas las carreras y las trincheras las saltan los limosneros.
Plaza de coronas de laurel ―incluidas las del teatro Español―, es sitio para que sientan los hombres de talento.
Piscina de cerveza ―se puede bañar en ella el que quiera―, allí se estacionan los hombres silenciosos y a los que se le fue la mujer, y los ruidosos gamberros que saben beber sin morir.
Por allí acude aún la sombra de los hombres del Siglo de Oro y la de los románticos. Al que más se ve pasar por aquí es a Cadalso, el de las Noches lúgubres, que tenía guardada a su rubia amada y cuando se le murió la enterró en San Sebastián y no paró hasta que la hubo desentaerrado para volverla a ver.
«Pasean todo el día la plazuela de Santa Ana ―dice una pluma del pasado siglo― los innumerables representantes de la legua que vienen en la Cuaresma a hacer oposición a las plazas de los farsantes.»
En esa revuelta que da nuestra predilecta plaza hacia la del Ángel es por donde se le escapa la respiración y el agua del río de sus cangrejos.
El vendedor de mojama, huevos duros y otras futesillas se acerca como jugando al toro con sus grandes centollas, y con la navaja más afilada del mundo os cortará ese pedazo de mojama que es como un resumen del mar y de la tierra, en que la cecina se une a  la ballena.
―¡Lo que más alimenta! ―os dice el vendedor, y os sobra un ojo de la cara. Pero ya tenéis contera, para vuestro vivir, por unos días.
Llena de cogollos de conventos que fueron abatidos, le queda algo de claustro, y sus árboles conservan sosiego de jardín de las monjas.
Toda noticia se sabe en la plaza de Santa Ana antes que en ningún otro sitio, gracias a unas ondas que posee desde muy antiguo, y allí se encuentra al amigo que no se veía hacía cuarenta y dos años.
Es rica en jabones, camisetas, café y otras especias, pudiendo encontrarse en sus librerías los libros más serios y seguros que figuran en los catálogos.
Su mañana es también feliz como su noche, y allí se orienta el hombre que ha amanecido optimista y que compra en su estanco un puro con anilla, que según donde apunte en el manipuleo de reconocerle, por allí habrá de tirar, logrando la dicha del medio día, que para la de la tarde, Dios dirá.
Una mirada al teatro Español y a su contaduría llena de la palpitación teatral del día, ya con las entradas a la venta y dobladilladas las que esperan que saben que tienen su butaca en contaduría.
El sitio ideal para la decisión o para la meditación del transeúnte está en esa esquina entre la vida y el teatro, entre el bajar y el subir, entre el irse por la derecha o por la izquierda.
A la tarde se refugian en la recoleta plaza los que quieren recapacitar, los que quieren contemplar la gloria de vivir y ver los toros desde la barrera, sin mezclarse demasiado en los embates del negocio, de la literatura o de la política.
Es su hora neutral, repositoria, con resguardado atardecer. No hay que ir ni más allá ni más acá. Allí está el reposo equidistante.
¿Oír una conferencia? Mejor no oírla. ¿Ir a comprar algo? Mejor no ir. ¿Entrar en la correntada de las Grandes Vías? Mejor no moverse.
―¿Dónde vas? ―pregunta alguien al tránsfuga de la plaza.
―Voy…
―Quédate.
―Pues me quedo.
Constantemente salen de la plaza avisos de no ir como si corriesen en todas direcciones botones sueltos y raudos.

Ramón Gómez de la Serna:
Nostalgias de Madrid

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