Tetas de Viana

TetasViana3
  • TEXTO: Del Tajo al arroyo de la Soledad, fragmentos del capítulo VII (Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria).
  • IMÁGENES: Montes gemelos conocidos como Las Tetas de Viana cerca de Trillo en La Alcarria (foto jjferia).

DEL TAJO AL ARROYO DE LA SOLEDAD (fragmento)
LAS TETAS DE VIANA

Al salir al terreno llamado de la Fuente de la Galinda, aparecen erizadas, violentas, las Tetas de Viana. La Fuente de la Galinda es un monte bajo y pedregoso, con mucha caza. Una bandada de perdices levanta el vuelo, raso, torpón, de pájaro poco fogueado, a pocos pasos del grupo.
Quico y el viajero hacen el primer alto, echan un trago, fuman un pitillo y charlan.
—Aquí mataron una vez a uno.
El viajero piensa que el sitio está bien elegido, realmente es un sitio muy apropiado.
—¿Sí?
—Sí, señor. Primero le tiraron con postas y después lo dieron lo menos veinte navajazos.
—¡Pues lo debieron dejar bueno!
—Sí, señor, lo dejaron muerto.
Tras la Fuente de la Galinda se caminan los montes de las Acacias, unos cerrillos bajos que van a dar al llano del Olivar Hueco. A las faldas de las Tetas de Viana hay unos prados de yerba tierna, verde, rodeados de zarzas y de espinos.
—El atajo sigue todo por aquí, por la izquierda. Para subir a las Tetas hay que salirse del atajo. La de allá tiene una escalera de madera hasta arriba de todo; durante la guerra fue un observatorio. ¿Quiere usted que subamos?
—No, no, por aquí vamos bien.
Las dos Tetas son casi exactamente iguales vistas desde el norte, quizás la de poniente sea algo más alta. Tienen forma de cucurucho cortado antes de la punta y terminan, cada una, en una mesa de bordes rocosos y cortados a pico que deben ser difíciles de escalar.
Al llegar a la vertiente, el viajero se encuentra ante una vista hermosa al principio y un poco desolada, más allá. Del atajo empiezan a salir caminos, algunos casi borrados. La mula anda con cuidado, con mucha atención, y a su pisada ruedan, a veces, las piedras. A mitad de la ladera, bajando, está la fuente del Pilón. Al viajero le hubiera gustado refrescarse un poco. El calor aprieta ya y Quico y el viajero van sudando gordos goterones por la cabeza.
Las Tetas, desde el sur, son mucho más feas, aparecen desgarbadas, deformes, como torcidas.
La mula, descargada del equipaje, muerde los helechos de la fuente. Pasan muy altas unas avutardas, un grupo de seis o siete. Croan las ranas, y las lagartijas, que asoman, extrañadas, por los huecos de las piedras, miran un momento y huyen veloces después.
Bajando por un barranco llega el viajero a Viana de Mondéjar, un pueblo color amarillo recostado sobre un monte romo, casi negro.
El viajero no entra en Viana, se queda a las puertas, comiendo con Quico a  la sombra de un grupito de álamos escuálidos que hay a la orilla del Solana,  un riachuelo casi sin agua que viene arrastrando su miseria desde la sierra de Umbría Seca.
Después de comer, el viajero, que ha vuelto al terreno llano, despide a Quico y a su mula Jardinera, se echa a la sombra y se tapa los ojos con el sombrero. Poco más tarde está profundamente dormido, con un sueño suave, fresco, confortador.

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

Viaje a La Alcarria
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