Villa de Brihuega

Brihuega 1
  • TEXTO: Cápitulo IV Brihuega,  (Camilo José Cela: Viaje a La Alcarria).
  • IMÁGENES: Puerta de la Cadena de la muralla, fuente de los doce caños y lavadero de la Villa de Brihuega (foto jjferia).

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BRIHUEGA (fragmento)

Al lado de la fonda, el viajero se encuentra con la puerta de la Cadena, por la que se mete en el pueblo. La puerta de la Cadena tiene una hornacina con una Purísima, y debajo una lápida de mármol blanco que dice: 1710-1910. La villa de Brihuega en el segundo centenario de su memorable bombardeo y asalto. Y más debajo todavía, otra lápida de piedra de la que sólo se entiende parte. El viajero copia las letras en un papel. Tarda bastante, porque a veces se equivoca. La gente le rodea. Al viajero le hace una ilusión tremenda que lo tomen por un erudito.

Brihuega 2
Lápida de mármol en la Puerta de la Cadena de la muralla conmemorativa de la batalla de Brihuega en la Guerra de Sucesión (foto jjferia).

El viajero entra, ya se dijo, por la puerta de la Cadena, y anda vagando algún tiempo por el pueblo. Fuera de la puerta queda una alameda umbría, acogedora. Unas muchachas charlan en un banco. Ríen a grandes voces, y se dan palmadas en las piernas. Después se levantan y van a beber agua a la fuente.
Unos trasquiladores, muralla adentro, pelan ovejas en una cuadra que da a la calle. El vellón sale entero, como una camiseta, lleno de grasa, y las ovejas se quedan en cueros vivos, flacas, ventrudas, desgarbadas. Unos niños miran, viciosamente, mientras sonríen en silencio. El ver trasquilar ovejas, en una cuadra más que tibia, ardorosa, y llena de un olor acre, profundo, es sin duda un espectáculo adormecedor, una incitación ancestral que ayuda a poner los mocitos en sazón cuando, sin pararse a ver por qué, se mezclan la cachondería y la crueldad en un remoto, inconfesable hervor de la sangre.
El sol está en la media tarde. Hay un momento en que el viajero ve hermosas a todas las mujeres. Se sienta sobre una piedra y mira, lleno el corazón de pesar, para un grupo de ocho o diez muchachas que lavan la ropa. El viajero está absorto, abstraído, y su memoria se puebla de tiernas, paganas nubecillas, mientras desempolva los frescos versos del cancionero:

Madre, las mozuelas,
las de aquesta villa,
en agua corriente
lavan sus camisas;
sus camisas, madre.
Madre, las mozuelas.

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La ciudad es afamada por sus aguas que brotan de una docena de fuentes, la más conocida es la fuente Blanquina o de los Doce Caños junto al lavadero situado en la parte posterior (foto jjferia).

Las chicas están remangadas. Alguna canta un trozo de zarzuela; alguna otra un cuplé algo pasado de moda, un cuplé de hace cuatro o cinco años. Una muchacha que no canta, lleva unas flores azules en el pelo castaño. No se le ve bien, pero así, por la espalda, parece Merche, la de la fonda.
—Mi nombre es muy feo… Yo ya no soy tan joven…
El viajero, al día siguiente, cuando, otra vez en el camino, piensa en lo que ya pasó, cierra los ojos un momento para sentir la marcha del corazón.
Un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara afilada, como un caballero toledano, bebe, no más que acariciando el agua con el morro cano, en el pilón de una fuente fecunda, en el pilón de una fuente que hay al lado mismo del lavadero. Cuando termina de beber levanta la cabeza y pasa, humilde y sabio, por detrás de las mujeres. Diríase un eunuco leal, aburrido y discreto, guardador de un harén bullicioso como el levantarse de la mañana. El viajero sigue, con la mirada llena de perplejidad, el lento, resignado andar del animal. El viajero, a veces, se queda parado ante las cosas más inexplicables.
Dos perros se aman a pleno sol, tercamente, violentamente, descaradamente. Una clueca pasa, rodeada de polluelos amarillos como la mies. Un macho cabrío asoma, erguida la cabeza, profundo el mirar, orgullosa y desafiadora la cuerna, por una bocacalle. El viajero mira, por última vez, para las lavanderas, se levanta y se va. El viajero es un hombre con una vida tejida de renunciaciones.

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Lavadero en la calle Atienza detrás de la fuente Blanquina, tiene tres pilones, los dos principales para enjabonado y aclarado de la ropa y el otro para los cacharros de la cocina (foto jjferia).

El viajero baja por unas callejas y se fuma un pitillo, a la puerta de una casa, con un viejo.
—Parece hermoso el pueblo.
—No es malo. Cuando había que verlo era antes de la aviación.
Las gentes de Brihuega hablan de antes y después de la aviación como los cristianos hablan de antes y después del diluvio.
—Ahora no es ni sombra de lo que fue.
El viejo está pensativo, elegíaco. El viajero mira por los guijos del suelo y deja caer las palabras con pausa, casi distraídamente.
—Y de guapas chicas, según veo.
—¡Bah! No haga caso; no valen un real. ¡Si hubiera usted conocido a las madres!…
El viejo, que tiene la cabeza temblona, da un suspiro y cambia de conversación.
—Aquí fue donde empezaron a correr los italianos, ¿no sabe usted?
—Sí; ya sé.
—¡Fue buena aquella!

Camilo José Cela (1916-2002): Viaje a La Alcarria

Viaje a La Alcarria
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Brihuega 1
La Puerta de la Cadena se abre al norte de la Villa junto a la fonda donde se alojó Cela. Cuando el viajero sale, da unos pasos hacia la Alameda y, al volverse, ve la inscripción que se encuentra sobre el arco de la Puerta (foto jjferia).

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