Rincón de Cuchilleros

Rinconada de Cuchilleros
  • TEXTO: La rinconada de Cuchilleros (Ramón Gómez de la Serna: Nostalgias de Madrid).
  • IMÁGENES: Plaza Mayor de Madrid, Arco y rinconada de la calle de Cuchilleros, Mercado de San Miguel y Restaurante Botín (foto jjferia).

LA RINCONADA DE CUCHILLEROS

Allí es antiguo y nuevo el día. En esa calle-recodo está al socaire —más al socaire que en ningún lado— la realidad pacífica de Madrid.
Por eso es tan grato comer allí, porque se come uno el recental día hispánico en su concentración tierna y actual.
Yo he ido a pasar allí muchos días, y mi más vivo recuerdo de periodista, cuando sentí, quizá por primera vez, que iba arraigando en mi pueblo, fue hace treinta y cinco años, cuando al entrar en una de las cuchillerías a comprar una navajita, vi un artículo mío publicado en un periódico de la mañana de aquellas fechas, colocado en un cuadro con marco y cristal.
No me reconoció el tendero, ni me di yo a conocer; pero me impresionó mucho el rasgo comprensivo del comerciante, pues por aquel entonces mi literatura era difícil, y en aquel artículo me atrevía a decir muchas cosas, suponiendo que en esas relucientes y puntiagudas cuchillerías se vendía el cuchillo para matar a la suegra, el cuchillo peligroso del jamonero y desde la navaja para la liga a la navaja con inscripciones de la que Dios nos salve.
A esa rinconada de Cuchilleros se va a parar como al rincón del idilio, a pie y tente tieso, como si quisiéramos adunarnos para sentir mejor y con sosiego la importancia del Madrid erigido más arriba.
Hay que saber estos itinerarios, un poco resobados, para comprender y sobrellevar la errante peregrinación a que la corte excita.
La Plaza Mayor es muy fuerte y hay que buscarle derivaciones y burladeros, saber escapar a su exigente luz, arrinconándonos un poco. Así podríamos estacionarnos también en la Calle de Ciudad Rodrigo, la calle de los escabecheros, donde oliendo a escabeche se podrían pasas unos días sin probar bocado.
La necesidad del callejón es emperatriz en la ciudad de la alta y deslumbrante claraboya. Necesitamos el callejón como la curva marginal de la vida en que caminar escondidos. ¿Quizá una herencia arábiga nos empuja hacia los callejones?
El caso es que, muy sensibles a la luz y a su publicidad, necesitamos muchas veces el callejón o el chaflán a espaldas de los altos muros.
Cuchilleros es la calle ideal para la evasión o para dar esquinazo a las jirafas que nos vienen persiguiendo.
Carros, diligencias, camiones, burros que necesitan descargar sus serones, jaulas de pollería, toda una circulación que precisa descanso o punto de partida y de llegada, allí acampa.
Estamos en la primera falda de la ciudad, en su valle oculto con resguardo de biombos, en un embruce de sus camiones en la cruz del elegir la segunda parte de las exploraciones.
Sabemos lo que hacemos cuando hemos llegado a Cuchilleros, a la sombra y desparramiento del mercado de San Miguel, de donde llega paja de embalaje y algunos tronchos de verdura.
La realidad de Madrid está allí, en su reposorio esquinado, palpable, mirable, aconsejadora.
Nos abastecemos de bastimentos para la observación, emancipándonos de personalismo madrileño, dispuestos a  salir a Puerta Cerrada, saludando a la Cruz Blanca, y torciendo otra vez hacia el centro por la curva de otras queridas y necesarias calles.
Cuchilleros nos ha afianzado en el abrazo con ese eterno paseo de novios que es pasear por Madrid. En la misma noche sentimos la querencia, y entonces buscamos a Cuchilleros como una recepción de candiles.
Corroboramos, bajo los faroles, lo que vimos bajo la luz del día y nos metemos en su comedor para cerciorarnos bien de todo lo visto.
Pálidos cochinillos, guardados en fría habitación de azulejos, nos esperan satisfechos de su muerte, llena de inocencia.
El valdepeñas, disolvente de grasa y besuguerías, llena la jarra.
Estamos al margen de la ciudad, en su reverso, para que recapacitemos en ella, para que tomemos pan de su historia reciente, y cuando estén hechos y pactados los resúmenes, salgamos otra vez a la calle y allí encontremos las vendedoras de décimos, que parecen llevar bajo la curva del delantal el heredero de la gran fortuna, mientras nos ofrecen una participación en la herencia.
Toreados por los décimos y alegres de haber salidos ilesos de la corrida del día, volvemos a desembocar hacia las calles planas, pues las escaleras se deben bajar, pero no se deben subir.

Ramón Gómez de la Serna: 
Nostalgias de Madrid

Arco de Cuchilleros.

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