Estatuas del Retiro

Monumento al poeta Ramón de Campoamor
  • TEXTO: Sombras vivas (Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid).
  • IMÁGENES: Monumentos a Ramón y Cajal, Campoamor y Pérez Galdós en El Retiro de Madrid, a Menéndez y Pelayo en la Biblioteca N. (foto jjferia).

SOMBRAS VIVAS

En mis recuerdos se empalman dos sombras que pasan, que sólo puedo describir de paso, pero que aún así tienen carácter.
Una es la sombra de Menéndez Pelayo, y otra, la de Ramón y Cajal.
Alcancé a verlas un momento, pero los trazos son precisos, vivientes, indelebles. Menéndez y Pelayo está solo en el Café de Fornos. Quiere estar entre mucha gente, pero sólo bebiéndose lentamente su copita de anís.
Menéndez y Pelayo gustaba del anonimato, como si la popularidad le pudiese robar la memoria y la agudeza de juicio. Él solo y envuelto en su capa no se iba a robar a sí mismo.
Con su hongo y arrastrando la pañosa seguía las aceras del atardecer, y alguna vez le veía entrar en el bar del mostrador reluciente y tomarse su copa de licor blanco como si fuese esencia reavivadora de sus anotaciones cerebrales, mineral para el quinqué.
Iba lento, distraído, como haciendo algo por la vida para romper la paralización de estar sentado siempre en su despacho. Era la higienización del grande hombre, del Beethoven de las citas armonizadas, desarrolladas en amplia sonata.
Su pareja, por otro camino y otra soledad, era don Santiago Ramón y Cajal.
Le recuerdo después que a don Marcelino, cuando yo iba a salir de la adolescencia y era amigo del hijo mayor de don Santiago, un hijo que años después iba a malograrse muriendo en plena juventud.

[…]

Después sólo le vi de paso, sentado en el Café del Prado, meditativo y tranquilo como si sólo observase tazas, vasos y la humanidad fortuita de parejas de broce, que eran los parroquianos de aquel café.
Su presencia real era breve, silenciosa, con unas palabras de amansamamiento del mozo al que le regalaba el autógrafo de su viva voz; pero su presencia ideal era constante, pues la propalaba todo el café musitando al oído del que llegaba: «Aquí viene todos los días don Santiago Ramón y Cajal.»
Era su última huida hacia el descanso de todo en el refectorio medio claustral del café, su pausa higiénica recordando los mejores días del Café Suizo, donde tuvo su importante tertulia y donde nacieron sus Charlas de Café.
No  estaba conforme el gran histólogo con su inmortalidad en vida, y cuando salía de su laboratorio en la casa anexa al museo Antropológico, cruzaba —yo le veía desde dentro del Retiro— toda la calle de Alfonso XII, bordeando la verja del parque madrileño, proyectándose como un personaje de aquellas películas con parpadeo —barrote tras barrote—; huyente, torcida la barba por el viento, mirando de reojo al jardín, porque desde que inauguraron el monumento a su gloria allí dentro, no quería entrar, temía verse desnudo como Neptuno en medio de las aguas, tal como le había esculpido Victorio Macho, y achacaba sus neuralgias, su frío, sus tensión, a su monumento inmortalizador.
Así como Galdós iba a sentarse junto a su monumento —erigido un poco más al fondo que el de don Santiago— y cuando estuvo absolutamente ciego lo tactaba para verlo, Ramón y Cajal lo huía quizá por como estaba de corto en medio de un estanque, mientras don Benito estaba con gabán, bufanda y una gran manta a los pies, muy repantingado en cómodo sillón.

Ramón Gómez de la Serna:
Nostalgias de Madrid

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