Estepa castellana

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  • TEXTO: Castilla (Manuel Machado: Alma).- La niña y el Cid (Alejandro Casona: Flor de leyenda).
  • IMÁGENES: Puerta de Santa Gadea de Burgos; casas y campos de Montealegre, llanuras desde el castillo de Urueña (fotos jjferia).

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Ermita y murallas de Urueña (Valladolid).- foto jjferia

LA NIÑA Y EL CID

Así sale Mío Cid el Campeador de sus tierras de Vivar, y hacia Burgos se encamina. Va derramando llanto de sus ojos y mirando hacia atrás. Queda su casa con las puertas abiertas, desguarnida de pieles y de mantos, sin azores en las alcándaras. Pero a su diestra mano vuela la corneja, y el Cid se conforta con este buen augurio.

Cuando atraviesa la ciudad de Burgos lleva sesenta pendones tras de sí. Niños, hombres y mujeres a las ventanas se asoman por ver al Campeador. Todos decían la misma razón: “¡Qué buen vasallo sería si tuviera buen señor!”

De buena gana le darían albergue en sus casas. Pero el rey lo ha prohibido con severas penas. Anoche llegaron sus cartas ordenándolo así. El Cid llega a la posada donde solía parar; saca el pie del estribo y da con él un gran golpe en la puerta. Pero nadie contesta. Llaman todos con las voces y las armas. Tienen hambre, Si no se les acoge de grado lo tomarán por la fuerza. Entonces se abre la puerta, y una niña de nueve años habla al Cid desde el umbral:

—Campeador, que en buen hora ceñiste espada: no podemos darte asilo, que el rey lo tiene vedado. Si lo hiciéramos perderíamos nuestra hacienda y los ojos de nuestras caras. Sigue adelante y que Dios te bendiga. Con nuestro mal, buen Cid, no ganas nada.

Alejandro Casona Flor de leyendas: El destierro del Cid)

Santa Gadea 1
Detalle de la puerta de Santa Gadea de Bugos (foto jjferia).

CASTILLA

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde… al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
«¡Buen Cid, pasad…! El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!»
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga.

Manuel Machado (1874-1947): Castilla (de Alma)

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Entorno de Montealegre de Campos (Valladolid) – foto jjferia

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